ESTARÁ LLOVIENDO EN RONCESVALLES

Al costado de la iglesia de la Bonanova sale Joan Baptista de La Salle, una calle sinuosa por la que hay que remontarse en persecución y que lleva al cementerio de Sant Gervasi. Según narraciones de cuando los pueblos eran viajeros aéreos como las nubes sobre la ciudad hundida, aquél era el camí vell. Su recuerdo perdura en la placa.

Toda aquella zona está en obras, indemnizando tal vez con su belleza, despóticamente, a la nadería y la urgencia idólatra de los Juegos Olímpicos, y las rezagadas lluvias de junio hacen que el lodo tarde en secarse. Por el camino del cementerio, que evoca el París de Huysmans y de la calle de Saules del Lapin Agile, ya se divisa el muro que parece flaquear por el peso de la enredadera y del que emergen religiosas para oír las campanillas. Enfrente, una composición de excavadoras y terraplenes produce una espiral de sueño, meseta castellana y subdesarrollo andaluz. Asoman sobre el muro, en escorzo, nalgudas cruces de piedra.

El dintel levanta una escalinata por la que se sube como en una boda, con ocho cipreses y criptas a los lados, y que remata un gran templo monóptero. Éste es el cementerio escondido, con islas de nichos míseros donde van fallando, con los tacones torcidos, personajes muertos hace una centuria, y grandes mausoleos obsoletos; recuerda algo a la tumba del Gran René, estos muertos también tienen por decorado el mar.

La diferencia, hay que apuntar, es de grado y de pobreza. Hay tumbas con flameros para la noche de Walpurgis, sepulcros con ojiva y con almenas e imbornales que desaguan en lóbregos pasillos. En los columbarios de siete pisos, claveles aberrantes y flores secas de lavanda, pulverizadas por el sol, peinan tristísima ceniza detrás de los escaparates. «Aquí yacen los restos mortales de… Rogad a Dios por él», pide justicia la pequeña lápida; pero no hay por quién, porque los caracteres se han ido al fondo y se han borrado. Las flores del mundo exterior que traen los deudos se introducen en unos floreros de loza con forma de cucurucho o envueltas en el mismo papel Reynolds, ajado por el viaje en autobús, quedan colgadas de las argollas para los nichos más altos: en las horas más ocultas del verano, la brisa chalada en los recovecos, las flores pelonas cosquillean la pared, «cric. cric».

Podría creerse que en cualquier parte prosigue la lucha, menos allí. La lucha por el éxito, la democracia de los allegados, la existencia del vecino, todo lo que estropea la vida tiene en el cementerio la falsa seguridad de las familias agrupadas, de la fe que les atañe y de la ilusión de que todavía queda algo en la superficie que les pertenece. A fin de que no se admita la posibilidad de una violación tanto de palabra como de límites, nunca he visto nadar en la abundancia como allí el comercial epitafio «Propiedad funeraria de…», subproducto del sentido recuerdo en la memoria de los familiares. Aquí y allá florece en la piedra la fuerza de voluntad de un titán de la fe, con una proporción color de rosa: «…bienhechor de la Iglesia y de los pobres». Da la impresión de que en este cementerio hubiera caído toda la cristiandad.

No hay un reposo que no se codee, por falta de espacio, con los que votaron la casualidad del socialismo o pusieron su esperanza en la 6/49. Sólo el del Gran René. No hay un reposo olvido, fantasía majestuosamente guardado por una cancela diminuta al borde de la pared vertical, verjilla sobre la que vienen a posarse, cuando cae el sol, los chillidos emplumados. En su tumba del islote del Grand-Bé, frente a Saint-Malo, Chateaubriand, el Gran René, no yace sino que está durmiendo; entre cielo y tierra, ora se pone boca arriba, ora se vuelve de costado como un pez, y más difícil aún mira por la verja con la mirada desdeñosa de los retratos «de conducta» que le hicieron Guérin y Girodet el sol pateado sobre el mar a botivoleo. No cree gran cosa. ¡Quién pudiere ser enterrado y tener su tumba en el peñón de Ifach! Allí en la altura, con un pie en el aire, sobre las aves que caen como mondaduras de frutas al cansado Mediterráneo, uno nunca está muerto, sino que duerme.

Requiescat in pace!, reza la fórmula, y empieza la segunda parte de la vida: el trabajo corporal de los gusanos. ¿Es la muerte un agujero aviejado por el tránsito, un espacio mítico en el que se precipita el general Quiroga con el tiro en el ojo, oliendo a horca de ajos, con los postillones degollados, los caballos desventrados y la galera envuelta en humo? Se escucha un fregar de eslabones, ya anochecido, un rechino, un estrépito. Quien crea que la muerte es lugar de paz, situación y motivo para quedarse inmóvil, no ha visto a esos muertos meter la pierna y disputarles espacio a los gusanos.

¡Fuera de aquí! ¡Dejad quieta nuestra muerte que nos la vamos a llevar!

El ángel agazapado en el túmulo de la familia Palay-Gaudier congrega a los que van a partir.

Muy lejos de Sant Gervasi, en el Pirineo navarro, una cripta prestigiosa, maquinaria alimentada con la electricidad del mito, aduce que allí fueron llevados Turpín, Oliveros y Roldán, los estandartes y las lanzas rotas. Al regreso de un viaje a la Península, la retaguardia del ejército de Carlomagno, entrampada en el desfiladero de Roncesvalles, resultó aniquilada. Murieron peleando como leones.

Los muertos de Sant Gervasi, cadáveres de barrio, muertos «de poco fundamento», quieren unirse a la retaguardia de Roldán y a través de los bosques, pegados en la telaraña de la lluvia, llegan por fin a la colina. La sombra del héroe se engancha en la piedra votiva, en los majaderos de hierro y en la espada. Por el desfiladero, ronco de brumas, donde por última vez sonó el olifante que atraviesa los siglos, «nadar sabe mi llama la agua fría», algo viene. En la lluviosa cumbre está la piedra, pararrayos de poesía. Con el viento súbito galopan las brumas. «Sácanos de esta muerte falsa», soplan los muertos, y suben la colina.

Fue en 778, igual que ahora.

en La Mitad del Cielo, pliego de cordel
de la tertulia literaria de Tamarit-Borrell
en el mercado de San Antonio,
Barcelona, año I, núm. 3, junio de 1990.

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