LA SUGESTIÓN DE LOS BELLAMY

Televisión Española nos tiene acostumbrados a la invasión de series británicas, ambientadas en la Inglaterra victoriana del Imperio polígloto en cuyo cetro lingüístico se engastaban las gemas del afrikaans al indi y las mansiones estilo Tudor de cientos de habitaciones en verdes prados donde se juega al cricquet. No nos sorprende, por tal razón, que una más haya venido a tornar inolvidable la hora de nuestra sobremesa. Sin embargo, admito que el primer sorprendido fui yo.

Desconfiado por naturaleza de las convenciones artísticas que hacen que la importancia de una obra sea tributaria del banquete visual de los ambientes fastuosos y del vestuario de los personajes, persiguiendo, según el interés momentáneo y la tiranía del marketing, el «atractivo» que la época ejerce sobre el espectador lego, he visto desfilar media docena, o quizá más, de esas series, desde Penmarric hasta La caída de las águilas, pasando por apuntes biográficos de la pandilla de grandes hombres (Disraeli, Dickens de Londres) y semblanzas de «personajes entrañables y situaciones sencillas que llegan al corazón» (Los árboles de Thika), que, como si estuvieran pintados en el tímpano del frontón de una iglesia, van encabezando el sordo rumor del siglo en que vivieron. La Commonwealth no ha querido estar ausente en la licitación de los facsímiles nacionales de Novecento, y los australianos, siguiendo la huella de los norteamericanos con James A. Michener, que ya está provisto de un cerebro con cubeta para propagar la plaga de las sagas, desde el jefe Castor Cojuelo que asiste al apagarse de la estrella rutilante de las naciones indias, hasta la reciente Hawai y la carlota de melocotones de Centennial, orgullo de la repostería, especialmente encargada para deleitar a la patria en su cumpleaños, han hecho, ayudados por técnicos y capitales estadounidenses, su serie de raigones (Tierra sin fronteras), con el sabor a leyenda que traen los potes de la llegada de los primeros convictos irlandeses, reos de rebeldía, al continente-prisión.

Cuando mi esposa se hizo espectadora habitual de Arriba y abajo, pensé que se quedaba al azar con un botón de muestra de la mercería de la nostalgia para todos los que éramos jóvenes cuando se produjo el óbito del tranvía. Los adolescentes de La guerra de las galaxias y el extraterrestre de corazón de margarina (pues se ablanda a temperatura ambiente), tal vez hartos o desconcertados respecto de un futuro hacia el cual no pueden escapar como sus padres hacían, encuentran que es fetén el «rollo este» de las damas vestidas de lanilla verde y charmelaine azul en las tardes luminosas del Royal Ascot, la cita de dos amantes en Toulon, los paseos en góndola por Venecia cuando aún se mantenía a flote, las escenas de honestidad que tienen de protagonistas a Dafne y Apolo, a imitación de Bernini, en las vidrieras emplomadas de vastas salas de estar con forma de hemiciclo, la algarabía de los muelles que miran a la promisoria incógnita de Ultramar, los viajes en fragata, el macfarlán, el bastón con pomo de oro, las botas «vencer o morir» de los montañeses de la Convención, el 10-gallon hat, la Flash Derringer y la caza del zorro en Highgrove House. Es más divertido tomar del pasado aquello que nos sienta bien.

«Otra serie más con vestidos», me dije, y parecía confirmarlo así la presencia de actores como Lesley-Anne Down (El primer gran asalto al tren, La esfinge) y Gordon Jackson, que lleva su guardarropa a las películas en que actúa porque lo veo haciendo de circunspecto caballero que ladea la cabeza para poder pronunciar en la frase, conforme a la «nebulosa vocálica» del inglés, mejor el sonido neutro [e], y de suboficial del ejército colonial británico, junto a Nigel Green, desde hace mucho tiempo.

Utilizando la clasificación social, reflejada en la arquitectura de las casas aristocráticas londinenses, la serie mostraba las aventuras —más bien, pasatiempos— de los de arriba y las desventuras domésticas —más bien, aperreo y letargo— de los de abajo.

Poco a poco fui haciéndome un visitante asiduo de la casa del 165 Eaton Place,* en el barrio de Belgravia; y aunque pueda decirse que llegué tarde para conocerlos a todos, a Sarah, a Elizabeth y a su primer marido, el lírico caballerete que libró una batalla perdida de antemano entre la belleza pura y el sentido del tacto, llegué a conocer bastante bien el espíritu independiente pero irreflexivo de Edward, la cobardía de Rose, el despertar a la determinación de Daisy, los exabruptos de Ruby, de echarlo todo a rodar, y el genio atravesado de la señora Bridges (Angela Baddeley), que encubría con su continente bonachón de abuela Donalda.

¿Cómo no mencionar a Angus Hudson (Gordon Jackson), el mayordomo? Ora generoso, ora inflexible con sus subordinados, pero nada filántropo con la humanidad, es el responsable de que vuelvan a tomar a Edward cuando éste se despide y se encuentra en la miseria, pero se alista durante la primera guerra mundial en los piquetes de defensa civil, justificando con su conducta el que acorralen al tendero alemán que viene a pedir cobijo con su familia después de recibir una tunda xenófoba, y vociferando la más torpe apología y exhortaciones a la guerra santa contra los extranjeros. Hijo de los sermones tribales de los presbiterianos quemados en efigie, como John Knox, que empleaban la teología imprimiéndole un carácter de materia excrementicia para arrojarla a la cara de María Tudor, es el cancerbero de la honra de sus señores plasmada en la casa, que para los escoceses es el lar, trasladado como legado indiviso y sin crítica por parte de Hudson de las tierras altas de Escocia a la metrópoli de las finanzas y el Estado. Es también el depositario del orgullo regional; a causa de esa sumisión devocional que dicta cátedra, educada en la solemnidad puritana del deber y la fidelidad que hacen al buen sirviente, su orgullo coloreado sufre los efectos de la corrosión folclórica.

Presenciamos sus debilidades (cuando llora en la mesa de la cocina por Lily, su tardía hoguera juvenil) y su grandeza, a despecho del progreso y la realidad que marchan encadenados juntos (su toma de juramento a Edward en el último capítulo, cuando le predica la mística del cargo de mayordomo, o cuando, hablándole acto seguido a la señora Bridges, dice con un hilo de voz: «El mundo que conocimos se está derrumbando»).

Hudson es el exponente de una clase de asalariados que se negarán a ver y aceptar la desaparición del Viejo Orden, marcada legendariamente por el naufragio del Titanic, en el que muere lady Marjorie (Rachel Gurney), único factor aglutinante, a partir de cuya muerte la familia empieza a ir a la deriva, e históricamente por el fin de la Gran Guerra, la transición del criado a proletario y los poderosos desperezamientos de la historia, de los que son síntoma las sufragistas escocesas adueñándose de las calles, la huelga general minera de 1926 y la expansión cada vez más creciente de las luchas obreras. Su agria colisión con Len, el tío de Ruby («Conocerle ha sido toda una experiencia, señor Hudson»), decide la simpatía ideológica del espectador en favor de aquél, esclarecido portavoz de una cuenca minera de la Inglaterra del centro, desnudado Hudson al convertirse en moralista de la inquietud de los privilegios amenazados y manifestar un cierto terror de clase al coco del izquierdismo mediante calificativos religiosos («las fuerzas maléficas que buscan arruinar el país»). La decide, pero no logra que el espectador le abandone del todo, conmovido, quién sabe, por su colérica sinceridad.

Hay secuencias, sin duda, que me harían extender sobradamente, y personajes que emocionan.

La secuencia de Frederick Norton, por ejemplo, aide de camp del comandante Bellamy durante la guerra y luego su criado, cuando se marcha de Eaton Place dispuesto a abrirse camino en Hollywood del brazo de señoras acaudaladas y aburridas. Con gabardina y sombrero, se despide desde la puerta de la cocina con un rostro juicioso y un aire de prosodia elegante a lo Robert Montgomery, diciendo estas palabras con el auxilio de una gran sonrisa melancólica:

—Cuando sea famoso, podréis decir: «Ése es Frederick Norton, que trabajó hace muchos años en esta casa como criado. ¡Quién hubiera dicho lo lejos que llegaría!».

Y está James Bellamy (Simon Williams), tan romántico como Werther y hecho de la misma pasta que su prima, porque, ¿quién no ha amado alguna vez a Georgina Worsley? Estos dos seres frívolos y trágicos, arrastrados por el torbellino de su tiempo —como podría haber dicho el cartel de una película con Montgomery Clift y Elizabeth Taylor—, empiezan a romperse por el punto más frágil de la cáscara del mundo que los envuelve y que los vio nacer, y nos ganan para la causa de longevidad de su amor enfático y fallido. Cuando James se quitó la vida, el miércoles 2 de marzo, enjugando de sudor y lágrimas el viejo axioma de los países del Norte, «El suicidio es un derecho, el suicidio siempre es una virtud», execrable para el pensamiento católico latino, sentí el típico debilitamiento que produce la pérdida de un ser querido, y ese errar sin dirección. Se rompen cartas —las que le manda Georgina cuando él se halla en el frente francés— con la misma mezcla de grosería y desesperación crucial con que Emma Bovary traga a paladas el arsénico en las tinieblas de la botica, extraordinario preludio de una muerte en el mejor estilo de los angry young men, crispada y enérgica, que repudia todo tópico de entereza y serenidad.

Y está la misma Georgina Worsley (Lesley-Anne Down), a quien, aun a sabiendas de que «la vida continúa», y de que se va a casar con el hijo de los duques de Buckminster (Anthony Andrews)…, ¡maldito seas, guionista, por toda la eternidad!, le pedimos secretamente, le imploramos: «No olvides a James, el sobreviviente de las trincheras, demasiado fatigado. Acuérdate de nosotros aunque sea inútil».

¿Qué ha tenido de maravilloso esta serie, si la ponemos en la misma cadena de producción que Will Shakespeare o las que están actualmente en pantalla, Retorno a Brideshead y la francesa Las brigadas del Tigre, todos telefilmes costosos en los que se han cuidado los detalles más traviesos? No ha habido unanimidad entre mis compañeros de trabajo, que la vieron cuando se proyectó la primera vez por la segunda cadena, a la hora de opinar y quedarse con el veredicto. Uno ha dicho que se debe a la cotidianidad tan bien desarrollada, afectada por síncopes argumentales en otras series. Que Jean Marsh (Rose) cedió de buen grado el derecho a la intimidad de una parte de su vida, pues el papel de Rose se nutría de hechos reales que había vivido la madre de Jean Marsh en una casa como la de los Bellamy, en la que había servido. La actriz no habría hecho otra cosa, en caso de ser esto cierto, que dar vida a su propia madre. Tal vez los guionistas salieron un rato de la piel de serpiente con que escriben la incultura y el cisma ético de Dallas, Detroit y Dinastía y trataron, con un encomiable esfuerzo de su parte, de reconstruir la mentalidad de los «catorce puntos» del presidente Wilson o la psicosis ingenua —comparada con nuestro actual ultimátum atómico— provocada por los gases asfixiantes en Ypres. Una amiga, crítica literaria, dice que se debe a la técnica de teatro realista, con su diálogo menudo (small pieces, nervio del teatro de George Bernard Shaw, y la little talk de la charla hogareña) que incorpora documentación que, de otro modo, se haría cargante y amazacotada —recuerde el lector los gastos de la boda de Georgina—, y así no fatiga. Algo de eso hay.

Nada despreciable, por cierto, es lo que proporciona la interpretación, suasoria en las personas de Christopher Beeny, un Edward despierto que conserva toda la simpleza pueblerina; Jacqueline Tong, animando a Daisy, quien, con Edward, forma la pareja del desaliento y las ansias de libertad (su juventud y afinidad con Georgina y el marqués de Stockbridge les evitarán la hiel de la diáspora que desunirá a los demás y se irán con los futuros duques, simbolizando la promesa de una Inglaterra que ha llegado, presumo, hasta nuestros días); Jenny Tomasin desborda a una Ruby Finch desamparada y salvaje, víctima de sus compañeros pero que se erige al final de la serie tomando triunfal represalia con el arma inesperada de su malicia: ella es el chacal y la heroína, y Gareth Hunt, en el papel de Frederick Norton, creando un nuevo tipo de gigolo, menos cliente que el de Richard Gere, al que adereza con una pizca de maquiavelismo latiniforme y el exterior impasible de un buda.

Pero ¿a cuál de estos factores debemos la perfección artística de la serie, que es una anomalía en la hechura y el propósito para el cual se conciben los programas de televisión? No lo sé.

El jueves 3 se emitió el último capítulo: «¿A dónde iré a parar?». Fue una larga despedida, a la que asistimos los espectadores viendo cómo las situaciones parecían deshacerse en lugar de sucederse. Se llevaron los muebles, comenzando por el tresillo Chesterfield en uno de cuyos ángulos se sentaba inveteradamente sir Geoffrey Dillon (Raymond Huntley) con su copa de jerez. Fuera, se habían impuesto finalmente los malos tiempos —hubo un amago cuando Richard Bellamy (David Langton) se casó con Virginia Hamilton (Hannah Gordon)— y campeaba a sus anchas el letrero de oprobio con los caracteres de inventario 3 SUBSTANTIAL RECEPTION ROOMS, etc. Eaton Place era centrifugada por el tornado de deudas que había dejado James al morir.

Todo esto vimos pasar mientras nos administraban la infinita pesadumbre como un remedio. Felicitaciones. Rose, que por ser Jean Marsh coautora de la serie tuvo que desempeñar el ministerio más ingrato, cumpliendo con una tradición británica antiindividualista, se encargó de «cerrar la casa y apagar las luces». Me fui a dormir la siesta cuando finalizó.

Al despertar, pensé en ellos, en la época en que me hallaba.

¿Qué habrá sido de Hudson y la señora Bridges en Hastings, en la costa del paso de Calais?

¿Veremos un día la tumba de James, con artemisas esparcidas creciendo al pie del obelisco de mármol de la familia?

Lady Prudence Fairfax (Joan Benham) lo siguió, a poco, «Ya tengo edad suficiente para ir a reunirme con todos aquellos que hacían mi vida agradable con su conversación». Llegó a adquirir una Panhard Limousine 6CS para relevar al viejo Nash del 19.

Mabel, la insolente, Alice, Thomas Watkins, la señora Roberts, octogenaria y con ausencias…, quizá quedaron sepultados bajo los escombros del Blitzkrieg.

William Hamilton (Jonathan Seely) llegó a ser piloto de la RAF y se cubrió de gloria en el frente de Birmania como su hermano en la lejana coyuntura de Ostende.

Lady Dorothy Hale (Madeleine Cannon), sorprendida en Francia por los sucesos del 22 de mayo de 1968, volvió a Londres escandalizada de que todos los franceses aceptaran en público ser judíos alemanes.

¿Y Georgina? ¿Habrá aprendido a bailar el foxtrot?

Encendí el hilo musical y oí los acordes de la 5.ª sinfonía de Beethoven, sin moverme, con la tristeza del duelo; la melodía central volvía y giraba una y otra vez asociada a las ondas envolventes y los fuegos de artificio del polvo cuando acompaña a lo largo de toda su caída a un edificio que se desmorona. El polvo seguía arremolinándose en torno de las ruinas ya calladas, hasta que se depositó, con el final de la música, y quedó él también sosegado y quieto.

Porque la ficción sigue cuando la realidad ha pasado.

4-10 de marzo de 1983

_____

* En una visita a Londres, años después, sentimos que no podíamos retornar a España sin haber buscado la casa, y dimos con ella. La serie fue filmada en el número 65; el 165 no existe. La señora que salió a recibirnos, cuando llamamos a la puerta, nos explicó que les habrían hecho la vida imposible si hubieran puesto el número real. Vista nuestra obsesión, comprendimos hasta dónde llega la cortesía inglesa en que se dé cuenta uno mismo de que está en terreno de los derechos que corresponden a los demás.

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