PONENCIA: “OBSESIÓN Y ESPEJISMO DE LA COMUNICACIÓN”

Supongo que la pregunta que voy a formular ahora muchos de los que están presentes en la sala se la han hecho ya. En una época como la que vivimos, que alardea y sufre por ello de un número abusivo de medios de comunicación, ¿les interesa comunicar algo, logramos oír o que nos oigan lo que tenemos que comunicar y, luego, qué es lo que, pareciendo tan valioso, deba, sin tardanza, ser comunicado?

Esta última parte de la pregunta habría que dejarla a una vieja conocida para que la contestase. En un curso de la universidad o en un cursillo de los tantos que se defienden por allí, en una conferencia o en cualquier otra miniatura que por el rito social obliga a unas personas a sentarse al frente y a otras en la sala, unas hablando, otras distrayéndose, al llegar el turno del coloquio, habrá asistentes que se sentirán capaces de aclarar ciertos aspectos de la intervención de los oradores o bien creerán poseer habilidad para aumentar los interrogantes que los oradores plantearon.

Siempre hay entre el público uno que no puede contenerse, que considera que su participación es decisiva. Algo en él quiere salir y está esperando que se acumule en el auditorio la tensión, se abra el hueco propicio, digamos una pista para el despegue. Su hambre de figurar ahuyenta la intención de participar; se le puede oír preguntar o hablar fácilmente sin mostrarse satisfecho con la respuesta que han dado a su pregunta y sin que sus oyentes puedan determinar a dónde se dirige con lo que habla. Si pudiéremos hacer el análisis de una conferencia en su movimiento escénico, con aparición de actores y mutis por el foro, veríamos que el personaje, con frecuencia, consuma el divorcio entre lo expuesto por los oradores y la atención del auditorio, hasta ese momento comprometida. Y eso lo ha conseguido una vieja conocida, tal como decíamos, muy nerviosa ella…, la vanidad. Nuestro personaje no se resigna a levantarse de su butaca, salir sin ser visto y perderse en la noche. Nadie sabría que ha venido, salvo su mujer si vino solo o sus amigos, que prometieron encontrarse con él antes de entrar.

A veces la vieja conocida se viste de Savonarola analfabeto. En el XXIX Congreso de Literatura Iberoamericana, celebrado en la Universidad de Barcelona en junio de 1992, las ansias de figurar esperaron a Vargas Llosa, que las activa y las orienta quizá sin proponérselo. Había otros escritores en la mesa, creo recordar que Rojas Mix, el barroco Fernando del Paso y una brasileña, que fue la que mejor habló. Sin embargo, la popularidad del primero rebajaba a los otros al interés de una aspirina.

Las preguntas fueron anecdóticas. Las respuestas tampoco fueron inmortales. Ninguno le preguntó sobre técnica literaria o por qué escribía, pero no debe extrañarles que no se oigan este tipo de preguntas en los ambientes en los que Vargas Llosa se mueve, se muestra y es investido. Cada vez más, el fin necesario del escritor que representa son los ecos de sociedad del funcionario y sus trajes azules. Su único público son los periodistas, que sabemos cuánto leen. Tampoco se oirían estas preguntas en una rueda de prensa con Rodolfo Martín Villa, por ejemplo.

¿Qué buscaban comunicar los que lo interpelaban? ¿Respondió Vargas Llosa? Era evidente que les irritaba algo en el escritor, tal vez un lujo: el ser amigacho de la revolución cubana, su izquierdismo bonito y, actualmente, liberal adepto. Querían atacarlo, desenmascararlo, pero el ataque era concéntrico y no hallaba el argumento que diese sentido a la denuncia. Apenas les contestó; ya no se molestaron en remover, en problematizar. La verdad es que la denuncia accedía a la validez que le daban las ansias de participar, las desigualdades sociales del Perú no les importaban y no habrían sabido desentrañar la naturaleza del compromiso de clase que hace de Vargas Llosa un liberal en un país de ésos americanos donde se es pobre o se es liberal. Por eso no le costó trabajo desarmar lo que no era más que un frente de vanidad confusa.

A esto se reduce la comunicación. El mensaje está invertido, camuflado. ¿Ha pensado alguno de ustedes en lo que emite la televisión como noticia? ¿Qué cuentan los periódicos? ¿Qué comunican?, es decir, ¿qué revelan?

Una vez, hablando con Enric Casassas, me sorprendió encontrar a otro que, como yo, no leía periódicos. Nos sentaremos en el Juicio Final los que no leemos periódicos. Alguien tendrá que lamentarse por nosotros, como se lamentó Sartre por la «incomprensión timorata» de Flaubert en relación con la Comuna. ¿Faltamos a nuestro tiempo? «Nosotros no queremos faltarle en nada a nuestro tiempo», predica Sartre. Sin embargo, esta evasión de los periódicos no la sentíamos como una evasión de la realidad. Enric decía que si la cosa había sido grande (un magnicidio, un terremoto), bastaba con salir a la calle y la calle te lo diría.

La famosa prosa objetiva de los periodistas muestra a los políticos como personajes secundarios y a los ciudadanos como verdaderos guionistas de la democracia. La gran economía que se construye en Maastricht o se discute en Bruselas suena a mundo imaginario. Los 17.000.000 de parados de los doce países miembros han pasado de ser onerosos a ser fenoménicos, una sensación de la estadística, si tomamos ésta en el sentido que tenía el mundo material para Berkeley. Los procesos resultan chocantes y por eso hay crimen pasional sólo para un día, el que se perpetra; ni tiene variantes ni cuenta con precedentes; el que lo comete es un autómata.

La televisión concurre con la prensa escrita a dar esta imagen sedente y sin esfuerzo. Si un noticiario emite una noticia en un tono determinado, los demás concuerdan en formato y prácticamente en palabras. Si es el primero del día, el espectador asiste al enunciado de los ingredientes sin lograr ver la masa total hasta los noticiarios vespertinos. La jerga está sometida a una lógica circular de «presuntos», «la instrumentalización», el «responsable» y «etcétera, etcétera». La imagen sin esfuerzo alcanza para embelesar a los consumidores de noticiarios. Sabemos que no hay imagen sin esfuerzo, que detrás de esa imagen hay un esfuerzo y aunque no conozcamos a quien lo hace, intuimos que la unanimidad de catecismo que cose todas las noticias por el mismo hilván no proviene de la verdad, de establecerla, de buscarla lo que hace ocurrir, sino del diseño, en lo que nada ocurre.

También las relaciones entre personas siguen este aparente diseño. Se nos acerca un español a preguntarnos por una calle. Por la piel, por el pelo, altura, vestido, no sabe, no ha tenido tiempo de considerar que podemos no ser de… aquí, que somos… de allá. Nuestro exterior no le informa (por eso el Diablo ya no lleva cola ni los ladrones antifaz). Oye la explicación en el tonito y percibe una forma, que lo remite al universo, que es lo que se extiende más allá de España, me consta. Comprende, con cierta amargura, que la forma es una forma de su propia lengua, pero que se ve raro, la forma es lo que se ve raro, y esta impresión hace que su lengua se le haga visible. Hemos logrado al fin comunicarle dónde queda la calle que buscaba, pero se ha ido pensando que mejor la encuentra él solo, que esa forma de conocer la ciudad no predice nada bueno.

Imaginemos ahora, en cambio, que el que viene a preguntarnos es un compatriota, un recién llegado, de esos que entran en un bar y quieren desayunar y piden al camarero café con leche, «¡ah, y oiga! Y tráigame unas facturas», y el camarero piensa que son exportadores y le quieren vender mercadería. Al compartir las experiencias que constituyen la «socialización primaria», al ser la misma la melodía, la lengua se torna invisible y la forma no se percibe.

La barrera de la forma, al ser otra la melodía, separa a nuestros dos interlocutores; el compatriota encuentra la calle y prescinde de nosotros, mientras que el español camina recordando cómo le dijimos que tenía que hacer para encontrar la calle. Posiblemente nos censure si, afanándose por recordar las indicaciones, se pierde y presenta el problema en su calor extra de estadística y nebulosa pánica: «Temo preguntar al próximo que pase, dado que la ciudad rebosa de ellos».

Sigamos imaginando que hablamos con otra persona. Esta vez se trata de un norteamericano. Puede ser un profesor invitado o un fotógrafo que ha venido a hacer su aprendizaje antropológico y quiere llevarse en instantáneas a todas las bag women de El Raval. ¡Cómo le gusta el Barrio Gótico! La orina de gato se le antoja Dune de Christian Dior. La comunicación no es posible si cada uno se estanca en el remanso de sus localismos. Se roza pronto el superestrato, lo cual, bien mirado, es un gesto de fraternidad tan inconsciente como tangible. La comunicación, si es que no ha quedado estrangulada en el propio sistema de signos en el caso de que el norteamericano no hable nuestro idioma, se realiza, no obstante, por un imperativo psicológico, en una unidad superior. Habrá una inevitable sátira de las costumbres y comidas de los nativos del país anfitrión y veremos hervir la superficie con el extraño sentimiento de la unión forzosa frente al número, que vagamente reconocemos como panamericanismo.

Ahora hablemos con otro. Éste es un extranjero de lengua neolatina. La comunicación no se realiza sobre supuestos que están por encima de los que hablan, sino que están por detrás. Es la similitud en la sonoridad y el paisaje que ondula dulcemente en los vocablos lo que despierta nuestra familiaridad. Habla un italiano o un portugués, no ejerce ninguna violencia en lo que dice, nosotros entendemos. ¿Cómo es posible? Su cultura nos llega desde muy lejos, perdemos el color local, las designaciones.

A menudo nos dan ejemplos que no nos dicen nada. Pero ese ruido que producen con la boca y que nos llega desde muy lejos es el que establece la comunicación verdadera, que no se realiza con hurtos de la cultura y que el sistema de signos pasma relativamente.

Será necesario admitir que existe un empuje, hablar del espíritu profundo de la herencia románica. A partir de este momento, la comunicación progresará casi milagrosamente gracias a los ecos.

Podemos, pues, intentar definir a una clase social lingüística y supranacional por la dote que recibe de la historia que comparte y de los viajes en que confirma. Para el caso dará igual que un argentino hable en Roma o un italiano lo haga en Belo Horizonte; si el argentino habla de Martín Fierro, éste sufrirá una especie de muerte interior en el alma del italiano y una metamorfosis. El europeo aislará la rebeldía del gaucho y buscará el mínimo parecido, aplicando una justicia intemporal, con la de otros precursores de escuela como Salvatore Giuliano o, más atrás todavía, Espartaco, despedazado en la Lucania. El secreto parece estar en vivir sin sumergirse y acaso en este cosmopolitismo, que no es puramente teórico, tal como lo hemos repasado, se pueda encontrar el antídoto contra el nacionalismo del cual la lengua es la lepra.

Para que ustedes puedan apreciar en su justa medida la naturaleza de este cosmopolitismo, han de tener en cuenta que los interlocutores que puse como ejemplo en ningún momento dejaron de hablar en su lengua o tradujeron contenidos de su lengua a otra. Cada uno habló en la suya, con la salvedad de que no se elevó a la mayor competencia de una koiné, ni consintió en la maternidad monstruosa de la jerigonza. La lengua se torna nuevamente invisible y se acude otra vez a los contenidos.

El cosmopolitismo en las zancadas de su limpieza regional favorecería, en principio, a la literatura, que emprendería la reforma del gozo universal, y a los escritores, que ganarían en lectores en la medida en que los idiomas levantan sus barreras y hay lectores que lo entienden todo. Pero cuando un editor afirma que en su catálogo tiene a un escritor con una obra «clave» o un escritor dice en una entrevista que escribió algo «divertido», ninguno de los dos está siendo sincero con el lector. Una obra es clave cuando todo el mundo la entiende o cuando todo el mundo habla de ella aunque no la entienda.

El editor asesora al escritor en todos aquellos pasajes frustrados que pecaron contra natura con lo digresivo, farragoso, intraducible, y lo reprende si usó palabras difíciles. La obra clave no la descubre el lector, ni la pondera el crítico, ni la atesora el tiempo, sino que la consigue el editor por opción en Frankfurt o se la recomienda, llena de codicia, una agente literaria, o la precede la tempestad de un premio, aunque el editor vaya diciendo por ahí que él solamente edita lo que le gusta y lo que descubre, ¡el talento, señores!, como en una aventura o un papelón de capa y espada.

El escritor, por su parte, reprimirá la lujuria de diccionario, no se empeñará en una concepción sobre la época y la conducta de sus personajes y la literatura en general, no escribirá una obra que ya venga con final; si al hombre se le ocurrió que tuviera epílogo, el editor se apodera del epílogo y lo convierte en prólogo y debajo pone: «Éste es prólogo, por que no pensasen que era gallo».

¿Qué es eso de merendar con xuixos en el bar del barrio? Los personajes beben bourbon, viajan en avión, disparan con Beretta, practican piragüismo, saben informática. Alquilan, venden, viven solos. Viven en un bungalow. Son brokers, politicians, prickly cops, fanciful fashion models, bucks. Para ser heroína hay que ser ninfómana, tener dos carreras, hablar cuatro idiomas y haber matado a los padres con una pala antes de los veinte años. Me dirán que simplifico si digo que una obra que contenga todos estos ingredientes será una obra clave, pero a buen seguro que el que logre escribirla será «un buen comunicador», como es Terenci Moix y como dicen ahora de este Tarantino.

No menos asombrosa es la presunción de independencia de los editores. La obsesión de dar al público un producto inteligible, algo que, aunque no se lea, se pueda hojear y al primer sabor cautive un poquito y el público lo compre, ha hecho que renunciasen a la curiosidad en beneficio del marketing. Como me decía vez pasada el encargado de galeradas de una editorial, «sacamos primero lo que la editorial necesita y después vemos si hay algo interesante entre los originales que nos envían». El tono cordial privaba al talento de toda esperanza de que pudiere ser el que proporcionara lo que la editorial necesita. El editor, así, no valora lo que publica sino que publica lo que necesita, de la misma manera que cuando compramos un litro de leche para los niños y apenas si miramos la marca. Necesitamos la leche. No discernimos. El reflejo condicionado se entiende con el precio a espaldas nuestras.

Lo significativo, o lo doloroso, preferiría yo decir, es que la obsesión de comunicar coexiste con las declaraciones de algunos movimientos que pasaron por la muerte y después resucitaron y hoy sufren el tormento del prestigio. Pensemos en Góngora, en el ala más extremista de los parnasianos franceses (Leconte de Lisle, Catulle Mendès, Hérédia, Sully Prudhomme). La torre de Babel, espontáneamente inconclusa, abandonada en una rabieta, quizá por falta de reglas para trascender el orden visible, para hacer frente a Dios, era retomada, el «arte por el arte» la reconstruía íntegramente como desmesurada torre de marfil. El «arte por el arte» fue estudiado siempre por su tristeza, por su pobreza en el compromiso con los hombres, porque no contestaba a la pregunta sartreana. La crítica y la docencia abordaron indirectamente la cuestión y finalmente desdeñaron el buen gusto de no querer comunicar nada. Los filólogos creen y quieren que la lengua sirva para la comunicación. Ya veríamos lo que quedaría de la lengua si la tuvieren los hablantes. Los hablantes deberían tenerla en consignación y devolverla por la noche, una vez cerrado el comercio del habla.

La necesidad sartreana el escritor como soldado y la prosa su ballesta ofuscó durante mucho tiempo el juego con la ilusión de los cambios sociales. Un juego que no ha de entregar la legitimidad de los hallazgos artísticos. Un juego en el que baila la vida sobre la muerte como Siva bailando sobre Tripura-Sura. Un puro juego en el que sobran las consignas y el arte falso, «que es igual a pura vida, / que es igual a puro fuego», canta Machado. Por eso apenas si se detallan víctimas que lo lamenten. «Veréis el ascua encendida.»

16 – 21 de enero de 1995

Leída el 14 de febrero en la Casa de la Caritat de Barcelona.

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