—Pero como en este país no leemos, y menos historia, esa moral no nos sirve. <<Elvira Goicoechea (Carmen Maura), en “Tata mía” (1986), de José Luis Borau

«He vist que la senyora Mercè Company, directora i presidenta del consell d’administració d’Aula de Lletres, ha proferit, en roda de premsa, algunes calúmnies greus sobre la meva persona i sobre la dels companys que havien treballat en el seu establiment. Les prenc com una nova provocació i, com a tal, no la contestaria, si no fos que deixar-ho així podria tenir l’efecte d’admetre la mentida i, per tant, de perjudicar-me a mi i als altres trenta professionals al.ludits.

»Diu que vam deixar Aula de Lletres perquè érem reticents a l’obertura de l’escola a la llengua castellana.

»Diu també que en vam marxar per formar una “aula d’humanitats” (sic) a l’Ateneu Barcelonès.

»L’única realitat és que a Aula de Lletres hi realitzàvem tants cursos en castellà com ens eren sol.licitats pels alumnes o com preferia de fer-los cada professor. D’això, n’és testimoni irrefutable la tasca d’una bona part dels companys foragitats: el novel.lista Javier García Sánchez (tècniques de novel.la), Silvia Querini (tècniques editorials i tècniques de novel.la), Concha Rodríguez (llengua castellana), Teresa Martín (literatura espanyola i hispanoamericana), Andrea Fuentes (filosofia), Pau Pérez (llengua castellana), Andrés Nadal (mites), i alguns altres.

»No vam deixar Aula de Lletres per formar una “aula d’humanitats”, com diu Mercè Company, sinó perquè la pressió psicològica, el mal tracte i l’incompliment econòmic que ella sostenia se’ns van fer insuportables.

»Dos mesos després d’aquest incident, l’Ateneu Barcelonès va fundar l’actual Escola d’Escriptura i Humanitats i ens va cridar a alguns de nosaltres per tirar-la endavant. N’hem obert les aules el tercer trimestre, i tot i que és el pitjor moment del curs acadèmic, se’ns han matriculat 102 (cent-dos) alumnes, en un total d’onze cursos. Comptem amb grans professors, com els que ja he esmentat i d’altres com ara Jaume Cabré, Isidre Grau, Pep Albanell, Joan Josep Isern, Isidor Cònsul, Dolors Bramon, Andreu Ayats, Teresa Duran, Francesc Parcerisas, Lluïsa Julià, Sebastià Alzamora, Laura López, Ramon Barnils, i la llista seria massa llarga si la completés.

»Aquests són els nostres actius ara. Aquesta és la realitat. Sembla que la senyora Mercè Company ha triat de viure del mal que fa. Nosaltres només volem viure de la feina ben feta i honesta.»

Joan Rendé i Masdéu, Mercè Company, vol viure del mal que fa?

He visto que la señora Mercè [Mercedes] Company, directora y presidenta del consejo de administración de Aula de Lletres, ha proferido, en rueda de prensa, algunas calumnias graves sobre mi persona y la de los compañeros que trabajaron en su establecimiento. Las tomo como una nueva provocación y, como tal, no la contestaría, si no fuera que dejarlo así podría tener el efecto de admitir la mentira y, por lo tanto, de perjudicarme a mí y a los otros treinta profesionales aludidos.

Dice que dejamos Aula de Lletres porque éramos reticentes a la apertura de la escuela a la lengua castellana.

Dice también que nos marchamos para formar un «aula de humanidades» (sic) en el Ateneo Barcelonés.

La única realidad es que en Aula de Lletres realizábamos tantos cursos en castellano como nos eran solicitados por los alumnos o como prefería hacerlos cada profesor. De ello es testimonio irrefutable la labor de una buena parte de los compañeros expulsados: el novelista Javier García Sánchez (técnicas novelísticas), Silvia Querini (técnicas editoriales y novelísticas), Concha Rodríguez (lengua castellana), Teresa Martín (literatura española e hispanoamericana), Andrea Fuentes (filosofía), Pau Pérez (lengua castellana), Andrés Nadal (mitos) y algunos otros.

No dejamos Aula de Lletres para formar un «aula de humanidades», como dice Mercè Company, sino porque la presión psicológica, el maltrato y el incumplimiento económico que ella sostenía se nos hicieron insoportables.

Dos meses después de este incidente, el Ateneo Barcelonés fundó la actual Escuela de Escritura y Humanidades y nos convocó a algunos de nosotros para llevarla adelante. Hemos abierto las aulas el tercer trimestre; aun cuando es el peor momento del curso académico, se han matriculado 102 (ciento dos) alumnos, en un total de once cursos. Contamos con grandes profesores, como los que ya he mencionado y otros como ahora Jaume Cabré, Isidre Grau, Pep Albanell, Joan Josep Isern, Isidor Cònsul, Dolors Bramon, Andreu Ayats, Teresa Duran, Francesc Parcerisas, Lluïsa Julià, Sebastià Alzamora, Laura López, Ramon Barnils, y la lista sería muy larga si la completara.

Éstos son nuestros activos ahora. Ésta es la realidad. Parece que la señora Mercè Company ha intentado vivir del mal que hace. Nosotros solamente queremos vivir del trabajo honesto y bien hecho.

Mercè Company, ¿quiere vivir del mal que hace?

Publicado en el diario barcelonés Avui (‘Hoy’) el 30 de mayo de 1998.

RENDÉ, RENDIDO

He seguido las evoluciones de la guerra de taifas entre la señora Companys y sus bereberes con un interés intermitente. Mientras el contencioso ardía en un egoísmo empresarial y era un asunto interno del califato de Córdoba, al lector le daba igual. Era una lucha civil en la que había involucrados derechos, sueldos, empleados, pero él no. Era una lucha civil, histórica y de la ciudad de Barcelona, como la que había desmembrado Al-Andalus, pero, a la postre, privada, imposible de percibir por lo ajena. Podía interesar a un sindicato, pero era poco interesante para un lector de periódicos. La idea misma hecha sensible lucha civil entre partes parecía ajena a un periódico. La vida continúa, y no la iba a mejorar una venganza de comunidad de vecinos. O una guerra prestada.

De pronto, una breve nota, que reaccionaba a una «provocación» (otra, según parece, de una retahíla en fila o serie de punta a punta), y una palabra tuvieron la propiedad de llevar la técnica de réplica y contrarréplica que los profesores separados de sus cátedras comparten con los abogados y los políticos al terreno de la evocación simbólica y de adecuar la acritud privada de sus reproches a la benevolencia pública de la interpretación. De la nota de Joan Rendé i Masdéu (Avui, sábado 30 de mayo) podían extraerse las siguientes conclusiones:

a) Por primera vez, las víctimas, que doblaban en número a los verdugos, no se decidían a abandonar la abstracción de víctimas.
b
) Por primera vez, el verdugo era una mujer.
c
) Esta mujer, directora de un centro que debía enseñar a escribir, se suponía, estaba hecha de la materia relativamente desconocida de la que está hecha la literatura.

Todo era muy misterioso. Treinta personas fueron sometidas a «presión psicológica» por la señora Company hasta que la presión se hizo «insoportable». Así lo cuenta Rendé, con la lengua, digo, no con los dedos, porque si lo contara con los dedos vería que para presionar a treinta personas lo menos que habría necesitado la señora Company era presión submarina.

La señora Company ha maltratado, y aún maltrata. ¿Alguno de los profesores que se marcharon estuvo casado con la señora Company para justificar que lo maltratase? ¿Se confiesa algún vínculo, pasional, parental, puerperal, que dé al desganado lector de periódicos alguna pista al respecto? ¿A quién y cómo maltrató? ¿Con la fusta de Elizabeth Taylor en Reflejos en un ojo dorado?, ¿con la porra de Kathleen Turner en La pasión de China Blue? ¿Los trató como a caballo que se azuza, perro al que se da palmadas, calderilla que se tira, portero que se soborna? Presten atención al punto b: en una época en que las mujeres son apaleadas en silencio, violadas, agredidas con un martillo, un hombre se queja, pegado a la pared, hecho un ovillo. Las feministas deberían inclinarse para oír mejor.

El embrollo del punto c. Y la resurrección sistemática del altercado que ya es una «categoría de lo existente» entre antigua patrona y empleados y que ya debería haber muerto en los periódicos, la suscita una mujer, una sola, la «presidenta del consejo administrativo», como Rendé dice que es, pero transmitida como él parece creer que no es. Bueno, yo nunca he conocido a una mujer así, y, si hemos de creerle a Rendé, esta mujer que los puede a todos nace en el punto de intersección de una proyección cruzada.

Rendé no dice que lo ha devorado, pero es una lamia griega.

No dice que lo ha poseído, pero es el súcubo cristiano.

No dice que lo ha desdeñado, pero es el «tigre» del petrarquismo.

Hasta puede cambiar de sexo y aspecto en el Louvre e imaginárnosla semejante a la promesa de Napoleón en Arcole, como lo pintó Gros, buscando en los indicios que sobrecogen el mito de la juventud.

Tan sólo por corresponder al esquematismo con que Rendé intenta que sea funcional, luchando sola «contra todas las banderas», merecerían los que la atacan cargar con el «incumplimiento económico» que se les hizo «insoportable».

El difícil equilibrio entre las acusaciones que se le formulan y el itinerario de potencia casi infernal que se adivina bajo esas líneas, de lo que Joan Rendé llega a convencernos sin estar convencido, se rompe por una sola palabra. Suele suceder entre escritores. Una palabra, indignada en la realidad, que se apodera de improviso de los titulares.

Mal.

Esa mujer practica el mal; el autor va aún más lejos: sin pasar por la mediación de los que puedan contestarle por que conozcan a la mujer que hace el mal que él dice que hace, pregunta, ¿a quién?, ¿se pregunta?, si «quiere vivir del mal que hace». ¿Admite el presente la vida moral? ¿No se ha sufrido una extirpación quirúrgica? Un amoralismo que ha visto llorar a Dios, que ha oído quejarse al Diablo, que imita modelos de portarse bien, que ha abolido o confundido el bien con una paz convencional, la paz que pasta, ¿puede pecar, acostumbrado a comprarlo todo y con un alma de tan baja calidad que no la puede vender? ¿Puede pecar? ¿Querer es poder? «Si careces de imaginación, no peques. Lo echarás a perder.» Y sin la memoria moral del pecado, ¿se puede tener la pretensión de «vivir del mal que se hace»? Todo es muy misterioso.

No creí que un diario estuviera para efusiones personales y duelos con pistola. Fue una generación la que hacía eso, la prosa atormentada, egocéntrica, rabiosa, de Larra en el umbral del suicidio, con Bilbao cercado por las tropas carlistas. Una noción arqueológica del periodismo. Me siento forzado a reconocer que, escupitajo de anarquía en el menú de un solo plato, inauguraciones, juicios, descarrilamientos, Copa del Rey y apagón de un famoso, me hacía recordar, estaba asistiendo a las disputas que barrían las editoriales hace un siglo, la del joven Marx con los Bauer, Nietzsche contra David Strauss… Escribo con dificultad y algo más de la mitad de mis pensamientos me besan y se despiden cuando los voy a escribir; pero estoy por ir corriendo a verla a esta mujer, no para que me enseñe a escribir, sino para que me explique por qué cuando escriben sobre ella sale un documento cifrado que es la obra de quienes se han enfermado de tanto maldecirla por lo que es y tal vez soñarla en lo que no es. Para que me diga qué se hace para enfermarse uno de literatura como ellos.

5 y 6 de junio de 1998

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