Víctimas de lo que profetizó Sarmiento y se cumplió con Mitre bajo el nombre pomposo de Organización Nacional, Matasiete pudo ser Santos Pérez, el asesino de Quiroga, abandonado a su suerte por la magnitud de su obediencia.

Resumen del argumento

A consecuencia de una inundación, provocada por una lluvia torrencial, la ciudad de Buenos Aires se queda sin carne. Rosas, el dictador, hace conducir cincuenta novillos al matadero, en una medida demagógica. A partir de ese momento, el relato tiene dos focos de interés. Uno secundario, preparatorio, centrado en la persecución de un toro que quedó olvidado en un corral, y que es un efugio retardador del segundo, al que concurren las líneas del cuadro de costumbres: el martirio, casi cristofanía, del unitario en el «pretorio» de la casilla del juez del matadero.

La época

Aunque ya desde un buen principio el autor nos escamotee el último dígito de la fecha de los sucesos, que «pasaban por los años de 183…», preparándonos así para recibir la gula panfletaria y el empacho aleccionador de la narración, podemos intentar, valiéndonos de los datos históricos del período, delimitar con bastante exactitud el año en que tuvieron lugar. Con ello, repito, contrariamos el propósito del autor, que, al enmarcarlos en una intemporalidad intencionada, extendía al orden rosista considerado en su totalidad el degradante salvajismo que retrata en ellos.

Porque hay que hablar de un orden, tratándose de Juan Manuel de Rosas. Si hablamos de mandatos oficiales, fue elegido solamente para dos, entre 1829 y 1832 y por cinco años en 1835; y si hablamos del poder, y, sobre todo, del ámbito de competencia que teóricamente le correspondía, nada más que la gobernación de Buenos Aires. Pero, de hecho, desde que su estrella empieza a subir y comedirse, a raíz del fusilamiento del coronel Manuel Dorrego en 1828, víctima propiciatoria de la guerra civil entre unitarios y federales, hasta su ocaso en la batalla de los campos de Caseros en 1852, su presencia sería tanto una presencia ambigua moviendo a sus hombres de paja, Balcarce y después Viamonte, como una vislumbre inequívoca inspirando un orden tentacular cuando rija el país entero con mano férrea.

Los sucesos de El matadero han de ser necesariamente posteriores a la desaparición de los unitarios de la escena política, al menos como partido digno de tenerse en cuenta. En la batalla de Ciudadela los unitarios sufren una débâcle y el país queda parcelado en zonas de influencia, que se reparte el triunvirato de «los tres compañeros», como gustaban de llamarse ellos mismos Estanislao López, Juan Facundo Quiroga y el propio Rosas. Cárcano y Sarmiento en sus respectivas biografías sobre el segundo (1) detallan el reparto (más completo y en forma de croquis el de Sarmiento), que recuerda un moderno pacto de gángsters.

El año es el de 1831. En ese año los unitarios también han perdido al general José María Paz, el famoso manco, su mayor estratega, boleado tontamente al salir en una descubierta, de manera que los sucesos tienen que ser posteriores a la débâcle. Aún se persigue a los unitarios, pero el sentimiento triunfal que se desprende del relato da a entender que el partido está descabezado.

Creo poder afirmar asimismo que son posteriores a 1835, un año crucial para la causa de la Confederación. Es el año en que matan al Tigre de los Llanos. El barullo de un crimen político instigado por el clan de los Reinafé, pero que beneficia claramente a Rosas. Utiliza el crimen como propaganda contra los unitarios en el exilio, responsables morales, y se erige en vengador judicial. La Gaceta Mercantil, su tribuna, se felicita por la ejecución de los autores materiales en estos términos: «La vindicta pública está satisfecha. Han perecido en el patíbulo unos hombres a quienes el roce contaminador de los perversos unitarios familiarizó con la idea del crimen…». La víctima lo es de toda la Confederación. Dorrego equiparado a Quiroga para soliviantar a la población (este revanchismo tumultuario, esta sed de venganza se respira en El matadero). Simultáneamente, las nueve provincias del Noroeste, feudo de Quiroga, pasan a su hucha y se libra de un aliado incómodo. Santos Pérez, el capitán de la partida armada por los Reinafé, muere acusando a Rosas.

Por último, hay una circunstancia que nos permite afirmarlo. El 16 de febrero muere Quiroga, el triunvirato queda deshecho y Rosas se arroga la «suma del poder público» (8 de marzo). Con esta maniobra se sacia del prolongado flirteo con la Junta de Representantes desde 1832, fingiendo sentirse ofendido por la oferta de poderes discrecionales. Acotándola aún más, la fecha de 1835 admite un margen de unos dos años más, que era el tiempo que había que llevar luto por doña Encarnación Ezcurra, la esposa del dictador, y si atendemos a un valioso indicio textual. Es el epíteto con que se vitorea a Rosas por el envío de los cincuenta novillos. Viviendo Quiroga, habría sido imposible el consulado, lo mismo en Roma con Julio César, viviendo Pompeyo. El único epíteto que Quiroga podría haber subestimado era el de Héroe del Desierto, cuando Rosas vuelve de la campaña contra los indios ranqueles en 1833.

Pero los epítetos no son inofensivos. El de Ilustre Restaurador de las Leyes implicaba que alguien que no era el Tigre se sentía autorizado a corregir una situación que no estaba contemplada en el pacto de la Liga Litoral, y, en definitiva, la hegemonía de Rosas. La fecha tope de 1837 es significativa por la esperanza de que la Armada francesa que había dispuesto el bloqueo del puerto de Buenos Aires en ese año precipitase la caída del régimen. En caso de haberse producido el bloqueo mientras Echeverría estaba escribiendo su cuadro de costumbres, es probable que no se hubiere podido resistir a la tentación de citarlo.

Podemos concluir entonces que la época del relato ronda en torno a 1835-1837 (como máximo), poco después de la muerte de Quiroga, cuando el cariz del poder de Rosas, con ser enorme, no es todavía absoluto, sino contingente, y se acerca al de un dictador romano en tiempos de crisis. El poder contingente con facciones humanas de dictador romano (Sila, César) evolucionará hacia el poder absoluto con jeta abotagada de tirano de Siracusa (Dionisio el Viejo, Hierón), cuando el Restaurador se proclame «tirano ungido por Dios para salvar a la Patria», a partir de 1842.

El ambiente y los personajes

La lluvia y la inundación subsiguiente sólo pueden ser tomadas como escarceos de la descripción. No hay duda que Echeverría emplea buena parte del introito en referirse al rito de la abstinencia en cuaresma y a un tiempo burlarse de él.

La historia comienza al descender de nivel la inundación y la epítasis se encuentra en la descripción del matadero «de la Convalecencia o del Alto», cuando manifiesta al lector, según una fórmula del costumbrismo de la época romántica, la decisión de «hacer un croquis de la localidad».

La descripción se inicia con un cuadro medio, con tendencia a la clasificación, administrativo. Allí se hace un poco de historia, se explica el cargo del juez de matadero y se describe el exterior de la casilla, lugar del drama final. La digresión histórica da ese color bajo al cuadro, que había empezado con esa oración nublosa: «Estos corrales son en tiempo de invierno un verdadero lodazal, en el cual los animales apeñuscados se hunden hasta el encuentro». Luego se verá que el relato está ideológicamente orquestado para patentizar el carácter brutal del ambiente y los personajes y exprimir todas las posibilidades de fealdad y ruindad. Se trata de un menú de dos platos: una brutalidad dirigida (la estatal) y otra extendida (la de la chusma). En este primer cuadro aparece ya un símbolo de la primera, el «terrible juez», a quien el autor muda de acólito rosista en Rosas mismo, en una metamorfosis operada mediante el insidioso complemento preposicional «suma del poder», que había caído en frase hecha y tópico callejero.

A continuación, se pasa a una descripción en perspectiva. La técnica permite fraccionar la acción y distribuirla para que la realicen grupos; el recorrido del movimiento se guía, como en las competiciones de esquí, por unos gallardetes en zigzag, que es la batería de los adjetivos y pronombres indefinidos («Varios muchachos, gambeteando a pie y a caballo, se daban de vejigazos»; «De repente caía un bofe sangriento sobre la cabeza de alguno, que de allí pasaba a la de otro, hasta que algún deforme mastín…»; «Alguna tía vieja salía furiosa»), los adverbios y adjetivos numerales («…allá una mulata se alejaba con un ovillo de tripas»; «Acullá se veían acurrucadas en hilera cuatrocientas negras»; «Por un lado dos muchachos se adiestraban […]; por otro, cuatro, ya adolescentes, ventilaban»). La atención del lector es incitada a saltar de lo que hacen los grupos a focos menores y puede hacerlo sin perderse. Con ello lo que se pretende es integrar elementos que cuantifiquen el ambiente (las «cuarenta y tantas» carretas) y lo amplifiquen (las gaviotas que sobrevuelan el matadero), un movimiento a uno y otro lado y hacia arriba, y desplazar las áreas privilegiadas de acción que corresponden a las negras y mulatas achuradoras y el carnicero, que atrae como un imán.

El ambiente así pintado posee una vivacidad de curva cerrada y revela un esfuerzo a escuadra por parte de Echeverría para mantener en vilo la acción hasta el desenlace, con la aparición en escena del unitario, ya que el episodio del toro puede considerarse como formando parte del nudo.

Desde luego, la plasticidad alcanzada en todo ese pasaje sobrepasa los límites de la descripción, en bigamia con el libelo. El literato puro que había en él le obligaba a describir de manera convincente lo que ocurría en el matadero, a lograr la plasticidad, un efecto, como si hubiese prestado juramento a su Musa. Su temperamento inclinado al libelo tenía que sostener la acusación de brutalidad, para lo cual había que asegurarse de que la descripción, tan plástica, no rompiese el vínculo con un compromiso ideológico previo. El resultado es un curioso híbrido: cuadros de gran plasticidad presididos por el signo de lo brutal, que quiere volverse como anatema artístico contra todo el establishment rosista.

Una brutalidad plástica.

Tengo la sensación de que Echeverría concede relativa importancia a la descripción como garantía de la ficción literaria. Tiene que describir a cualquier precio la brutalidad que impera en el matadero, a fin de que la inmolación absurda del unitario moralice al lector en la enormidad, según el ministerio confiado al teatro por los neoclásicos, la «escuela de moral pública». Cuando describe no intenta aumentar las conquistas de la literatura, convencer de la frescura y movimiento de lo que no se mueve, atrapar por medio de un sortilegio el tránsito de la vida que de otro modo se hubiese perdido. Insiste en la publicidad, que chilla tras la descripción, y así no es raro que sus personajes, que parecen sacados todos de un zoo, sean arrojados a la cara del lector, exhibidos en su monótona condición patibularia, sin contradicciones, pesadamente obscenos.

A pesar de que los hay que reciben nombre en un obscuro rincón de los diálogos rociados (el tuerto, Matasiete, Sietepelos), que uno descuella entre todos por sus perfiles intensos (el carnicero) y que alguna negra hasta tiene parlamento (la que da la réplica a «ño Juan»), hay que hablar con propiedad de un personaje colectivo, que avanza en una pleamar histórica, tal como lo presenta Victor Hugo en Los miserables o en Nuestra Señora de París, pasmado todavía en el presagio, y Zola más tarde, ya como fuerza social implosiva en la saga urbana de los Rougon-Macquart.

El personaje colectivo anónimo respondía a la fatalidad del estilo de Echeverría, que lleva a cabo un abordaje argumental basado en el tremendismo e incluso en la truculencia y da a la narración un tratamiento literario de hipérbole. ¿Qué individuo podría soportar el lanzar y recibir en la cabeza tamaña cantidad de cuajos de sangre, vejigas y bolas de estiércol? Echeverría parece declarar su intención de que un personaje, cuando empieza a adquirir color y variedad, cuando el lector empieza a identificarlo, se diluya en el grupo. Las negras que ratean achuras, a las que señala con un rasgo notable que podría servir para identificarlas, una comparación mitológica, se disipan, bien en un guarismo hiperbólico («acurrucadas en hilera cuatrocientas negras»), bien en un gentilicio («dos africanas»), tan vago como injusto.

El grupo absorbe hasta el más mínimo conato de identidad. Si nos fijamos en la figura del carnicero, una obrita de talla dentro del relato y, contrapuesto a Matasiete, imperfectamente trazado, todo un carácter, es la figura más prominente, pero «de cada grupo». La propia muerte del chico, decapitado al restallar el lazo, confiere una aplastante legalidad narrativa a lo anónimo y pasa casi inadvertida. Constituye uno de los mayores aciertos, puesto que la muerte acaece de manera tan aleatoria y súbita, que el lector ha de volver nuevamente a esos renglones, atónito por lo que le ha hecho el efecto de un flash. La identidad se diluirá aún más con el recurso de los diálogos en contrapunto o, como decíamos más arriba, en rociadura. A todo ello hay que añadir la imprecisión de Echeverría, nada ingenua, que no se molesta en llamar al pueblo, a las masas o simplemente a la multitud, de otra manera que de «chusma».

El personaje colectivo anónimo podría habernos legado un mosaico de vida en el caso de no haber tenido que purgar la insípida truculencia panfletaria a la que le condena Echeverría, de no haber conocido el compromiso ideológico previo, que limitó progresivamente su energía literaria. Compáreselo con lo que cuenta Berganza en los tiempos en que seguía a Nicolás el Romo, su primer dueño, y se verá que el ambiente del matadero de Sevilla no era muy distinto y menos brutal que el de Buenos Aires. Sólo la intención de Cervantes era diferente: que no había intención.

Filigrana de los personajes principales

Como romántico que es, Echeverría no expresa sentimientos contrarios a los que siente.

En el horizonte del relato, trinchera de maniqueísmo canónico, los personajes se dirigen, en una operación combinada, a ocupar cada uno su puesto, designado de antemano. Su función es la de airear en la ficción literaria el mismo enfrentamiento que tiene o ha tenido lugar en la realidad política. El autor se sirve de la literatura para salirse con la suya, y, mediante su concurso, reduce un conflicto de interés general a un artificio dramático, un triángulo escénico con vértices en Matasiete, el joven unitario y el personaje colectivo de la chusma. Una rápida caracterización nos llevaría a hablar de personajes principales; antes lo que hay es una situación principal en la que esos tres vértices, por el hecho de estar reunidos en un lugar preferente para las tesis de Echeverría (casilla del juez = quinta de Palermo, cubil del Restaurador; casilla = pretorio), se cargan de un protagonismo incidental.

Pero pensando que Echeverría subordinaba a la plataforma política el plan de su obra, la cuestión no está resuelta. Lo subordinaba, pero no lo sofocaba. Piénsese en Balzac y en su método de trabajo; en Balzac, que conoce la distancia que hay entre la clase social a la que pertenece y la torpeza literaria de lisonjearla, y al describir sus vicios, sin ocultarlos ni redimirlos, arrastra en el entusiasmo a Marx y Engels, en la práctica enemigos de su clase, por su responsabilidad de escritor. Con Echeverría sucede algo parecido; y así el gaucho rosista, la «infame canalla», en suma, el enemigo, está mejor trazado, tiene más entidad que el personaje que defiende lo mismo que él.

No estoy tan seguro de que todo el mérito corresponda al sentido de la responsabilidad que tenía Echeverría como escritor, y como defensor de los personajes frente al autor, que no es un banco para deberle una hipoteca, creo que hay que ser justo con ellos y reconocer lo que dan de sí. La responsabilidad del escritor, el no mentir sobre el adversario para hundirlo, es secundaria en la construcción de ciertos personajes y entonces es preciso incluir otro elemento del que ellos puedan beneficiarse, y es la facilidad. Describir a un personaje de las características de Matasiete, sin mentir sobre él, no es tanto una tarea responsable como una tarea fácil. La responsabilidad del escritor, por el contrario, deberá ejercitarse en evitar, en contacto con su peripecia, caer bajo el influjo de su seducción. Sarmiento, lejos de casa, en el exilio, para evocar al personaje, al centauro que dominaba el misterio solitario y salvaje que en la mente del europeo llamábase la estepa, tenía que ponerle un letrero bíblico, un nombre que tuviese el alma del universo de castigo roturado por la Biblia, el Ángel Malo, el mal ladrón… Y de este modo cristaliza en el inconsciente de la literatura nacional el Gaucho Malo, «un tipo de ciertas localidades, un outlaw, un squatter, un misántropo particular». En todo ese retrato del capítulo II vemos a Sarmiento flotando en lo que sueña; en ello reside el peligro. El que ha vivido largo tiempo lejos del país donde nació, sabe que el exilio hace volar la pluma.

Sarmiento establece ciertas conexiones entre el Gaucho Malo y los personajes de las novelas de James Fenimore Cooper. El cuadro comparativo puede resultarnos provechoso para comprobar cuáles son los aspectos de la conducta del arquetipo Matasiete que admite y cuáles los que rechaza. Chingachgook, su hijo Uncas y el trampero ponen de manifiesto una cortesía instintiva cuando dan escolta a las hijas de Munro, lo que Sarmiento llama «moral natural». Es el ideal de Rousseau entre la fronda y los pinos canadienses. Es un bosque animado de urbanidad y de comprensión hacia las damas.

En Matasiete, afín al Gaucho Malo, no hay, con fruición, nada de esto. La fraternidad hierática que une a aquellos tres y con la que se protegen mutuamente debe traducirse en Matasiete por voluntad de dominio. La caridad es espíritu de rapiña. Donde un hombre del XVIII leía principios, nosotros debemos aprender a reconocer un siglo más tarde inclinaciones. De haber sido Matasiete quien las guiaba, no es la vida de Cora Munro la que hubiere terminado, segada por el cuchillo del Zorro Sutil, sino su deshonra la que hubiere comenzado. La mera existencia de Matasiete insulta a un europeo ilustrado del XVIII, formaliza el desquiciamiento de todas las normas de civilización. O la ausencia. Más todavía: representa la imposibilidad de que pueda haberla. O el recuerdo vergonzoso del precio que se pagó si se produjo el milagro de que la hubiera.

Hay otro rasgo que los diferencia, siempre ateniéndonos a los valores que tanto Cooper como Sarmiento ponen en juego en sus tipos humanos, y es la dependencia respecto de los acontecimientos históricos y las fuerzas que gravitan en el exterior. En el caso del trampero, respecto de lo que hay en el exterior del bosque: la guerra de los Siete Años en Europa, su apéndice en la lucha por la posesión del Canadá. Hawkeye, la Larga Carabina, mantiene su independencia personal a despecho de la guerra y si consiente en colaborar con los ingleses, lo hace por la lengua quizás, o porque sus amigos dieron palabra; en cualquier caso, elige hacerlo. En Matasiete la independencia no tiene significado humano, porque no hay elección. Lo que el lector intuye en él es una imago poderosa, sombra del otro mundo…, bárbara. La adhesión a una causa que encarna un caudillo. Por eso Matasiete es un alma gemela de Zorro Sutil el hurón, que veneraba en Montcalm al gran padre blanco.

La historia argentina repartió a manos llenas las vidas de esos infelices, víctimas, a la postre, de lo que profetizó Sarmiento y se cumplió con Mitre bajo el nombre pomposo de Organización Nacional. Matasiete pudo ser Santos Pérez, el asesino de Quiroga, abandonado a su suerte por la magnitud de su obediencia.

«Entregado a sí mismo, adquiere las costumbres de su medio holgazán y violento, pronto a defenderse y atacar con su propia fuerza. Trabaja a veces de peón en las estancias vecinas, hasta que las discordias civiles lo enrolan en las milicias organizadas, donde acredita aptitudes especiales que le destacan entre sus compañeros de fila. […]

»No sabe leer ni escribir, ni siquiera firmar. […]

»Pacificada la provincia y ascendido al gobierno don José Vicente [Reinafé], desempeña Santos Pérez las funciones de su grado en las milicias organizadas. Cuenta con la tolerancia y los favores del clan dominante. Pronto corre en el Departamento su fama de hombre valiente y arbitrario. Castiga a quien le disgusta, carnea vacas y ensilla caballos sin consultar a sus dueños. En las reuniones de carreras es siempre el juez de raya, y nadie duda de su justicia. Es capaz de un crimen, pero no de una trampa en el juego o deslealtad en la conducta.» (JFQC, 179 y 180.)

O un inofensivo pero indómito jinete en La Tablada.

«Aquellas enormes masas de jinetes que van a revolcarse sobre los ochocientos veteranos tienen que volver atrás a cada minuto y volver a cargar para ser rechazados de nuevo. […] En vano remolinean los caballos al frente de las bayonetas y en la boca de los cañones. ¡Inútil!» (JFQS, 188.)

He espigado sólo dos ejemplos que parecen extraídos de un cantar de gesta y que sonarían increíbles si no fuere porque la abundancia de ellos es tal, que acumula los actos de arrojo en proporción directa con el desprecio a la vida. Me han servido para confeccionar un retrato-robot del personaje que estamos estudiando, pero qué duda cabe que Matasiete, vagamente descrito por Echeverría, se refleja, sólo si queremos, en esos specula y se multiplica, en cambio, con ventaja en las guerras civiles, que ofrecen, por su condición de almacén de la muerte, el aspecto de unos encantes.

El gaucho de las montoneras sobreviviría a Pavón; desalojado por las alambradas, dejaría el campo a los tordos e iría a la ciudad, cambiando el chambergo por el funyi y el chiripá por el pantalón con vivo morado del proxeneta o el compadrito arrabalero. El Gaucho Malo se transformará en el taita o malevo, cuando venda su cuchillo y su valor al «comité»; como un elefante, buscará donde acostarse a morir en el cementerio del tango. El último de esa estirpe «cuyo austero oficio era el coraje» está enterrado en Un guapo del 900 de Samuel Eichelbaum. Se llamaba Ecuménico López. Borges, el sepulturero, escribe su epitafio.

Si lo que Echeverría pretendía era predisponer al lector con un teatro de la naturaleza federal «extraviada», levantado ex profeso para horrorizarlo, la literatura no se lo permitió. La tramoya paralela, que consistía en elevar al joven unitario como dechado de inocencia «alarmada» y modelo de patriota, también fracasó en el tiempo. Cualquiera de esos ejemplos es más vigoroso, más memorable y, con poco esfuerzo de imaginación que hagamos, más verídico; a su lado, la descripción del joven unitario no es carne ni pescado y muestra a un pálido monigote.

Todavía hay algo más importante: cualquiera de esos ejemplos fue más duradero. Si Echeverría pensaba llenar un cometido político con su pluma creando un arquetipo, lo consiguió. No vivió lo suficiente para ver que lo creado no era más que un arquetipo de sus ideas, pero no un arquetipo del inconsciente colectivo de ese pueblo. En la actualidad, la Argentina tiene una constitución federal y un presidente surgido de un partido que ha hallado una viña en la genealogía Rosas-Yrigoyen-Perón; que divaga sobre los caudillos archivados en presencias tutelares, usa patillas de las de Quiroga y, para dar buen ejemplo, nació en La Rioja igual que él. Y Esteban Echeverría es el nombre de un barrio, ¡obrero!, cerca del aeropuerto.

Civilización y barbarie

Además del subtítulo de su biografía sobre Facundo, que Sarmiento publicó en forma de folletín en el exilio chileno en 1845, «civilización y barbarie» es una de esas felices construcciones antitéticas, obsequio impensado para los teorizadores de la utopía unitaria, que no pasan bien por el tubo digestivo de los argentinos y que se siguen oyendo por lo menos hasta la caída de Perón, en 1955.

En el plano ideológico y de la lucha por el poder, «civilización y barbarie» no puede ser sobrepuesta esquemáticamente a las denominaciones de partido que en Europa han servido para definir a liberales y conservadores, ya que los unitarios, por su fantasía juvenil de progreso, su conciencia política republicana, su hambre de Europa e incluso por su carácter, pueden ser tenidos, grosso modo, por liberales, pero los federales no pueden ser considerados conservadores. Por lo demás, los unitarios en el poder no se comportaron precisamente como liberales, y ahí está el erróneo fusilamiento de Dorrego por orden de Lavalle que lo prueba. Los federales, aunque se rijan por la costumbre, que es el fundamento de las sociedades pastoriles, no intentan y ni siquiera conciben que se pueda conservar nada; los unitarios, con un mayor rigor formal, se empecinan en organizar una realidad que no comprenden, que no les concierne, porque aunque están en el lugar, no están en el espacio, preocupados por el temor de no parecer europeos. La mayoría de ellos no han estado jamás en la campaña.

En toda guerra civil, la situación es comparable a la de un matrimonio desavenido. Uno ataca al otro, pero antes de atacarlo, ha dejado de oírlo. Los unitarios se empecinan en organizar el país sobre la mónada europea, refrendada por el concierto de naciones con Estado. Los federales ya lo tienen reunido en un puño, ¿para qué organizarlo?, ¿qué es un país?

Los unitarios añoran las instituciones, que han leído en los libros que existen, pero que nunca han visto. Las instituciones necesitan, para perfeccionarse, de la influencia política de la ciudad. La ciudad es obra culta del tiempo; en tal aspecto, es ella misma tiempo envasado. Llevadas al campo, las instituciones no tienen aplicación práctica, se desdibujan en un medio donde el tiempo se mide por las cosechas o se pierde de vista en los meandros de los ríos.

El ilustrado unitario no sabe vivir más que en la ciudad, que en la época del relato, primera mitad del siglo pasado, se repliega sobre los cascos urbanos virreinales. El gaucho federal siempre ha vivido en el campo, que penetra ciudad adentro, y desprecia la ciudad. Ninguno de los dos oye lo que el otro dice. Diálogo de sordos. Cárcano sonda en ese desprecio un signo de personalidad: astucia primaria en Quiroga, y en Rosas, el abismo figurado del cálculo, lo que cabe esperar de su psiquismo de esfinge. La personalidad no entorpece, sin embargo, la poca política que se aprecia en sus hechos y ambos coinciden en forrar de federalismo un desorden estanco en el que ellos meten mano y sacan y que es su versión para la historia, «el federalismo sin organización federal». Cámbiense algunas letras y se tendrá feudalismo.

Cada vez que vemos a los unitarios volver y pedir con mayor insistencia la organización, tendemos a pensar que se dejaban llevar de una monomanía antes que obrar conforme a la idea razonada de una acción reformadora. Que la Confederación tenía derecho a ser díscola, a equivocarse, por lo mismo que era joven. La insistencia estaba más que justificada y el obstáculo insuperable no estaba tanto en la confederación como modelo de organización nacional. Estoy seguro de que muchos unitarios habrían cesado en su hostilidad contra el modelo si éste hubiere sido la Confederación sudista, la de John Caldwell Calhoun representado en Versalles; una confederación patricia y a la europea, es decir, humana, aun cuando reposara en el sistema inhumano del esclavismo.

El obstáculo para el entendimiento se encuentra de nuevo en la personalidad de la Confederación argentina. Organizarse significa, para la época de voracidad imperialista sin papeles, apostar en las relaciones exteriores mintiendo sobre lo que no se tiene, en una práctica común a todas las naciones que se sientan a jugar. De otro modo, se comunicaría a los demás la fragilidad del país, apiñado como una tribu, se transmitiría el cuidado de estar indefenso y sería entonces presa fácil, «como la perdiz conoce el halcón que la ha de matar» (2).

Hemos visto hasta aquí que la oposición ‘civilización→←barbarie’ obtiene todo su significado de una exención: que no fue diseñada para desviarse. Y ése es el privilegio del autor. Echeverría podrá trocear a su antojo la realidad, nadie se lo impide; cubrir con un lamparón de vicio a Matasiete para tornarlo aborrecible, y echar unas gotas de virtud en el joven unitario para hacer de él una víctima encantadora. La realidad tiene, sin embargo, como los cuerpos coloides, la propiedad de volver a reunir sus pedazos, más allá del punto de fragmentación.

¿Puede decirse que, por definición, los unitarios son jóvenes delicados que montan en silla inglesa, pisaverdes de frac, la patilla en U? ¿Que no tuvieron sus superhombres?… Como este descomunal Gregorio Aráoz de Lamadrid:

«Facundo traía doscientos infantes y sus Colorados de caballería; La Madrid tiene cincuenta infantes y algunos escuadrones de milicias. Comienza el combate; arrolla la caballería de Facundo, y a Facundo mismo, que no vuelve al campo de batalla sino después de concluido todo. Queda la infantería en columna cerrada; La Madrid manda cargarla, no es obedecido, y la carga él solo. Cierto; él solo atropella la masa de infantería; voltéanle el caballo, se endereza, vuelve a cargar; mata, hiere, acuchilla todo lo que está a su alcance, hasta que caen caballo y caballero traspasados de balas y bayonetazos, con lo cual la victoria se decide por la infantería. Todavía en el suelo le hunden en la espalda la bayoneta de un fusil, le disparan el tiro, y la bala y bayoneta lo traspasan, asándolo además con el fogonazo» (op. cit., 165).

¿Que no fueron bárbaros?

«El mayor Navarro [un oficial de Lavalle], de una distinguida familia de San Juan, de formas diminutas y de cuerpo flexible y endeble, era célebre en el ejército por su temerario arrojo. A la edad de dieciocho años montaba guardia como alférez de milicias en la noche en que en 1820 se sublevó en San Juan el batallón número 1 de los Andes. Cuatro compañías forman enfrente del cuartel e intiman la rendición a los cívicos. Navarro queda solo en la guardia, entorna la puerta y con su florete defiende la entrada; catorce heridas, entre golpes de sable y bayonetas, lo franquean, y el alférez, apretándose con una mano tres bayonetazos que ha recibido cerca de la ingle, con el otro brazo cubriéndose cinco que le han traspasado el pecho, y ahogándose con la sangre que corre a torrentes de la cabeza, se dirige desde allí a su casa, donde recobra la salud y la vida después de siete meses de una curación desesperada y casi imposible.

»Dado de baja por la disolución de los cívicos, se dedica al comercio, pero al comercio acompañado de peligros y aventuras. Al principio introduce cargamentos por contrabando en Córdoba; después trafica desde Córdoba con los indios; y últimamente se casa con la hija de un cacique, vive santamente con ella, se mezcla en las guerras de las tribus salvajes, se habitúa a comer carne cruda y beber la sangre en la degolladura de los caballos, hasta que en cuatro años se hace un salvaje hecho y derecho.

»[…]

»De la acción del Chacón traía un fogonazo en la sien, que le había arreado todo el pelo y embutido la pólvora en la cara.» (Op. cit., 220 y 221.)

La existencia de estos hombres, su energía, que procede de una fuente que no es humana, que es la energía del bruto, desmienten a Echeverría. La realidad es mucho más compleja y el crítico y el lector deben ponerse en guardia por lo que el escritor pudiere haberles preparado. La que pinta no puede ser tenida por nula, por no realizada, ya que su realización se consumó en el papel, que es lo que llegó hasta nosotros. Pero es necesario advertir que el autor aisló la realidad, la violentó y la mitificó, con objeto de acomodar la culpa de todo lo sucedido sobre los hombros de un determinado personaje y excluir a otro de cualquier responsabilidad. Y esto lo hizo pesándolos en una desigual balanza, adjudicando la inocencia y la culpa de antemano.

No toca enjuiciar a Echeverría, pero la excusa con su vocecita que dice «déjalo ir» invitaba a reflexionar sobre la oposición ‘civilización→←barbarie’ en el relato y por extensión en la Argentina, en donde llegó a consolidarse como dilema histórico (la civilización o la barbarie), y me urgía a cerrar la exposición con unas cuantas apreciaciones.

Echeverría podría haber limitado la violencia a la realidad mitificada. El despecho político le aconsejó otra cosa; Sarmiento lo sigue muy de cerca y por eso Benito Varela Jácome, al hacer la crítica de la medida con la que el sanjuanino tasa su Quiroga, habla con luctuoso acierto de «ganga novelesca». Ni uno ni otro practicaron la indulgencia con sus personajes, a quienes se debían, y mucho menos con la realidad histórica que repugnaron o sufrieron como adultos, y a la que inundaron, abusando de los mitos.

Como escritor partidario del estudiante eterno de literatura que fue despojado de sus guerras con una compensación parcial de título final de carrera y una milla cuadrada de doctorado, me veo (hasta cierto punto) obligado a sofrenar mi análisis en la extremidad del tópico literario, haciendo caso omiso de todo lo demás. Otro espíritu se necesita para dispensar o ignorar que los conceptos ‘civilización’, ‘barbarie’, maridados para la ocasión, antes de ser un tópico literario, sirvieron a una táctica política y se sumaron a una irrealidad pedagógica. A mí, por lo visto, la naturaleza no me ha dado otro espíritu, pero tampoco puedo ignorar que los tópicos en literatura no tienen por qué hacer honor a la verdad y que su belleza, si es que tienen que salvarse, es su única salvación.

Se ha podido alegar sobradamente que los conceptos ‘civilización’ y ‘barbarie’, puestos así, en orden de batalla, frente a frente, no los ponen ni el rigor de la historia, ni las eximentes de la verosimilitud, ni las complicaciones de la realidad, ni la complicación de los hombres, y que es la literatura la que concierta día y hora. Y dónde.

«En la Tablada de Córdoba se midieron las fuerzas de la campaña y de la ciudad bajo sus más altas inspiraciones; Facundo y Paz, dignas personificaciones de las dos tendencias que van a disputarse el dominio de la República. Facundo, ignorante, bárbaro, que ha llevado por largos años una vida errante, que sólo alumbran de vez en cuando los reflejos siniestros del puñal que gira en torno suyo; valiente hasta la temeridad, dotado de fuerzas hercúleas, gaucho de a caballo como el primero, dominándolo todo por la violencia y el terror, no conoce más poder que el de la fuerza brutal, no tiene fe sino en el caballo; todo lo espera del valor, de la lanza, del empuje terrible de sus cargas de caballería. ¿Dónde encontraréis en la República Argentina un tipo más acabado del ideal del gaucho malo? ¿Creéis que es torpeza dejar en la ciudad su infantería y artillería? No; es instinto, es gala de gaucho; la infantería deshonraría el triunfo cuyos laureles debe coger desde a caballo.

»Paz es, por el contrario, el hijo legítimo de la ciudad, el representante más cumplido del poder de los pueblos civilizados. Lavalle, La Madrid y tantos otros son argentinos siempre, soldados de caballería, brillantes como Murat, si se quiere; pero el instinto del gaucho se abre paso por entre la coraza y las charreteras. Paz es militar a la europea; no cree en el valor solo, si no se subordina a la táctica, la estrategia y la disciplina; apenas sabe andar a caballo; es, además, manco y no puede manejar una lanza. La ostentación de fuerzas numerosas le incomoda; pocos soldados, pero bien instruidos. Dejadle formar un ejército, esperad que os diga “ya está en estado” y concededle que escoja el terreno en que ha de dar la batalla, y podéis fiarle entonces la suerte de la República. Es el espíritu guerrero de la Europa hasta en el arma en que ha servido; es artillero y por tanto matemático, científico, calculador. Una batalla es un problema que resolverá por ecuaciones, hasta daros la incógnita, que es la victoria.» (Op. cit., 189 y 190.)

El Restaurador

Siempre que se examina el período de las guerras civiles, y especialmente el dominado por la figura de don Juan Manuel, se sale con la misma impresión que queda al término de la lectura de El matadero. Rosas no es una persona que podamos recordar, no es alguien con rostro. Su modo de ejercer influencia, de hallarse al margen, esa zona en la que el don de mando gana gravitación pero pierde visibilidad, aplazó sine die que pudiera recordárselo como a alguien, como algo que no fuese su epíteto, Restaurador, y poco más. La historia le señala con el dedo, pero cuando se vuelve la vista para ver lo que el dedo señala, el responsable de tanta infamia como los unitarios le imputan, el valedor de un sistema oprobioso, es, a decir verdad, el perfecto desconocido y, en materia de ideales, tal como lo bosquejaba en el punto anterior, una esfinge.

Es posible que estos ribetes de inexistencia hayan sido proporcionados por los mismos historiadores. Durante años, su efigie, su nombre y su gobierno estuvieron bajo el candado del tabú y sólo recientemente una corriente del revisionismo histórico se ha preocupado por situarlo en su siglo y en su época, en una perspectiva que el tiempo se ha encargado de aligerar de fanatismo.

Lo cierto es que el propio personaje se comportó de forma que le tomasen todos por el perfecto desconocido. Desde su estancia de Los Cerrillos, recorrió a la chita callando un camino, que fue más sinuoso que largo, hacia el poder, sin añadir ninguna fuerza a la que sus enemigos ponían en perderse. Un camino sinuoso y lubricado de diplomacia con el Tigre mientras el Tigre vivió; sospechosamente corto después.

«En momentos que inicia su nuevo gobierno (8 de marzo), con la “suma del poder”, resuelto a desarrollar una acción política, violenta e inexorable, la desaparición del general Quiroga representa la pérdida de una fuerza activa y avasalladora. […] La constitución del país es la bandera que mantiene las luchas ardientes y sangrientas. Ambos compañeros están de acuerdo en dictar la Constitución “oportunamente”. Ellos mismos juzgan la oportunidad, y, naturalmente, ella no llega nunca. La simulación entretiene el tiempo y cubre todos los conflictos. Se combate por la federación para alejarla. La federación sin ley es la dictadura legal, y ésta es la Constitución amada por Rosas y servida por Quiroga.

»En Barranca-Yaco, el último encuentra la muerte, después de llenar cumplidamente una misión del primero en las provincias del Norte […]: ahogar la idea de constituir el país, auspiciada por el patriarca de Santa Fe [Estanislao López]. Ni federación quirogana, ni menos federación nacional. Ninguna federación escrita que significara desalojar el gobierno personal y discrecional. Bastan los tratados del litoral como compromiso jurídico, y la presión directa como hecho político.» (JFQC, 203.)

Esta política equívoca derramó, con la parodia que es de suponer, por toda la América-alarga-la-mano-hacia-el-pastel una progenie de mandones parecidos. Con diferencias que son de grado, pero no de atraso o de luto para sus pueblos, Rosas fue un Noé para el clan de los Somoza en Nicaragua, Fulgencio Batista en Cuba, Duvalier en Haití, Rafael Leónidas Trujillo en la República Dominicana, Marcos Pérez Jiménez en Venezuela, Gustavo Rojas Pinilla en Colombia, Hugo Banzer en Bolivia, Stroessner en Paraguay, Pinochet en Chile, Castelo Branco en el Brasil y Perón en la Argentina.

Rosas no salió nunca del país y hasta que Urquiza lo derrocó, una contrariedad, a juzgar por la escasa repercusión moral que tuvo para él, por su revés en Caseros, hizo solamente una salida, la que lo llevó al exilio inglés. Allí la historia se olvida de él, y él se eclipsó en la agricultura.

Cuando estuve en el sur de Inglaterra, de paso por Portsmouth, muelle de piratas, busqué infructuosamente su casa. Un equivocado apego a la reminiscencia había guiado mis pasos hacia el condado de Hampshire, pero había muerto en otra ciudad. La memoria suele jugar con dados cargados.

Las autoridades argentinas dejaron estar la exhumación (literalmente, nadie quería cargar con el muerto) y, por lo que yo sé, no está enterrado en la Argentina. Hoy, a ciento dieciséis años de su muerte, ya no es necesario reclamar sus restos. Las apariencias parecen indicar que cualquier argentino lo puede tener enterrado en su autoritario corazón.

La Mazorca

Instrumento para sus manejos civiles y basurero de sus adversarios políticos, la Mazorca tuvo como su jefe una larga progenie de organizaciones paramilitares, algunas de modestas dimensiones, otras gigantescas, pero todas tan difusas como ella: el Grupo Jaguar de la policía mexicana, la Mano Blanca guatemalteca, los tontons macoutes, el Comando Especial del comisario uruguayo Héctor Morán Charquero, la DINA chilena, los escuadrones de la muerte brasileños, la Sección Especial con Perón y el GT3 de la Escuela de Mecánica de la Armada, con el golpe militar de Videla.

La Sociedad Popular Restauradora, más conocida por el tropo de Mazorca, auténtica denominación de logia, nació en 1834 para coordinar la persecución de los opositores y el control interior. Creada a semejanza de las telarañas burocrático-policiales que más tarde se harían tristemente célebres, suplió la lógica administrativa de la Okhrana zarista y la Gestapo nazi por la mística del jefe. El término mazorca (en España, panocha, significando lo mismo, una variante regional muy posterior) no es un americanismo, como se cree, y decreta, más que explica, la unión compacta de sus miembros, como los granos en la espiga.

Técnicamente, la Mazorca presenta rasgos de grupo de choque y red de espionaje. Exportó el crimen político cuando los opositores eran demasiado peligrosos para ser amordazados (Florencio Varela en Montevideo, en 1848), lo que haría la policía de Pinochet más tarde (Orlando Letelier, ministro de Allende, asesinado en 1976 en las calles de Washington). Como grupo de choque, practicó el terror y la rara especialidad del escarnio y la humillación civil. En El matadero se enumeran cuatro métodos de tortura o escarnio: el «palo», la soba, «verga y tijera» y la «vela». Y un quinto procedimiento que entraña la muerte: la «resbalosa» (3). Debido a la prohibición de gastar pólvora en rematar a los heridos, se les cortaba el cuello de oreja a oreja, haciendo que el filo de la daga se deslizase por debajo de la nuez; de ahí la expresión figurada «Tiene buen pescuezo para el violín». A la operación también se la llamaba despenar.

«Al volver un recodo aparece la galera del general Quiroga, conducida por cuatro peones montados y dos postillones. El capitán se adelanta y ordena “alto”, y grita después: “¡Maten, car…!”. Las tres emboscadas avanzan rápidamente, y descargan sus armas. Cuatro peones quedan heridos. El instante es supremo. Quiroga asoma la cabeza y exclama: “¡Eh! ¡No maten a un general!”. Santos Pérez, que a caballo al costado esperaba el movimiento, le dispara un tiro de pistola sobre el ojo izquierdo. El general fallece instantáneamente. El capitán trepa en el acto a la galera y atraviesa con su espada al doctor Ortiz, en el mismo instante que éste exclama ahogado por la angustia: “¡No! ¡No es preciso esto!”. Llama luego al sargento Basilio Márquez, de veintiún años, y le ordena “despenarlos”.» (JFQC, 186.)

En los campos de batalla no se hacían prisioneros. La refalosa llegó a ser tan habitual, que sobre ella se compuso una especie de polca. Los mazorqueros no solían degollar con facón, la daga con gavilanes copiada del gladius romano; Rosas procuró que no se los pudiera confundir con gauchos comunes y quiso que fueran una élite hasta en la excentricidad del arma blanca que portaban:

«Porque debe tenerse presente que el ejército que vino a Córdoba en persecución de Lavalle traía una compañía de mazorqueros, que llevaban al costado izquierdo la cuchilla convexa, a manera de una pequeña cimitarra, que Rosas mandó hacer ex profeso en las cuchillerías de Buenos Aires para degollar hombres» (JFQS, 197).

El odio al frac, expresado en El matadero, o bien a la levita, es otra vía simbólica de representación de los conceptos de ‘civilización’ y ‘barbarie’. Aunque se pueda encontrar documentado en otros varios autores de ideología unitaria, la siguiente anécdota permite comprender cómo se llevaba a cabo la humillación civil y compulsarla con la que sufre el joven unitario en el relato de Echeverría. El detonante podía ser que no trajese «luto en el sombrero» (por el fallecimiento de doña Encarnación Ezcurra) o, como en la anécdota, nada más que por la levita. Nótese la atmósfera, que parece calcada.

«El año de 1840 un grupo de mazorqueros rodea en la oscuridad de la noche a un individuo que iba con levita por las calles de Buenos Aires. Los cuchillos están a dos dedos de su garganta.

»Soy Simón Pereira exclama.

»Señor, el que anda vestido así, se expone.

»Por lo mismo me visto así; ¿quién sino yo ando con levita? Lo hago para que me conozcan desde lejos.

»Este señor es primo y compañero de negocios de don Juan Manuel de Rosas.» (Op. cit., 169.)

El odio al color negro de la levita tiene su contrapartida en la adoración del rojo, que sirve a Sarmiento de pretexto para ir a parar a una graciosa teoría del color:

«¿Sabéis lo que es el color colorado? Yo no lo sé tampoco; pero voy a reunir algunas reminiscencias.

»Tengo a la vista un cuadro de las banderas de todas las naciones del mundo. Sólo hay una europea culta en que el colorado predomine, no obstante el origen bárbaro de sus pabellones. Pero hay otras coloradas; leo: Argel, pabellón colorado con calavera y huesos; Túnez, pabellón colorado; Mongol, ídem; Turquía, pabellón colorado con creciente; Marruecos, Japón, colorado con la cuchilla exterminadora […].

»[…]

»¿Qué vínculo misterioso liga todos estos hechos? ¿Es casualidad que Argel, Túnez, Japón, Marruecos, Turquía, Siam, los africanos, los salvajes, los Nerones romanos, los reyes bárbaros, il terrore e lo spavento, el verdugo y Rosas, se hallen vestidos con un color proscrito hoy día por las sociedades cristianas y cultas? ¿No es el colorado el símbolo que expresa violencia, sangre y barbarie? ¿Y si no, por qué este antagonismo?» (op. cit., 167 y 168).

Un mecanismo se pone en funcionamiento a la vista del color. En el relato, es porque el unitario no lo trae. La confirmación de la osadía acelera inmediatamente un alud de insultos y amenazas, «perro unitario» y «cajetilla» (4), los dos primeros de la serie. Los dos delitos cometidos por el joven (no ir de luto ni llevar la divisa punzó) no pueden ser considerados faltas menores ni simples descuidos, sino una ostentación de menosprecio del orden rosista y un acto de temeridad, patrullando la Mazorca. Por regla general, estaban penados con la flagelación en lugar público y la afrenta de pasear desnudo después del castigo.

La flagelación no es exactamente lo que uno ha visto en películas y Facundo, como siempre, se presta a hacernos una demostración:

«[…] un joven Rodríguez, de lo más esclarecido de Tucumán, ha recibido carta de los prófugos; lo hace aprehender, lo lleva él mismo a la plaza, lo cuelga y le hace dar seiscientos azotes. Pero los soldados no saben dar azotes como los que aquel crimen exige y Quiroga toma las gruesas riendas que sirven para la ejecución batiéndolas en el aire con su brazo hercúleo, y descarga cincuenta azotes para que sirvan de modelo. Concluido el acto, él en persona remueve la tina de salmuera, le refriega las nalgas, le arranca los pedazos flotantes, y le mete el puño en las concavidades que aquéllos han dejado» (op. cit., 237 y 238).

Se descubrieron las bondades de las «lavativas de ají y aguarrás» (276) para el estreñimiento ideológico.

La pérdida o forfait estaban subvencionados por el Gobierno:

«Si alguna señorita se olvidaba del moño colorado, la policía le pegaba gratis uno en la cabeza con brea derretida» (170).

Entre 1840 y 1843, la Mazorca a las órdenes de Cuitiño, un genio del mal como Heydrich, inmoló a 480 personas, según una cifra del mazorquero converso José Rivera Indarte en Tablas de sangre, o no más de cincuenta, como se esforzaron en fijar fuentes más moderadas.

¿Sátira o impotencia?

Aparto una segunda pregunta, y por acuerdo predestinado una tercera capaz de reunir sus extremos y de vengarla, del alma perezosa de la anterior. ¿Puede haber sátira sin impotencia? ¿No es la sátira el arma de los que están indefensos?

Quevedo dirige su Epístola satírica y censoria… en tercetos encadenados al personaje encumbrado que todos conocemos y lo vemos al hombre revolviéndose dentro de sus vestiduras. Se dispone a lanzar uno de sus dardos envenenados de curare contra las costumbres presentes de los castellanos y don Gaspar puede sentirse aludido. Quevedo, el espíritu satírico por antonomasia, tiene que maniobrar con cautela para no rozar la susceptibilidad del conde-duque de Olivares. Ha de andar con pies de plomo, que son los pies proporcionados a su poder quisquilloso. ¿Por qué no elige una letrilla satírica, de ésas de Góngora, proyectil de escuela que va mejor? La elección del metro también fue cuidadosa; hay una cuerda para cada oreja y Quevedo sabe que, antes de declarar abiertamente lo que siente magnífico terceto 2, debe elogiar las virtudes de esa oreja. ¿No es la licitud de la verdad, en los tercetos 4 al 8, lo que está defendiendo? ¿Dónde se ha visto mayor disparate?

Echeverría realiza asimismo una sátira de las costumbres presentes, pero con una importante diferencia. Quevedo había sido salpicado por las derivaciones de la «conjuración de Venecia» y se había salvado por un pelo de correr la misma suerte que su amigo Pedro Téllez Girón, el célebre implicado; así y todo, su pasión política llevaba dentro la necesidad del arbitraje de los poderosos; por razones gramaticales, tanto o más imperativas que las psicológicas, no podía vivir sin ellos, y le encontramos como transeúnte en la corte de Felipe IV.

Echeverría no tiene contacto alguno con el poder, es un hijo de la derrota unitaria, una derrota sobre la que no se engaña que será más larga que su vida. Por otra parte, Quevedo vestía el hábito de Santiago y Echeverría no era más que un intelectual, un animalejo del cual se puede levantar la veda en cualquier momento, en plena calle.

Echeverría lleva ventaja con respecto a Quevedo. La situación de éste, que aún espera favores del poderoso, en un fenómeno de cercanía crítica, le exige meter a presión la burla en la espiral del alegato. Don Gaspar no dejará de apreciar el sentido del deber que mueve todo alegato, el deber que tiene Quevedo y él mismo tiene, teóricamente, para con sus conciudadanos. Como Echeverría no le debe nada a nadie, su burla no pretende ser constructiva, no es un alegato, y por su misma situación de marginado es más libre de decir lo que quiere que Quevedo, de no «sentir lo que dice». Analicemos la sátira y la impotencia por separado.

La sátira acompaña la narración, yendo de un punto a otro de los tres de la connivencia que la sátira intenta desacreditar: Iglesia, gobierno despótico del Restaurador y, algo más lejos, la religión. La sátira cesa con la llegada del cuadro de costumbres, el momento descriptivo del matadero; en este sentido, es la despedida de un romántico.

Advirtamos, sin embargo, que la burla, como manifestación que es de una situación de despojado, de arrojado, evidencia una tensión, es algo descorazonador pero, puesto al nivel del despojo que ha sufrido el que se burla, es descorazonado, y así se nos muestra Echeverría, especialmente en esos pasajes sarcásticos sobre el secuestro de la voluntad por parte de la Iglesia. Parece por momentos que estuviéremos leyendo a José María Blanco White, las Cartas de España. La misma batalla química, entablada por los novadores, para cambiar la índole de España. Parece que estuviéremos leyendo a un neoclásico.

¿Se limita a un problema técnico el que evite dar un traspié en toda la primera parte, con la sátira, e injurie al correr de la pluma en la pintura de costumbres?

Allí el método seguido parece ser injuriar describiendo, echar a la hoguera de injurias todo el temperamento romántico que está para eso, para quemar. Tal vez esperaba de la fortuna de las armas, y no es tan aventurado suponerlo porque así se despide Sarmiento en el Facundo, el regreso al poder de sus ideas y la burla era el alimento moral que le ayudaba a soportar el exilio.

Echeverría está más cerca de Larra, por temperamento y francofilia, que de Blanco White, de eso no hay duda; pero hay una recuperación teórica de las preocupaciones de este último y una, diría yo, avenencia de sentimientos personales en relación con la «intrusión» de la Iglesia en cualquier «empresa» de la inteligencia humana (5) que solamente se explicarían interponiendo una situación de arrojado idéntica para el neoclásico. Desde el punto de vista ideológico, la sátira, «económica» en cuanto al coste del poder, es cumplida programáticamente por los neoclásicos, mientras que en América son los románticos los que la llevan a cabo. El modelo brota de un solo manantial para todo el siglo: Victor Hugo, el que hace entrar en razón à coups lyriques de marteau al régimen de Napoleón III sin moverse de la isla de Jersey. El programa de las luces, substrato descorazonado de la sátira, por un lado, y el temperamento romántico, por otro, que introduce en la historia el factor fisiológico, provocan un desajuste en las posiciones de Echeverría de un movimiento, por lo menos, y un par de generaciones.

La impotencia tiene otras raíces. Hubo impotencia en los unitarios, que no supieron anteponer una constitución generosamente federal al egoísmo de Buenos Aires y de su aduana. Hubo impotencia por parte de los federales, que al serles planteado un problema genuino del siglo XIX como era la organización de los estados liberales, ambularon por el país, indiferentes a la responsabilidad, en una eterna persecución de lobos. Sin embargo, cuando la lucha por el nido de estos dos sordos llegue a su recta final con Caseros, será necesario mirar a los primeros bajo una nueva lente, introducir en el análisis de los unitarios un factor de naturaleza psicológica. Este factor es la neurosis de sentirse llamados a poner orden en el país por ser los más íntegros, los más aptos, los que pueden, los que piensan, arrinconando a los federales cultos, ilustrados como eran ellos, con los que convivieron en el exilio montevideano y a quienes Rosas también volvía la cara llamándolos «lomos negros».

Echeverría se siente devorado por esta conciencia patriótico-moral; basta asestar la lente a las páginas del relato y se verá que no hace esfuerzos para simular; es más, se exhibe de un modo embarazoso, despreciando el artificio de la impasibilidad del escritor, elevado a doctrina por Flaubert unos veinte años más tarde. He aquí, pues, el problema fundamental. Que los unitarios sean las dos cosas, el patriota y el moralista, y que se enorgullezcan de la proporción.

La impotencia, ¿se habría reducido entonces a que no tuvieron la oportunidad histórica o a que la tuvieron y la desaprovecharon?, ¿a no poder? ¿O era que les importaba bien poco conocer cómo eran los demás, saber qué querían? La misma incomprensión que movía al gaucho contra el hombre ilustrado, se la tenía éste a ese dinosaurio de la vida nómada, con la diferencia de que en el hombre ilustrado tomaba esa forma de la incomprensión que suele ser la teoría:

«Preguntadle al gaucho a quién matan con preferencia los rayos, y os introducirá en un mundo de idealizaciones morales y religiosas, mezcladas de hechos naturales, pero mal comprendidos; de tradiciones supersticiosas y groseras. Añádase que si es cierto que el fluido eléctrico entra en la economía de la vida humana, y es el mismo que llaman fluido nervioso, el cual excitado subleva las pasiones y enciende entusiasmo, muchas disposiciones debe tener para los trabajos de la imaginación del pueblo que habita bajo una atmósfera recargada de electricidad hasta el punto de que la ropa frotada chisporrotea como el pelo contrariado del gato» (op. cit., 72 y 73).

La impotencia, en última instancia, es volver a un sentimiento, ya expresado y expirado en Europa, a un sentimiento general de haber quedado demostrado que la armonía es algo que ya no está en el mundo ni en la naturaleza, algo visitante. Ello explica que Echeverría evite en lo posible resolver la dicotomía existente entre el primitivismo del paisaje en su extenso poema narrativo La cautiva, lacrado con un bucolismo caótico del Génesis,

Gira en vano, reconcentra
Su inmensidad, y no encuentra
La vista en su vivo anhelo
Do fijar su fugaz vuelo,
Como el pájaro en la mar
Doquier campo y heredades,
Del ave y bruto guaridas;
Doquier cielo y soledades
De Dios sólo conocidas,
Que Él sólo puede sondar.

y el primitivismo del matadero, señoreado por la chusma. En éste se reconoce el baldón de una naturaleza ‘caída’; la sátira, vehículo para este complicado concepto, es la que explica por qué la naturaleza, inteligible hasta la aparición del gaucho, del monstruo, debe ser, lamentablemente, descifrada. A Dios gracias, los unitarios cuentan en tales circunstancias con la teoría del fluido nervioso.

La sátira, pues, explica la usurpación, la desposesión, pero es incapaz de resolverlas, matando al monstruo. Como movimiento del ánimo, es una forma enigmática con que el ánimo se ensortija en el mundo de las ideas para ocultar su impotencia. La sátira aminora los efectos de un impacto en el amor propio de la política de ver y callar. ¿Y qué es lo que ve Echeverría? La Iglesia con ojos de neoclásico, con una mirada del siglo XVIII; un cuerpo anómalo incrustado en la historia humana, una institución caída como un tronco, con la excusa de Dios, en el camino de la inteligencia… Y la chusma, que bien vale una mirada del siglo XIX, la mirada de un romántico.

Considerada en conjunto, en El matadero, la sátira es un movimiento preciso hacia un blanco que no comparece, la Iglesia, la institución, hacia los poderosos, es decir, quienes lo merecen. La sátira es un género. Para la chusma, que no merece nada, los insultos, que no constituyen ningún género, insultos que cualquiera puede proferir sin que haga al caso ser escritor. Basta con que sepa cuál es la capacidad de su estómago para la chusma.

La fórmula ‘menosprecio de corte, alabanza de aldea’ comienza a virar hace tres siglos. Los hombres del Renacimiento no despreciaban al pueblo, pero ya Lope en 1609, en el Arte nuevo de hacer comedias, proclama con desparpajo que las va a escribir «como las paga el vulgo» y deduce que «es justo / hablarle en necio para darle gusto» (vv. 47 y 48). El desprecio por la chusma tomó ese aire sibarítico y comodón que le conocemos entre los ilustrados españoles, con grandilocuencia de portazo en Manuel de Cabanyes y con suave tonillo de divulgación y de admonición en esa especie de esposa muerta que es Meléndez Valdés. Ellos, que tenían ese oído tan fino para oír el «cefirillo» entre los juncos, que veían el paisaje como una armazón con un zoquete a modo de cuña embutido por el Celeste Carpintero para sostener cabañas pobres, flores en los prados y pajaritos en los huertos, no soportaban la miseria más allá de lo que resultaba adecuado a un paisaje del que quiere gozar un espíritu ennoblecido por el deleite de las cosas tristes.

El desprecio a la chusma que sintieron en América los románticos acabó por hacer innecesaria la sátira.

Fue el billete de vuelta.

Proporcionó a la impotencia dos instrumentos políticos contra la chusma: el golpe de Estado para devolverla a su albañal y la guerra para llevarla al cementerio.

8 – 16 de febrero de 1993

 

Notas

(1) Ramón J. Cárcano, Juan Facundo Quiroga, Buenos Aires, Losada, 1960. Domingo Faustino Sarmiento, Vida de Juan Facundo Quiroga, Barcelona, Bruguera, 1970.

Abreviaturas empleadas en adelante:
JFQC = la obra de Cárcano
JFQS = la obra de Sarmiento

(2) Lope de Vega, La Dorotea, acto primero, escena cuarta.

(3) La presencia de ese grupo consonántico SB dio lugar a la actuación del alófono aspirado ante bilabial, que se articula entonces como fricativa: /refalosa/.

(4) En realidad, una forma de catalogar socialmente al petimetre, por metátesis del español jaquetilla. La connotación injuriosa viene dada por el hecho de que todos los que no eran federales eran petimetres, un hecho impugnado por la rumbosa fatuidad de Ruiz Huidobro, protegido de Quiroga, que en Mendoza, cada tarde, «cambia de traje militar o de paisano. Durante ocho días consecutivos se presenta con pantalón de paño gris celeste, diferenciado cada vez por los accidentes del adorno. Lisos, con franjas de galón de oro, bordados, trencilla negra o colorada, simple faja al costado, roja o azul. Otras veces concurre a revistas del ejército acompañado de edecanes y vistosa escolta de coraceros. Exhíbese con frecuencia en compañía de damas amigas en una hermosa volanta abandonada en la fuga por el unitario Manuel José Cobo. Cambiaba cada día de ropa interior y exterior, y en la ciudad se contaba con asombro que poseía 365 camisas» (JFQC, 55).

(5) Carta tercera, en Cartas de España, col. El Libro de Bolsillo, núm. 375, Madrid, Alianza Editorial, 1972, pág. 108.

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