BAJAR Y COMBATIR

Cassirer escribe: «La pregunta filosófica por el origen y por la naturaleza del lenguaje es en el fondo tan antigua como la pregunta por la Naturaleza y por el origen del ser»*. Aplicada a los argentinos no es tan antigua. Probablemente, ni siquiera sea anterior a 1976.

Cuando partieron, alejándose de su familia, de sus amigos, de su historia, de su barrio, de sus bares, del tango y del río, no podían medir las consecuencias no era el momento de lo que abandonaban. Lo que significa abandonar las cosas familiares, no volver a verlas, no volver a hacer nada con ellas, y lo que ocurre después, mucho después de haberlas dejado atrás.

Llegar a España con la primera oleada de la inmigración, con la segunda, y, después del ochenta y uno, con la última amnistía, seguir llegando, y encontrar una teórica tierra de asilo y un recelo natural a dar la bienvenida.

Le era fácil a España declamar sobre los lazos comunes mientras no enlazaran nada.

El tema de los republicanos españoles de aquí para allá poseía suficiente elasticidad: agradecer lo bien que se los ha tratado no significa desear que regresen.

La Hispanidad se sacaba, como un viejo traje del armario, en la fecha señalada que para qué mencionar, cuando los indios de Watling (¿a que era Guanahaní?) vieron llegar la Civilización y el Verbo, es decir, la espada y el colegio, en las tres cáscaras que arrastraron los alisios.

El Consulado era una oficina tranquila, en donde los sellos… Había pocos y dormían. De vez en cuando pasaba un turista golfo a pedir no sé qué certificado y le hacían sentar, lo convidaban con Mil Delicias de Terrabusi. O un «viajero infatigable», de esos que estaban seis meses en Europa persiguiendo al Sol y conociendo artistas, como Ángel de Estrada.

El aluvión modificó la elegancia. Había argentinos que querían ser asimilados, otros que no querían, otros no sabían si querían o no pero, mientras, que pase el tiempo, y están los que querían que los dejasen en paz. Algunos se volvieron o continuaron hacia otro país; eran emigrantes de tránsito o auténticos pasajeros. Los exiliados pronto rompieron la marcha, coadyuvó la desaparición en la superficie de la temible aleta dorsal de la tiranía. Fue después de las Malvinas, cuando el honor nacional entablillado necesitaba de los que se fueron. Y después del ochenta y tres, si quedaba un exilio, era el viejo, el de los poetas sobre la tierra.

Los que se quedaron querían entrar y, el día menos pensado, participar, pero o no los dejaban o ellos mismos en el crescendo de sus prejuicios arcaicos y su tensión psicológica no daban con el contacto (de un circuito eléctrico, honni soit qui mal y pense). En muchas ocasiones no se trataba de hostilidad. La única manera de entrar es por la vida. Es naciendo. Tenían ante sí una tradición que no se emocionaba con la Juvenilia de Cané y con Luján vista desde la ruta 7, y un pasado en el que no estuvieron. Hubo que trabajar en lo que saliera.

Los hombres echaban propaganda en los buzones, las mujeres hacían tartas para venderlas, los niños comían menos.

Cuidaron ancianas por casa y comida, tradujeron novelas con diccionario Cuyás, dejaron a deber, rompieron corazones. Poetas trabajaron en pizzerías, estudiantes de bellas artes desembozaron inodoros, psicólogas hicieron de secretarias. Yo vi a un médico en una editorial y un profesor de lógica, el Doctor Angélico**, como gran contable. Y todo ello por la cuenta que nos trae de sobrevivir o por adiaphora, por algo moralmente intermediario en las acciones. Por primera vez sufrían los argentinos en carne propia lo que habían hecho sufrir en casa a chilenos al sur del río Colorado y a bolivianos en el cinturón de parda miseria del Gran Buenos Aires. Ahora sabían lo que era ser extranjero. Lo que era un blanco mutante, metamorfosis de negro, y trabajar como un negro, siendo blanco. Que venga y rivalice con éste el «fet diferencial» que dice el pujolismo, de los que se merecen más por ser diferentes.

Todo esto, sin expresarse claramente, aleaba en la mesa redonda sobre migración del pasado 18 de octubre. Una mujer contó que le hablaba a su hijo en una lengua y que éste le respondía en otra y que en esa otra venía a decirle que de dónde venía y qué lengua hablaba. Otra dijo que sus dos hijos mayores se habían mimetizado y que el menor quería volver, pero que se quedaría donde estuvieran lo menos dos de sus hijos. A mis espaldas oí una voz burlona comentando: «Matemática pura». Delante de mí, uno se ufanó de ser de Villa Crespo, y de Polonia, y de todas partes y ninguna. El mundo está lleno de ciudadanos, pero resulta que el mundo no es una ciudad. Consuelo del que ha dejado la suya y ha salido definitivamente a la intemperie.

La experiencia indica que el «fet diferencial» se establece cuando abrimos la boca. Muchas veces he sentido que se presta más atención a cómo digo que a lo que digo. El aire procedente de los pulmones no parece atravesar la laringe por el mismo sitio, los substantivos son otros, los fonemas palatales son realmente argentinos, en un sentido etimológico.

La forma de hablar nos ha escogido como ejemplos para la acepción más miserable de la retórica, dudando de que por hablar de una manera determinada seamos capaces de pensar de todas las posibles y rebajando la capacidad contemplada en la tradición clásica.

Para Cicerón, la retórica no sólo era el arte de hablar, sino, sobre todo, el arte de pensar «con justeza» (De Oratore, I). «¡Ahí va! Otro argentino. Seguro que es un pico de oro.» La propiedad, el «bien decir», por ser propiedad que se expresa en un castellano con «acento», es derrubiada insidiosamente, el pensamiento se desmigaja junto con el acento, hasta la situación conocida porque ya fue en la historia: εũ λέγειν de los sofistas. La amenaza de vacuidad debió ser conjurada por un argentino que salió por televisión y al día siguiente me decía cuánto tuvo que esforzarse para disimular lo que debiera ser modalidad fónica y va camino de ser estrella de David. Fuimos los negros de Europa y dentro de poco seremos los judíos. El acento nos pierde.

Para discutir sobre esta situación, y echar agua al fuego en la cantidad que se desee, pues no faltará girondino que la juzgue exagerada, el Centro de Promoción del Consulado ha organizado una serie de ponencias con debate para los días 13, 14 y 15 de febrero de 1995. A tal efecto, se han formado tres comisiones, las cuales cubrirán los apartados de cultura, literatura y lengua. Insto a los argentinos de buena y mala voluntad, a la Currupira, el Capiango y los otros mitos americanos, a que electricemos estas jornadas.

21 de octubre de 1994

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* Ernst Cassirer,
Filosofía de las formas simbólicas (1923), t. I, pág. 55.

** El santafesino Alejandro Sarbach, de la troupe de Mario Muchnik.

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Una respuesta a BAJAR Y COMBATIR

  1. Déborah dijo:

    Yo sé obscurecerme muy bien sola. No es por quitarle mérito a nadie, de verdad, pero hay cosas con las que siempre me he apañado sin ayuda.
    Yo no quería hijos, mi visión del mundo es demasiado melancólica para necesitar la perpetuación, los niños me dan pena, siempre pienso en qué será de ellos. Pero Ismael Baudelaire me enseñó que es mejor nacer para servir al nacimiento de otro, que ir por la vida cantando “aquí estoy porque he venido”.
    Te juro que escribo.
    Vuestra Paula Becker.

    P.D.: También sé alumbrarme y alumbrar. ¿Qué diferencia hay?

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