INCIDENCES MÉCANIQUES DANS UN MONDE PRIVÉ DE VIE

 “In death they were not divided:
The moral magnificence of
unmoral passion.” <<W. Burns

 

Quería fijar las impresiones cuyo velo inmaculado te descorrí ayer en la charla jurásica de Skype acerca del contenido y la puesta en escena del concierto de las Dixie Chicks que lo puedes encontrar en YouTube. Lo localicé, pero ya lo tenía en la Spotify, la plataforma de más de treinta millones de canciones que me instaló mi hijo, y que es, aparte de un prodigio de ritmo y potencia acústica, una muestra creo que cabal del sacrificio que estás siguiendo en tu línea de razonamiento en la tesis. Tienes que contemplar el ornamento para ver qué había detrás y en su justa penitencia los conceptos de ‘caridad’ y ‘compasión’ que el cristianismo trató de que permaneciesen limpios entre todos nosotros. Puedo pintarte el entusiasmo, la participación del público en lo que se está diciendo, no exenta de ironía o desmesura mi descripción, conociéndome ya, pero la significación de lo que se está diciendo minuciosamente reconstruida y sospechada en lo que se está cantando con ese ritmo candombero, con ese acompañamiento y el palmotear del gentío, convierte lo que se dice en materia sobre la que se instruye…; y no es lo mismo, viejo, la mirada impar que acata la guía del consejo, busca el video, se lo bebe íntegro y se envenena.

Te envío entre tanto la bagatela de la letra para que la sigas con una complicidad palpitante, aun a sabiendas de que tienes del inglés una implícita visión contemporánea, así como la que tenían del latín los habitantes de la periferia del Imperio romano, ¿no crees?

ORIGINAL

Mary Anne and Wanda were the best of friends
All through their high school days
Both members of the 4H club, both active in the FFA.

After graduation
Mary Anne went out lookin’ for a bright new world
Wanda looked all around this town and all she found was Earl.

Well, it wasn’t two weeks after she got married that
Wanda started gettin’ abused
She’d put on dark glasses or long sleeved blouses
Or make-up to cover a bruise.

Well, she finally got the nerve to file for divorce
And she let the law take it from there
But Earl walked right through that restraining order
And put her in intensive care.

Right away Mary Anne flew in from Atlanta
On a red eye midnight flight
She held Wanda’s hand as they worked out a plan
And it didn’t take ’em long to decide

That Earl had to die, goodbye Earl.

Those black-eyed peas, they tasted alright to me, Earl

You’re feelin’ weak?

Why don’t you lay down and sleep, Earl?

Ain’t it dark wrapped up in that tarp, Earl?

The cops came by to bring Earl in
They searched the house high and low
Then they tipped their hats and said, “Thank you, ladies,
if you hear from him, let us know.”

Well, the weeks went by and spring turned to summer
And summer faded into fall
And it turns out he was a missing person who nobody missed at all.

So the girls bought some land and a roadside stand
Out on highway 109
They sell Tennessee ham and strawberry jam
And they don’t lose any sleep at night, ’cause

Earl had to die, goodbye Earl.

We need a break, let’s go out to the lake, Earl

We’ll pack a lunch, and stuff you in the trunk, Earl

Is that alright?

Good!

Let’s go for a ride, Earl, hey!

VERSIÓN

Mary Anne y Wanda fueron las mejores amigas
desde sus días de la secundaria.

Ambas eran miembros del club 4H (1), activas ambas en la FFA (2).

Después de la graduación,
Mary Anne se fue en busca de un mundo nuevo y brillante;
Wanda miró a su alrededor en el pueblo y todo lo que encontró fue a Earl.

Bueno, apenas dos semanas después de casarse
Wanda comenzó a ser maltratada;
usaba gafas de sol o blusas de manga larga,
o maquillaje para cubrir un moretón.

Bueno, finalmente tuvo el descaro de solicitar el divorcio
y dejó a la ley que siguiese su curso;
pero Earl quebrantó la orden de alejamiento
y Wanda acabó en la sala de cuidados intensivos.

De inmediato Mary Anne viajó desde Atlanta
en un vuelo nocturno (3) que llega por la mañana.
(Mientras elaboraban un plan, sostenía la mano de Wanda.)
No les llevó a las amigas mucho tiempo decidir:
«El tal Earl tenía que morir. Adiós, Earl».

«Esos guisantes de ojos negros me sabían bien, Earl.»

«¿Te sientes débil?»

«¿Por qué no te acuestas y duermes, Earl?»

«¿No está obscuro envuelto así en esa lona, ​​Earl?»

La policía hizo preguntas sobre Earl,
registraron la casa arriba y abajo,
luego se tocaron el ala del sombrero y dijeron: «Gracias, señoras,
si tienen noticias de él, háganoslas llegar».

Bueno, transcurrieron las semanas y la primavera dio paso al verano
y el verano se desvaneció en otoño,
y resulta que había una persona desaparecida a la que nadie,
después de todo, echaba de menos.

Las chicas entonces compraron un terreno y un puesto ambulante de carretera.
En la estatal 109.
Venden jamón de Tennessee y mermelada de fresa;
y no pierden el sueño por la noche, porque
Earl tuvo que morir, adiós, Earl.

―Necesitamos un descanso, bajemos al lago, Earl.

―Empacaremos el almuerzo y te meteremos en el maletero, Earl.

―¿Te parece bien?

―¡Eso está hecho!

―Vamos a dar un paseo, Earl, ¡oye!

[Tarareo hasta el final, secundado por la algarabía del público.]

 

_____
(1) Head, Heart, Hands, Health, ‘entendimiento, corazón, manos, salud’; organización juvenil norteamericana administrada por el Departamento de Agricultura.

(2) Future Farmers of America, organización estudiantil para interesados en la agricultura y el liderato; es uno de los tres componentes de la formación agrícola en ese país.

(3) El enrojecimiento en las pupilas (red eye) alude a la falta de sueño de los pasajeros que no alcanzan a dormir lo suficiente.

 

En el espectáculo que se nos ofrece en esa película del concierto, que en ningún momento debemos dejar de considerar que se cuidaron todos los aspectos relacionados con su distribución, empezando por las proyecciones que se suceden en ráfagas a las espaldas de la solista…, esposas desaparecidas, juicios seguidos a maltratadores, feminicidas convictos…, podemos rastrear las circunstancias y la miseria enaltecidas de la visibilidad y el sacrificio, con mucha mayor intensidad e incluso mayor rango por el hecho de desprenderse de la voluntad, aprovechando de buen grado a los allí reunidos, casi en un estado de adoración embriagada y regocijo de mural con lo que se comunica eléctricamente. Y esos viajes al principio y fin se pliegan en engañosas zonas variables, conforme a la discontinuidad de la catarsis y la pasión que producen y sobornan, bajo el veredicto, trípode o tríada de la ‘eliminación social del macho sobrante’, el ‘crimen recompensado’ y, puesto que aquello viene a solicitar la presencia de las procesiones y cuenta con un número fiable de fieles, la ‘apoteosis del asesinato’.

Para finalizar, ¿habían de circunscribirse los asesinos en serie a ciertas posiciones tuyas de disgusto renovado en las que llevan esculpido en la frente «Nosotros apestamos»? Anoche o anteanoche vi en el espacio Crimen + investigación, el programa deleznable que tiene más de lo primero ―lo que conviene― y deja pudrirse el fruto sazonado de la segunda, un largo documental sobre Jeffrey Lionel Dahmer, el caníbal de Milwaukee, cuya biografía, para matraca de dogmas, conozco bastante. A este asesino lo condenaron a la inconsecuencia de quince cadenas perpetuas consecutivas, novecientos años en total de una estadía en la cárcel imposible. Casi excusándose por la molestia, no presentó instancias para moderar el peso de la ley. Renunció a la Ley Miranda inclusive. Ni siquiera lo que los familiares de las víctimas temían, la corroboración de lo que era, un enajenado mental, que lo encerrasen en una institución psiquiátrica y pudiera salir al cabo de los años, jugó a su favor. Su menosprecio hacia los múltiples recursos para apelar sólo podría ser explicado de manera adecuada por la anemia cultural existente en torno al destino o retirado de una hipótesis de cansancio indescriptible.

Con este vender todo lo que tenía era de prever que fuese a parar a un correccional de los desperdicios. Dos años después de haber sido encerrado, mientras limpiaba las letrinas en una evanescencia pasiva, otro preso lo mató con una barra de levantar pesas. No se defendió, con las manos en la pared vio venir el ataque.

El Estado se retrae, no quiere hacerse partícipe de un suicidio, pero eso es a lo que accedió con Gary Gilmore, que anticipó que si iba a la cárcel terminaría matando a alguien allí dentro y obtuvo por una mera excrecencia natural de la extorsión la condena a muerte en enero de 1977 que sus abogados y las asociaciones pro derechos civiles se empecinaban en esquivar. Hasta pudo elegir de un menú cómo quería ser ajusticiado.

¿Habría sobrevivido Dahmer, profundamente desgraciado, la persona en cuestión llamada a la difunta docilidad contemplativa en medio de delincuentes curtidos, librado al humor de una situación-límite, que lo increpaba de aquel modo? «Tu vida está desperdiciada, nosotros estamos aquí purgando, un día saldremos, tú te comes a la gente, tu búsqueda no ha terminado, no eres como nosotros.»

¿Por qué los otros reclusos no mataron a Edmund Kemper, a Bundy, a Manson, cuando pudieron, cuando los tenían cerca? Como sucedía en las ceremonias aztecas y en la mayoría de los sacrificios cruentos, la víctima escogida para el sacrificio era apartada de los demás, consagrada, y la conclusión escombraba el sacrificio.

Cuesta generalizar a Dahmer como víctima desarmada, como una parte de los seres vulnerables. Sin embargo, la única persona que comprendió algo de su desabrigo sin toda esa basura de consideraciones diplomáticas del programa de Crimen + investigación, una vecina de los Oxford Apartments, Pamela Bass, puso de relieve su «vida desperdiciada» ―el lugar común otra vez― y los descuartizamientos con los que procuraba que alguien se quedase con él y que alguno de aquellos pedazos lo quisiera. Con su hipocresía mordaz, Yanquilandia festejó que un fulano de la fragua tomase a su cargo la defensa del honor atropellado de la comunidad. La connivencia de los periódicos con el laissez faire del Estado arrastró a la opinión pública, «la gente que no es tonta» y «el pueblo que nunca se equivoca», y así se pudo leer good riddance, que en buen romance traducimos como ‘¡anda a que te zurzan!’, ‘vete con viento fresco’ y la propia virtualidad de lo que le esperaba desde que lo habían echado al vertedero, que es good riddance to him o ‘que se pudra’. Sin dejarlo que siguiese viviendo en donde nada indica que se lo iban a permitir, la ley, la sociedad, las familias de las víctimas se citaron para apoyar la emergencia delegada del sacrificio secularizado del que había sido un extraño para ellos, del que había vivido como un auténtico extraño para él mismo, y que expresa en el momento de ser destrozado con la barra de acero este carácter inmemorial de cualquier víctima escogida para una inmolación:

que no quiere vivir y no sabe morir.

 

viernes 22 de mayo de 2020

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De cómo la persona volvió a ser máscara y lo bien que se avino ésta a ser sombra y, en busca de cordel, la asaltó el temor de la careta

[…] no es el temor de la muerte
lo que contiene al gaucho a veces.
Yo he visto a uno de ellos discurrir como un filósofo
en el momento de llevarlo a fusilar.
Era un sargento; el sacerdote le instaba
a confesarse, no quería hacerlo.
—Qué, ¿no temes a la muerte?
—Padre —contestó con marcada expresión—,
la muerte es un salto que uno da a oscuras
sin saber dónde va a caer. <<Lucio V. Mansilla,

Una excursión a los indios ranqueles, cap. XI

Para no apartarme mucho de la cuestión, intentaré perfilar un esquema de teorización y situación de pánico de esta fase del industrialismo que ha inventado lo que lo matará.

El esquema presenta dos triángulos enfrentados o reflejados en su dictadura invertida como si los viésemos en el agua; así, la base de uno coincide con la del superior, bien pegaditas como las piedras del Cuzco que no dejan pasar el aire.

Losange

En la cima del primer triángulo encontramos el ídolo, tal como fue inventariado en la cultura y obtuvo su rótulo en la historia de las religiones, una ‘imagen’ de una ‘deidad’ a la que se le destina un ‘culto’. Viene de un confín a participar ― ‘divisoria’ correspondería a la geografía física― el hibridismo que se produjo cuando los sentidos de la especie necesitaron hacer visible aquello en lo que hacía falta creer. La naturaleza proporcionaba los fenómenos imposibles a los que había que interrogar a fin de que la vida continuase sin daño. Un trozo de siderita que podía ser el escupitajo que había que refrigerar de un dios gastando una broma podía al propio tiempo, de un modo que causaba escalofrío, ser una piedra caída del cielo inalcanzable. Se trataría de la etapa en que la piedra se resistió a funcionar como un ídolo y que los mitologistas consideran la etapa de más alto rango en la que se estuvo transitando hacia la abstracción. La piedra caída planteó el misterio de ser guardada en una oquedad, lejos de toda promiscuidad con una representación, hasta tanto una excepción en el hábito favoreciese la revelación.

La comunicación de la Pitia con la vitalidad aórtica del más allá concurriría tardía u oportunamente a ello. Animales y objetos de los gentiles prestaron su apoyo, eterizando su naturaleza: Ammyt con un cuerpo en estado de coma por concierto y desafecto de hipopótamo y león, las (h)arpías de orejas de oso (que «habiéndolas visto una vez, cerró los ojos por no verlas otra» [Quijote, 2, XXXIV]), el vestiglo un poco verbenero de la Pardo Bazán, Equidna Drakaina Delphyne, doblando la apuesta de fantasía a la Gran Ramera, o las Grayas, que compartían el ojo y el diente, puesto que sólo tenían uno cada una. Por quebrada que se presente su naturaleza y se interfieran oficio y ejercicio en la nueva hechura, ésta digamos que cumple con la obligación de la corporeidad, que es la ansiedad para la cual la materialidad la condensa. La corporeidad, en definitiva, será la que dé un aire de familia más unida a la doliente galería de santos católicos.

En la transformación que el impulso religioso del ídolo pudo llevar a cabo en el ámbito de la persona o cosa amada apenas si experimentó un ligero descenso en la exaltación del motivo ―allí donde termina el sentido de Stalin llegamos más fácilmente a Eva Perón― y desde luego, al combinarse con la veneración que reconoce a partir de lo irreconocible, tenía a la deidad prácticamente inmovilizada en la corporeidad de nuevos episodios mitológicos que el ritual servía en bandeja.

Veamos qué tenemos por debajo. Por debajo tenemos el triángulo reflejado; dentro hemos escrito la palabra icono, que ha hecho un viaje del griego bizantino al ruso y llegado al francés, de donde la tomamos. Sigue conservando la proyección religiosa que el ídolo tenía, pero se le aprecia una alteración campimétrica en una clara acción selectiva sobre la representación, una especie de resguardo contra la materialidad que nos pone en guardia: invade áreas de la semiótica en cuanto a que es un ‘signo’ que puede mantener ‘una relación de semejanza con el objeto reproducido’. Visto de este modo, un icono podría ser sólo y nada más que un motivo en una tabla pintada con técnica bizantina. Eso, y poco más.

La representación, con todo, preserva el cariz religioso, aunque adolece de cualidades suficientes para que se hable de una corporeidad que convenza. La corporeidad define visiones excesivamente simplistas en los dos triángulos enfrentados. En el medio se extiende una tierra de nadie, una franja prescrita a la persona y próxima a la transhumanización que se le prepara. La gran masa de gente, la categoría de universales substantivos que se tiene por personas, va viviendo, dejando pasar el tiempo, pasando el rato, creyendo que hace lo que quiere y va hacia donde decide, y en realidad no sería así… y cada vez menos. Cada vez menos porque cada vez más es lo que se ve menos.

Si en el triángulo superior podía resultarle repugnante a la cuadratura moral de un cristiano la deshumanización que se operaba en el ídolo y, a despecho de ésta, merecía un culto por parte de comunidades enteras, la transhumanización, es decir, este traspaso, con traducción casi a la divinidad de los criterios de identidad y situación a las redes que estamos presenciando, de cientos de miles de voluntades a lo que otros dicen (los influencers) y hacen (los logreros de los dominios o youtubers) para atar con vidriosos lazos afectivos el éxito de la repercusión desmemoriada, necesita de amplios bancos de niebla para que las personas residuales que aún restan pasen de ese segundo lugar en la franja central en donde se hallan a un tercero y de este tercer lugar a ninguno.

Es importante traer a colación aquí el caso descollante de Christina Victoria Grimmie (1994-2016) porque su carrera en términos, pongamos, de bonos bancarios y en el sentido estricto de echarse a correr, no se ciñó al gran número de esquinas paralíticas y horribles boquetes de un itinerario de ídolo, sino que tuvo el formato digital más apto a estos tiempos criptoliberales con los que ella estaba perfectamente sincronizada. Con una habilidad que distingue a la generación que se ha hecho trabajando codo a codo en la misma finca de no leer una letra y el latrocinio de las redes, saltaba sin contorsiones de Facebook a Instagram y, si todavía hay quien pueda ver que se precisa poseer tanto o el mismo respeto por la palabra escrita, dejaba un rastro de sangre (¿de sangre?…, o de limazo, como las babosas) en Twitter.

En un dominio colgaba la ganga de su felicidad comparativa o fabulada; en otro encarecía los conciertos que pensaba dar, y reservaba el tercero para convertir lo que otrora era una silueta en una figura próxima, para convencer a las fans de que lo suyo no era «crear un perfil» sino citarse con ellas en una cafetería. Y este ego de recorto y pego que se sumergía con ellas en sus bailes de Prom y que las invitaba de coña, «por si estáis cerca», a concurrir a verla tal como era en la radiante vacuidad de la contemplación, pasaba por alto que vivía en la sociedad del obseso que ronda, de la jauría de licaones y el tirador atrincherado. Uno de ellos la eligió una noche como bálsamo.

Parece necesario evaluar que los dos niveles que se puntúan en los triángulos, si bien están interconectados, no están relacionados: la franja que todavía rozaba con sus plantas la entidad de ‘persona’ obstaculiza la relación, aunque su humanidad devastada continúa siendo el principio activo que pondrá en acción los componentes del ídolo y el icono. (Recordemos que la respuesta inespecífica de la representación sigue aún vigente en los dos.)

Para que la relación dé paso al factor constituyente y los dos planos, el superior y el especular, se toquen por lo menos en un punto, la franja debe aprobar esta resolución. ¿Cómo se procedería? Cediendo, librando, derramando por arriba, vale decir, por la base del triángulo superior y, al propio tiempo, por la base del especular, el triángulo invertido, porciones de calidad y naturaleza sujetas a todas las acepciones que trae un diccionario y recoge la jurisprudencia (más el primero que la segunda, por razones que después explicaré). A esta angostura alquímico-social y tecnológica es a la que denomino con el término prestado / sisado de transubstanciación, dado que se viene observando la mudanza ‘total de una cosa en otra’, concepto con sus propios derechos en la eucaristía, en la que sangre y cuerpo de Jesucristo no habrían podido convertirse en lo que mudan de no haber salido de su calidad y naturaleza.

No sé si Grimmie aspiraba a convertirse en un ídolo, pero dudo que la situación que la tenía circunscrita le hubiese permitido despertar tan pronto como los supuestos del mercado lo creyeran posible hacia eventos mayores del tipo de las transmisiones por cable de la MTV o la ceremonia de retransmisión del Super Bowl, sumarse a la lista de las Jennifer Lopez, Shakira u otras dentaduras de circonio monolítico que relumbran bajo los focos. El perímetro y período de su vuelo quedaban pronto abatidos en los reality shows que queman polietileno y en los conciertos provincianos de teatrillos en los que zumba la colmena de la firma de autógrafos.

Tal vez no necesitara más.

Había demostrado que cantando canciones de otros y con menos o la misma originalidad que un pez en el agua, se podía llegar a tener lo que al ídolo le había llevado años, prostituyéndose con un publicista, entregándole parte del capital y abriéndose camino como la antigua reja de arado. Cuatro años antes de morir ya recibía 45.000.000 de visitas en su modesto canal de YouTube; a principios del año siguiente, la persona en la que se evaporó tenía delante esa pasta que es la imagen pintada, portátil en la veneración rusa, transpuesta en su naturaleza, vistosa en su calidad, tras haber obtenido más de trescientos millones de visitas y los dos millones de suscriptores que salían garantes de aquella amarga batalla que el poeta dijo que para qué, si no merecía la gloria.

Esta mudanza orgánica, este sacrificio al que, sería sorprendente reprochárselo, Grimmie no dotó de vida, culmina en asesinato por mor del bulto nada más. Si Kevin James Loibl, el que la mató, no se hubiera suicidado a continuación, habría ido a la cárcel con cadena perpetua por el cargo de homicidio en primer grado. La ley no contempla la posibilidad de un agente externo que pudiese potenciar o contrarrestar los efectos de una imagen incrementada. Pero sabemos que Loibl, que vivía en Florida, que esperó a que ella llegase a Orlando, que vio el concierto chambonamente anunciado por ella en las redes, que viajó 170 km hasta el teatro The Plaza Live, es tan inexistente como los efectos adversos de la imagen en la que toda esta cultura está ya cómodamente arrellanada.

¿Cómo persuadir a la ley de que no se trata de una proposición frívola el profesar que no había persona alguna allí donde Loibl creía que mataba a alguien?

Solamente apagaba la luz.

El asesino, sin embargo, no aclara los requisitos de existencia más de lo que su víctima lo hace. Que la composición del icono alcanza para decolorarlo la hallamos activada en la aportación final o doble dosis de Eva al desnudo (1950), de Joseph L. Mankiewicz. Phoebe (Barbara Bates), la presidiable del club de admiradoras de Eve Harrington (Anne Baxter), penetra en la habitación del hotel que Eve ocupa y en un momento en que ésta yace derrumbada en un sofá, agotada por la recepción en que le concedieron un premio teatral, se desliza hacia el dormitorio, se prueba la fastuosa capa de noche de la actriz icónica, la palpa, la acaricia, y hace lo que Loibl hizo la noche del 10 de junio de 2016 en Orlando.

Con el marrón que había caído como premio a otro ser insignificante, el trofeo que encerraba el significado de estafa de lo que no podían ser, hace tres inclinaciones frente a un espejo de tres cuerpos que no le devuelve su pequeña traición, el monosílabo gestual de que no haya nadie que pueda figurar que tiene ante sí un público que no existe.

domingo 26 de abril – viernes 1 de mayo de 2020

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la dinamo empieza a funcionar cuando la conectan a una fuente eléctrica

Que es cuando hay inversión de fase y cambia la peripecia de energía eléctrica a fuerza mecánica.

Malcriada en glosario la alusión a la inducción, mal asimilada y peor aprendida, paso a completar el escrito que precede a éste con un lote de sugerencias que me brotaron en surtidor durante la noche, a propósito de la película del menor de los Mankiewicz y punto por punto en síntesis estimable, en lo que un neófito joven soy (pues puede ocurrir que no).

1. Phoebe es un apelativo de reanimación neonatal titánico, un nombre fantasioso que la chirusa de Brooklyn ―cerca de una hora le llevó en metro y combinaciones, le dice, llegar hasta el hotel― escogió para mimetizarse con el icono.

2. Barbara Bates, la actriz de poco resuello y alma con un ataque de tos que facilitó un cuerpo ausente en el metraje de favor, huésped, de la película, se suicidó en 1969 después de una pequeñez obscura y de no alcanzar las metas que se había propuesto alcanzar, según lo confesado por ella misma. Alguien que ronda en busca de una presa o de botín (prowler). La disciplina externa de determinado papel en el cine y la literatura aboceta el significado a veces. Tenía cuarenta y tres años.

3. Abre la puerta. Ha sonado el timbre. Se encuentra cara a cara con Addison DeWitt, una de esas personalidades que contribuyeron a hacer de George Sanders el profesor de cinismo sin que se le notase una pizca de sensualidad superpuesta. Viene para devolverle a Anne Baxter (Eve) el trofeo que olvidó al bajarse del taxi. Phoebe lo recibe con el cuidado con que se manipula una reliquia. El crítico de la columna teatral en el periódico, de hecho el Pigmalión de Eve-Eva, la aconseja que, para conseguir uno, le pregunte a ella, cuyas tachas y virtudes de trepa y estratega fueron descubiertas por el crítico. Eve «conoce el procedimiento».

4. No está precisamente alumbrada con un candil la evidencia que el espectador no tiene necesidad de que le publiquen de que Phoebe como personaje ficticio, incluso Barbara Bates en la vida real, armonizan en una pareja de intrusas que se colaron, la una en el cuarto de Eve sin permiso, aprovechando un descuido del portero, y la otra sin el talento, la suerte o con la paciencia dedicada a sobrevivir falta de la imitación directa de triunfar en la actividad cinegética de una tercera que había cobrado piezas que indiscutiblemente eran suyas. Con Phoebe ser imagocéntrico ficticio y Barbara Bates persona que fracasa con el carácter reservado de sus metas aplicamos métodos geográficos, psicológicos y lingüísticos a un personaje clave que establecerá y difundirá con su forma de comportarse la de uno de los invasores novedosos que mencionaba en el texto anterior, el ‘obseso que ronda’ (de aquí el verbo to prowl que reorienta las grandes expediciones de los psicópatas que hacen que los burgueses no se atrevan [a salir]), y nos adentra término medio en unos cincuenta años en lo que fue el umbral de lo que el ordenamiento jurídico norteamericano penalizaría más tarde en el acosador de Madonna y la acosadora de David Letterman.

5. Momento en que Phoebe, la criada ocasional de las antiguas damas en los palacios, la adoradora de la desesperación romántica, la reparadora del materialismo positivista y la pompa de jabón del impresionismo de las redes coloreadas, se prueba la capa que Eve se había quitado al entrar y dejó sobre la cama. ¿Cómo vemos que la usa? Se hace aún más notorio decir que la trata. Como un ser sensible más que como parte del atuendo, la capa pluvial de un diácono.

6. Secuencia en la que Phoebe se confunde con Christina Grimmie y con Kevin Loibl sosteniendo el trofeo que trajo George Sanders y provoca la espiral de una trepa que se escalona con otra trepa y un trepa final que acaba con la trepa que trepó, en el retablo de inexistencia y adoratorio que el espejo partido en tres reitera tanto como imita.

 

2 y 3 de mayo de 2020

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MONÓLOGO DEL QUE LLEVABA PESCADOS EN UNA CESTA

Yo no lo seguí

cuando él andaba en Galilea.

 

No entendía lo que enseñaba,

no entendía a las muchedumbres sedientas.

 

Además, yo era un pordiosero

que llevaba pescados en una cesta

 

y aquel hombre era muy distinguido.

Hablaba de la vida como si le incumbiera.

 

Más tarde supe que murió. No, que lo mataron

y le pusieron en la boca palabras que no dijera.

 

Más tarde supe que amaba a los pobres

(no iban a clavarlo a una cruz que no fuese duradera).

 

Me alejé de aquel hombre por no llorarlo,

aunque olvidos desandé, trepé a muchas blasfemias,

 

con la esperanza de encontrarlo…

Pero dicen que se fue de la tierra.

 

11 de mayo de 1968

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Homero cante a quien su lira Clío

Obra de familia – Sebastián Tristediós (ho Pirrós, el Catire)

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UN SÚCUBO RECLAMA SUS DERECHOS

No recuerdo si un principio hubo, si
en esto me convertí o lo que soy
lo fui siempre,
si fui drogada o me ganó
para la causa el malvado
que me mordió
y formo de las tinieblas
la franja que no da calor.
No caí con los rebeldes
cuando en vuelo Monseigneur cayó;
el Paraíso me negaron
y la serpiente no me tentó,
y Adán se fue con otra que,
por lo visto, era mejor.
El del hocico ensiforme,
el murciélago de acordeón,
rinolófido herradura:
ése soy yo.
Mi espiritrompa de litro
se adapta a cualquier situación;
lo mismo libo una asclepia
que chupo de noche un pulmón.
Nunca me compusieron un poema,
no me hicieron una canción;
los maestros del Norte solamente
pintaron nuestro exangüe horror.
Mujeres tan blancas de los flamencos
son súcubos igual que yo.
A Juanito el de la tos, mi pajarito,
a quien la Reina de las Hadas prohijó,
me le aparecí en la alcoba
bajo los rizos de Fanny Brawne
y el poco verde se le fue en un grito
con un trallazo de sifón.
No tengo los pelos de la Crawford,
ni puedo comprarme de ocasión
las botas de PVC que Julia Roberts
al comienzo, en Pretty Woman, estrenó,
pretéritas botas de mosquetero
que hacen que las silbe hasta el sol.
Ser pragmática es hoy democrático,
lo que fue una vez hermoso prescribió:
estar atenta al salto es cuanto importa,
barricada arriba de la redención.
Acabaré con todas vuestras musas,
copias infames del Inmóvil Motor.
Puedo miraros desde el hondo infierno
o desde un jardín risueño de Watteau.
Me debéis un culto, atontaos.
¿Quién os prestará más atención?
De mí no habrá que despedirse.
Pecar conmigo equivale a un don.

 

Publicado en Argentina Cultural, boletín del Centro
de Promoción del Consulado Argentino,
Barcelona, año V, núm. 23, enero-febrero de 1998.

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Nos fue a buscar a la estación de autobuses de Zaragoza el 26 de diciembre de 1999 en su coche para llevarnos a la iglesia. Rhea Silvia y Petrarquita celebraban el bautizo de su primer hijo, el recién nacido Pablo, y, entre el número de ocurrencias de las que se pierde la mitad, se me ocurrió invitar a Huckleberry Paz, perennial girl-next-door y musa a tiempo parcial, pensando que no iba a aceptar siendo San Esteban. Pero aceptó.

En el coche me senté en el asiento del acompañante y pude disfrazar a mi antojo la admiración con la conversación trivial, recorriendo ordenadamente la suave papada de natillas, el perfil –nielado en Vista de perfil–, la melena ensortijada de la que el sol del atardecer hacía gloria, honor y propaganda. Ir en un coche, de gnomo con dos mujeres que en gran medida se complementaban y se mejoraban una a la otra, cuya belleza estaba como coordinada, era un regalo de los del bautizo que el bebé Pablo –los niños son inocentes hasta que los bautizan– había desviado para mí.

En el esforzado festejo que siguió a la ceremonia por el hecho de saber que Conchita, la madre de Silvia, se estaba muriendo, ya en la casa de la calle Andrés Benito del barrio de Santa Isabel, se hizo notar, colocándose –la belleza tiene un sentido fotogénico y escenográfico innato– frente a la puerta del dormitorio de los esposos. No sé si a los demás, pero a mí no se me escapó el lucimiento ultra-fashionable del pantalón, disparador automático que retarda la fotografía de un bombacho a la turca que en la cintura exhibía una a modo de estalagmita que polarizaba las excepciones y terminaba con el aliento por debajo del busto. Metía las manos en amplios bolsillos y todo el tiempo parloteaba girando, la mar de coqueta, virando con sus caderas como una navis longa romana. «¡Pardiez! –exclamé para mí–, pero si va vestida de Dale Arden, la sempiterna novia de Flash Gordon…»

Pasaron cuatro años en los que no la vi más. El fin de semana del 1 al 4 de mayo de 2003 lo pasé en Zaragoza, parando en un bar-hostalito sobre la carretera de Barcelona, que se llama así. El sábado 3, Petrarquita y Rhea Silvia la llamaron y nos encontramos para almorzar en un restaurante italiano que no se moleste la tradición artística si digo muy bonito que se dice. Estaba con el accidente de su belleza, averiada, es decir, parlanchina. Yo no hablaba. Intentó una pulla:

–Tu amigo está muy silencioso. Lo único que hace es mirar.

Petrarquita, sonriendo, sentado a mi lado, me miró. Entonces dije:

–Hay momentos que sólo son para mirar. Un día me llevarás a caminar por un museo y yo trataré de explicarte por qué las estatuas griegas tienen los ojos, pero han perdido la mirada. Así como yo ahora tengo los ojos.

Los cuatro poemas se los escribí mientras estaba enredado –nunca mejor dicho– en la telaraña de rosa fría y me sentía un cruzado, un paladín de la Belleza. Íbamos a ser consagrados con Petrarquita el sábado 31 de mayo caballeros de la orden ecuestre de la Rosa Fría Extraña Flor de Hielo en la Pared de un Acantilado, en el curso de una ceremonia en un bosque del Montseny, y lo hice rodar todo al carajo.

Una curiosidad: el romance que se titula Normas para tu amuleto contiene una receta intuitiva. Durante un tiempo esperé que me mandara un pedazo cualquiera de alabastro* envuelto en un rizo suyo, en vano. Más tarde me enteré por Petrarquita de que una amiga ecuatoriana había dicho que lo que yo quería hacer con el rizo y el objeto era un sortilegio para encadenarla. Estaba «aterrorizada». La amiga le aconsejó que quemase los poemas. Ignoro si lo hizo.

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* Tiene una pequeña fábrica de objetos de ese material. Vende las placas y apliques para los edificios que se construyen.

The very music of the name has gone/ Into my being”

 

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—Vous n’êtes que de nègres! <<Isadora Duncan al público de Buenos Aires en 1916

miércoles 19 – viernes 28 de junio de 2002

Mantengo ese estado de espíritu en que el recuerdo embarca a los únicos dos que quedaron allá, «tras las líneas», pero me obligo a ser paciente, a ponerlos en una lista de proyectos, yo mismo me adoctrino con que debe haber prioridades, a fin de acelerar la actividad de mecanografiado de una obra que tiene «sólo poco más de cuarenta renglones».

Estoy transcribiendo la tesis doctoral en Historia del Arte. La terminé en febrero y en estos momentos la estoy pasando en un Toshiba que aletea suavemente bajo mis dedos, pero cuyo programa no termino de entender y lo eructo como una sopa de cebolla. Lo compré con el propósito de consagrarlo al servicio de la tesis exclusivamente: toco a una monja.

La carrera de Filología Hispánica (Letras se llamaba en la Argentina) que había traído sin acabar, la retomé aquí prácticamente de cero —me convalidaron nada más que dos materias— y en el curso 1993-1994 empalmé la graduación con los cursos de doctorado, dos años más. Si obtengo el grado académico tras la defensa pública —te sientan ante un tribunal como los de verdad formado por cinco doctores y tienes que perorar o responder, según lo que toque—, me moriré con dos carreras, llevaré borla en las cenizas. Haz tuyo el credo quia absurdum para este viejo.

Comienzo necesariamente por los dos que contravienen la norma fundamental de la consanguinidad; los que debían haber sido consanguíneos ya me ignoraban viviendo yo allá y queriéndolo saber todo por fotos cuando volví, que estaba ante ellos y faltaba. Estaba sentado a su lado y tenían que mirar una foto vieja para hablarme y ver que era yo. Todo rueda en otra dirección, el incontenible alud de las caras… Me moriré y no lo sabrán. Y ellos lo mismo. Todos los miembros de las dos ramas fueron desconocidos, muy temprano. La paterna, los primos, sobre todo, porque a los tíos se les pierde fácilmente el rastro, ninguna tragedia irremisible sino el blackout biológico cuando a nosotros nos mataba el aburrimiento en la adolescencia; y la materna, los Petrella, con quienes era imposible establecer siquiera relaciones amistosas en un grado más alto que el de picapedrero. ¡Dignos eran de su apellido!

Y nuevamente por Nélida, la chica de radioteatro o la «chica de la tienda de la vuelta» como era Meg Ryan en Tienes un e-mail, tropiezo contigo al dar la vuelta a este nuestro atardecer.

Quien me hubiera podido ver leyendo en la pantalla tu mensaje me habría visto mostrando unos ojos desorbitados al encontrarme frente a frente al menos con una buena mitad de mi pasado, el ortográfico. Y así se lo referí a Nélida (1), que ya no me acordaba para nada de que me decían Filosofitus. Con ese pasado descarnado que traía adheridos piel y cabellos humanos volvía la barra de Luján…, Mirta Cherencio; Edgardo Simionato, Osteon non Grossus; Quieto; Beatriz Morasso (que te hacía beberte el juicio), y Corneta (Carmen Núñez)… ¿Te acuerdas de que pactamos en 1965 que al cabo de diez años iríamos a Luján y nos encontraríamos todos de vuelta como salchichas, chirriando de alegría y saltando en la parrilla? Un hecho aparentemente pasado por alto en 1975, cuando volví, YO SOLO, el 10 de agosto, que era el día para ello. Llevaba mi Savora para untarme. No vino nadie; los Núñez se habían mudado, ya no vivían en aquellos chalecitos adosados de la calle Doctor Muñiz, entre aquellos yuyales y zanjones, y mi prima Kela, la que sigue viviendo en esa esquina en un chalé que un observador objetivo diría que vio en Connecticut, me había dicho ya en esos años que se habían ido a vivir cerca de la ruta nacional núm. 7 (Carlos Pellegrini), por donde doblaba el ómnibus para tomar la avenida anchísima, Nuestra Señora de Luján, que va a parar a la basílica bien de frente.

Dices que has renunciado al cargo de «cancerbero de los recuerdos», pero siempre nos haces dar un respingo con esas presentaciones religiosas. A mí, que a la sazón me corto la mano (el presente) y escondo la piedra (el pasado), me parece que es algo común, debido a la solicitud y el buen gusto que muestras en disimular que nos sorprendes, como cuando me mandaste la foto con la barra a la entrada de la choza prefabricada de Mirta —ruinas al acecho cuando pasé—, que son casi manchas, gente del espacio, por la única lamparita sobre el dintel, y Chiquito Cherencio, el padre, está metiendo en cuadro un brazo peludo con la fotito suya.

Ven, muerte tan escondida, / que no te sienta venir, / por que el placer de morir / no me torne a dar la vida. <<Lope de Vega

Luis el Petiso Peralta o el capítulo no lo pongas, materia y espíritu, todo en juego, al precio de un combate del que algún detalle imprudente sea capaz de conmover.

Esa «obstinada» soledad que adjetivas, no por conocida es menos incomprensible. Necesitaba un lugar apropiado para llevar esa vida que llevó, pero ni haciendo un análisis social se entra ahí. Como un castor construyó un dique que se veía, viejo, y nadie puede decir que no se veía, ¿a que no? No dejó que nadie entrase a donde estaba o exactamente a donde no existía, ni los de la iglesia, ni tú, ni yo —él era amigo de mi padre y a mí me conocía de chiquito—, y me parece que tampoco Élida Bielicki, aquella dientuda que tal vez rompió con él por eso que no soportan las mujeres, que tengas secretos con ellas (o que los tengas), y que falleció mucho antes que él.

«Inexorable» la hizo él. Si vamos a contar las veces, fui más al Louvre que a su pensión de Avenida de Mayo, adonde fui una sola vez.

Se hacía él solo los trajes, uno para verano, otro para invierno. No puede faltar en una sólida forma tradicional de evocación la sombra del sastre.

Por algún sentimiento impenetrable que a gente plebeya como yo se les escapa aunque es posible pensar que era por coquetería, no quería que supiésemos cuántos años tenía. En cierta ocasión, no recuerdo cuál fue el motivo, sacó el carné de identidad. Tendría que haber terminado mis estudios de buena educación, ya lo sé, pero en seguida caí en la cuenta de que una oportunidad como ésa no se volvería a repetir. «Rápido como el rayo», como se decía en las novelas (en las malas, sobre todo), le arrebaté el documento de un zarpazo. Se puso a gritar, a su manera, claro, con la vocecilla de organismo unicelular flagelado que tenía, y a manotear para recuperarlo; logré vislumbrar la fecha de nacimiento, que era 1930. Tenía entonces treinta y cinco años; lo que te cuento sucedía en 1965, en la esquina de Neuquén y Trelles.

Había perdido por completo la compostura. Creo que, como esa vez, no lo volví a ver nunca más tan encolerizado.

Cuando Marta García me traicionó y no podía volver a la iglesia de Terrero para no verla con el Marcelino, nadie de la iglesia me vino a buscar —y yo era miembro—, no llamaron por teléfono para averiguar lo que pasaba, para comparar las versiones, para compensar (?), cubrirme con las alas extendidas de la congregación, consolar, que era lo (icono)lógico. ¿No estaban hablando siempre de la «comunidad cristiana»?, ¿de los «hermanos»? Cinco años estuve entre ellos, del sesenta y tres al sesenta y ocho. Que sea en realidad éste el motivo de la amargura congelada en teoría y abandonada como plan. Perdí el tiempo, hice una raya en el agua.

Averiguar no hacía falta. Nadie lo pretendía. Nené (2) me hizo inteligible años después el «convenio» que había tenido lugar. La estructura tenía que defenderse, un acto en legítima decencia que alcanza toda su significación gozando la madre-muro de Marta en la junta de la iglesia de las ventajas de su cargo como superintendente de la escuela dominical y siendo adversa a mis intereses por razones que se llevó a la tumba. Hubo que cargar con la vergüenza de la unión pringada (Marta y Oscar Marcelino), pero habría sido peor correr el riesgo del enemigo muerto y sentado, del rival subyacente, de una situación resuelta a medias y que podía «traer problemas» ¡si no me amoldaba yo a las circunstancias!

No se habrían fiado si les hubiera asegurado que estaban a salvo de conflictos en lo que a mí concernía. Me habría indignado mi cobardía de sólo pensar en quedarme y comportarme como el espía de su felicidad. Ya lo había hecho en 1966 cuando se enamoró de su primer novio, tu amigo Norberto Ianni. Confieso ahora todo lo que sufrí, sin ofrecer garantías de reembolso respaldado. (Piensa que soy una entidad extranjera, lo que hace un banco.)

No he vallado toda esta reconstrucción con la tentación de rastrear un llanto por cosas perdidas que bien perdidas están, que tienen la misma categoría que el reinado de Fernando VII para el ensayo de desaparición del mapa con el que vais a hacer la gran première ante el mundo entero. La he acidificado para sacar conclusiones generales sobre el comportamiento del petiso mientras yo saboreaba el mero hecho de que la congregación a la que creía pertenecer me daba el esquinazo. A despecho de que alguien pudiese admirar lo reservado que fue. Para juzgar de un comportamiento dulcificado por el pragmatismo.

Que los prominentes de la junta retuviesen el aliento cuando un domingo por la noche, después del culto, me borraron de la membresía lo comprendo; de todos modos, en eso la iglesia no intervenía y se hacía a puerta cerrada. Toda comunidad es culturalmente homogénea, y más cuando es una grey con un pastor como Armagno, el carnicero teológico. Medina, su análogo sucesor, no hizo más que heredar el balurdo de papel de lija. El desinterés brinda por formulismo la prueba de la existencia intelectual, miedosa, del «convenio».

Pero Luis era un amigo…

Lo conocía desde que llegó de Capitán Sarmiento a la capital con veintipocos años y mis padres le alquilaron la piecita de arriba.

Muchas veces se quedó en Canalejas (3) a dormir la siesta antes de irnos para el culto de la noche, los domingos.

Como comprenderás, creo haber sido el único que no se reía de él en los ensayos del coro y le prestaba atención.

Me quedaba a oírle tocar el armonio después que todos se habían ido, en el templo grande. Lo que escribí en la página 341 de La batalla de Ezeiza es la injusticia y el socorro de una de esas noches.

Él sin Élida y yo detrás de Marta con el alma de un criado, criaturitas de cottolengo, en un país que ya era un cementerio muy contrariado antes de pedir de cenar miles de muertos políticos, en la ciudad, con París, que te encanece la cabeza y te agrisa el alma, íbamos a dar finiquito del domingo a El Ombú o —lo peor es inmóvil— al Bar Santamarina, en Neuquén y Martín de Gainza, un lugar que, por más que hasta ahora la lobreguez no haya logrado otra expresión institucional que las de Horace Walpole y la señora Radcliffe, no era un lugar con fondo, sino un fondo con el prejuicio de que tenía que haber un lugar. Mostraba años enteros en sus mesas de madera, unos tubos de neón debilitados (yo diría que en cama); se podría haber sentado una cobra con el cuello dilatado al lado nuestro que no la habríamos visto o quizá le habríamos dicho: «Anda, pídete algo». A eso de la medianoche, tras mojarnos los labios rijosos con una infusión, té con limón, ¡qué efusión!, él se tomaba el 84 u otro micro en esa esquina —Neuquén era de dos manos entonces— hasta José María Moreno y Rivadavia y ahí el subte de Plaza de Mayo, el «A», y yo me volvía a la zahúrda de Canalejas.

Después de lo que te conté, no vino nunca más a Canalejas.

Jamás me llamó por teléfono.

El día del año que te casaste, 1969 (no sé el mes), con Celia Beatriz Chiappe me insististe por última vez que fuera a la iglesia. Eras mi mejor amigo y no lo hice. Mientras tú te casabas, yo estaba con una Venus paleolítica en el departamento de Eduardo Ángel Gotta, el protagonista de mi segunda novela, que estaba garchando con otra abajo, en el dormitorio que había sido de sus padres. Luis debió de recibir el tipo de enseñanza práctica que le demostraba que algo grave estaba ocurriendo para que tu mejor amigo no estuviese presente en el día más importante de tu vida. Ni aun así llamó.

Ese año había conocido en la biblioteca del Instituto del Profesorado, los dos a punto de rendir Historia de Egipto, a María Eugenia Gagliardi. Fue ella la que me «ligó» (allá se decía «levantaba») y me invitó a ir a estudiar al departamento que compartía con otras chicas en Cerrito y Avenida del Libertador. ¿Recuerdas que mi madre te llamó porque no volví en toda la noche?, ¿que estabais dispuestos a buscarme por comisarías y hospitales? Todo ese año estuve con ella, gambeteando la soledad, pero el 6 de noviembre los padres le cortaron los suministros y tuvo que volverse a Bolívar, de donde era. Había conocido además a un muchacho que estudiaba medicina, Ricardo Sarmiento, con quien se casó. Yo entonces tenía los brazos porosos y no podía retenerlas (osteoporosis creo que se llama la enfermedad).

Así nos ponemos en el año 1970, año crucial para el país, al cual la ola de castrismo le salió por un ojo de la cara. Secuestran a Aramburu, lo acochinan, lo arrojan a un pozo con cal viva, en Timote, y con esa acción sin remilgos empiezan a figurar los Montoneros en los diarios y en la mente de la ciudadanía. Empapelan con las caras de los primeros toda la ciudad; mirábamos las caras en los carteles que parecían los de las películas de cowboys, las de Gustavo Ramus, Carlos Capuano Martínez (abatido en un bar de la avenida Montes de Oca en 1972), Norma Esther Arrostito (liquidada con inyección en enero de 1978 en la Escuela de Mecánica de la Armada)…, y algunas caritas, la del fervoroso desencaminado Fernando Luis Abal Medina, caído con Ramus en la pizzería de William Morris casi en seguida, y la del Comandante Pepe, el sobreviviente bien encaminado… Todo ese año me sostuve con encuentros concretos a los que Nélida asentía —no los mezquinaba, pero ella tenía su vida—, visitándoos a vosotros, que vivíais en la casa de Flora (4), y a los Rivarola. A la salida del banco, algún viernes —trabajaba en el Provincia, en Avellaneda—, me iba a Carapachay (5), al norte de la provincia, en el «tren de los borrachos». Retornaba a la capital el domingo por la tarde.

Pero muchísimos fines de semana no tenía a dónde ir. Recuerdo claramente que tomaba un ómnibus, me apeaba y vagabundeaba, llegando a la esquina, doblando, yendo por una avenida, metiéndome en una calleja en donde no había nada más que naves industriales, grotescamente desconcertado (6). El cine me salvó. Como en mi barrio natal, Caballito, habían cerrado todas las salas, viajaba hasta Boedo. Fui algunas veces al Select San Juan, al Moderno también; pero mi atracadero, cuando lo descubrí, mi rada, fue el Gran San Juan. En la tesis hablo de éste y del primero. Resulta inexplicable que Luis no se haya pasado un solo sábado por casa a ver cómo estaba. ¿No era que los sábados había reunión de jóvenes?

Al volver en el noventa y cuatro, fui a recabar noticias de él a Terrero. Isabel, la hermana mayor, muy astuta, me engañó diciéndome que vendría pero más tarde, y me tuve que clavar allí y escucharme la cantilena sin compasión, alivio ni descanso: clase de escuela dominical, ¡que nos dio la madre del Colorado y el Negro!, ¡esa señora tan versada!, himnos, hosannas, predicación y testimonios. Me sentí invadido de un sentimiento de horror al oír los gemidos interminables de los mismos bancos que tenían en la otra iglesia a la que iba cuando era chico (a la que nos llevaban en cuerda de presos a mi hermana y a mí, debí decir), que estaba en Donato Álvarez 884; el oficio se efectuaba en la capilla, no seríamos más de veinte personas.

Habían perdido mucha clientela.

¿Y quién era el pastor? Un tal por cual para el máximo templo funerario de los nazarenos, para lo que había sido el ducado y el feudo de Armagno: ¡el segundón Coolidge!, ¡el último orejón del tarro de los misioneros (7)! Miseria es de esas palabras que nunca se olvidan, sobre todo cuando la ves. Su mujer Faith, «Fe», como le decían todos, aquella altiva y díscola Faith Cochran, se balanceaba pisando y aporreando el armonio antañón que Luis acostumbraba acariciar antes de que compraran el órgano. Tus padres me contaron que se estaba muriendo de cáncer, que «se pudría». Olía muy mal y esa combinación de orgullo que siempre la caracterizó y desorden orgánico pestífero había ahuyentado a la gente, según se desprende del informe de tus padres, guiado, a lo que parece, por la ojeriza. Le pregunté por los padres, John y Mary, que ya eran viejos cuando yo era un niño, y me dijo que «los dos vivían con más de noventa años». No sé, viejo, si son irrompibles o si la fe los blinda, pero yo creo que la fe es una antitoxina contra la vida. Más rezas, menos domingos de culto te pierdes, más duras, tú, menos te gastas. Doña María de Cochran, que amonestaba a mi madre porque nos había dejado ir al cine… (8)

Me obligaron a dar testimonio en grado superlativo, porque mi padre había sido el que había sido y porque yo vivía en el extranjero y había naufragado cerca de allí para ir a visitarlos. No hablé de Dios, ni de la salvación; no habría podido decir nada coherente ni decente sobre el alma. Hablé de fantasmas, y, de hecho, eran más palpables ellos que los que estaban reunidos esa mañana de verano y no veían a mi padre dirigiendo los coritos y quince años después a Hortensia en lo mismo.

Los presentes debieron de creer que deliraba y eso me hizo ganar la confianza de los fantasmas, porque no se escondieron.

Un incidente, el testigo que los vio y en el que no se habían fijado cuando andaban por allí, los había puesto de nuevo sobre la cinta y no sabían qué contestar. Me pregunto cuántos y quiénes de ellos se beneficiaron de decir que eran fieles, que creían, y no tuvieron que enfrentarse con un juicio justo en el cielo adonde fueron seguro. Estaban todos los misioneros norteamericanos que salían a cazar en jeep con el padre de Lito Mingorance, y el buen inglés, por importancia y ascensos, algunos endomingados de ángeles de 2.a (firman a la izquierda en los documentos) «por motivos de servicio»: los Ferguson, cuervos que aparecen en el libro del ghetto de los nazarenos, los primeros en llegar al país; los Lockwood (mi madre decía «los Lócuer»); el buen inglés Ainscough («don Alberto»); los Hendrix; Denton, que predicaba torciéndosele la boca, se escondía detrás del púlpito y tenía una mujer hermosísima que nos despreciaba a todos y eso cómo no va a bastar para seguir viviendo; los Johnston de la época de Donato Álvarez; Howerton («no león»); Donald Davis, que tenía una educada y potente voz de tenor (9) y una mujer que estaba para cortarla en lonchas, puro queso mantecoso, queso de Villalón aquí; Paul Say, el carpintero, acaso el único que habría encontrado un idioma común para entenderse con Jesús…

No quería compartirme cuando le decía que tenía que ir a verte o que él no era el único, que tenía pocos días y tenía que ir a ver a otras personas. Por modo extraño, se mostraba posesivo y me pregunto ahora, un poco alarmado, si su victoria sobre mis proyectos pidiéndome repetidamente que me quedara a almorzar no era una de tantas deformaciones de los celos. Logró que me quedase a almorzar y a estudiar esa mixture à trois que formaba con su hermana Isabel y el misterioso Alberto que también iba a la iglesia y no puedo acordarme de su apellido. Adaptaban a la simulación cristiana la base y las implicaciones para ser personajes de Sabato, pero atrancados en unas historias de frustración de José Bianco, y vivían en una casona fresca y umbrosa de Méndez de Andes 222, muy cerca, efectivamente, de parque Centenario, por eso «lo viste aparecer un día en tu puesto de la feria, asistido por un bastón», en la que lanzaban un suspiro profundo, aunque tenuemente, modos de conducta homosexual insignificantes, esquivos rituales de incesto. Pasaban la tarde en un dispensario que había al lado, que era de un médico al que servían no sé en qué. Tampoco sé si los explotaba.

Estuve más con él que con ninguna otra persona. Una tarde, junto a ese gran lago artificial que hay en parque Centenario, le pedí que me contara menudencias de mi padre, que sabes que perdí cuando tenía ocho años. Después de reclamárselo hasta parecer agresivo, conseguí sonsacarle que una vez, subiendo las gradas de la cancha de Ferro, con entrada por la avenida Avellaneda, en donde solían celebrarse miércoles y sábados carreras de motos y coches pigmeos (los midgets), mi viejo le confesó que había tenido que luchar con el impulso de precipitarme gradas abajo.

Vino el día que me marchaba, coincidió con Ester Aires Romero y el barullo reinante no me dejó razonar para qué. (Ester es una catalana de Manresa, compañera mía de la penúltima materia de la carrera, que se enamoró en un viaje en tren de un argentino…, uno bueno, aquí, y se fue a vivir allí.) Nos sacó una foto en la puerta de la casa de mi suegra, Robertson 920, en el bajo Flores, que he traspapelado sin mucha aflicción. Ester y su hombre Cali nos llevaron a Ezeiza —viajé con mis hijos, Nené se quedó— y Luis vino con nosotros. Al subir por la escalera que conducía al amplio vestíbulo de embarque, volví la cabeza; aislado del mundo y al pie de la escalera, lo vi de verdad, por primera vez y en lo sucesivo. Supe que no nos volveríamos a ver en esta vida. (10)

¿Por qué mandó a otro que me avisara? ¿Por qué no vino él, subiendo ahora por los peldaños resbaladizos de esa otra escalera? ¿Por qué quiso que supiera que había muerto? ¿Se arrepentía de algo? ¿Seguirá siendo la gangrena del remordimiento la única posibilidad de salvación?

La preciosa precisión que me das de que «dejó esas callecitas de Buenos Aires hace mucho más de dos años» no puede hacer más que lo que le manda el número. Según los esoteristas, y se lo dije a Nélida en un mensaje, dos años es el tiempo que tarda en morir el cadáver.

*  *  *

Pensé que tus viejos no dejarían de ir a la iglesia nunca y que incluso los velarían allí como velaron a Medina en el templo grande. Me digo para mis adentros que eran los únicos fieles verdaderos que le quedaban al edificio. Ese templo…, ¿sabes que es copia de otro? Recuerdo que Juan Cochran y mi padre fueron a hablar con el pastor Pistonesi. Se imponía conocer más la arquitectura de la iglesia bautista de la calle Bogotá que iba a flotar con su formato en la minicatedral que se construiría sobre el vasto solar de lo que fue la casa de ensueño de los Hendrix (11). Yo no tenía ni parte ni derecho de oír, pero como era un niño, todo lo miraba. ¿Sabes que iba a los bautistas antes de ir a los nazarenos? Y a esa iglesia de la calle Bogotá, precisamente. Pistonesi todavía vivía. Tenía la experiencia, pero no la edad para decirle que el mejor detective es el que se sienta a esperar al asesino en el punto en donde comienza el camino de los recuerdos.

No entiendo, ¿cómo que «has perdido todas tus propiedades»? ¿Es literal?

De todo esto me tendrás que hablar, monsieur le Corbeau, aunque con tu indomable y torcida sonrisa, hecho a una vida de la que ya me olvidé y desdeñoso con un pasado en el que, convenientemente adornado, habríamos podido pasar por jóvenes más guapos de lo que nunca fuimos, pronuncies por el colmillo un «no ha lugar».

 

Notas

(1) Véase una selección de sus cartas y una adición en la categoría CORRESPONDENCIA (diciembre 3 y 26, 2011).

(2) Sobrenombre en desuso de la madre de mis hijos.

(3) La calle del nordeste del barrio de Caballito donde crecí. Hace años le cambiaron el nombre y se llama Felipe Vallese.

(4) Hermana de su madre. La casa está descrita en La batalla de Ezeiza (pp. 109-111).

(5) En donde residían los últimos nombrados.

(6) La potencia emanada del principio del vagabundeo resurgió como latente adiestramiento en 1996 cuando fui a vagabundear a Gran Bretaña en busca de trabajo. Paré en once ciudades. Crucé al bies toda la isla mayor, de Edimburgo a Inverness, de Glasgow a Portsmouth, y luego un zigzag hasta Plymouth, al oeste.

(7) Un santo y tal vez por eso estaba allí. Había vendido una casa que tenía en Tampa, Florida, adonde se iba a ir a vivir cuando le tocase el retiro, había quemado las naves, en una palabra, y, contagiado de la alegría del renunciamiento, había decidido quedarse a vivir y morir en la Argentina. Su hijo Ardee Burr, de quien me hice bastante amigo en el campamento juvenil de San Antonio de Areco de 1967, era el mozalbete más ilustre entre la caterva brutal de los hijos de los misioneros.

(8) El activo temor a pecar había sido, por supuesto, inyectado a todos los demás. Cuando mantenía su relación de noviazgo con Ianni, Marta me preguntó si creía que estaba bien ir al cine con él a ver el estreno de La novicia rebelde (en España, Sonrisas y lágrimas). Le dije que no veía el problema; las películas que proyectaban en las salas de cine tarde o temprano las pasaban por televisión, y ellos tenían. Hortensia, que estaba escuchando la explicación que procuraba alivio a la dolorosa burrada, dijo que era distinto porque las salas de cine «estaban en el mundo».

(9) Eduardo Sánchez, el marido de Elsa, que era bastante gallito-no-me-mires-a-los-ojos, quiso rivalizar con él en la fiesta de despedida de Marta Laiacona que se iba a vivir a los Estados Unidos y que se celebró en la capilla con mesas alrededor y quitando los bancos, y casi le revienta la cabeza como en Scanner.

(10) El 26 de agosto de 2001, domingo, «comisionó» a alguien para que viniese a decirme, mientras yo dormía, hacia la madrugada, que había muerto.

(11) Allí vi a Arlan Ray, el hijo mayor, jugando con Bernabé Rodríguez en el inmenso fondo donde levantaban en febrero la carpa para la convención anual. Llegaban pastores de todos los rincones del país. Ray llevaba puesto un auténtico disfraz de indio piel roja con un tocado de plumas que le rozaba los tobillos. ¿No era pecado disfrazarse? Allí el hermano menor Spurgeon Leon, el primer amigo que tuve y el que me llevó a la iglesia de nuevo con el pretexto de practicar el inglés, me mostró un tren eléctrico que había que estar arrodillado a la puerta del comedor para verlo en conjunto, repleto de estaciones, pontezuelos, montecillos, pasos a nivel, abetos y laguitos, tan próximo a nosotros, los chicos de zapatilla, como los montes Urales. ¿Se lo habían comprado con el dinero del pobre Judas?

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porque estuvo allí, / este cuarteto impúdico

Cuando vea un árbol en un páramo,
          grave como un cello;
el farallón al que las olas asaltan;
si me ofusca el sentimiento de que faltan
          de mi lado ― pensaré en Marcelo.

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En el diccionario se lee que se balancea

como un niño que está aprendiendo a caminar

 

El pingüino en el Zoo

sensible hasta el punto de producir la impresión
de reclamar la pureza perdida

junto a un foso con agua
demasiado prosaica
para ser natural.

¡Es de un tupé metafísico!, como si preguntara:
«¿Qué hago yo aquí?»
«¿Por qué no vienen a sacarme?»
«¿Esto es hacer justicia conmigo?»

Su apariencia de ave palmípeda es una
vanidad que da para la Prensa
y Rodríguez de la Fuente,

carece de importancia;

la verdad es que piensa que es un lobo
él, en el fondo, imagina que es lobo

y éste es el único dolor, y la única vida posibles.

Pero si admito
que al dolor vigilante del lobo vagando irritado, y cazando
no lo vi jamás en un Zoo,

al fin y a la postre…

tampoco he visto a un pingüino volando.

Un conocido del Zoo

«¿Te conté del pingüino?
»No. ¿Quién es?
»El que estaba junto al aviario.
Se evadió; dicen que volvió al Ártico.
Y nadie sabe cómo.»

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Responso por el Pingüino

Estaba sentado en el pequeñísimo despacho de la editorial Grijalbo cuando entré, recién llegado a España. Repartía por entonces unos papelitos con mis señas para que me fueran conociendo, por las editoriales. O la historia que había oído que debían ser las editoriales en los cimientos, descendientes que conquistaron las ruinas de los antiguos cenáculos.

Fue el primero que leyó La batalla de Ezeiza en manuscrito. La elogió como «lo más importante que le había llegado a las manos últimamente»; consta en la conjetura que debió trompetear en el elogio la secuencia del Dásmodo del Cordón de Plata.

Había vivido en Nueva York y en Barcelona antes de convertirse en grandes colonias de mosquitos, muchos años, por la época en que un argentino todavía no anulaba el ser un descubrimiento, pero algo, una cadena de mando de las catástrofes inducidas, ¿la vejez tal vez?, le comunicó el significado de regresar a la Argentina, una convención social que se repite sin otro significado. En febrero de 2007 me lo había hecho saber con un material en bruto distribuido en un comedero de símbolos también de procedencia convencional, el ‘cementerio de elefantes’, que acaso expresara el concepto de ‘patria’ más por la calidad del alcohol que se ha bebido que por el color de la bandera sobre la que la alfabetización y el miedo defensivo se han puesto de acuerdo.

Me parece que Marcelo nunca tuvo la intención del regreso y prefiero creer que no lo hizo hasta estar seguro de que el país cambiaba de amo. En cualquier caso, en aquel ático de Canvis Nous 15 que debió vender para liquidar su situación en Barcelona y costearse el billete, vivía muy apretadamente, peor que yo en la buhardilla de Orzán.

Da la sensación de que en Barcelona no le quedaba mucho ni poco por hacer. Agustina, la hija, a la que conocí de muy pequeña juntamente con su madre Lía Nougués en el piso enorme del carrer del Consell de Cent, podrá haberle dedicado un responso con las líneas punteadas de deudos que no conocen la física más que por sus experimentos, que suena a vuelo prestado y que parece que lo hubiere estado guardando para otro. Me quedo con las sanciones de la muerte, y la soledad es una de ellas.

A menos que crea que tenía realmente deseos de verme, obraba según el empujón que recibía. Cuando vivía en Floridablanca, se presentó un día en casa y fue a esperarme al Eloy de la esquina de Comte Borrell. Allí me esperó porque yo no estaba. ¿Por qué lo hizo? Lo llevé a comer a una fonda muy conocida de la calle Carretas, el Mesón David; después estuvimos toda la tarde en las mesas de afuera de un bar del Paralelo, en una entrega incondicional, fulminación de la divina ocurrencia. Por el relativo vaciarse de sí mismo en la confidencia “dwindled to a step so slow”, resultado de haber traducido tanto a los guepardos sonámbulos de la generación beat, estaba en esos momentos preparándose a recibir la literaturización de lo vivido por mí, por él y de ahí en nombre de los dos y del almendro en flor.

Lo que tiene nombre en la familia le añade o le niega la existencia el apodo. Nos referíamos a Mario Muchnik como el Escarabajo Pelotero; Carlos Barral era, en el afable cruzar la familia hacia el absurdo endurecido, el Víbora, mientras que él fue el Pingüino, el primero, cronológicamente, que me pasó trabajo en España y la bisagra para conocer a los otros dos. A la hora, pues, de los agradecimientos, soy el primer agradecido.

Hizo la traducción de Navidad de un chico en Gales para la que redacté un comentario crítico y el final que es una alternancia de reivindicación y cara de perro por boca mansita de Caitlin MacNamara (transposición de un yo a la retórica del reproche silencioso). En ese repente caminamos juntos. «Te van a destrozar», me previno majestuosamente, sin duda esperando que brotase de la pluma lo que no puede brotar, porque ni aquí ni en ningún mundo supuesto plumas quedan.

Fue un traductor que vivió del inglés que hablaba, un traductor de aluvión y, asimismo, uno por puro placer. Francesc Parcerisas criticó la mala factura de aquella traducción; es más que probable que al propio tiempo que marcaba sus diferencias con una traducción suya, más genuina, el lógico confuciano hubiere advertido por doquier elementos de la traducción disociados en fidelidad de sus fundamentos específicamente lingüísticos, pero no de las conexiones reservadas al desmaquillador del habla, ya que en esta intimidad Marcelo iba sobrado.

Falleció en Buenos Aires el 29 de noviembre de 2014, aunque hace poco lo supe. Ese año hubo que soportar y asumir la pérdida del único amigo que tuve en A Coruña, Corral Oubel, el 19 de mayo, de madrugada, y el 29 de agosto la del poeta y máquina de grupo Barrabás (Borrazás). Quizá los hayan llamado para defender hasta el final la morada y tú estés con ellos, Pingüino. Por el contrario, es a ti a quien corresponde apreciar −preciso es señalar que en los recuerdos de tu pasado la muerte no aparecía para convivir y el gusto por la vida era un presupuesto sobrentendido, cosa muy tuya− si morir no fue una ordenación interpuesta de la realidad de celebrar. Porque, si fuere así, te tocaría expresar esa experiencia que te faltó por vivir aquí en la tierra, dado a la comodidad como estabas, que es lo que la canción dice y lo que puedes o te dejan hacer, no calculemos hasta cuándo:

Climb every mountain…

30 de mayo de 2016, lunes

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JAIRO EL ARTILLERO (*)

Si hubiera que juntar las profesiones
y entresacar de todas el ancestro
de este hombre que merece ser maestro,
sería el self-made man, numen de naciones.

Caballero andante o médico que toma
sobre sí perdida causa, la del ojo;
quijote armado con un láser rojo
contra molinos de viento del glaucoma.

No irás al cielo ni al infierno que dora
las almas. Irás donde la tibia aurora
levanta su torreta entre los tallos,

cuando se va la noche y rompe el día,
para disparar con buena puntería
sus perfumes, sus brisas y sus rayos.

5 de julio de 1998

_____
(*) Jairo E. Hoyos, el único, entre varios médicos de la especialidad, que tuvo la perspicacia en el diagnóstico de la grave enfermedad de la vista que padecía, en marzo de 1995. A lo que se alude en el segundo cuarteto es al láser de argón con que me practicó una o varias troneras para aliviar la altísima tensión intraocular.

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OTRA VEZ AL CAMINO

La Academia de las Musas (2015), de Pinto/Guerín

extremo suroccidental de la Meseta norte,
especialidad en estar al este de Portugal,
Texas en la España la profunda,
que ni ve, ni oye, ni te esquiva,
en Salamanca de Unamuno
el huno,
viernes 22 – domingo 24 de enero de 2016

[Confucio] siempre está de viaje, buscando, a la caza de conocimiento.
Él recurre a todo el mundo. Si alguien dice que una persona
ha llegado al conocimiento, él va para allá.
Es una tontería, es algo estúpido, pero ésta es
la clase de estupidez que tienen todos los eruditos.
Ellos tienen básicamente la idea de que el conocimiento […]
es una cosa, no una experiencia; es una teoría, no una experiencia.
Uno puede aprenderlo, por tanto, de alguien más.

Osho, El sendero del Tao, col. Sabiduría Perenne, 4.ª ed.,
Barcelona, Kairós, 2010, pág. 84

 

Lo que usted descubrió, nosotros teníamos que encontrarlo en medio de lo descubierto.

Lo que enseña usted, la academia, fue lo que nosotros experimentamos con un tipo de daño que se dirime primero en una vacuna preventiva que no se consigue y que postulará su infección mística en lo por venir en unas ordalías.

Lo que para usted era una parte, el verso que se transmite como un axioma que atrae, una lección que hay que calificar como peso muerto, el texto prestigioso que hay que citar y olvidar o la concesión de una memoria manoseada a ambos entretenimientos suplementarios, para nosotros lo era todo. Todo…, todo. Más que todo.

¿Era una persona feliz la musa? Una vez elegida, ¿era feliz?, ¿podía ser feliz?

¿Era siquiera una persona?

La musa inhumana se restringió y ganó —actitud usual en quien no se mueve— en comportarse como alguien humano en Italia la humana. La noticia de que nunca se le permitió arrepentirse de ser lo que era nos llega por una inyección endovenosa que irriga a Europa toda en un fluido que arrastra en su corriente a otro fluido conductor y una tradición más allá de su espectro luminoso (infrarrojo de la belleza).

El primer experimento de la polifonía de adoración en la Occitania de los trovadores, las 460 voces en un coro sin iconografía sagrada, con nombres apenas, vueltos sin expresión a la domina sin nombre, sólo con el golpe de efecto del senhal, que gusta tanto, quizá, de mirar sin ver en su realidad que nos «mira como un girasol con su rostro en medio» (Pessoa).

La donna angelicata de los stilnovistas…

embalsamando va el aire tibio de los collados y divaga…

en la Beatriz Portinari después de Guido Guinizelli, unos treinta y cinco años. Un problema obrero.

Entre las diferentes especies de seres y sitios corpóreos, la plazuela de la iglesia de Santa Clara, en Aviñón. Francesco, con veintidós años, la ve salir, ve salir a Laura de Noves el 6 de abril de 1327. El mundo físico no pasa de ser secundario; podría dejar de existir y volver a formarse y a ser despectivamente explicado si el soneto, he aquí, no proporcionara un signo del coma profundo en que ha de dilucidarse el mundo físico. Si nos paramos allí otra vez, ¿es como aquella vez? ¿Volverá a suceder lo de la otra vez? La musa designa el sitio, que es como decir que lo construye, por un voto.

Una prueba de los vaivenes de la musa es cómo se degrada su entidad separada al llegar el romanticismo. La musa del romanticismo es ya una hipótesis de trabajo para el artista romántico, picado a la vez que deslucido por la suspicacia vaticana de la mujer del burgués, que demanda que se le rindan los honores que se le rendían a aquélla y espera que se la mantenga. La mujer del burgués debe ser localizada en la realidad, una que no es la suya, sino la de todos, congeniar con ser justipreciada, vale decir, despreciada, y aprender a ser musa exterior —un objeto— en una academia.

En rigor, es la alumna de la Academia de las Musas.

Algo semejante al ansioso esfuerzo por vivir se apodera del que siente y piensa, como nosotros, si al volver a la vida no menos turbadora, protegido de querer otra vez aparejar la arboladura de su cárabo, cerca de aquellas irreales tierras, establece que fue el artista romántico quien recomendó la fusión de la mujer del burgués con la musa arrancada del antiguo mármol…

…anunciando la llegada…

…del realismo, que le asestaría un golpe mortal, y el naturalismo, el encargado de rematarla y arrojarla a una fosa común.

¿Puede una musa aprender a ser musa? ¿Debe ir a un lugar antipirético para aprender cómo se hace? ¿Debe hacerlo, une sorte de lumière psychologique froide? Pues a esa clave conduce la existencia de una academia con escaparates para la corsetería, una usura del ritualismo en correspondencia con lo que se va a aprender. El papel de alguien que se sienta a escuchar a otro, a tomar ejemplo…, ¡apuntes!, de otro, se vuelve así un papel transparente. El papel de la musa era un papel insondable; lo sigue siendo en los días presentes en que orienta, a resguardo, una figura extinta. Lo que es insondable puede ser transparente, pero a condición de serlo hasta cierto punto, hasta donde lleguen la vista, el entendimiento de la perdición.

Usted enseña o el personaje creado para enseñar lo que Ud. enseña lo que la clase tiene que oír y aprender para después repetir. No hay obstáculos en averiguar esto, porque aguarda a la clase un almanaque obligado de un par de parciales y quizás un examen final con calificaciones estatutarias. En la clase brilla Ud. como el cordero pascual eyckiano, recitando a un Dante que parece provenir de las estrellas de fuera oídas desde el fondo de sus intestinos, escoltado por los cosacos femeninos, por lo menos tres, una de ellas la italiana oriunda Emanuela Forgetta, tal vez la morena despampanante, su lugarteniente con dormán y directora de la academia…, no tener uno de esos viejos programas de mano de mi infancia, y las otras dos visibles, Mireia Iniesta, que va con Ud. a la cueva de la sibila, y la mal domada Carolina Llacher, dos catalanas, que seguramente son de la carrera de Filología Italiana. Para evidenciar una, digamos, influencia teórica del pudor, una brizna, y que todo no sea ensoñación de autorretrato, por ocurrencia suya o consejo del director, reverbera con todo el despecho que le dejan Rosa Delor Muns, la mujer oficial del profesor, la de su generación que conoció cuando los dos eran jóvenes, introducida para contrarrestar el paternalismo docente y que se quedará con la ruina cuando las chicas acaben la carrera, reciban un martillazo de pragmatismo y tengan que salir a la sociedad concurrencial a buscarse la vida. Cerrando al fondo el encuadre, la mancha estudiantil que se prestó al rodaje, las largas filas de alumnos que no dicen nada, dan examen, pasan los años, obtienen el diploma y desaparecen.

Toda la película podría condensarse, caber en esa prótasis. Si hay algo que se deba aprender para poderlo practicar luego, está en esa primera secuencia en la que se nos bombardea con Dante, su extrañeza y lo extraño de un culto que tenía los ojos verdes de la sibila para penetrar en lo que se iba a extinguir.

Después de las clases, el profesor enseña cómo la conducta individual se puede regenerar desde fuera por medio de la conversión de los comportamientos sociales pervertidos en el miserere de la musa degenerada en mujer amada.

Para mitigar escaldaduras (decepciones) y reencauzar la disminución del apetito, lo hace después de las clases, aunque la clase continúa. Ello le obliga a ceñirse al texto, a la constancia sin conocimiento de nada, a la prueba textual. Una reanimación que no es inútil, pero que es neonatal.

El texto es el punto de partida, no podría ser, a riesgo de encallar en la fórmula de su moral, la línea de llegada.

Los alumnos escuchan al profesor —un baño reverencial de ellas más que de ellos, la lente de Guerín premia nuestra percepción con el privilegio— que pastorea a su rebaño de ninfas atemorizadas por eso ancestral que se dice, exceptuando a una (disidente Carolina), que les sale rana.

Como bonzos se quedan y queman los alumnos.

 

Cuando nosotros fuimos a Estambul en viaje de graduación —la horda heroica (G. d’Annunzio), Filología Hispánica, promoción del 92— y en el aeropuerto, mientras esperábamos embarcar, vimos a Maléfica, señora de las Tarántulas, una compañera, otros, entre los cuarenta y cinco que formábamos el contingente, el Bogart y Muñeco Diabólico-2 (después Corazón Valiente), habían reparado ya en ella. Hubo, las víctimas empiezan a hablar alto, un descubrimiento y un culto convergentes.

Nadie se erigió en intérprete. Nadie tuvo que aprender el culto con matrícula de honor, porque todos habían sido heridos por su belleza. Su gran influencia estuvo cargándose diez años.

El sábado 30 de noviembre de 2002, una comitiva de La Claraboya de los Viernes, la tertulia de combate de El Pato Loco, el bar que está a la vuelta de la universidad en donde Ud. dicta sus clases, seis hombres y dos mujeres, tomó la decisión de ir a verla. Subimos a un tren de cercanías, más vivo y más lento si es de la lejanía que nos lleve incluso hasta la Venus de Willendorf, con un cancionero que le habíamos dedicado entre todos. Lo puede consultar en mi página < saxongrant.wordpress.com >. Busque a la derecha, en la columna de Categorías, el rubro Cancioneros, el primero que figura. Cuando entre, desplácese, lo tiene en último lugar, es el que lleva el título general de Remando en círculos. El piélago. Está guardado en dos formatos: word y pdf.

Me exime de sobreabundar.

El viernes primero de este mes fui a ver su película con la madre de mis hijos, mi hijo y Serena, su mujer, que viven en Barcelona. Una gran congoja se apoderó de mi estro épico. Durante la proyección, las intervenciones personales de su personaje, teatro completo de Ud. mismo, bajo forma impersonal, me hacían saltar de la butaca.

—Eso no es así.
—¡Hubo que estar ahí para saberlo!
—Quiero ir a Cerdeña, quiero que me lleven…

Ninguna de las tres personas que veían la película conmigo reaccionó. Casi todos los motivos asistían a la mujer de mi hijo que es sarda, cuando se llegó a la secuencia menos evolutiva, menos conceptual, la de los rústicos imitando los sonidos roncos, que no revelan la causa del animal, de la oveja o del carnero macho «do hay primer salvajismo, / cultura segunda no hace baza». La adoración se le debe a la divinidad y los tres eran ajenos a otra adoración que no fuese la enseñada con auxilio de una demostración fácil.

Mi hijo me llevó en moto al Wembley al término de la función con un puntal de cólera santa en el pecho, puente de zarzos tendido, bamboleándose, hacia los que me esperaban en el bar.

Cita previa a la que llegué con veinte minutos de retraso.

Allí estaban y me dieron una voz. O cuatro.

—¡Dinamo! ¡Aquí!

Reunidos en la mesa de afuera, servicio de terraza, estaban algunos de la vieja guardia: el Kid de La Verneda; el profesor Pereira, Phantom 8000 el coche de los Poetas Muertos; Romero de Ciria, Aquilino el Octópodo, y el Ogro, hermano mayor del primero.

Sin darles tiempo a reprocharme la tardanza, les conté lo que había visto que no había pasado y lo que había pasado sin ser visto: la primera escena del film que arranca con la torre del reloj de nuestra universidad, la piscina de los nenúfares con los peces rojos mugrientos que no echan a huir entre las hojas, el pediluvio, la vejez del claustro en donde leíamos a Herrera y Reissig, el jefe de filas del modernismo uruguayo, en la edición de Losada de la obra completa y se nos acercó el Kid, el oído capturado, y nos preguntó a Petrarquita (Pedro González del Campo Román) y a mí:

—¿Vosotros quiénes sois?

¡Veintidós años! Nadie le dijo a Ud. que allí, en ese mismo patio y adyacencias, primer piso y El Pato Loco, en Aribau y Diputació, un núcleo de adoradores había rendido un culto del que ni los adoradores sabían muy bien lo que hacían, porque eran cosecha de la musa, ni la musa era pastoreada como un súbdito, conforme a la legalidad de un texto y del raciocinio.

Viendo que nada los afectaba, recluidos en su identidad, toda mi furia se volcó en ellos, sosegado ya el olvido.

—No dejamos inscripciones en las paredes. Era para practicar, no para ser enseñado. El que establece los argumentos, hace la película. El que hace la película deja la huella. Nosotros lo vivimos, es cierto, como una individualidad colectiva embriofetal. Este hombre, Pinto, lo enseña haciendo un estudio científico, usando una teoría contra la fuerza de voluntad. De paso, se aprovecha de la debilidad emocional que produce una teoría bien expuesta, la belleza del clásico…, de Dante, ¿no?

»Terapia a la inversa. Las chiquillas estas caen como moscas. No patrimonializamos aquello. Hicimos una declaración conjunta, pero aquello nuestro no es. Tú estás chiflado, dinamo.

¿Situación definitiva de archivo histórico?

 

postscriptum
No vivimos por la carrera insegura que pocos ganan, y no saben lo qué, de sentar un precedente de lo que, alcanzado, poco o nada es. La combinación de la musa con el cuerpo simple de su adorador nos plantea siempre una memorable incógnita. Borsippa, la ciudad de la Babilonia arqueológica, tiene restos de un templo de pisos dividido por secciones de dificultad comunicativa hacia el dios Nebo. El texto del clásico leído por el profesor será como remontarse al emplazamiento más antiguo, convenido por el material histórico disponible en que es el de la actual Birs Nimrud, en Iraq. Nos mostrará un mapa. Los restos, sin embargo, con el exceso parcial y la inclinación favorita que siempre lleva la incógnita, declararán lo que durante mucho tiempo fueron: horas de pensamiento único en levantar la torre de Babel. Verá allí la construcción si deja el mapa.

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…ni quiero, ni puedo, ni sé parar. <<R. Grant

Obra de familia – Rainer-Minaya Grant Hervás

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“Salò o le 120 giornate di Sodoma”

Viendo lo que lleva al público a querer saber de esta película, que proyectan con una periodicidad deficiente pero que, sin embargo, no expira, uno se pregunta si el público conoce el alcance de sus actos o si la curiosidad obedece a uno.

¿Existe un público para esta película? ¿Fue en su momento una película de público? En caso afirmativo, ¿lo sigue siendo?

Parece haber un número mínimo de contradicciones en cuanto a que el público, en su mayoría, va al cine a entretenerse y que entretenerse no se presta, por los caracteres de repetición, al claroscuro de un proyecto. Las estadísticas y los reportajes de calle muestran que el público asiste a una sala de cine por motivos que no son incontables y que se podrían hacer concordar con pasar un buen rato, identificarse, descansar, reírse, o bien, verse sacudido, asustado, excitado, y recibir, por lo general, un impacto no muy serio en la educación recibida.

A medida que decrecía el pánico de Iglesia y Estado, reflejado en la censura, el público comenzó a ir al cine para ver cómo le sentaba pensar con una mente asesina en vez de la suya equilibrada que no tenía necesidad de pensar en volver a casa porque sus pies ya lo traían sin pedírselo. Comenzó a ir al cine cuando comprobó que al crimen, si bien no se lo premiaba, tampoco se lo perseguía. La unificación partió de aquí, de saber ser un crimen discreto y abstenerse del torpe afán de exhibición. Comenzó a ir al descubrir, después, la estética más relevante: que podía quedar impune. (Lo vemos actualmente en la violencia encapsulada, de usuario y de mercado, de los mainstream action films.)

El croquis de esta nueva complacencia de la curiosidad puede restringirse aún más. Comenzó a ir por el formulismo de que lo escandalizasen.

Los directores de las películas, proveedores de la nueva orientación de consumo que comportaba escándalo, tuvieron especial cuidado en que escandalizar no entrañase herir. Sus películas elaboraron así protocolos por la defensa de la herida, si ésta llegaba a producirse, con lo que explotaron la posibilidad de no ser irresponsables, bien porque no eran partidarios de ir más allá de la intención original de escandalizar, bien porque no eran capaces, debido a una constitución sana.

Para conseguir una correcta exacerbación entre escándalo y sacudida hasta la conmoción, pero sin la herida que podía dejar las impresiones del espectador al arbitrio de una enfermedad, los realizadores procedían a corregir el escándalo cuando in extremis iba descaminado hacia la transgresión, con objeto de que la provocación sufragase los gastos, tal como el escándalo acostumbra. Desde Buñuel hasta los sancochos de la nouvelle vague y Torre Nilsson o el aislamiento total de Antonioni, la tendencia al escándalo paroxístico se puede situar como una autonomía esterilizadora respecto de la transgresión, más aguerrida. Escandalizar sin transgredir se vería promediado en argumento de cierto peso si se considera la filmografía de Joseph Losey, ese cine «comprometido» y «serio» que escindió la ambigüedad, concepto que no se puede olvidar que transporta y transforma escisiones, en dominación por un lado y cooperación por otro. El paso hacia la transgresión nos habría privado de la experiencia del tipo de villano con una lesión responsable de su doblez declamatoria interpretado por Dirk Bogarde, que llegaría hasta el Chacal de Edward Fox y el desengañado «tiburón» Mitch Leary de John Malkovich, un agente para trabajos sucios de la CIA.

Sea como fuere, cuando la película se estrenó, acusaron a Pasolini de haberse abandonado a la tentación de un tratamiento frívolo. La demanda de los tiempos ponía al descubierto el prejuicio de que el tratamiento fuese grave, lo que vendría a ser algo así como la limitación que la inteligencia preceptuaba para el escándalo. Todos a una lo acusaron de haber tratado los tabúes y finalmente las torturas en el jardín de la casona con un aliciente frívolo para atraer el rechazo mixto malsano de la gente. Marco Ferreri, según propone en su modelo, con La gran comilona, había demostrado que se podía revolver el estómago —escandalizar— sin sacar las tripas.

El tratamiento de la transgresión no fue un tratamiento; esto era el garlito y el envite verdaderamente grave. Rebasaba el escándalo, que es apenas el aspecto histórico y jurídico de una simple línea de conducta.

Transgresiones

1) Tabú del excremento, en el tercero de los segmentos: Círculo de la Mierda. Manipulación, mudanza-aliento, beso, poesía («esencia divina de lo monstruoso», dice una de las narradoras), hasta la culminación (coprofagia), cuando la chica que llora recordando la muerte de su madre, que quiso defenderla del secuestro y fue lanzada por encima de un puente, excita de tal manera al Duque (Paolo Bonacelli), que lo hace defecar y obliga a la chica a comerse el mojón, recogiéndolo del suelo con los dientes.

2) Befa del sacramento católico del matrimonio, hoy sin efecto por la legalización del matrimonio homosexual.

3) Demolición del a priori (pensamiento no fundado en experiencia y observación de los efectos) de la equidad del poderoso e integridad del funcionario. Lo ‘honorable’.

4) Crítica resuelta del principio del ‘rebaño’; en lugar de distinguir y aliarse contra el enemigo común, las víctimas se delatan unas a otras, creyendo así que salvarán su vida.

5) Tabú de la corrupción de menores, duplicado con la confianza traicionada —el hijo del magistrado que había sido colega de Durcet, nombre del personaje en la novela de Sade, Umberto Quintavalle en la película, al principio, durante el examen del «ganado para la muerte» [Menschenfleisch Schlachthaus]— y la inmolación. Hay que hacer la salvedad de que, en la novela, no es Durcet sino Curval, el Presidente, quien, burlándose del niño, le promete que, por deferencia hacia su padre, será él y no otro el que le dará por detrás. Durcet era pasivo.

6) Tabú cinematográfico de la crueldad impune, trasunto del literario ‘vicio recompensado’, en el itinerario de Justine seguido de la historia de Juliette, su hermana, la preferida de los surrealistas, opuesto a las ‘desventuras de la virtud’ de Justine. A pesar del anticlímax de los dos jóvenes milicianos que se ponen al final de la película a bailar juntos («¿Cómo se llama tu novia?», «Margarita»), el público sale dividido entre el asco y el desánimo porque no ve que la justicia se aplique, aunque se supone que los cuatro libertinos tendrán un Nuremberg local al término de la guerra, que, por otra parte, está próximo.

7) Tabú (iluminista residual) de la Razón, que no tendría que brillar, solitaria, en las orgías. Carácter de frivolidad a la deriva que supuestamente envilecería a la Razón, ya que ésta no pone orden ni manda parar.

8) De lo que se sigue, tabú de su implicación.

Si no existiere la conciencia inhibidora del bien y el mal, si no hubiere nada que infringir, ¿quiénes serían superiores? El refinamiento, la elegancia, la inteligencia, la indagación concéntrica, todo ello caracteriza a los depravados, que premian la belleza con la muerte.

9) Rito de destilación para separar la belleza aérea de un recipiente vulgar (alquimia de masacre de top models).

Se ha escrito que Pasolini seleccionó, para el grupo de víctimas femeninas, chicas de almanaque que tuviesen un cuerpo con un canon homogéneo que evocara a la Augustine de la novela, y que no se mostrasen tímidas en enseñarlo.

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EL EXILIO DESNUDO Y LA ESPERA AMUEBLADA

[Manu] llevó a cabo […] un paka-sacrificio:
ofreció sobre las aguas mantequilla clarificada,
leche agria, suero de leche y cuajada.
Al año brotó de ello una mujer:
se solidificó y se levantó;
en las huellas de sus pies
se juntaba la mantequilla clarificada.

James George Frazer, «Las historias hindúes antiguas
de un gran diluvio»,
en El folklore en el Antiguo Testamento,
Madrid, Fondo de Cultura
Económica España, 1981, pág. 105


La frustración y la impotencia, de los que sabemos que existen, son los dos estados «clínicos» que conservan su carga, la que procede de la representación inconsciente. Pero la designación de estado que se puede aplicar a la primera no hace forzosamente justicia a la impotencia aunque ambas puedan estar equiparadas en el horizonte del lenguaje vulgar y al mismo tiempo con la marmita de emociones colectivas en la que todos, en mayor o menor grado, hemos hervido alguna vez. Solamente una fracción de la impotencia pasa a significar, primariamente, lo que la designación que busca emparejarlas nos permite, y en esta obra que aquí presentamos a los lectores se podrá apreciar.

Francisco E. Vila no crea belleza como quien ondula cabello en una peluquería, por oficio, sino que compone versos o escribe prosa para volcar lo que siente, nos decía, como un vaso que lava de agobios y después lo llena con el agua limpia de la fantasía. Sin embargo, la espita de espontaneidad en la descarga no lo excusa de la preparación laboriosa del esteta, que es un sexto sentido de creador o dragón secundario que franquea los códigos psicológicos y archivos litúrgicos de la belleza.

La frustración y la impotencia, sentimientos posibles, estados clínicos, no están, como materia de crucifixión, en condiciones de remontarse a preocupación genérica de orden suprapersonal o de martirologio privado sin la compenetración que logra entre ambas la belleza refrescante que el esteta es capaz de distribuir para volver a concentrar. Quien lee estos poemas advierte que la frustración y la impotencia salpican aquí y allá la obra, pero que no son exclusivamente la resultante de fuerzas de la carga preconsciente que tomaron de pretexto el papel para «expresarse». El autor lo consigue organizando la frustración y la impotencia como ‘isotopías’, el concepto que Greimas creó para delimitar el «encadenamiento por palabras referidas a conceptos implicados a su vez entre sí».

Este encadenamiento no es meramente funcional; uno se pregunta con insistencia acerca de lo que esconde. Hablando con el autor en el Kleber Bar del plácido de gruñidos y simiesco barrio de Monte Alto, razonábamos en torno a la campanilla y su tintineo en la estructura profunda del lenguaje; tanto la frustración como la impotencia estarían bajando la voz en una representación substitutiva de una, digamos, idea matriz sin desarrollo que permanecía en sus poemas, en tono confidencial, escondida, parapetada. No se deja ver, pero sí oír. Una inteligencia de indicios intenta entonces describirla por la constante iluminación del fondo substraída a la superficie. Esa idea matriz que embarga y presiona sobre la frustración y la impotencia para que contraigan el virus de su destino particular, para que sean lo que son y como son, es la idea de ‘exilio’.

El exilio tira de ellas.

El exilio es el mal de aquellos que, inspirados por un «venid y sufrid» de la política, están enfrentados con un régimen que los compra si son débiles o tan débiles como para malcriar mentalmente la autocompasión por ser venales; que acaba con ellos utilizando un medio expeditivo semejante a un programa de desratización, o que los obliga al exilio con esta costumbre establecida en lo político que ha dado nacimiento a lo imperfecto de la idea en el acuerdo colectivo.

Pero no es por la tradición asociada al acuerdo colectivo como el exilio, cuando menos el incruento, se define. No es por el lugar común que han traído consigo las mareas políticas. El exilio, en dominios de la poesía, y en este caso particular de la obra que hemos abordado, alude a una anomalía sin explicación, la cual muestra una actividad anímica hasta cierto punto impropia respecto del período histórico del que la separan múltiples diferencias oníricas, no a lo que el exilio retiene de la idea asociada a un descontento de misfit, de pieza social ‘mal ajustada’ que será recuperable cuando las circunstancias sociales cambien.

¿De qué forma el exilio, compendiado en epifonema, habla por sí mismo en la obra de Francisco Vila? ¿Cómo visualiza el proceso interior de ese «volcar lo que siente» que nos confiaba y encuentra la vía satisfactoria para que, aun perturbada la intención de «salir», llegue al exterior, lo consiga?

Indagando en la bifurcación ―sabemos de caracteres de al menos bifurcación primaria en la obra de cualquier escritor―, la curvatura nos impulsa a seguir dos pistas.

Una es la del prestigio histórico, la fuga hacia un pasado misericordioso y acogedor con las circunstancias biográficas de frustración e impotencia del poeta: Salammbô, la novela de Flaubert tachada de escapismo arqueologista. El poeta puede comprar para su fuga un billete a Cartago, la localización histórica de manual en la península en donde hoy se levanta, muy cerca, Túnez, o una localización más remota todavía, tendencia de las civilizaciones a convertirse en estrellas muertas, en la fuente surgida de la coz de subida del casco del caballo Pegaso. Ésta es la pista de Hijos del fuego, el libro que precede en publicación a éste, con el amor perdido del procónsul Décimo Junio Bruto por Aulía, la chica de dieciocho años de Talábriga, «rostro, voz, sonrisa», el druida Ebernach, la sede de las «piedras que hablan» y el tratado de las «plantas que curan».

La otra es la que pasa por delante de En las laderas del Infinito… En esta obra, la fuga predica hacia fuera lo que es cesación del interés y oblación de repliegue hacia dentro. No es, con todo, un interés que retrocede hasta quedar incomunicado, sino que vale como un gesto de cortesía en la espera; de ahí que comparta en la línea de largada ciertos rasgos con el exilio que les es particular a otros miembros de su tribu en las fases más tempranas del desarrollo de la agonística de exilio. Expresado de este modo, lo podremos denominar entonces «canónico», ejemplificado en el de Leopardi o el de Pessoa cuando no está fingiendo.

A continuación veremos en un «desplegable» los caracteres psíquicos sumergidos en cada poema o final de poema delator, echando mano del viejo esquema de la dialéctica hegeliana que aplicaremos ahora a la obra de Francisco Vila para verter los anillos de descomposición analítica que parecían ininteligibles a una transparencia en reposo que lleguemos a calar suficientemente.

Dinamo LlegarDinamo la mujer

En un examen de En las laderas del Infinito. Diecinueve poemas de amor y una historia imaginaria, que será parcial hasta tanto un afán de crítica mayor concurra a auxiliarnos en su profundización, las verdades, matadas de aroma, sumergidas hábilmente por el poeta, suben «sin querer» a la superficie indiscreta del poema por tres nubes de burbujas, pueden ser aisladas en tres secciones que interpretaremos como constitutivas y a las que pondremos un nombre melancólico que confirme la suposición de que a todo lo que está sumergido le duele estar sumergido.

1. El exilio canónico

En esta sección, la inicial, están comprendidos los poemas de la «anomalía sin explicación» (tópica del anhelo). La realidad es insuficiente, no basta, y por eso se le presenta tanto más irreal cuanto que, no siendo evidente, es directa, singularmente en el poema que da título al libro, «En las laderas del Infinito» (pág. 4, el final), «Luces y sombras» (pp. 18 y 19), «Alguna vez te imaginaste…» (33-36, con un puente tendido hacia la «Historia imaginaria» en el final [64, supra, y 65]) y «En un lugar», en el que versos aparentemente anodinos nos descubren un panorama que coexiste con su refutación lógica: «donde / la realidad más real / es / simplemente / una quimera» (48, cátese el final).

La imperfección no es estática; es un motor de extracción paulatina de la base inconsciente que se para y recomienza.

2. Cómo se llega a Musa Triple
partiendo de mujer única

Es la parte esencial del libro. Digamos, la arteria aorta de largo recorrido.

El cuerpo en donde moran los anhelos podrá darnos una prueba de su sana imperfección, pensando con pensamiento de calor corporal que no está hecho o preparado para realizarlos en esta vida; pero la idiosincrasia dura siempre, y cada una de las tres mujeres combinadas en un solo signo en el triángulo de la derecha defiende su posición y celebra la fuerza de su idiosincrasia.

Tres criterios nos guiaron en los movimientos posibles que intervienen en la noción de ideal de Francisco Vila en estos diecinueve poemas.

Vemos que la mujer legal se perpetúa.

Que la mujer furtiva repta o se ensombrece.

Que la mujer inventada, la del sacrificio del epígrafe, hecha de suculenta mantequilla solidificada, está en el vértice del triángulo, bien como sublimación corriente, bien como otra mujer que el poeta conoció y no quiere aparecer, o bien como el centauro que era un híbrido: no puede caminar como un hombre, y, como caballo, piensa.

Estas tres no son propiamente mujeres. Son funciones, determinadas por cada poema y como tales toman posesión de la conciencia bajo el barniz de una lucha entre los apetitos anárquicos del poeta como ser viviente, que es demandado a la acción ―«La acción siempre redime», iba al grano Pío Baroja―, y la rutina de la responsabilidad que reprueba su anhelo, frena su libertad y lo asusta con la vindicta pública.

Examinemos de cerca las funciones en su medio natural, el poema, y en acción.

El magnífico «Hacia el mar abierto…» (8-11). El reino de la furtiva. Uno podría con la palma de la mano agitar la superficie de una charca, apartar la película de mugre cotidiana que la cubre y descubrir de pronto que el fondo límpido devuelve un rostro demasiado conocido.

«El hombre que moraba…» (12-14). Fórmula mixta de la legal y la furtiva con síntesis en la inventada.

«Y dedícame un instante…» (22-25). Hogar holgado de la mujer legal. Omnipotencia poética, que abandona el objeto y libidiniza el universo. Una nostalgia, entre preservada de su vicio y plañidera, vuelve tangible la promesa del encuentro en el cielo de la tierra (24) o en la tierra de ultratumba.

«Por qué…» (37-39). Repetición de la fórmula por la que la mujer legal y la mujer furtiva coinciden o se compaginan difícilmente, en la que el poeta sospecha una causa inteligente común.

«Ocho días a la semana» (40 y 41). Otro poema magnífico. Fórmula mixta de la furtiva y la inventada o fabulada. Se produce el empalme inevitable por el entretejimiento del contenido de este poema con el alcance de «Por qué…» y «El hombre que moraba…», sometidos a un sufragio de transacción. Porque cada mujer libra un combate en la posición que importa en el triángulo, que para calificar de correcta o equivocada tiene que ser relativa, llamaremos a esta segunda figura «triángulo de la transacción». La transacción, sin embargo, no es duradera: la mujer inventada destruye a las otras dos en la forma triple de la Quimera, fusionando a aquéllas.

«Si es cierto…» (49 y 50). La legal (la que no puede ser porque ya la conoce).

«Olvida» (53). Un puñado de recomendaciones para la mujer legal (los ocho primeros versos), con un voto sin orejas y sin ojos de confianza ilimitada, en los cuatro últimos, al amor disgregado y resurrecto. ¿Reconciliación con un final pacificado?

3. Fantasía e ilusión en la vejez

El poeta ve y, sobre todo, siente que la vejez se le viene encima. A su sombra el Fugit irreparabile tempus virgiliano deja también registros de sus ritos. Los proyectos alocados con la mujer furtiva todavía bailan ante sus pupilas cansadas. Realiza la apuesta insegura que han hecho todos los escritores sobre la perduración de la obra, y tal vez la obra se enfriará con él. Lo había enturbiado Jaime Gil de Biedma, de la generación del 50, antes de morir de SIDA en 1990, en un inventario descreído que ensuciaba de cínico desamparo la mancomunidad de almas interdependientes:

No volveré a ser joven

[…]

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos;
envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

Ahora sabe que, cuenten con él o desaparezca, nadie lo ayudará en lo que vino a hacer, que es no dejar de alumbrar.

«El sueño» (26 y 27). El ansia feroz y sin recompensa todavía se resiste, propone, antes de entrar en la noche, «¡Ahora o nunca!»; órbita del increpador a distintas potencias enmudecidas en la prosopopeya hasta el final del poema.

«Hoy abrí…» (28-30). El poema de la naturaleza que se recordaba afuera y que, encuadernada en vidrio, se ve fluir «desde la sala y el despacho / hasta la última alacena» (28), que tiene algo de espejo oval y el reloj acuciante de Thoreau de irse a los bosques para retirar la vida de pensar en lo que simboliza. Está la sencillez de la observación de Robert Frost, y la complejidad de la captación de Jean Giono, el provenzal cosmogónico, cuando abre la ventana y oye «el rugido de la mariposa en celo» (29). El poema termina con otra promesa; en realidad, todo el libro está engarzado de ellas.

«Claro que siempre esperas…» (51 y 52). El deseo cierra el círculo de peregrinación con la espera de por medio. Tema recurrente en Vila, que ya había alimentado otras especies de promesa, la étnica del Gradh (véase Hijos del fuego, A Coruña, edit. VL, 2014, pp. 55 y 56).

Unas palabras más acerca de las cualidades y las opciones estilístico-formales del texto.

Vila administra el axis rítmico de la estrofa con una desarticulación discrecional de los elementos acústicos. Así, reúne los máximos de la culminación tonal, mientras que los de timbre los entremezcla con una rima irregular, presente a veces, otras laxa, cargándola en versos contiguos en lugar de hacerlo en los alternos, como es lo habitual. Omite o descuida la cuantitativa (la cantidad, en función de la penúltima sílaba métrica) y tiene una imaginable predilección por los máximos de intensidad, dada por el ritmo interior. El efecto está completo y se puede apreciar en «Una historia imaginaria», el relato con el que concluye el libro (55-68). El ritmo del que hablamos «es directamente proporcional a los aumentos de frecuencia y/o intensidad» (Antonio Quilis, Métrica española, col. Letras e Ideas, Barcelona, Ariel, 1984, pág. 31). Se trata de una sensación temporal, prolongación del tiempo real cumplido en el oído receptor.

Dentro de los recursos formales también utiliza uno casi más preámbulo que anáfora, ya que refleja un poco lo que luego en el poema se desenvolverá, una modalidad que podríamos llamar «compuesta». No vamos a extendernos sobre la correspondencia de la anáfora con la situación que implica la reexposición de la melodía en un aria. Aquélla sale por un lado y retorna por otro, trastornada, aligerada en fantasma musical bajo palio de obsesivo retornelo. En vez del binomio breve «preposición-pronombre», por ejemplo, se sirve de frases enteras, tales como «Nunca sabrás que» (8), «Cada vez que» (12), «Sabes qué te digo» (20), «¿Alguna vez te imaginaste…?» (33), etc., todas de gran productividad.

Recursos que pasan a reforzar actos teóricos; actos teóricos que, en el libro abierto de la biografía, ceban intercambios «inmorales». El poeta conjuga en estos Diecinueve poemas de amor y una historia imaginaria la contraofensiva de la mujer que entra en los sueños para no acabar allí, la juventud que sale del cuerpo para empezar allá, y la vida que quiere exprimir aún, pero que la realidad no le ofrece sino como chasco. El exilio que lo orienta, último refugio en un camino sin abrigo, justifica las palabras que Pessoa dedicó en 1932 a António Botto, el poeta maldito del uranismo como ideal apolíneo provocador, en uno de sus estudios postreros, y que con total legitimidad valen para Francisco Vila: «Ama a Pátria perdida com a devoção violenta de quem não poderá voltar a ela».

martes 12 – viernes 15 de agosto de 2014

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A UNA EXTRAÑA

19 y 20 de noviembre de 2014,
miércoles y jueves

―[…] ¿qué es lo que no me conecta con ella?, ¿qué es lo que no me la recuerda?
No puedo mirar al suelo sin que se dibujen sus rasgos en las losas.
En cada nube, en cada árbol, llenando el aire de la noche
y vislumbrándola en cada objeto por el día.
Estoy rodeado de su imagen.
Los rostros más corrientes
de hombres y mujeres ―mi propia imagen―
se burlan de mí por su parecido.
El mundo entero es una espantosa colección
de recuerdos de que ella existió
y de que la he perdido.

Emily Brontë, Cumbres Borrascosas,
col. Letras Universales, núm. 119,
Madrid, Cátedra, 1989, pág. 451
(escena hacia el final del capítulo XXXIII;
se ha desplomado la voluntad de venganza;
Heathcliff evoca)

 

Al abrir el correo dos o tres días después, encontré que en la bandeja de entrada había un mensaje para mí cuyo envío se remontaba al domingo 16.

Era un mensaje como una ventana que está mirando hacia la calle, pero la ventana no existe, no hay ventana. Tampoco hay calle.

El título del mensaje, casi por sorpresa, comía de una conversación que quizás había sostenido, se dirigía a mí, parecía conocer el vocativo con que alguna vez me han llamado los que me ven, pero no me conocen. Parecía saber, que es poco y disperso con relación a conocer, que esperaba un mensaje como ése, que siempre estoy esperando, desde la mañana hasta la noche o desde que nací, algo que nunca ocurrió, aunque fue de noche.

Lo que llamaba la atención en el mensaje (pero después…, después me llamó) es que parecía ofrecer. No pedía.

Cuando «desempaqué» la carga adjunta, el corazón desbordó con la circunstancia ventajosa de estar preparado para recibir una lanzada de lo maravilloso hasta la virola (herir pero no matar); y si por la amenaza de la distracción momentánea en que nos sume la cotidianidad pálida bajo la urna no lo está, a lo suyo vuelve en seguida y se prepara. El mensaje traía un poema de Whitman, uno que cualquier otro ser humano o inhumano, un erudito, por ejemplo, habría tratado de desabrigar en su obra completa. Aquellos ojos infantiles me miraban cuando descargué el poema adjunto y adquirieron una mayor objetividad al guiarme en la determinación de echar a un lado que estaba escrito y esperar a que se encendiese el tubo fluorescente del vaticinio. Lo que va a acaecer guarda su luz, a pesar del tiempo transcurrido, la luz fría que dura aún.

La mancha de su barba contra el fondo del texto se movía por los bordes dentados o eso creí por mi propia barba, apercibiéndome que no era momento para el estupor, sino de atención.

Me hice cargo de que el poeta era un simple escaparate, y que había accedido a serlo.

Seguramente he vivido contigo
en alguna parte una vida de gozo

La voz de Kenneth Branagh, impostada, exagerada, de estertor profesional, caía por ignorancia teatral en el género de restitución imposible del misterio del hierofante en la antífona del director católico de coro.

Tú creciste conmigo,
fuiste un muchacho conmigo,
o una muchacha conmigo.

Alguien al otro lado del poeta, que no decía nada, quería decirme algo. Alguien a quien no veía me estaba viendo.

Me dejé atrapar: la circunstancia ventajosa también aprovecha el impulso procedente de la anagnórisis. La busca que no es obsesiva no reforma, sin embargo, la espera que lo es. Lo escrito en ASUNTO estaba pensado ―¿lo estaba?― para coger en sus redes a un pez desconocido. ¿Fue error? ¿Fue deriva de un hecho adelantado? ¿Fue otro espejismo en el desierto de los afectos presentados por módulos?, ¿la hora de visita de la Sra. Abuso de Ti que nos toma por su juguete barato de papelería, el de sus dramas interiores y sus conflictos inventados?

¿Qué fue?

Me dejé llevar…, espío mi intacta candidez, la fotografía descolorida de los poetas, reyes soñadores…, y todavía creo que vendrás a donde estoy, que te descolgarás donde nunca, femme de nulle part, que oiré tus pasos de mujer que no tuvo uso de razón, en esta mezcla de expectación y desengaño de sala de profesores.

[…] tu cuerpo ha dejado de ser sólo tuyo,
y ha impedido que mi cuerpo sea sólo mío.

Había creído oír unos pasos que podrían ser los de la mujer amada, los de la mujer esperada tanto tiempo, que calcaban al par que consolaban del malogro de un panegírico reciente de alguien que había representado el equinoccio de algo gigantesco y terminó siendo un gigantesco chasco.

Pero está demostrado que no hay chasco, que lo que hay es autoengaño que lo lleva en su vientre.

El poema A un extraño no era para mí. No estaba destinado al extraño que era yo. Había sido enviado a otros antes que a mí, a veintenas de otros, por el trámite electrónico y chambón de «compartir». En mi niñez, lo que se quería copiar se sometía a la impersonalidad del papel carbón. Llegaron más tarde las «cadenas», en los años setenta. Se recibía una carta sin remitente con un breve mensaje redactado en una misma compulsión misteriosa e insulsa que había que hacer circular, eligiendo a diez personas más. La cadena pretendía asustar con la misma aburrida amenaza. Si se la interrumpía, tirando el mensaje, por juzgarlo una idiotez o una inocentada, se exponía uno a calamidades como la de perder a toda la familia igual que le sucediera a Job, padecer prolapso de ano, ser atropellado por una columna de hormigas andando por la calle o contraer la lepra a partir de una neurodermatitis y sin presencia del bacilo de Hansen.

Las cadenas se revelaron, con la popularización de Internet, tan inútiles como la frente para un calvo.

Se puede formar un número mayor o menor de creyentes que no serán crédulos, porque lo cierto es que ninguno cree en aquello que comparte. Se trata sólo de eso, de compartir, de poner «Me gusta», «No me gusta» o de no poner nada, en cuyos límites desaparece el matiz de cacatúa de no decir nada y quedar como un guacamayo o tal vez un ave del Paraíso. Las pequeñas contrariedades de sufrir una desilusión porque lo que ha llegado a la bandeja compartido viene sudado por miles de miradas secundarias, y tampoco significaba gran cosa en el momento en que se empezó a compartir, llegan de otro mundo ―el de la cabeza― a este vuestro ―el de la informática―, insensibles al dolor de una pérdida que no se experimenta y exoneradas de la maldad que no las razona. Como es basura lo que se comparte y todos se hacen cómplices en tirarla, basura anónima, pues, es lo que se comparte.

Unos a otros se confortan. El libre albedrío de la mediocridad ha encontrado en las redes sociales su coto de caza. La veda del confortamiento, levantada para que el espíritu huya de la posibilidad que lo persigue de unificarse en el himno adocenado de los que no llegan a ser originales porque no lo son por su talento, ni osados porque no lo son por su voluntad. Los vemos dándose unos a otros el besamanos en Google Go-between, el Trashbook, el trifling Tweeter, altavoz para altas egofrecuencias, y otros cultos de brujas que, justo es reconocerlo, no existirían si en lugar de vivir de lo que ven, sin la letra, se avinieren a la herencia fallecida de ver lo que hay dentro de la letra para vivir.

Tocaba Whitman; mañana será Xúlio Valcárcel o García Montero o algún otro pan sospechoso en agua o gachas de la abuela.

¿Por qué creí que esta vez no se cumpliría la ley de la reproducción de los robots vivientes?, ¿que la emoción se esforzaría por recuperar la fuerza del cuerpo y volver a su origen primitivo de emoción? ¿Por qué pensé llegado el día en que la excepción iba a salir de su estado vegetativo?

Por el impacto de la frase. Todo debe hacerse para llegar a la exactitud del impacto. «Gracias por existir, mi capitán», venía escrito en tu ASUNTO. A mí me han dicho «¡Oh, capitán! ¡Mi capitán!» cuando salgo a recitar. Me lo dijo José Luis Del Castillo, Erik el Rojo. Se subió a una mesa, en el Bar La Tertulia, y me lo dijo, sabiendo, como gran poeta del amor, que la raza de los poetas es una sola y que, faltándonos escuadrón, avión, puerto o batería, el grado da lo mismo en la obscuridad, lo ostenta el viejo de la barba blanca caudalosa o cualquiera de nosotros, animales surgidos de su poligamia con el cosmos.

Había obstáculos en la realidad (donde pensamiento hay, abundan como piojos), datos en el exterior que entorpecían la fe ―¿de qué sirve Dios sin la fe que lo trabaja?―, el sentido común, casi invariablemente, es un obstáculo; pero… ¿podía ser un malentendido, basura anónima, cuando era el poeta mismo el que tomaba la costumbre humana de hablar por otro?

Debo pensar en ti cuando esté sentado
solo, o me despierte, solo, en la noche.

¿Quiénes creerán estas palabras, si no hay una verdad vital que las respalde por bastarse a sí misma?, ¿si el «pinchar» en «compartir» desmiente el velo material de carne, sangre y tendones de esa verdad vital como el velo del templo cuando Jesucristo expiró, que se rajó de arriba abajo? Aquí, en A Coruña, en el portaaviones atlántico, desando tres veces historias disecadas aún con fiebre en el recuerdo por la cubierta empapada del portaaviones; camino, me paro muy lejos, justo al borde de la cubierta occidental de Europa, viendo, a sesenta pies, las olas cruzadas abajo; el horizonte siempre gris de calma brutalidad, en fin, con un aguacero esperando…

Tengo toda la obra, un cuadro en el pasillo con la foto de Artaud dormido, creo que en casa de Derrida, el cigarrillo durmiendo y despojándose con él de su envoltura terrestre en humo réprobo; cuatro dibujos que indagan si es cierto que nada puede apartar al Conde de Lautréamont de la fisonomía que en nuestra imaginación le tributamos; Rimbaud a la derecha, en el cuadro de Fantin-Latour por el que, al revés del Conde, llegó a tener una y definitiva, y Nerval (el gran Gerardo) en el lado opuesto, cuando su expresión era todavía la sobrehumana y no la del loco en el globo sonda; Jacobo Fijman, el Samuel Tesler de Marechal, que murió internado en el Vieytes/Borda, el manicomio argentino; mi padre Baudelaire en el retrato desafiante de Carjat del sesenta y uno, cuando presentó la candidatura al sillón de Lacordaire de la Academia, el mismo pulso al Imposible por el que yo te espero, niña que eres lo que no. Y el abuelo Walt en el centro.

Tengo toda la obra, la tengo casi toda, en inglés y en castellano, en libro, antología, fotocopias grapadas…; pero no es la obra lo que hay que tener. Es el parentesco.

Debo esperar…,
no dudo que te encontraré otra vez.
Debo cuidar de no perderte.

¿Debo esperar, abuelo?

Habiéndose producido el fenómeno de la llegada de tu mensaje con la promesa del poema, deberá exhalar la transpiración que trae pegada a la base para objetar el malentendido e interrogar a las casualidades. Mientras el poder del amor aguanta oculto en la rerum necessitas y los versos se tornan incomprensibles mientras no brillen en la dirección superior de un sentido visible, recurriré ―lo más mísero no excluye lo mirífico― a lo que Phil Collins aconseja en Everyday:

Hasta entonces habrá que probar
todas las formas de dormirse llorando.

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ADIÓS, VIAJERO

Por donde voy y vuelo
no se sabe nada de la felicidad.
Allí no importa.

Conocí a Antón Borrazás hacia abril o mayo de 2010 en la Madame Sans-Gêne, el bar de la Ciudad Vieja que ya no existe, según me han contado. Era entonces, en compañía de Moisés Suárez, otro poeta, lo que terminaría siendo: un buey de fuerte, una especie de tren de mercancías que bufaba, atravesando una de esas praderas del Medio Oeste norteamericano, si se lo contrariaba. Recitaba sus poemas, como todos nosotros, sentado a la mesa, con la pequeña tulipa y el micrófono que llevaba Sebastián Tristediós, el Catire, que emigró hace más de dos años a Francia.

Tras marcharse Sebastián por desavenencias con el dueño del local y otras metáforas de porquerizo que se mastican de prisa, Antón creyó oportuno coger el relevo, se hizo con un sistema de megafonía y el correspondiente micrófono amigo de la fonación y enemigo del poema, y con Carmen Corral Bosch, auxiliar en la aventura, acaudilló la fundación de otra tertulia en El Inglés, de la rúa Santiago de la Iglesia y avenida Finisterre. Cada jueves, estimando ambos en poco el descanso y muchas veces la ingratitud de los que asistían o de otros parroquianos ajenos a la cultura o que incluso la detestaban, renovaban el milenio en recitar o encarnar la poesía, que es la vieja negociación de hacer pasar por las venas la electricidad de los ausentes, el registro en el que entran con un porcentaje y en equilibrio los dioses y la vocación o, como decía tan concertadamente W. H. Auden, «el anillo de unión entre los muertos y los no nacidos». En esta segunda fase de nuestro compañerismo, las charlas con Antón Borrazás ofrecían el paisaje contradictorio de un oasis barrido por un simún. Las discusiones que encendía no nos las hacía practicables; muy por el contrario, se acaloraba, y yo solía decirle con sorna bien situada:

―No te pongas así, hombre. Un día te va a reventar la carótida.

―Es vehemencia ―aseguraba.

Fenómeno nacido naturalmente de su temperamento, su gobernado vozarrón de bajo y su fuerza expresiva de poeta épico, ¿cómo no creerle? La vehemencia de Antón era proverbial.

La tercera fase de nuestro compañerismo fue hace un par de semanas nada más. Había prometido traerme una copia de su poema sobre Artai/Artaigo, el caudillo ártabro ribereño que plantó cara a las unidades de élite, la lacra de represión policial y el centro sin fondo de las Furias de la VI Victrix o tal vez la X que haría pie en Britania con resultado desigual y jugada imposible, y por quien se cree que Arteixo se llama como se llama. Antón había vuelto a la playa de Barrañán, la playa de su niñez, y, al verla devastada, el caudillo desaparecido hace siglos con el órdago de contención de vetones, lusitanos y aquellos Bracari, los del «hasta el último aliento» (Apiano) contra el nuevo orden que los iba a arrollar, recibieron un soplo vivificante en una experiencia como la que tuvo Pessoa el 8 de marzo de 1914 cuando los heterónimos caracterizados surgieron dentro y ante él. «Hice mal en morir…», musitó Antón, y todo ese poema de contienda que llevaba consigo salió tras del ímpetu placentario que las mujeres que han sido madres de sobra conocen. Hablamos la tarde de ese mismo día en una mesa de afuera del Café de Fábula, en Arteixo ―fue la última vez que lo vi―, del grupo que éramos y, en consecuencia, que formábamos y que podía cristalizar en una pléyade, como fueron las dos generaciones de románticos alemanes, la de Jena y la de Heidelberg, la del 27 y otras que están en el anhelo y se estudian como trapo en los manuales.

Todo eso quedó trunco.

Carmen Corral dijo anoche, en un momento en que la Guardia Civil levantaba el cadáver, algo que me sobrecogió: nuestra tertulia era una tertulia «de supervivientes». Trillamos un sendero que la pérdida, la soledad o la desgracia han recorrido por delante de nosotros. El duende ha entregado una herida a cada uno. Cuando muere alguien perteneciente a un vasto círculo de amistades, el que muere era alguien necesario. Pero cuando el círculo es reducido y muere alguien del círculo, que lo es de supervivientes, el que se va era indispensable.

Iremos por el camino que verdece, junto al cual crecen las hierbas de los versos a sílabas mal contadas. Búscame, camarada; te buscaré cuando llegue. Allá nos están esperando los poetas épicos, todos los de la tribu que se fueron antes, desde Demódoco hasta Taillefer, el de Hastings, y Miguelito en sus horas de batalla. Habrá esa larga mesa de banquete con mantel que ya he visto y no necesito por eso soñarla, y ocuparemos nuestro lugar en la punta, en un ángulo, y, monedas a lo alto nuestras vidas, ya jugadas y perdidas, nos hemos de contar.

Adieu, voyageur!

sábado 30 de agosto de 2014

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—Yo tampoco estoy de acuerdo en que todos los días le des a la Patria en el mismo lugar…, porque duele. <<el “Mamut” Stockdale en una charla por teléfono (29 agosto 2011)

Saxon Grant (I)

por David Ramos Castro [1]

Lo recuerdo moviendo lentamente su cansancio alto, esperando en una esquina, con una languidez amenazadora, la llegada de un incidente −o accidente− poético. Él tenía recuerdos poco amables de una infancia en Caballito −kilómetro cero [2] de la gran urbe porteña− y deseos de afianzar un linaje escocés más acorde con el mito. Un día, el poeta se dejó crecer la barba y el cabello, y así llegó a deambular por una ciudad atlántica en furia de viento y soledad, con el murmullo interior de las conversaciones con los «hermanos en las tinieblas» −así los llamaría él− y de las musas perdidas.

En noches coruñesas, en las que yo cantaba tangos junto a la guitarra felina de Carlos Milonguero Liñares y al violín de Dedos de Seda, el poeta recordaría su renuencia al tango y a la tierra que había hecho posible la barbarie de los desaparecidos, al tiempo que por lo bajo murmuraría cada gotán [3] y sentiría, con la cercanía de un ayer que era siempre ahora, el fuelle de la tristeza de Malena. Después, lejos de los suburbios y de la ciudad rioplatense, también lloraría el desbarrancamiento de aquel soñador alazán por la garganta de la muerte. ¡Cómo fue que no lo viste! ¿Qué estrella andabas buscando? Pero aún quedaba el tercer acto, el del milagro. Por el umbral, como en toda coronación, entraría ella, rayo juguetón y a la vez severo, Luz Nuestra de Cada Día [4] la apodaría el poeta, ahíto de júbilo, mientras se mesaba la barba y se revolcaba en la silla al verla bailar con el cantor un penúltimo tango de tres minutos y tres metros cuadrados de pista. Me gusta pensar que después era más llevadero el sendero solitario hacia la madrugada y la húmeda buhardilla de la calle Orzán, cuando la vieja ciudad de faro romano y sueño fenicio hubiese vuelto a su bostezo cotidiano.

Quizá por eso también Coruña mereciese un A Coruña de la Triste Gente, como la tuvo Buenos Aires en el año 87, cuando un poeta, a la sazón de cuarenta y dos años, firmaba con el nombre de Jorge Grant su amarga bofetada al rostro de aquella ciudad de «fregado en los colectivos» y de ojos irritados en los niños vendedores de rosas. Yo, que hace dos años y medio también me tuve que ir, de otro lugar y por dictaduras distintas, comprendo las palabras del poeta: «yo no tengo autoridad ni derecho para hablar de patria porque soy un apátrida, uno que va por la vereda donde no da nunca el sol y ahora que me voy, un mal argentino». Y, sin embargo, ¡qué inconfesable nostalgia se escucha palpitar tras esa aparentemente tranquila apelación de apátrida! Dentro llevamos el cadáver, luego el fantasma de nosotros mismos. Y el fantasma nos acosa, nos asedia, nos recuerda…

Y la nostalgia palpita, porque está viva. Y «como palpitaciones vienen los trenes sobre las vías muertas», dirá el poeta Grant, quieto como una estatua en la estación, mirando el deambular de la lluvia de la que «nadie escucha su elocuencia». Muchos años después, quieto en una esquina, ardiendo en una languidez impaciente, en una espera que quisiera ser esperanza del accidente poético, el poeta sentirá la ciudad atlántica como un exilio forzado: ¿cómo he llegado hasta aquí? Entonces, tal vez habrá recordado las palabras poéticas del hijo de los panaderos de Barcelona, muerto en 2006: «si digo que estaba escrito, podré sobrellevar el peso insoportable de lo injusto». Palabras improbables hechas posibles sólo por la imaginación del poeta, tal y como había anunciado el poeta y amigo Carlos Rivarola, asesinado por la pesadilla militar argentina [5]: «Sólo la imaginación sabe hasta qué profundidad estamos enfermos. Curarse sería asesinar lo que todavía existe. No esperando, salvados del triste oficio cómplice, nuestras manos de fuego carbonizarán el nudo que nos asfixia, la soga con que la realidad nos sujeta a su horroroso destino cotidiano. Imaginar es romper el espejo que copia nuestros gestos, cortar los vínculos que una voluntad superior establece haciendo de lo superior una trivialidad del espíritu, estupidez sin atenuantes de todas las dominaciones sentidas» [6].

Él, que por suerte, no desapareció, aún camina con su cansancio alto, con esa languidez que espera, con un verso que amenaza con su algo de tristeza, sus musas derramadas y sus amigos en las tinieblas, con los que aún conversa para vencer las injustas desapariciones. Él, el del tango entre dientes y el baile de Luz tras el umbral. Saxon Grant…

Publicado en su columna de <DiariodeFerrol.com> el 11 de junio de 2014.

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(1) Identidad que corresponde a la personalidad del cantor de tangos caraqueño-gallego Sebastián Tristediós, el Catire. Vive en Francia.

(2) Es el centro geométrico de la capital. Hay una placa colocada en la pared de un edificio de la esquina de Añasco y avenida Avellaneda que así lo certifica. El «kilómetro 0» está en otro sitio.

(3) «Transposición de las sílabas desde atrás hacia adelante con traslado del acento, que convierte a las palabras agudas en graves y a las graves en agudas [en este caso, tango en gotán]. Cierto modo de hablar peculiar del porteño. Inversión silábica del castellano revés, el ‘vesre’ parece ser modalidad coloquial delictiva.» (José Gobello, Diccionario lunfardo y de otros términos antiguos y modernos usuales en Buenos Aires, Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor et al., 1977, pág. 218.)

(4) Su novia Mariana Luz Pazos Wach, la piba de Adrogué.

(5) No fue el Ejército. Murió en una masacre ritual. El homicida se suicidó al cabo de la escenificación. Los detalles están someramente disfrazados en el capítulo IX, al final, de mi novela La batalla de Ezeiza.

(6) La poesía carnada. Abracadabras de la imaginación (1970).

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ANONIMATO REVISITADO

A Coruña, lunes 21 – miércoles 23 de abril de 2014

«Comigo e os despoxos de vós
nace a historia»

 Pones: «He descubierto».

Hace once años que nos vimos, cuatro que tengo el «ágora sin un alma» y que empecé a colgar textos en ese patio como las grutas de las Hébridas, más etéreas que basálticas. En todo este tiempo no ha habido eco de que alguna página o siquiera una línea haya sido citada, catada, recordada como un manjar delicado, haya volcado un destino, haya sido un potente afrodisíaco o un veneno, excitado la curiosidad…, no sé, inspirado a alguien, aunque sé que el dispositivo a guisa de cuentakilómetros que un amigo de mi hijo me instaló lleva hasta el día uno de este mes el registro de 8279 visitas.

Habrás visto que muy pocos dejan un comentario.

Tres que pasaban volvieron a relacionarse conmigo por la fortuna de lo prosaico exterior a la mención que hacía de sus personitas. No fue por el ritmo o el orden de las cláusulas. Fue por imperativo de su inquietud egoísta nada más. La literatura barroco-primorosa está en las catacumbas: mal iluminadas y hay que pagarle a un guía para que te lleve o dejar a la entrada un donativo. Éste sería lo que se tendría que dar para salir de las catacumbas del blog a la luz de las librerías.

Fueron dos mujeres y tú.

Una me llamó por teléfono y ya me pareció milagro que volviera a ponerse en comunicación conmigo después de cosa de ocho o nueve años de haber tenido necesidad de comer pero no de saber si seguía vivo, y de haberme mudado de Barcelona a Coruña, que lo sabían los del buque mercante que iba para las islas de los Hijos de Khaledán. La especie que la animó a localizarme, de la más baja categoría literaria, fue un malentendido, que no produce un nuevo sentido como el calambur.

Otra quería ser princesa, pero acabó en madre de familia y empujando un cochecito.

Y estás tú.

¿Cómo fue? No creo que me descubrieras leyendo toda esa masa de texto que, por de contado, no te interesa un pito. ¿Fueron los buscadores?, ¿un amigo el que te alertó? Éste puede ser el conducto. Con menos claridad de juicio y menos años de los sesenta y ocho que tengo, sufriría un vahído de desánimo al ver que después de once años el único lector —por llamarte como a la Luna, que se le asignan fases— que respondió a la incógnita de difusión chueca y vacío creado en torno, si responder sea eso quirúrgicamente operado, es uno que reclama, ¡y con quejas de comprador!

A tres correos asciende toda nuestra correspondencia. Tres correos míos, bastante extensos, y tres líneas tuyas, que, habrás de convenir, no constituyen un torbellino. Los tres míos son del lunes 15/9/03, domingo 12/10 y viernes 2/1/04 el último; tus tres míseras, del miércoles 31/12/03. En el del 2 de enero te transcribía el pasaje de la tesis y tu aportación en el colorido: la Santa Trinidad «de la Tinta China». Con la circunspección y formalidad en la aspereza límite de papel higiénico que también traía este último canapé de Facebook, te despedías en el sueño tan largo de una de esas tres líneas de cuerpo de juristas que no llegan a ser letargo, umbral que tomaste por un mail, prometiendo que «después volveré con más detalles». Nunca volviste…

Hasta hoy.

He satisfecho tu reclamación. Lo he hecho mejor que «eliminando toda mención de ti» y es trocando tu identidad de la cédula por una personalidad mítico-novelesca que es lo que tengo y soy yo: la persona restada del personaje. Lo hizo Cervantes en el Quijote con Pierres Papín, un vendedor de naipes que existió de verdad en Sevilla (primera parte, XVIII). Nadie podrá reconocerte (1). Ni siquiera yo.

No hay ni habrá «cualquier otra posible publicación» en la que pudieres aparecer, no hay de qué afligirse; tu identidad, que en su momento no significó más que el nombre, está cubierta de luto de los pies a su nada y asociada sin protesta al pedido por despecho que me hizo la musa, quien pasó hace muchísimo a mejor vida… lírica.

Ambos estabais sepultados y tu conjuro te exhumó brevemente, pero no te hizo volver a la vida. A ella tampoco.

La manera «absolutamente privada» de referirme a tus cuitas personales pasa por alto dos cuestiones.

1. Te referí mi propio atolladero. No fue un deschave unilateral.
2. El adverbio de modo vuelve a poner sobre el tapete el realce extraordinario que ha adquirido lo privado, que tiene angustiada a la gentecilla. No tengo papeles privados porque no tengo vida privada. Me esfuerzo por ser menos persona que poeta épico, o que cronista épico. Tengo, por lo tanto, obra literaria, pero no papeles privados, que corresponderían a la expresividad, al hobby.

Claro, esto tú no estabas obligado a saberlo porque no me conocías. Creíste entonces que debía parecerme a los demás, que son discretos, respetuosos de la privacidad (como dicen los extranjerizantes), etc. Tendrías que haberte precavido: «Se dio el juego de remanye, / cuando vos, pobre percanta…», cambiado a «cuando vos, viejo atorrante…». Sea como fuere, en el único mail que me escribiste y en este quisquilloso por acostumbrarse tanto a la sobriedad de lo puntilloso, hair-splitting, que dicen los ingleses, donde pasa la silueta pero a ti no se te ve, de un Facebook prestado, ya lo haces.

Sobre que te resulte «incómodo», nadie más que uno sabe en qué situaciones se halla cómodo o le parece que lleva una escolopendra en un bolsillo interior del saco y al meter la mano en busca de la billetera se la encuentra. He repasado con una atención de mala fe, es decir, contra mí en las ocasiones en que pudiere haberme extralimitado, y, en conciencia y hasta donde alcanzo, no percibo trato injurioso, calumnias u otro baldón de la misma familia. Carlos Barral y Mario Muchnik, editores y autores de memorias los dos, hicieron mención de mí y hasta el día de hoy no consigo establecer cuáles y cuántas «diversas complicaciones» me trajo el que los dos hablasen de mí, el segundo en un tono de chunga que tú seguramente habrías encontrado reprobable.

No sé, D***. La mención supuestamente habría tenido que halagarte, y, de últimas, ¿qué importa?

Debemos llamar sublime pasión imposible, filón tanto más inagotable cuanto más la musicalidad ocupaba el lugar de las caricias físicas, a la de Hölderlin por Diotima. El presente excluye de la canción de siervo doliente el nombre verdadero, la identidad de Susette Brokenstein-Gontard. Para la identidad de una señora de la casa, no era más que el preceptor de sus hijos, un asalariado de su marido el banquero. Hölderlin podía ser un muerto de hambre, pero esa injusticia objetiva que ordinariamente lo dice todo no nos importa nada, porque nos obliga si fija un estado de ánimo. Para estar cerca de él.

Qué importa el tobogán —sería otra cosa…— por el que se deslizó Branwell, el hermano perdido de las tres Brontë, en esos tres años que siguen a la ruptura con la mujer mayor que le promete el alma del mundo cuando lo seduce y que preceden a su muerte de galeote, encadenado a los tipos menores del alcohol y el opio. La canción del único hijo varón del párroco de Haworth excluye todo cuanto no es humano, rugido-licuadora de la compunción y la mancha del pecado original; y, sin embargo, es todo cuanto nos importa.

¿Me has reemplazado en la esperanza de que te van a encontrar en un blog, a reconocer y a señalar con el dedo? «¡Mira!, éste debe ser Doroteo Dirty, el que enseña en el colegio…» ¿Hablas con los dioses y con las juglaresas para ver si te dan un pronóstico optimista sobre esa esperanza con Parkinson? Un blog, como dices tú, cuaderno de bitácora como el mío, es uno más entre cientos de miles, cantidad que no podemos abarcar, y no existe nadie que lo lea recorriendo todos los renglones, por el método tradicional. La tendencia es a la consulta. La curiosidad vaga en su siesta actual en busca de una frase suelta, una mariposa que vuela brincando y retiene lo agradable de la nonada, o para robar un pensamiento que la desnuda ignorancia pega con moco de la nariz del Arlequín de Picasso en el Facebook después. Mis cancioneros son inacabables. ¿Y tú te crees tan importante?, ¿tu paso por la docencia es tan crucial para la historia de la cultura?, ¿eres Pestalozzi, Giner de los Ríos?, ¿vistes de sport, disponiéndote a ser don Domingo Faustino «padre del aula»? A mí no me leerán, tú no serás conocido y los dos moriremos. Entonces, ¿para qué molestarse en que nos importen las «complicaciones» que sólo durante un tiempo nos acarreará la identidad? El tiempo que vivamos. Otrosí: la identidad no es nuestra. ¿No te fue impuesta, como a mí? La identidad intenta protegerse, bastante trabajo físico le supone el qué dirán.

Invierte los términos. Supón que en lugar de ser yo, que por agradecerte la gauchada que me hiciste, que fue una vez y menudita, ¿eh?, tampoco fue alargarme la bolsa, y honrar a la verdad, te cité por lo que hacías y me pareció poético tu descuartizamiento a lo Túpac Amaru…, creo que te lo ponía en un mail…, supón, retomo, que no hubiere sido yo el cronista de algo vivido que pasa a estar escrito, sino García Márquez o Conrado Nalé Roxlo (aquél más cuidado que éste y éste al que se le saca menos provecho que a aquél)…, por utilizar el procedimiento que los muertos utilizan con nosotros, cuando, en cada uno de sus estados mentales y por alguna razón, necesitan que se los oiga, pero no tienen las cuerdas vocales para que eso que piensan se pueda hacer. ¿La reclamación habría sido la misma? Te pregunto.

Me vas a contestar que sí, que la fama no puede ser tan arrogante que atropelle el derecho de una persona de airear lo que juzga innocuo y preservar lo que prefiere que continúe secreto. Aquí estaríamos de acuerdo si el tratamiento de lo considerado como «absolutamente privado» fuere grosero o incitare al escarnio del secreto guardado. Si tuviste paciencia en ver desfilar las situaciones leyendo el cancionero y el otro que está puesto más arriba, el de la Reina de Lejanías, podrás comprobar que los secretos carecen de importancia para mí, pero no de relieve. Si han sido bien plasmados, si el lector siente que tienen un relieve literario, ésa es la moral que debe ser guardada. Como baudeleriano, la moral es una creación y se adhiere a la belleza, prorrogando su estado atmosférico. Una religión de la belleza de la que también eran creyentes Yeats, y Keats, y…

Pensé, también porque no te conocía, que eras profesor de historia del arte y que, de tanto enseñarlo (el arte), se te había terminado pegando lo que enseñabas. En resumidas cuentas, que enseñabas lo que eras irremediablemente.

Pensé y me confundí.

Lo que enseñas tú es la historia. Que sea «del arte» es un desprendimiento de la síntesis que hicieron en la universidad para un programa de estudios determinado y una carrera. Artista no eres. Aquí el artista soy yo. Tener una vida distinta de la obra es haber cumplido, en el decurso del camino, con el que se creía deber consigo mismo y no es sino otro nombre que se le da al parecido con los demás para que los demás nos traten.

Ahora creo que es a mí al que le toca decir «Esto me resulta sumamente incómodo».

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(1) [Aurelio] Ahasvero Derewige, profesor de la Parusía.

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