EL CUERPO PARTE, PERMANECE EL CORAZÓN <<Chrétien de Troyes

En el Fedro de Platón, el auriga de la razón guía el coche del alma. Tiran de él dos caballos. Uno, el ánimo, noble, responde a la muñeca del auriga. El otro, Apetito, más bien es un matungo, da un chasco horario en los entrenamientos, pero en el hipódromo corre como «tapado», pingo que queda a la zaga y adelanta después al mundo entero, en la jerga, y resulta favorito en todas las carreras. El filósofo no consideraba que el caballo pudiese tener virtudes propias, que le hacían pagar más tarde boletos en taquilla. El Estado justo que nos legó en La República tiene a la clase arborícola de los campesinos y a la clase insectívora de los comerciantes agrupadas por lo que representan en una sola, la clase del apetito, y apretadas bajo unos mandriles de apriete concéntrico, nos preguntamos si por una razón de Estado. Ese anhelo de Platón que se eleva en crespa tempestad de columna hacia un valor absoluto, que recorre sus diálogos, la idea de Bien y el preguntarse «si lo bello en sí», le alienta a querer ser capaz de penetrar arriba y allí no encuentra más que el Uno. No fue Dios. Tal vez se había mudado. Aquí abajo nos dejó nuestro apetito.

El Renacimiento, por medio del lírico terror paganizante, hizo más hermoso el Uno, en una performance trágica de ambas direcciones, cuidando cuidadosamente de que el Uno tuviese su papel, pero Dios sus atribuciones. ¡Cuán enamorado estaba el neoplatonismo (Gemisto Pletón, Marsilio Ficino, Pico della Mirandola) del infierno del dualismo entre espíritu y materia, que quería salvarlo por amor a la unidad, o perderse con él!

El amor, uno en minúscula, parece que también quiso subir, aupado a la trascendencia, y preguntar algo al Uno, perdiendo el conocimiento, tal vez por falta de oxígeno. En el camino o vuelo, que nadie lo vio, para llegar a ser y convertirse en interpretación, en cuerpo celeste, dejó de lado lo que le molestaba para ser puro: lo histórico, la justicia de los humores, aquellos deseos, «por lo demás necesarios para la vida», el final.

Pero platónico o lo que fuera, seguía siendo amor. Negado al acto, seguía siendo amor. Confinado en la imaginación con los otros dos, el amor griego y el amor propio, pensamos que debió de vérselas en figurillas. Uno nos lleva a amar a personas del mismo sexo. Otro nos lleva a amarlas si saben recordar que no deben herirnos y cómo halagarnos con inventiva y variedad.

Los tres, al parecer, se encontraron en el amor cortés, esa mesa de negociaciones a la que obligaban el precio de la ausencia del marido en las cruzadas, la crisis del sistema de fidelidad de las damas en el castillo y la disciplina laboral del amante que rondaba con la mandolina.

El género del alba es una importante muestra de cómo el amor propio y el amor griego se han avenido con el platónico y han debido adelgazarse para pasar por sitio estrecho, al sostenerse el platónico en su negativa al acto. La mujer pálida (o vis cler) espera al amante, que trepará por la escala, en un breve recorrido de raptor. Raptor de la honra del marido, que está luchando por la Cristiandad. La composición describe el enojo de los enamorados que han pasado la noche juntos, velando el amigo del galán, y deben separarse al ver precisamente la estrella del alba. Es posible que el amigo, que en el cerrado mundo señorial realiza la pesada faena de gaita o vigía el raqib árabe, tal vez un vasallo, esté enamorado del amante y se haya prestado amargamente a hacerle ese favor de vigilar porque es la única forma de estar con él. En una dramática cercanía, arde de celos, el viento le azota la cara (el amor griego). Al alba, la escala, blanca seguramente, vuelve a vibrar, y el amante escapa desgreñado y con mucho sigilo para no ser descubierto por los lausengiers, ‘maldicientes’, que le irán con el cuento al marido. Sabe que son los motejados de «lenga de colobra» por Arnaut Daniel en Doutz brais e critz, un estrato social y viperino; que desafiarlos es perderse, pero no quiere huir de esa manera (el amor propio). En el alba, el acto está implícito, el amor se consuma, pero la realización física enoja a los amantes, o se dilata tanto hasta hacernos dudar de si no está implícito porque no se ha producido, o si ha habido lo de la coyunda, lo han hecho volando.

En El Caballero de la Carreta, Ginebra y Lanzarote realizan el tormento, que queda como tal, como tormento, de nuestra imaginación que los deshonra, al retenerse su autor Chrétien de Troyes, que sella sus labios cuando viene lo mejor, y en nuestra imaginación que se maravilla cuando con Lanzarote nos acercamos a la ventana y nos quedamos de piedra, «sin hacer ruido, sin toser, sin estornudar, hasta que llega la reina, envuelta en la blancura de una camisa». Idealizada por la imaginación, «no lleva encima saya ni brial» (el amor platónico). El goce de este cuerpo se nos figura tan incompatible, las caricias tan imprudentes, que la realización física del amor constituye un acto de cobardía del autor ante el maquinal reclamo de la especie y es, en todo caso, un expediente.

Glosando a un amigo, Ramon Sort, el amor platónico sería, creo recordar que me dijo en la meseta de la escalera de casa, «la forma típica de amor en la adolescencia». Una forma privativa de esa edad del hombre, sumido en una nube espesa y seminal de pudor, timidez, sensualidad solitaria e infantil necesidad de ternura, «la leche de la ternura humana», que decía tan feo Victoria Ocampo. De ahí, sin duda, que el Eros adolescente de Praxíteles parezca estar en esa nube espesa que vuelve tan necios a los adolescentes. Todavía no es la divinidad del amor, la institución; no tiene prestigio y es pudoroso. Guardando silencio le vimos en el desarrollo del alba, la composición más picante del amor cortés. ¿Quién se atrevería? Habrá que esperar a ver el cielo cubierto por los Amores de Botticelli, sin amor propio, en impúdica bandada unfit for pigs, para que el amor platónico desaparezca, entreviéndose las pichas a través del taparrabo.

El amor platónico no termina. Al no ser histórico, no tiene final. Me ha dado una pista el amigo de la Sort y he vuelto a la memoria a ver si estabais. También hubo un bar, como en El puente de Waterloo; después de vernos por última vez, aceptasteis el proyecto de hundiros en la ciénaga de ser señora de su casa, nuestros caminos estaban trazados, mejor dicho, había un camino solo, el «sigue tu camino, forastero». Debí hoy me arrepiento una noche que mi nuca tenía, el zócalo más indefenso y vulnerable del hombre en el muslo de una de vosotras apoyado, subir en una erosión de amor hasta esa alta torre como en el poema Las joyas, de Baudelaire, serpiente que roza una piedra por arriba, y pasa.

No debí dejaros ir sin pellizcaros en el culo.

Lo mismo me ocurrió con una, con otra y con otra. «En el fondo, nada ha cambiado», me dice una. Si no supe cómo trataros, ¿por qué os recuerdo, bombons assortits? Si de la lectura de estas líneas y estos flatos y esta murria, alguien establece sus conclusiones, la mejor manera de trataros era olvidándoos. Y yo, sin embargo, no lo he hecho. Os he sido fiel todos estos años, sin nacer, sin abrirme a la realidad para abrir una brecha de agua y dejar que se anegara mi memoria. La culpa ha sido mía. Debí crecer, que es olvidar, apagar al eterno adolescente. En lugar de eso, el memorial de agravios de la literatura. «Era como que no sabías cómo tratarnos», me dice otra. Yo, que carezco «completamente del sentido de la oportunidad», os pediré en la literatura una oportunidad, allí donde no hay culpa, moderación ni remordimientos, ni jugáis con ventaja, ni me hacéis la puñeta, donde sólo sois hermosos fantasmas de las muchachas que fuisteis, para alcanzaros de una vez, ¡maldita sea!, y tocaros, apretaros, besaros y morderos, sujetaros, desmembraros, poseeros, uniros y amasaros en una como hostia, haceros polvo, para revolcarme como un cerdo en parte de él y lanzar al aire la otra parte.

en La Mitad del Cielo, pliego de cordel
de la tertulia literaria de Tamarit-Borrell
en el mercado de San Antonio,
Barcelona, año I, núm. 2, mayo de 1990.

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