SURUBÍ

Caminaba un día por la calle Viamonte de Buenos Aires, en el invierno de 1967, y me detuve frente a un acuario. En el escaparate, entre cebos, anzuelos y otros artículos de pesca, había un pez con una expresión verdaderamete sincera, si es que un pez nos mira con eso, con la esperanza de un cataclismo. Había un pez. O lo que quedaba de él.

Era un surubí. Se trata de un silúrido de cuerpo cilindrocónico, carece de aleta dorsal, pero tiene una caudal poderosa y aletas pectorales que rematan en espinas. En la desinencia del nombre está comprendido el vocablo guaraní rubichá, que significa ‘rey’. Se lo encuentra en los grandes ríos barrosos de agua dulce que descienden del escudo de la Amazonia, en la Mesopotamia argentina, con el río Uruguay a la derecha y el Paraná a la izquierda.

Su río predilecto es este último, el gigante del Pantanal (la «segunda cuenca») que con sus crecidas empapa a veces, quiere abolir a veces la selva misionera, descrito por el gran Quiroga como un río untuoso que «corre bajo el cielo blanco, agujereado de remolinos». No hay que pensar que, porque es un río de agua dulce, sea el arroyo saltarín del locus amœnus.

La jeta del surubí se asemeja a la del mero, bezudo, con unos labios africanos, parecido a Toulouse-Lautrec. El que vi en el acuario había sido decapitado a la altura de las agallas y tenía un cartelito clavado con un alambre entre los ojos cuitados (como le gustaba decir a la lírica del XV).

SURUBÍ DE 70 KG
PESCADO EN GOYA, CORRIENTES.

Bien podía imaginarse uno, por lo que faltaba, lo que habría medido aquel polvorín de piel lisa, metro y algo, testigo el cielo. La carroña que quedaba de su majestad se exhibía en una de esas bandejas de telgopor en las que vienen envueltas las hamburguesas. La gente entraba y salía del negocio, ignorante, indiferente o simplemente ajena a esa minúscula tragedia del escaparate que se había cernido y producido a miles de kilómetros de allí. Y viendo yo esa carroña, no podía dejar de ver al moribundo y me dije: «He ahí un ídolo derribado». La República de Roma erigía columnas rostrales… a Duilio en la primera guerra púnica y a Mario que detuvo a los cimbrios y teutones en Aix…, y tantos reyes obscuros y a menudo indignos, de nebulosa genealogía, que no hicieron nada, se quedaron quietos y sirvieron a la literatura que lo recicla y lo aprovecha todo, ardieron momentáneamente en las lágrimas oficiosas del planctus medieval o se enfriaron en honras funerales, no por su valía humana, sus prendas morales, la luz de su intelecto, sino por la pura casualidad de estar viviendo parasitariamente de su rango cuando murieron. El tercer duque de Alba podría ser tomado de ejemplo, el del Tribunal de los Tumultos el TOP de la época, una especie de gángster del Imperio en el Chicago de Flandes, cuyo nombre Garcilaso musita con precaución, ándate con cuidado…, en la Égloga III. Como dice un soneto de Alfonsina Storni, «más daño al mundo hizo la espada fatua / de algún bárbaro rey, y tiene estatua».

El arte es un esbirro del poder. ¡Ya está bien de poemas de encargo y de incienso cobarde! Cantarle a ese pez en la bandeja de telgopor, al rubichá, a ese rey del río…, reducido a una caricatura.

El epinicio, pues se sigue del boceto de un himno victorioso cargado de la electricidad de la muerte, consta de tres partes: introducción, el pez travesea, sin dicha, sin culpa, en un puro acto de errar; el nudo, cuando se acerca a la ciudad de Goya, en la orilla occidental del Paraná, y, para su desgracia, queda suspenso de las luces del puerto, hundiendo el morro en el fango para dormitar, y desenlace, su encuentro con los pescadores.

Si habitamos un relámpago,
allí está el corazón de lo eterno.

René Char

I

Setenta kilos tenía
el forzudo surubí.
Setenta y se gloriaba
del bisel de su perfil.

II

Onda ceñuda, ola canosa.
Cántico muscular.
Por entre capilares herbosos
incendia el herético maizal.
En las copas de los árboles
de regazo sensual,
se prolonga se proloonga se prolonngaaa…
Cruza la umbría, saeta indistinta, capitanejo de cristal;
cruza la umbría y_
s-se prolóngaaa
por la cerbatana del río sin ver el final.

III

De una raza perdida
capitanejo bravo,
robada en los crisoles bogadores
de cañaverales drogados.

IV

Setenta kilos apoyándose
en los goznes del agua
hasta hacerlos chirriar.
Dragón de las turbiedades traspasadas,
carroza fantasmal de las sabandijas del bañado:
tu azufrada silueta de Sasánida
rasante vibró por un minuto
entre las ruinas del Partenón de espadañas.

V

Y te acercaste
a Goya,
vetisesgada espesura de luces
ramplonas;
grotesco, sonriente, tu duermevela en el barro.
Bajo el tiznado espejo de las aguas insonoras,
tus dos ojitos de ágata
y ceremonia.

VI

Las luces odaliscas sus caderas contoneaban.

VII

¡Ar-g-h-h, el anzuelo, jetudo fauno!
¡Que te levanta, y te levanntaa . .
cimbreanndoo . .
proa a la angustia
y a las estrellas de trapo!…

VIII

Caen y ruedan las luces
de Goya,
junto a la fragua
horrorosa que de la boca
te arrancan en veinte minutos de puja
caótica, veinte minutos de muerte sórdida.
Veinte minutos
de migajas de gloria.


Romances del viejo sacrificio. Poemas americanos (1987)

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