INFORME SOBRE LA CRISIS DE LOS VALORES. Año 2000

En el programa de televisión El tercer grado, el presentador le preguntaba vez pasada a Gustavo Pérez Puig, famoso, aunque no familiar, pues su fama dejaba ver arrugas y bolsas como su rostro, por haber dirigido en 1973 una versión de Doce hombres sin piedad que hizo época, si «contra la censura vivíamos mejor».

Parece indudable, por lo coincidente, que la censura servía para algo, por lo menos para quienes nacieron cuando imperaba y aprendieron a pensar y, sobre todo, expresarse, haciendo uso de los vericuetos para burlarla. Hoy, a la distancia, sabemos que el laberinto fue plenamente conocido por los que sufrían la censura, aparte del Minotauro, que vivía allí. La idea de la expresión hábilmente alusiva y la crítica casi abstracta era la experiencia de espiar por la ventana que recogía de un acervo común Pérez Puig, para lo cual la censura no puede ser más que un estímulo. El director no se sentía cómodo reconociéndolo. Fijada a priori su miserable vigilancia psicohistórica, presupone un transigir, un pastelear, que retuerce y descubre para qué otra cosa sirve.

Porque muy bien se veía que la censura fue un tablado, ya sea para las actuaciones de Goebbels, la economía de guerra y los planes quinquenales de Stalin, en la época en que no se dudó en encerrar por tiempo indefinido a Angela Davis y los hermanos Soledad, durante el peronismo o el franquismo. Se utilizó para que la propiedad que se ha asignado a las cosas de «satisfacer las necesidades humanas o proporcionar bienestar y deleite», para que la cualidad «que las hace objeto de precio», siguieran correspondiendo a ciertos valores y no hubiera otra forma de concebirlas más que como cualidad y propiedad de esos valores que custodia siempre un régimen.

A la luz de esta solución técnicamente remozada de la censura, que cambia cuando va a morir, nace para estar velada, habría valores que resaltan en la perspectiva de un derecho moral mínimo y de los que habría sacado tajada el Poder histórico, y otros que entrarían en reacción con los anteriores, resultado del complicado juego de los factores psicosociales que se aceleran con el agravamiento de las condiciones de vida en la sociedad del bienestar. La tan mentada «crisis de los valores» se desenvolvería como una pretendida explicación sincrónica de desajustes y de retraso que el industrialismo no habría podido solucionar. Examinemos esos valores por separado.

Hay valores, en cuanto a que la cualidad que se les atribuye despierta el precio que hay en la cosa, que han existido siempre o que son eviternos, esto es, que habiendo tenido principio, no se ve que tengan fin. Pertenecen a la especie humana, y mucho antes de una intuición sensible de organización en colectividades de agricultores y partidas de cazadores nómadas.

El beneficio, por ejemplo.

La devoción derivaría en la función lógica del beneficio, cuando Caín compite con Abel por el mejor lugar en la curiosidad de Dios.

Otro sería la acumulación de riqueza. La célebre venta de la primogenitura. Precedente remoto de adueñarse de la plusvalía: Jacob se aprovecha de que Esaú vuelve agotado del campo (Génesis 25, 29) y no discurre.

El tercero podría ser el éxito inescrupuloso, el éxito a cualquier precio, desde Tigelino, que cría caballos de carreras y se va situando para llamar la atención de Nerón, convirtiéndose en su compañero de libertinaje y abandonándolo en una virada de bordo con lúcida traición, hasta Sandra Zafra, la última chica Playboy, a quien invitan al programa La vuelta al mando (Antena 3 TV, viernes 11 de febrero) y confiesa que le gustaría que le dieran un papelito en el cine.

El principio de autoridad es, sin duda, el cuarto, aunque podría ser el primero. Vivimos sabiendo lo que la Iglesia hizo, se acepta que el papa es infalible porque el dogma no tiene importancia ni molesta a nadie, la inteligencia se muestra neutral; la Iglesia pide perdón cada tanto (autos de fe, juicios de Confíteor en los que la verdad salió a relucir y fue obligada a retroceder, pasividad oficial para evitar salpicaduras del holocausto judío…) y, bueno va el óleo, la gente encuentra en la Iglesia y en el papa excusas para ceder la soberanía moral. Se fomenta la condición misma para que sea eterno el determinismo de que la libertad no exista, escudándose más o menos en esto: «Tengo que creer que ellos deben saber hacerlo». En efecto, con el miedo a la libertad desaparece toda posibilidad de conceder un valor al caos. Aunque no está escrito en ninguna parte que la autoridad deba existir como fait accompli, que haya que honrarla por otras razones que por sentimiento de inferioridad o temor al castigo, el desprestigio del caos lo excluye y lo desvía a una zona en donde ni siquiera es proyecto. Una amiga mía, la Hamadríade, declara a propósito de este despilfarro: «La gente no cree posible que el Caos pueda gobernar el mundo».

Los valores de poder activo, sin embargo, estarían enmascarados tras la ‘crisis’ bautizada de este modo. Voy a procurar establecer lo que el concepto significaría: la reacomodación de valores que se han desplazado por contragolpe de aquéllos. Creo necesaria una advertencia, que si bien mi razonamiento se inclina, por formación, aprendizaje y quizá también por vicio, a la comparación, a fin de obtener la máxima ganancia, me esforzaré por resguardar los postulados de la corrosión maniquea que amenaza el sistema nervioso de las comparaciones. Tomada esta precaución, vayamos a ello.

Una concepción poética de la existencia quedó traspuesta con el naturalismo y en el siglo XX se dio por acabada. Surgió en el centro de la ascensión política de la burguesía, aunque en la periferia los modos de comportamiento eran otros: la burguesía criolla independentista era menos filistea que sus pares europeos. Hay quejas, juicios, síntomas, en definitiva, en la blenorrea antiburguesa de decadentistas y simbolistas, y, enredo curioso, en el que pasa por exportar un ideario burgués, el realismo, y por serlo él. En Flaubert. Este fenómeno, estacionario durante la Edad Media bajo forma religiosa, de la cual la poética sería una adscripción profana, nos ayudará a comprender otro fenómeno, puesto que la concepción poética va asociada confusamente al destino.

Se nos podrá decir que mientras haya personas, habrá poetas, y que mientras haya poetas, habrá un sentido poético de la existencia. La inercia permitiría demostrar que el sentido poético de la existencia se las habría arreglado para existir, a pesar de todo, pero sin salir del plano de la noción, ahogado en la mente al nacer.

La concepción poética ya no está al servicio de la vida, pero, al ser una hipótesis superada, conserva peligrosamente un valor residual, una toxina, que se utiliza como detritus pedagógico. Los profesores enseñan de qué estaba hecha, para lo cual tienen que matarla primero, abrirla en canal. El pretexto de la enseñanza les brinda una ocasión de encumbramiento personal, ya que están más o menos solos ante sus alumnos y el pacto de aquiescencia legitima que sean expertos en vivisección. Para matar lo que enseñan, que en cierta forma es enseñar a matar, los profesores han debido sacrificar —en el caso de los más conscientes— o simplemente dejar ir la esperanza de amor al saber, un papel que les puso en el alma la sociedad y que los habría devorado de no haberse desprendido del alma. Encuentran un suplicio que alguien les recuerde la influencia de algunos casos señeros, que elijo con mala fe, cuidadosamente, para ellos. Ya no quieren ser:

—jefes de generación,

—mentores (a sabiendas o no),

—charlatanes que salvan las flores de sus lecciones por el fetichismo de alumnos devotos; no quieren que sus clases se hagan famosas como la cátedra de historia de Schiller en Jena. Bergson. Saussure…

El maestro, en el cual habría de inspirarse el discípulo para llegar a ser algún día maestro él también, sufre un desdén formal que lo desnaturaliza. La institución docente lo quiere así. En nombre de una mentalidad acromática, apolítica, de una democracia de pocas páginas, favoreciendo que los alumnos puedan ser más libres para elegir, se les prohíbe a los profesores que adoctrinen. Aquí y allá, el concepto de ‘herencia’ es rasgado. El profesor es un instructor que recomienda leer a Suetonio como «uno más», pero se abstiene de hacer la apasionada defensa de por qué lo leía Flaubert, un heredero. La fuente no es sólo información, el carbón de una experiencia consumida, sino el orgullo de cumplir con los mayores, un deber de civilización, un gesto de cortesía de nosotros, que no sabemos lo que decimos, hacia lo que no dice lo que sabe.

En relación con la concepción poética de la existencia que era, según lo dicho, el porvenir que aguardaba al potencial de una forma religiosa, ciertos espacios sacralizados que no estaban incluidos en el paquete del traspaso de poderes no resistieron el tránsito y también entraron en «crisis». La reacomodación del concepto de ‘divinidad’ en las sociedades industriales avanzadas obligó a prescindir de Dios, pero conservando la base material, el nombre, con el comienzo y los vínculos con nosotros difícilmente explicables de siempre, de los que se eliminaban la angustia y la tentación de solicitar un milagro por el procedimiento cercano al cobro revertido. La fe ha sido sometida al grado de deformación aconsejable que hace posible tener el nombre de Dios en la cabeza y saber del modo más profundo que lo tomarán a uno por loco si dice que lo ha visto.

El conflicto práctico, en términos históricos, es que al marchar Dios al exilio arrastró consigo la idea de ‘espacio sagrado’ que mantenía abierto un paréntesis imaginativo en el que estaban englobadas —sin estar encerradas— la sensación y la memoria. (Hablo de ésta en su verdadera ontología de atalaya de la conciencia, de escenario de gestas, y no como legajo de un yo que revisa y se compadece.)

Desde un punto de vista existencialista sartreano, está bien que haya sucedido así, que una iglesia sea «tumba de Dios», como dio entrada Francis Picabia en la cultura al preguntar, socarrón, para qué servía; que la montaña no sea un axis mundi y que estemos en el lugar donde algo inminente va a ocurrir, como cuenta Ruskin que sintió en los bancos de calizas de la cordillera del Jura; que un cuadro no sea una puerta; que Penuel, donde Jacob luchó «cara a cara» con Dios, se tenga que leer en un poema y no se pueda desandar en el Montjuïc o dragar en el Besós; que una metáfora sea solamente una metáfora, y una mujer, un elemento que se incorpora al mundo laboral. La Tierra es lo único que tenemos, es nuestra casa y Dios no nos la alquila.

El problema es que somos puercos cicatrizados que añoramos lo que no podemos ensuciar.

Desde un punto de vista baudeleriano, de que la naturaleza es el ancla que nos sujeta a un pasado de arborícolas, de cuadrúpedos e incluso de trilobites, de que la naturaleza es lo peor que tenemos, corriendo sangre de este punto de vista, también estará bien que suceda así.

Ajustaremos las cuentas con la naturaleza.

Destruiremos la Tierra y colonizaremos otros planetas, que, a su tiempo, también destruiremos.

Si éste pretende ser un informe de los valores de uso y en desuso, tiene que señalar el que no se consideró necesario reacomodar y que el dinamismo de esta sociedad ha condenado. Me refiero a la memoria, que si no está perdida ya, habremos llegado al último acto.

La lentitud caracteriza el funcionamiento de la memoria, merced a una naturaleza de fichero. Si reparamos en cómo se describía en el siglo pasado y cómo se ha dejado de describir en éste, cómo era factible organizar las descripciones, por ejemplo, en dos maestros del realismo, en Balzac y en Flaubert, en espirales que van acumulando y archivando el mundo, con repeticiones del método que dejan la acción colgada para otro momento —caso de La educación sentimental—, comprobaremos una vez más que el arte, incluyendo al artista que lapida desde su torre de marfil, está en sintonía con lo que la época entiende, reclama y desprecia. La acción servía para establecer el punto de reunión de todos los niveles de realidad que debían ser descritos, no era nada más que una coartada moral de la que aquellos maestros se valían para entregarse a lo que el lector moderno, y con él la crítica, considerarían unánimemente como «morosidad», un defecto goloso de la lentitud. A la inversa, había en el siglo XIX una voluntad de ir enterándose de las cosas poco a poco; la morosidad creaba expectativa, y el público pedía más.

La demanda, en un siglo en el que, paradójicamente, la vida era más corta y tal vez por eso había que matar el tiempo sin justificarlo con razones superiores, fue prorrogada por el ciclo novelístico de Proust. Después de este esfuerzo de estuario que se hincha con todas las comparaciones, la causa primera y los fines últimos, ultima ratio memoriæ en Occidente, hemos vivido en la imposibilidad de recordar y de saber. El lector de hoy se irrita si encuentra un coágulo descriptivo que interrumpe el flujo y, sin vacilar, se lo salta, continuando con la lectura donde huela acción y vea diálogo. No deja de ser una maravilla de desfachatez informativa que Soledad Puértolas confesara en una entrevista que, disgustándole la descripción, y aclarando, además, que «no se le daba bien», le venía como pintada una época que ya no la pedía.

Insisto, el ciclo novelístico de Proust no habría sido editado si el hecho de la laboriosa, y hoy temeraria, operación comercial hubiere dependido de la sequía novelesca o de apostar al prestigio. La memoria que Proust tuvo ocasión de poner en práctica, sirviéndose de ella, no tanto para retroceder, como para extender el presente, confrontándola con la de los lectores, ha pagado un precio exorbitante a un tortuoso régimen de olvido. El olvido de la traducción simbólica del mundo por la intercesión de la morosidad, el olvido de la conciencia histórica, de la conciencia del ciudadano por obstrucción del votante «indirecto», no es el resultado de un proceso biológico; está cargado de empirismo y de intención.

Es la conclusión inaugurada por el vértigo.

Conclusión, porque todo termina y vuelve a empezar con la actualidad. La actualidad no tiene un lugar propio; implica que lo que sucede hoy es una reproducción de lo que sucedió ayer y que se reanudará mañana, llevándolo a un máximo de interés sin angustia: el hambre y la miseria en el mundo, los nietos que le van naciendo al rey, un avión que se cae con un aire de opereta, una guerra barroca, es decir, que no termina nunca de cubrir las paredes… En eso se diferencia del presente, que el presente tiene su propio lugar. Está entre el pasado que puede despertar y el futuro que parece no existir, pero sólo está en desorden. Es más: cuando la memoria abarcaba el conjunto de esos significados posibles que habían fluctuado en el presente y que podían ser recordados, por el presente se llegaba a creer en el pasado.

La substitución del presente como una pieza del puzzle del pasado por el círculo vicioso de la actualidad no arroja dudas sobre cuánto podrá resistir el recuerdo, circunscrito a una especie de mónada fuera de la memoria cancelada, derrotado y limitado a las dos o tres generaciones de resistentes alfabetizados antes de la era informática, o sea, antes de los años ochenta. Como si hubiere descubierto un secreto, el de nuestra manipulación, mi mujer lo sintetiza con una imagen: el presente, que podía ser muy feo, era un pañuelo de tela que dábamos a lavar al pasado, mientras que la actualidad siempre es un Kleenex.

Las tensiones que resultan del agravamiento de las condiciones reproductivas del capitalismo, y que exigen la divinización de los valores que expuse (beneficio, éxito a cualquier precio, etc.), que son traficados como «objetivos» de la gente, producen individualismo sincronizado con el miedo al paro, placer trabado al consumo, necesidades automáticas, insatisfacción. Herbert Marcuse analizaba el dilema falso, inyectado, en un artículo ya lejano publicado en la revista parisiense Diogène, en su número 64:

«Si estas tendencias siguen afirmándose, la contradicción cada vez más flagrante entre un inmenso potencial social de riqueza y el despilfarro o la destrucción de esta riqueza, entre un potencial de libertad y las realidades de la opresión, entre la posibilidad de abolir la enajenación del trabajador y la necesidad capitalista de mantener esta enajenación, podría conducir muy bien a una desintegración funcional progresiva de la sociedad, a un aflojamiento de las fibras morales que aseguran el cumplimiento normal de las tareas cotidianas y a la sumisión a los modos de comportamiento requeridos en el trabajo y en el tiempo libre». (1)

Tal vez estemos lejos todavía de los puntos iniciales de la profecía, pero no cabe duda que el último punto, el de la sumisión a los modos de comportamiento en el tiempo libre, no sólo lo vemos cumplirse los fines de semana, sino que va camino de revestir la forma congénita de la insatisfacción. Las generaciones más jóvenes incurren en la perversión del conocido verso de Teresa de Jesús: «Vivo sin vivir en mí»; toman su desquite de la «necesidad capitalista de mantener la enajenación», de lunes a jueves viven en un estado vegetativo y el viernes resucitan, embruteciéndose en un mapa mudo de discotecas, alcohol y anfetaminas, al que un atisbo de satisfacción ha permitido captar con la expresión «salir de fiesta».

¿Se puede esperar algo de estos jóvenes? ¿Estamos ante una «desintegración funcional progresiva»? Si digo que sí, podría estar hablando como un padre que teme por sus hijos. Lo cierto es que los adultos, como bueyes en sus coches, con sus portafolios y sus cigarrillos, trocados en bestias de presa que se dirigen, urgidas, al ligustro de fin de semana, y los jóvenes, que también trabajan como bueyes y buscan en la luz estroboscópica fulminante, en la música-máquina que no cesa de aturdir y de crecer, en la sobredosis que amplía la fatiga, en la carretera y el peligro, la ocasión perdida de ser más libres, aspiran a vivir, contrarrestan lo que tenemos que afrontar como una ausencia de la vida, recurriendo a una escala de transacciones, a la cosificación de las relaciones interpersonales, a través del desenfreno bombeando rítmicamente como un trabajo más.

No es un hecho muy reciente. Lukács ya lo había establecido como concepto complementario al de ‘alienación’, pero, de hecho, el traslado de la cosificación de la mercancía a la de las relaciones humanas (Verdinglichung), la corrección que la economía imprime a la vida, se lleva a cabo en un lapso de tiempo que el húngaro no pudo, naturalmente, prever y cuando se emprende la integración de los contrarios en la España antiunamuniana afiliada al «club de tiburones», según el feliz dictamen del profesor Gustavo Bueno referido al Mercado Común.

Certeza prepotente de nuevos valores
e incertidumbre de unos viejos

Tras el momento de compromiso en que ciertos valores son reacomodados, coexistiendo con los anteriores, al amparo de otros que se respetan debido a que se los ha vulgarizado con la premisa de que son indispensables para mantener el principio de autoridad y de cohesión; pasado, como decía, el momento de compromiso indulgente, ¿se producirá la irrupción de los nuevos valores y, en consecuencia, el desahucio liso y llano de los viejos?

Para confirmarlo o rectificarlo, debemos hacer caso de unas cuantas señales.

En la manera de concebir la realidad, en los modos de acceso a la realidad, el conocimiento, entendido como avidez de un ser vivo, como excitación erógena, sigue una línea genealógica con los mismos efectos visibles de una alergia siguiendo la línea de un nervio. La pintura «conoció a…» y «tenía equis años cuando engendró a…», en la reseña comprimida de la Biblia, la escritura pictográfica y la fotografía. La primera se desconchó y enflaqueció en las arañitas de las letras; el pensamiento fue mediatizado, se hizo más económico y, cuando el trayecto terminó en la imprenta, se pudo almacenar y difundir.

La fotografía es la madre del cine. La pintura es la bisabuela de la televisión, aunque ésta no lo sepa. El cine ya no tiene razón de ser después de la aparición de la informática, su nieta.

Mi hijo está perdido. Se lo llevó la informática.

El cine que ve es el que le aconsejan las campañas publicitarias por televisión: un bloque macizo compuesto de nueve tomas y un cast subliminal.

No aprecia la fotografía, salvo por el diseño.

La pintura que ha visto duerme en los museos a los que ha sido arrastrado por sus padres, comprando o sometiendo su inapetencia.

Frente al monitor, no necesita leer lo que pone, pulsa el «ratón» mientras nosotros aún estamos leyendo. Es evidente que ni siquiera media ese intervalo, ese periquete en el que se libra un duelo minúsculo con la irresolución para interpretar lo que aparece en pantalla y pasar de una instrucción a otra. A su madre y a mí se nos atasca el bocado de la escritura. A él le ha bastado una sola ojeada. Es una configuración gráfica, y poco más, el bocado.

El desplazamiento de los valores comienza, pues, con el desplazamiento de la escritura. No digo que nuestro hijo no sepa escribir, pero ha perdido el hábito de las semejanzas. Su racionalismo defensivo aplasta el papel de bombilla que tenía el símbolo, al cual la escritura servía de verdadero filamento. El papel primordial del símbolo, que era el de mediador, ha sido «recortado», como le he oído decir a mi mujer, por una pasividad atónita como tal vez nunca conociera el mundo y que ha traído la televisión. Así se da la paradoja de que nuestro hijo sabe escribir y no puede trascender, puede comprender y no sabe descifrar. Este símbolo, en fin, recortado acabará legándonos una de las visiones más conmovedoras: el conocimiento «indirecto» crucificado en el sistema de instrucciones de un ordenador. Es el triunfo del signo, por una parte, y del nihilismo del conocimiento «directo», por otra.

Observo a nuestro hijo y a los compañeros de nuestro hijo y noto las afinidades, de qué manera la educación circula en un solo sentido y sumerge al observador con la legalidad que increpa a aceptar el paralelismo «¡No hay nada que hacer!» y «¡No es asunto tuyo!». Los deberes que les ponen constituyen un mal menor, del que hay que desembarazarse lo más rápidamente posible y olvidarlo. Recuerdo que los obstáculos representaban un reto. Nos estimulaban sin dejar de inquietarnos. Pesaban sobre nuestra humanidad. Una vez que un tema se ha sabido, que un problema está resuelto, aquello se pierde de vista.

Y aquí llegamos al punto crucial. Esta generación se pregunta:

¿PARA QUÉ SIRVE?

Para qué sirve contradecir al profesor. Él es más vanidoso y tiene el poder del suspenso. Puede tenerte en galeras un año más en el mismo curso.

Para qué sirve argumentar con el policía. Él es más ramplón y tiene el poder de la multa.

Para qué sirve saber lo que nadie sabe. Si es en la escuela y no lo sabe el profesor, te bajará la nota por competir con él; si no lo saben tus compañeros, se burlarán de ti, escarneciéndote por empollón. Si es la sociedad la que no lo sabe, te tacharán de pedante y se te hará el vacío.

Para qué sirve presentar un trabajo esmerado. El celo entorpece el proceso productivo. Encapricharse de la calidad es muchas veces contraproducente.

¿De dónde proviene este desdén? No éramos mejores de lo que son ellos hoy. De haber sido así, mi generación no se habría hecho la pregunta y, sin embargo, se la hizo. Hay, con todo, una diferencia que muestra el deseo de soltar lastre. Nosotros no llevábamos al plano práctico la pregunta, en tanto que mi hijo sí. Su vida parte con el hecho de dejar la pregunta atrás.

Con poca razón se dijo: “El saber no ocupa lugar”. La novedad está ahora en que lo ocupa, y el horizonte que yo dibujo es justamente lo opuesto a la cómoda inmaterialidad del saber. El saber no tiene más que una forma de soportar su miseria en la educación actual y es la de admitir que tiene un volumen, que es pesado, y que le espera el desalojo. Algunas personas tendrán que horrorizarse para comprender que el esfuerzo y la afición a adquirirlo irán equiparándose a la vocación indiscernible del arqueólogo. En este descrédito de la cosa apolillada, y en la figura del intelectual como cadáver absorto, se apoya para saltar y generalizarse la revolución del axioma.

La responsabilidad de este desmantelamiento social, con la consiguiente reacomodación, corresponde a una maniobra ímproba, en la que concurren muchas tentativas de diverso signo estratégico, para suponer siquiera que la educación fuera capaz de realizarla ella sola, aun sabiendo que los niños están destinados a la educación y que los padres no pueden hacer nada para protegerlos.

Detrás de la maniobra está el Poder histórico, un Gerión del que la educación sería uno de los troncos, pero no una de las cabezas.

El tronco de la educación proporciona las menudencias de disciplina (poder mantenerse enhiesto), a fin de que la sociedad se trague

a) el tópico de la novedad, y que de él se siga un efecto, distracción, la mayoría de las veces.

b) Uniformidad reductora de la información por propio alud de la novedad. Recortada a la medida desde el Poder para mantener a la población anestesiada.

c) Educados para leer en los periódicos y ver en los telediarios las mismas noticias que han sido masticadas y distribuidas (2), nos dan el antídoto para que la información se destruya a sí misma en nuestro interior, es decir, se diluya en actualidad, evitando de ese modo que se vuelva acción.

d) «Control de las excepciones.» (Nota de mi mujer.) Se consigue con la institucionalización oblicua —«dejo que actúes y te mortifico de vez en cuando para justificarme»— de organismos solidarios (teléfono de la esperanza, voluntariado, campañas benéficas “también hay bulas para difuntos”, salvemos al lince ibérico…). Se separa al individuo de los orígenes revolucionarios de estas causas colectivas y se le hace predicar una solidaridad que se recorre con una distorsión de camino de apóstol o de artista.

e) El tópico de una violencia consubstancial al género humano, necesaria para que el negocio de la guerra continúe floreciente cuando la guerra haya terminado, dado que pronto habrá otra. La educación sirve al Poder histórico para ajustar la esquizofrenia, no sólo verbal, sino incluso visual, de los mandatarios posando para las «fotos de familia», sonriendo amistosamente, encubriendo con lagunas de la sonrisa la guerra que se planea en público y la paz para uso privado.

Para los que éramos jóvenes en la década prodigiosa, en los años en que reacomodar los valores habría supuesto insultarlos, en que lo que había era unos valores contra otros, no quedan, al parecer, más que tres vías.

La elección de los que saltaron como los plomos de una casa. Sus privaciones, sus sufrimientos, fueron utilizados por las organizaciones a las que interesaba su peligrosidad y apenas sus sentimientos. Su muerte los engrandece a mis ojos; universalmente no están justificados, y tal vez hallaron una razón suprema para lo que hacían en la calidad de los instantes que preceden a la muerte.

La de los que son enemigos mortales de sus sueños juveniles. Éstos se han ido a pique, al fondo de la vida de otro. Son otras personas, toleran que en vida no verán cambiar nada y con un cansancio de buen pronóstico llevan a la huerta una última esperanza.

«…yo no veo sino la nivelación del hombre europeo, un espectáculo que cansa el espíritu… Nada hallo que se engrandezca: todo se reduce, se empequeñece, se torna inofensivo, mediocre, indiferente, prudente […]. No lo dudemos: el hombre se hace “mejor”…» (3)

El Poder hace promesas —con otra de las cabezas de Gerión— y la educación también disciplina para creerlas: invertir los ahorros de un pasado tronado en participar. He aquí una manifestación de salud. ¿No se dice acaso que el capital no tiene fronteras?

La que no parece una elección porque, si bien ex nihilo nihil, en nada debieron convertirse, pues cometieron el mayor de los pecados que un hombre puede cometer, superior incluso al de Borges de no ser feliz, como es el de sobrevivir a su época. Por eso les queda a esos plesiosaurios, por si se les ocurre sumergirse, la certidumbre apodíctica, que usa el demonio del consuelo para cubrir su rostro, untada en los versos de una canción de Fito Páez:

En tiempos en que nadie escucha a nadie,
en tiempos donde todos contra todos,
en tiempos egoístas y mezquinos,
en tiempos donde siempre estamos solos,
habrá que declararse incompetente
en todas las materias del mercado.

 

12 – 20 de febrero de 2000

Notas

(1) «Reexamen del concepto de revolución», reproducido en Marcuse ante sus críticos, col. 70, núm. 77, Barcelona, Grijalbo, 1975, pág. 37.

(2) No hay que olvidar que los titulares de los diarios matutinos «se avanzan» en la última emisión del telediario de la noche anterior.

(3) Friedrich Nietzsche, La génesis de la moral, col. Nueva Biblioteca Filosófica, núm. 50, Buenos Aires, Tor, s. f., pág. 35.

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