LA CRISIS DE LOS DICCIONARIOS

Todos los hablantes de una lengua manejan una cantidad determinada de vocablos, o voces, como las nombraremos en lo sucesivo, que no es, ni mucho menos, una cantidad ilimitada, por más que se crea que la cultura que el hablante posee determina por su mera existencia e implantación el crecimiento agigantado de su léxico y el enriquecimiento o lujo de su conversación, de lo que resultaría la ecuación ‘A mayor cultura, mayor conocimiento lexicológico’.

Sin embargo, si prescindimos de factores personales, la cantidad de voces conocidas por el hablante debiera ser, por lo menos en teoría, ilimitada, puesto que su lengua se beneficia de tomar parte en un vasto circuito de hablas —tengamos presente el castellano, diseminado a ambas orillas del Atlántico— que aportan al acervo o almacén idiomático común, no sólo voces nuevas que las otras hablas del circuito recogen como «originales», como oídas por primera vez, sino nuevas acepciones que insuflan un hálito de vida en viejas palabras (el mexicanismo araña para denominar a la mujer pública). Todos los países están trabajando para almacenar en un depósito común sus existencias o surtido lingüístico.

No es por escasez, entonces, que el hablante se ve obligado a recurrir al estraperlo y comprar en el mercado negro de los extranjerismos voces que ya tenían su réplica original en el idioma natal del hablante y que casi siempre son de inferior calidad, como si compráramos un aparato de alta fidelidad de alguna marca de las de monopolio germano-nipón y viéramos que la fidelidad de la audición corresponde a un aparato nacional de las mismas características. El caso de goal average, ‘promedio de tantos’ o ‘de goles’, si admitimos otro anglicismo cuyos límites de admisión en la historia se tornan nebulosos; y de plum cake, por ‘budín’, encima con la grave imprecisión de que ha pasado a denominar todos los budines genéricos, siendo que en su propia constitución morfológica entra el elemento ‘ciruela’ (plum) que descalificaría per se a aquellos budines que no están hechos con la fruta.

Tampoco es culpa de los diccionarios el que la cantidad de voces que maneja el hablante no sea ilimitada. Cualquier diccionario de batalla que empieza a usar el escolar de EGB —aquellos pequeños ITER de bolsillo de Sopena, de finales de los años cincuenta, o el Rancés, con un carácter más enciclopédico— contiene entre treinta mil y cincuenta mil voces. A estas voces hay que añadir las acepciones, es decir, los significados en que se desglosa un mismo concepto: dos o tres reales y uno traslaticio o figurado. Considérese que esto es estimativo y altamente atrabiliario por parte de quien hace la estadística: la misma voz voz tiene seis; el verbo callar recoge simultáneamente sus respectivas acepciones de verbo y de interjección; en los diccionarios muy voluminosos, las acepciones pueden contarse por veintenas, como es el caso de la voz dedo en el Espasa Hispano-Americano de setenta volúmenes; en el Corominas etimológico o en la Enciclopedia Británica, verdadera asamblea de los diversos conocimientos del hombre, constituyen pesquisas eruditas de varias hojas de extensión.

Si pasamos de los diccionarios de batalla, o de trinchera (destinados a un fin exclusivo de consulta, ya que reflejan también la acepción ‘de batalla’), a los diccionarios medios —el Nuevo de Sopena, una versión aumentada, que no corregida, del Rancés—, veremos que el almacenamiento trepa de las 50.000 a las 125.000 voces, con el correspondiente incremento de acepciones. Y si seguimos subiendo en la escala, y pasamos a los diccionarios enciclopédicos propiamente dichos —el Larousse de diez volúmenes y apéndice o su equivalente Espasa, o el Salvat 3.ª edición, con un gran depósito de voces técnicas y otras recientemente incorporadas por gentileza de disciplinas académicas puestas en boga (sociología, astrofísica, politicología)—, el almacén no da literalmente abasto y el surtido se dispara a los 200.000, 500.000 y el millón de artículos. (Cada tomo cuenta con más de dieciocho mil.)

¿Qué uso hace, pues, el hablante de este magno caudal?

Prácticamente ninguno. Un hablante especializado, que trabaja con el idioma porque le hace gracia y lo encuentra curioso —aunque no crea artísticamente con él—, y tiene estudios universitarios, maneja unas cinco mil voces del habla y guarda una idea aproximada de entre un quince y un veinte por ciento de las del circuito, con hasta tres acepciones por voz. Este hablante-tipo es la fluctuante línea divisoria entre el hablante común, el vulgo; su escalón más bajo, la gentualla, y el hablante que, además, crea belleza con lo que habla, poniéndolo por escrito (una doble especialización). Obviamente, y tal como dice la Academia en el prólogo de su Ortografía, es este último hablante —el escritor— uno de los que inmovilizan la norma en el curso de la historia evolutiva del idioma, y sólo con su buen escribir, que no sería otra cosa que el resultado de una actitud estético-reflexiva aplicada a las mismas voces que maneja en su habla de superficie.

Habría que interferir en esta pirámide con otro escalón más, que es el de los lexicógrafos, los marmolistas de las palabras, los que las tienen en exposición en los diccionarios; y los académicos de la lengua de la Real Academia, naturalmente, que son los capataces de la cantera. Por último, está Cervantes, el que patentó el invento, o el capitalista que hace su crucero de verano a las Bahamas.

Por sobre el hablante-tipo, el escritor maneja entre cinco mil y ocho mil voces, algunas de ellas privilegiadas con la especialización del conocimiento de varias de sus acepciones, más de tres, por el manejo alternativo del diccionario de sinónimos e ideas afines (Casares, doña María Moliner, Sainz de Robles, José Joaquín de Mora, Corripio), y ya posee una idea vertebrada de las voces hermanas del circuito (25-30%), manteniendo una flexibilidad de asimilación para el resto. Se da el caso de escritores que, por razones de exilio o elección, han vivido en diversos países y tomado de ellos palabras que utilizan en su obra en alegre pendencia con las «oficiales». Lexicógrafos y académicos manejan en principio todas, y en esto compiten con algunos escritores, que pasan de la vanagloria de sentirse lexicógrafos o académicos, a pesar de sus vastos conocimientos lingüísticos. Aquí, el número de voces puede sufrir oscilaciones muy grandes y significativas. Cervantes manejaba 15.000 voces.

Si bajamos de la estratosfera a ras de los tejados, nos encontraremos con el hablante común, el ciudadano que va en la cajita de su utilitario, empleado de la banca y con toscos estudios de BUP, que lee el periódico de su comunidad autónoma, pero aún, con todo, ve poco televisión, lee libros en la playa, que luego entierra, tiene una conversación interesante, mas no sabrosa, habla un poco del «modelo productivo», de «sectores emergentes», y mucho del recorrido de los Voyagers de la política nacional. Maneja unas mil quinientas voces, con dos acepciones por voz, como mucho, y tiene algo así como una sospecha que se le aburre pronto de las voces del circuito, casi siempre arrancada de los medios periodísticos que frecuenta. Se trata precisamente de eso: es un frecuentador.

Por debajo de él se mueve el difuso escalón de la gentualla —una voz decididamente despectiva—, cuya falta de cultura le impide siquiera comprender la existencia de acepciones, maneja menos de ochocientas voces y, en algunos casos dramáticos, carece incluso de la presunción de que pueda existir un circuito.

Junto a ellos se desenvuelven las hablas «gremiales», como la de los hippies, en los años sesenta, y, actualmente, la de los punks. Aquí se da otro fenómeno. Se trata de hablas voluntariamente empobrecidas (para hacer frente a la verborrea del habla oficial, empleada por las figuras prominentes de la sociedad que estos grupos detestan) y agazapadas detrás del habla oficial por la misma condición iniciática de marginación de sus hablantes: lo ininteligible hace más fuertes a unos pocos para poder combatir y realizar una labor de zapa en los cimientos del habla oficial. Estos militantes de la pobreza lingüística —que no parquedad— manejarán quinientas voces, estrictamente contadas y marcadas, con acepciones totalmente desvanecidas. Tal vez debe hablarse de acepciones cruzadas, un abanico de significados para una misma voz, lo cual, inexorablemente, termina cerrando el diafragma de la cámara fotográfica que tenemos en la cabeza. No hay presunción de las voces del circuito, que denotaría un latente interés, como es el caso del hablante común, ni la ignorancia, casi una tara, de las capas más azotadas de la sociedad, sino renuncia desdeñosa, «pasota», del circuito, cuya aceptación implicaría generosidad y solidaridad en relación con la actitud de enquistamiento de todo cenáculo o secta lingüísticos.

Contra lo que pueda suponerse, esta actitud no es por completo coherente. Si bien se rechaza el circuito hispanohablante, se deja entrar, por pasividad lingüística o por colonización, el circuito angloamericano, que ha penetrado, merced a la juventud, a través de las modas, el cine y la música pop. Sin que se sepa a ciencia cierta cómo se combinan culturalmente todos esos elementos, pueden verse pintadas callejeras en los muros de las casas, con el siguiente balbuceo: Skins, Punks, oi, oi, fuck the police.

El cheli madrileño, por el contrario, siendo un lenguaje que la juventud ha tomado y enarbolado como estandarte, no hace tabla rasa de las tradiciones lingüísticas heredadas, antes las refunde en el molde de las variantes jergales rufianescas y las sazona con las voces de creación expresiva tomadas directamente del pueblo. En esto radica la diferencia que vuelve la jerigonza punk un habla servil, un reflejo pálido y sin personalidad del slang de la metrópoli rockera, y, como tal, no puede expandirse y vive contrahecho. Mientras uno es un lenguaje correoso y sin la más leve pizca de humor, el otro —piénsese en tigre, ‘retrete’, viaje, ‘puñalada’, talego, ‘cárcel’—, en continua metamorfosis por la injerencia de la inventiva popular, no sirve ni se inclina ante nadie, es un verdadero lenguaje indómito, reflejo vigoroso de sí mismo y de las gentes que lo hablan, en expansión de voces nuevas o remozadas, y lleno de una gracia inefable.

¿Qué destino aguarda a tantas voces en el silencioso campo santo de los diccionarios, entonces? Insepultos, ¿sus cadáveres serán finalmente enterrados? Resulta claro que el destino peor para una voz es el de permanecer ociosa, sin que nadie la utilice. La falta de utilización de una voz no es una falta venial, no le causa a ésta un daño leve. Determina que pierda un cierto carácter acostumbrado, que se haga estridente e insólita, luego inusitada, más tarde inaudita, como hoy nos resultan inauditos la piedra bezoar del estómago de los rumiantes y su don medicinal o alquímico; que pase al estado de hibernación del arcaísmo —acto de piedad del lexicógrafo— y de allí al de rareza arqueológica. Es cuando se firma la verdadera acta de defunción de una voz.

De este modo, no solamente hay voces provenientes de la técnica y la ciencia (fenómenos físicos y aparatos eléctricos), las humanidades (recursos retóricos, figuras de dicción, nombres que reciben los argumentos en lógica y filosofía), la historia, tanto social como natural, la mitología, los principios y reglas de la estrategia militar y el arte naval, etc., que están incluidas en los modernos diccionarios, pero expuestas a la catástrofe de la decrepitud o de una generación iconoclasta, o de que las usen sólo algunas generaciones, sino que están amenazados los substantivos comunes, los adjetivos preciosos, todas las voces en general; y, lo que es peor aún, los verbos, pues si el substantivo es el nombre, por lo tanto, como el punto en la mediatriz de la parábola, en la que el concepto es el otro punto simétrico, el verbo es sólo la curva del movimiento que pasa por esos puntos, y, como movimiento, pasa, y muere, por así decirlo, con el hablante.

¿Quién cometería hoy la osadía de llamar résped a la lengua de la serpiente, cuando algunos diccionarios ya no la registran siquiera? Lo mismo pasa con el adjetivo atasajado, una forma de ir tendido, al galope, sobre el caballo. Los verbos amusgar, acamar, acochinar, son substituidos, en la literatura moderna, por perífrasis del tipo «el perro echa hacia atrás las orejas», «los trigales se inclinan al viento», «matar a mansalva», so pena, para el escritor que defienda la utilización de tales terminotes, de ser tildado de gongorino, farragoso, rebuscado, y pasar por barroco, cuando menos, lo cual representa un verdadero insulto, y una inexactitud.

Las perífrasis, por si fuera poco, o no fuera suficiente, traen aparejada la falta de precisión. Los nombres de la arboladura de los navíos, tan prodigados en las novelas de aventuras de nuestra infancia, se han perdido, y los escritores de hoy ya no saben describir un barco, dar el calibre de una carronada, detallar las piezas de una armadura medieval, las armas del caballero e incluso los arreos del caballo. Nadie conoce el nombre de los árboles del parque vecino a su casa, ni científico ni profano, y no podría reconocer los de su propia calle, ni el nombre comercial de la madera que trabaja en su pequeño taller de bricolaje con herramientas que, por supuesto, tampoco sabe cómo se llaman. Se da el caso, entre escritores vivos, de aquéllos, muy contados, que dominan un área de conocimientos que se encuentran en estado de agonía. Alejo Carpentier conocía al dedillo objetos y sujetos del universo antillano: hombres, plantas y animales, su pasado y su presente. Carlos Barral es el último que conoce la nomenclatura costera tarraconense. Para él, la pérdida del léxico arrastra consigo la «pérdida de los contenidos; al perderse las palabras, se pierden las ideas y las imágenes. Ignorándose la palabra cincha, la perífrasis ‘correa gruesa que pasa por debajo del vientre del caballo para que la montura no se caiga’ no sirve para nada. La gente cae en descripciones generales y termina por no saber nada de nada». Arrastra los grilletes de una condición que él cataloga de manera risueña como de «afásico balbuciente».

La lengua yace, como un tesoro enterrado pero visible, en olvidada playa. Pero ya no hay aventureros que le roben al incauto en la taberna del muelle el mapa arrugado y con manchas de alcohol y dedos grasientos que señala los pasos a dar hacia el tesoro.

10 de septiembre de 1982

Publicado en La Vanguardia (diario barcelonés) el 11 de enero de 1983.

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