apóstrofe a Julieta Lionetti

15-16 de junio de 1996

Julieta, de la A a la Zeta:

Tengo que escribirte porque no consigo verte.

Las veces que he llamado me he encontrado con estas tres sonrisas:

No has llegado todavía.

Llegaste, pero estás comunicando. VARIANTE: Apenas llegada, reunida.

Te has marchado ya.

Al principio, las veces eran esporádicas, al tuntún. Un jueves. Un martes. Luego me fatigué en el sistema, me dije le aconsejo a usted que no deje pasar semana sin llamar por lo menos una vez. Hubo una temporada, de esto hará uno o dos meses, en que me impuse la tarea, la acometí, como quien dice, la oreja pelada por el tubo o con la frente sobre el mármol, que esta prenda adquirida con gasto bizarro me la han de devolver en el cielo. Pero tarea le mando: no creo que haya sido mayor la vergüenza de mis instancias que el pedestal de tu desinterés.

He aquí de qué modo me rehúyes sin que yo acabe por encontrar el sentido de que te escapas: siempre que llamo nunca puedo preguntar por ti. La telefonista, bien por adiestramiento, bien por instinto, lo que haría de ella un ser nocturno e invalorable, me pasa con Gisela Casas. A esta chica que es el vivo retrato de tu fantasma le he pedido, le he replicado, he intentado darte a ti a través de ella con un bumerang, y a través de ella ha sido como tú me has demostrado que más valdría que me fuere a ganar la fama por ahí y después volviere, que lo que era estomagante llamada telefónica, sería entonces maravilloso conjuro.

La última vez que nos vimos en la editorial* dijiste que «antes» de viajar a la Argentina nos veríamos una vez más. No viene al caso compulsar las cronologías, la oficial de todos y la de tu promesa clarucha. Pero, memoria que uno tiene, criada negra, eso fue antes de las Navidades de 1995, lo que viene a sumar… ¡siete meses! Lo que dice Gisela es que no tenéis tiempo para tender la mano, sacarla por la celosía y ver si llueve; que siempre vais «de culo». Muchacha, a prisas tan duras habría que ablandarlas y un momento hay quien lo rae del mantel dañado de la sobremesa o del desayuno al mojar el donut. Me podrías llamar antes de entrar en la oficina. Para mayor comodidad, al despertarte. Me podrías llamar al llegar a tu casa. Después de cenar, fuere mucho. A la medianoche, con protestas de enmienda. Gisela dijo que llamó dos veces y no me encontró, pero tampoco dejó mensaje en el contestador para que yo pudiese llamar. Dos veces en siete meses está en saber cómo hago para establecer dónde estaba porque con esta regularidad aún tendría tiempo con Elcano de dar la vuelta al mundo, llegar, cambiarme y preguntar: «¿Algún mensaje para mí?».

Lo peor es que se aproximan las vacaciones. Y las vacaciones son para descansar, me recordó Gisela. Y descansar significa… Por el cielo, significa «yo a éste lo conocía pero si te he visto no me acuerdo hasta el otoño», ¡oh, vete, vete, te lo suplico, pesado más que pesado, pesado más que alado! Alado será el último día que trabajéis; si durante todo el año el trabajo os hacía invisibles, en verano las vacaciones os volverán del revés, caeréis al curso de los pensamientos. Si hasta el último día llamaba y era atendido por una voz liberada de rostro, cuando haya cesado la reciente actividad y los despachos estén vacíos y tristes llamaré y me atenderán los contestadores, voz que condena al rostro a no ser visto jamás. Cuando no podía veros, sabía que estabais en la editorial. Cuando lleguen las vacaciones, estaréis en otra parte y no sabré dónde estáis. O tal vez en todas partes, puesto que habréis desaparecido.

Ni una línea de esta insistencia estaría justificada si tú no me hubieres dado palabra de que me publicarías en mayo los cuentos, que sabes que es un compromiso que no se le puede alargar a un niño, porque el niño, con la poca moneda que trae encima, lo toma como un juramento de corsario. No sé qué te hizo precipitarte a dibujar una promesa así. Pensaré que me están tomando el pelo; al fin y al cabo, días gloriosos hubo a los que el polvo hizo justicia. ¿Te acuerdas de los tratados firmados a los indios en las películas? Gisela trata de curarme, convencerme, consolarme, ¡válgate Dios lo que sabe esta chica!, que no, que se me respeta, se me admira. «Ya te llamaremos.» Todas las veces que he llamado atestigua que te deja mensajes sobre el escritorio; tienes mis tres teléfonos, en los que te aguardo como la Pomona de estuco en el jardín de Baudelaire («Je n’ai pas oublié, voisine de la ville…»), y si dejas que pase el tiempo, siendo que le avisé a Gisela que tenía que volver a emigrar, y que te fueras acostumbrando a la idea de que a lo mejor era yo el que esta vez desaparece, en estado de mediana claridad es bastante razonable suponer que no te interesa verme, con la misma indecisión incómoda con que a los católicos no les gustaría ver a una sirena en el Jordán.

Yo no sé cómo sucederá, qué hacen los demás escritores para quedar contigo, si te hablan por radio, por Morse, por telepatía; si la editorial tiene helipuerto en el terrado… Pero algo tendremos que hacer… Preguntar por ahí, a ver si encontramos a alguien que nos arregle precio sobre un casalito de palomas mensajeras.

_____
* Muchnik Editores, que Mario, el del apellido, perdió y Difusora Internacional, la del sexto sentido que no le sirvió para salvarse de ser engullida, prestó, encomendó o vendió a plazos a Julieta Lionetti.

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