A LA RECHERCHE DE LA MERDE PERDUE

Toda forma de vida libera energía en los procesos de su metabolismo y la energía va a parar a algún lado, en donde nos dijeron que no se pierde. La forma de vida, en tanto, puesto que se mantiene con vida, mediante la locomoción se aleja del lugar y no se ocupa más de ella. La energía no se pierde, pues, sino que se transforma: la química en eléctrica en las pilas, la térmica en mecánica en las máquinas de vapor y los judíos en Luft en los campos de concentración.

En la última etapa de las reacciones químicas o de los procesos fotosintéticos, cuando todo lo que había para transformar ha sido transformado y la posición en la que se encuentran los residuos de esa transformación es estrictamente la de último término, la posibilidad de cambio sufre un vuelco. Surge entonces un tentador problema filosófico. Si la transformación no altera la cantidad total de la caca, considerada aisladamente como fenómeno y residuo, y la caca, en su disolución, no puede ser sumergida en un campo de fuerzas para seguir siendo transformada, ¿la transformación se detiene en un punto?, ¿la caca tiene existencia en sí misma, en un estado agonístico de disolución?, la energía, finalmente, ¿se pierde?

El tema es vidrioso. La existencia de la caca, pese a que ya no puede transformarse, parece estar refrendada por dos categorías aristotélicas básicas: substantia (zurullo) y qualitas (diarrea con extensión en el espacio, opuesta a forma y espíritu, según Descartes). Acaso se esté procediendo injustamente, desde un punto de vista metodológico, dando un trato equitativo a todas las cacas, englobándolas en la caridad de la noción de ‘porción rolliza de materia blanda’. De hecho, se incurre en un error de apreciación. No es lo mismo el aluvión diarreico cuyos perfiles han de ser indagados en relación con la obscuridad formal y el ahondamiento de la taza del inodoro que el excremento que plácidamente humea en un camino solitario. Tampoco hay que descartar el zurullo rocoso o zurullo-monolito al que nos hemos referido, vulgarmente conocido como «truño mojón» —no confundir con mojo picón—, en el que forzoso es reconocer cierto carácter de divo.

En Teoría del lenguaje, Karl Bühler ilustra la actitud del creador, que representaría una instancia superior en la masa indistinta de acciones verbales de la colectividad, pues sólo mediando la creación se construye un «producto lingüístico». Una vez creado el producto, el estilograma, llevaría una vida independiente y esquiva con respecto a esas acciones verbales de la colectividad, «con frecuencia sólo harapos». Las acciones verbales se desplegarían, según Bühler, en el campo semántico del término praxis, en tanto que los productos, como «construcciones», lo harían en el campo del término póiesis. Los dos términos guardarían más o menos correspondencia con potencia y acto en la nomenclatura aristotélica. El sentido de ‘construcción’ importa al autor para resaltar el marbete de obra del hombre desligada del individuo, y así menciona, junto a la Novena Sinfonía, el puente de Brooklyn, «significativos por rasgos únicos de cualidad peculiar». Los estilogramas son, pues, productos lingüísticos notables. Cada escritor tiene los suyos propios. Biruté Ciplijauskaité realizó un minucioso inventario de los de García Lorca: el enorme desarrollo de la contienda generacional entre el gitano outlaw y la Guardia Civil, la guarnición del caballo, el mundo del toro, las dos ciudades gemelas del estoque Sevilla y Córdoba, olivos y, naturalmente, aceite, el color verde. Si, como hemos visto, hay una tendencia, de la que habrá que pedir explicaciones a la homogeneidad y estabilidad dentro del intestino, a los planos musculares del periné o al recto recalentado, de las heces a la jerarquía, aplicando la teoría de Bühler podemos ver cómo en la naturaleza, como contexto, no todos los animales cagan al mismo tiempo, ni lo mismo, esforzándose cada uno, conforme a sus prendas intelectuales, en evacuar una consulta con «rasgos únicos de cualidad peculiar». En los animales puede aprenderse obediencia a la disciplina académica de la deposición, por la cual el animal paga tributo a su especie, en el sentido de ‘construcción’ preconizado por Bühler, y se enfrenta como creador al dilema de la rebeldía, dejando un queso en el camino.

Cada zulla, en su ambiente de reposo, deberá ser estudiada a la nueva luz de la conducta de un individuo que paga a la especie con un «producto notable». La bosta de los caballos (o bosta «de constelación» del centauro), el sirle de la oveja, la cagarruta de liebres y conejos, boñiga de la vaca, la palomina de palomas y estorninos, el éxcrex del mosquito, la cresa mantecosa de la mosca —trabajo exhaustivo el deslindar la nube de substanciosos huevecillos—, el guano de las aves marinas y el estiércol que conserva las líneas del segmento terminal del ano, no quieren perderse sin que los miremos, en el intento de demostrar su personalidad.

En la disolución no se aprecian otros signos de movimiento, pero sí el recuerdo de una existencia anterior, que en los excrementos es vestigio. No son, pues ha decaído su función predicativa, no participan en la realidad más que como disolución-último término; sin embargo, siguen siendo, con el sentimiento del ser que existe en el juicio, siguen siendo excrementos en cuanto son, como tuvo a bien descubrirlo Parménides, por el camino del ente, que es por donde los vamos viendo.

Podemos imaginar que están en la Fábula de Polifemo y Galatea, en la dedicatoria al conde de Niebla, y que Góngora omitió para no cometer una descortesía de pincel con los deberes venatorios de su protector y por aquello del «nítido mundo ideal», que es el otro flanco del Barroco. Imaginemos una gran panorámica de la caza en un paisaje a lo Constable, con el resonar del cuerno y la ferocidad de los perros atraillados:

tascando haga el freno de oro cano
del caballo andaluz la ociosa espuma

El hipérbaton precipita las palabras bisílabas, tanto graves como agudas (en este último caso con los acentos de 4.ª y 8.ª). El sentido, enmarañado por el hipérbaton, permite conjeturar que la impaciencia retenida se resuelve en el movimiento ejecutivo del vientre, que obliga al apretón, y hasta el mismo hipérbaton, con su retortijón, previene que los animales no aguanten más y aprueba que se caguen. La variante, aunque la vaca, por lo que diré, sería una contribución marciana a una escena de caza con caballos y lebreles, quedaría en lo que sigue:

Cagando esté el rumiante en el camino
del boñigo mendaz soñadora voluta.

La sociedad industrial tiene la función superlativa de reciclar la vida muerta. El caudal de agua que mueven las mareas llamó la atención por lo que pudiere ser aprovechado de esa ilimitada potencia hidráulica, de ese seno que se agita, de lo suelto, en suma, de la disolución. Lo que está disuelto o disgregado puede volver a prensarse, lo que facilita el agua una vez que se enjuga. En la Antigüedad no tiraban la caca. Hoy se presume, por los análisis del carbono 14, que las murallas de Jericó no cayeron por una topetada acústica de las trompetas (Josué 6), cuando llegaron de extranjis los israelitas, en torno al bronce final. Parece que se trató de algún tipo de explosivo rompedor, conocimiento que coincidió con la cerámica neolítica B, adherido como carga de demolición bajo los glacis por medio de una masilla menos profesional que la moderna y de una presuntiva untuosidad que hacía mayor la novedad, vamos, que era casi caca. Un ingenio parecido había dado resultado ante las puertas de Orléans, cuando Juana de Arco liberó la plaza, sitiada a conciencia por los ingleses. En ese mayo primaveral, los rubios malhechores fueron sorprendidos por una lluvia de escíbalos, bolas fecales de diámetro regular, acondicionadas como perdigones. Al pretender repetir el éxito en Compiègne, obtuvo un fiasco; las bolas, que no estaban suficientemente endurecidas, se licuaron en el artificio de pólvora empleado en la ocasión y conocido como «toro de fuego». La Doncella, el brial sobre la coraza, el cutis amasado en azucenas por el martirologio cristiano, que se dice, se paseaba entre sus hombres, colorados de vergüenza, exhortándolos a la deposición de las mañanas, munición que esperaban los pedreros, que debía ser a un tiempo generosa y «de ira negra».

Todo eso ha pasado. El reloj contó ya las horas del feudalismo estreñido. De la disolución brotará otra forma de vida, poderosa y eterna, un enigma que en la disolución dormía con pujanza, en estado latente. ¿Será otra cosa? Alien, el cagarro pasajero.

en La Mitad del Cielo, pliego de cordel
de la tertulia literaria de Tamarit-Borrell
en el mercado de San Antonio,
Barcelona, año I, núm. 1, marzo-abril de 1990.

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