EL GALOPÍN DEL CALLEJÓN PARADISE

Sobre el ambicioso pastel de actores secundarios y extras idealistas que miran a la cámara con desesperación procurando que el asistente de dirección no los descubra y que el vecino los reconozca, su cara no tenía la más mínima oportunidad de ser la guinda. Pero cuando en 1975, la Twentieth Century-Fox le confió la pequeña responsabilidad de ser el gángster Frank Nitti en Capone, una película que debía rendir dividendos a la carrera de Ben Gazzara, amenazada por la bancarrota profesional, su expresión de labios con repulgo de empanadilla y mirada de apagada peligrosidad, lienzo de batista que dejaba transparentarse el desprecio y la sangre fría, impresionó a la audiencia, desplazando a una imagen de abuelo que sestea el trabajo del propio Gazzara como gángster. Nadie le hubiese creído entonces, en su papel de Rocky Balboa cuando le dice, con gangoso dejo neoyorquino, a Talia Shire “I’m shy” (‘Soy tímido’), a no ser que, habiendo oído mal, y por un ligero cambio de consonantes, shy hubiere sido trocado en el apodo que sus amigos le dan y la actitud que todas sus actuaciones posteriores tienen: Sly, ‘pícaro’.

El Stanley de The Lords of Flatbush, Rocky, John Rambo, distintos acentos vitales para una misma sílaba que Michael Sylvester Stallone —su nombre completo, según apareció en la revista Newsweek en 1977— pronunció por primera vez el 6 de julio de 1946 en Nueva York, en la barriada del West Side de Manhattan conocida con el gastronómico nombre de Hell’s Kitchen, la ‘Cocina del Infierno’, donde cada siete minutos alguien firma un atraco o la violación de una florista.

Frank, su padre, inmigrante siciliano, no sabe ganarse muy bien la vida con sus estudios de peluquería y es la madre, Jacqueline, cuyas raíces se hunden en el suelo de Francia en un belén genealógico, la que soporta el peso de la economía familiar trabajando como corista en un local típico en el que se juega con herraduras una variante del juego de los tejos.

Cuando el niño tiene alrededor de cinco años, la familia se muda a Silver Spring, en Maryland, arriesgándolo todo a una carta en la apertura, impulsada por la leona de la madre, de una cadena de salones de belleza con el nombre del padre en la razón social y el secreto fin de que se sienta necesario.

La infancia de Stallone, malográndose en estas coordenadas, fue, al parecer, desarraigada y solitaria, con las consabidas infamias y zumbas en el colegio a anotar en la cuenta del patito feo por su nombre —aplicado con arreglo a una costumbre siciliana y que le viene de su abuelo— y por un defecto de dicción y una leve parálisis facial, resultado de una manipulación médica durante el parto. Ambos handicaps harán mañana la mitad de su riqueza, al modelar un rostro impasible, casi invertebrado, que pocos espectadores pueden vanagloriarse de haber visto parpadear.

Se produce el divorcio de sus padres cuando tiene once años y, con su madre y su hermano menor Frank, se va a Filadelfia. Jacqueline pronto vuelve a casarse, esta vez con un fabricante de pizzas. Ocupada con la diversificación de sus negocios (un gimnasio y un balneario), tiene poco tiempo para ver que el hijo deriva en un auténtico récord de expulsiones de escuelas públicas: más de doce. No hay una justa correspondencia entre la nitroglicerina que lleva dentro y el desarrollo físico que ha alcanzado, y decide apurarlo por medio de un régimen estricto y levantando pesas, con lo cual su autoestima se expande tanto como sus bíceps: 43,18 cm. Su padre le había dicho una vez: «Chico, has nacido sin mucho cerebro; más te valdría preocuparte por ensanchar el tórax».

A los dieciséis años, se matricula en el Instituto Devereux, un establecimiento privado que posee un gabinete de psicoterapia para los alumnos con problemas de conducta. Es un rudo defensa, percusor de la máquina del equipo de fútbol, y descuella en cuanto deporte se le ocurre: esgrima, equitación, lanzamiento de disco. El instituto contempla sus primeras actuaciones en piezas estudiantiles.

Con la ayuda de su madre consigue una beca de dos años para ir a un colegio norteamericano en Leysin (Suiza). Mucho se ha hablado de su febril estancia europea de cachorro: atlético preparador físico de chicas, calvario por sacar un dinero extra, su lucha para iniciarse como actor profesional. Porque fue allí donde encarnó al Biff de La muerte de un viajante, de Arthur Miller, y descubrió el gozo de actuar, «volver del revés una tragedia en una sensación de comedia».

Al regresar a su país no permanece inactivo. Estudia arte dramático; viaja de Miami a Nueva York, hospedándose en un destartalado hotel al que llegan los aplausos y el sudor de Broadway; pone en escena obras de Horovitz, W. Somerset Maugham; chisporrotea formando sucesivas compañías; se convierte en productor y director. Paralelamente, es una cara familiar como voceador de la pizza congelada de su padrastro en las convenciones de corredores, limpia pescado en un mercado, barre la jaula de los leones en el zoo de Central Park.

Gana de manera fortuita su primer papel importante, el de Stanley en The Lords of Flatbush, una producción de bajo presupuesto distribuida por Columbia en 1974 y filmada en el wild Brooklyn con el fondo de las pandillas que reinaban en los años cincuenta en los colegios de segunda enseñanza, al estilo de Semilla de maldad.

En 1975 se casa con una chica a la que había conocido en los tiempos de supervivencia de las ilusiones, cuando ambos eran acomodadores: Sasha. Esta mujer sobrellevará con estoicismo las ocurrencias y el arrebatamiento de Stallone; luego de filmar La Cocina del Infierno en 1978, basada en su propia novela Paradise Alley, se trae a vivir con ellos a Lee Canalito, uno de sus hermanos en la película, boxeador aficionado en quien cree sondar «pasta de campeón», comprometiéndola en un solidario triángulo bisexual que, en su momento, levantó una ola de murmullos en la colonia de actores. Sasha le dio el único hijo que tiene, «astrológicamente planeado», Sage Moonblood, nacido en mayo de 1976 y cuyo nombre significa Sabia Luna de Sangre.

La diosa Fortuna haría un nudo a su vida al ayudarla Stallone poniendo punto final al guión de Rocky en julio de 1975. La idea para el guión —como todas las que están en la génesis de las historias de inspiración genuina, fruto del azar— le había asaltado unos meses antes, presenciando una de aquellas peleas que Muhammad Ali libraba por excentricidad, o generosidad, con adversarios que tenían en el ranking la condición de mendigos. Chuck Wepner, un obscuro aspirante de Nueva Jersey, había conseguido reducir un sueño irrealizable al tamaño y textura de un bizcocho y hacérselo tragar a los norteamericanos. Durante las quince vueltas, mantuvo a raya al campeón mundial de los pesos pesados y le bailó alrededor como los mastines hacen con los leones.

Con su mujer sentada a la máquina y él caminando en círculos, el guión fue dictado y acabado en tres días y medio. Tenían solamente 106 dólares en el banco, y Sasha estaba embarazada, pero Stallone rechazó ofertas de los productores que iban a pagarle 265.000 dólares por el guión a cambio de que fuera despidiéndose ya del pensamiento de ser el protagonista, en favor de ejemplares de la cuadra: Burt Reynolds, Ryan O’Neal, James Caan.

Irwin Winkler y Robert Chartoff, los avispados productores de United Artists, tomaron lo que otros dejaban y firmaron con Stallone un contrato por el cual le darían 75.000 dólares, cantidad muy por debajo de la que le habían ofrecido pagar si renunciaba a ser el protagonista, pero con una participación de 10% en los beneficios netos y, además, el derecho, no muy bien mirado, a verse después de haberse concebido.

Ambientada en una Filadelfia barriobajera que en nada recordaba la ciudad natal de la princesa Gracia de Mónaco y la del James Stewart de voz de tiple de The Philadelphians, cubrió la tierra de pósters con los grasos guantes rojos de boxeo Tufwear, creó de la nada un ejército de fans, tal vez las mismas que habían quedado huérfanas al morir Elvis Presley, obtuvo diez nominaciones al reñido Óscar de la Academia y Winkler dijo que estaba «en la tradición de los filmes clásicos de Frank Capra».

Su siguiente película F. I. S. T. (juego de palabras entre Federación Interestatal de Camioneros y ‘puño’) pasó sin pena ni gloria. Aunque la dirigía un hombre que había realizado algunas pequeñas joyas testimoniales, como era Norman Jewison, no parecía que su «sensualidad de cómic», tal como la había descrito Pauline Kael en The New Yorker, tuviera cabida en el mundo de los conflictos sindicales, y su estrellato se vio expuesto a un riesgo tan innecesario como irracional se reveló la intentona de innovar.

Pero llega Acorralado, dirigida por Ted Kotcheff, la historia epónima sobre el soldado que vuelve del Vietnam trayendo la enfermedad por la cual sufre las importunaciones de un sheriff de poca gramática (Brian Dennehy) y que hace que le aíslen como a los leprosos de la Edad Media: la derrota. Representativa una de las secuencias finales en que enumera a sus compañeros caídos —chicanos y sajones por el «sueño americano»— y llora algo ridículamente ante su coronel (Richard Crenna), la película preparará el terreno a la verdadera explosión de unánime identificación nacional: Rambo (Acorralado II).

En esa película ininteligible que subordina los hechos históricos a los deseos contrariados, dirigida por George Pan Cosmatos, miles de jóvenes cuyos hermanos mayores yacieron de bruces en el delta del Mekong, militares desoídos y hasta el mismo presidente, convencido de haber dado sin querer con el antídoto para los golpes de mano de las facciones árabes pro libias, verán lo que debió ocurrir de no haber ocurrido lo contrario y se pondrán de pie en la sala, delirantes de entusiasmo, cuando Rambo diga, con esa viril melancolía que sólo comunican la muerte de los camaradas y el cine:

—Queremos que este país nos ame como nosotros lo amamos.

El 8 de octubre de 1985, una fotografía, que no fue autorizada a caer en el pegote de la curiosidad pública hasta varios meses después, lo mostraba, con su sonrisa de siempre como diciendo «estoy donde hay gente importante», en una recepción oficial en la Casa Blanca junto a los Reagan, que por las dudas estaban abrazados.

en La Mitad del Cielo, pliego de cordel
de la tertulia literaria de Tamarit-Borrell
en el mercado de San Antonio,
Barcelona, año I, núm. 4, 1990.

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