LA LENGUA COMO REFUGIO ANTIAÉREO

Desde que Joan Maragall entonase en Els tres cants de la guerra una amonestación gallarda de dolor que procura hacerse oír y una elegía por anticipado a la débâcle de la guerra de Cuba, y en su serie de artículos del período 1893-1894 rumiara con la esquivez de amor del entenado que «el andalucismo es el que nos gobierna y España entera no es más que un Estado andaluz», el castellano pasó de ser un dialecto de las montañas de Cantabria «que tuvo fortuna» a personificar el envase en el que podían encontrarse concentradas las quimeras satisfechas de la España de la Restauración.

Pero lo que en el catalán, que le hablaba a una madre del natalicio, más que a una patria innata, que no acierta «en’questa llengua» en la que «pocs t’han parlat», era indignación y vibración emocionada del ser ante la pequeñez cultural y el semblante agotado, de debilidad sin fiebre, de la sociedad española, confianza, en fin, de quien se siente arrastrado por las partes «sanas» de lo mismo que combate, en otros, como los jeunes Turcs de la revista Joventut, significó repugnancia a mezclarse con lo que decae, que les hizo revolverse con un grito de rabiosa purificación: «També tendirém à expulsar tot allò que’ns fou importat dels Semitas de ultra Ebro: costums de moros fatalistas…».

Finalmente, hubo quienes, como Gabriel Alomar, quizá mirando con ojo clínico el hundimiento colonial, del que, al menos, podían afirmar que no habían sacado un sentimiento colectivo de impotencia, no se sintieron comprometidos en sus afectos nacionales, y su análisis de la solución al problema de la decadencia tomó la forma razonada de un vamos a liquidar cuentas y cobrar lo que nos deben.

Tenían a poco la inyección dada por la credulidad regeneracionista maragalliana, y aconsejaban, para la salvación de la enferma, el remedio más enérgico de la colonización de España, que los catalanes habrían de emprender, más que enmienda de rumbo expiación por la preponderancia del romance castellano desde la conquista de Toledo.

Tal preponderancia atrajo sobre la imagen del castellano la fácil identificación con una lengua que no sabe convivir con sus vecinos sin practicar el fanatismo y la descortesía, y al mismo tiempo con la falta de inspiración administrativa y la crueldad maquinal de los gobernantes que la hablaban, dejando en el camino hacia su fusión en la unidad política, territorial y luego transatlántica de España, con el cuerpo místico de la Patria formado con el tronco y las extremidades de Ultramar, un largo reguero de lenguas derrotadas y obligadas a morder el polvo, unas prestando vasallaje (las variedades o formas primitivas de lenguas regionales y las hablas arcaizantes de las demarcaciones geográficas con foco en los monasterios), otras aplastadas sin prestancia u oprimidas bajo la amenaza del reformatorio o el orfanato (las más orgánicas, que eran expresión de una cultura propia y la fuerza de gravitación que explica el movimiento de un pueblo sobre su órbita de épocas), entre las que se pueden contar, las primeras, sus compañeros de jornada, los romances laterales asturiano-leonés y navarro-aragonés.

Cataluña, que sirvió de blanco por su infortunada elección del aliado en la guerra de Sucesión, escarmentada la universidad de su capital con la creación punitiva de la de Cervera, no tuvo otra alternativa para sobrevivir que la de enterrar a otra, la que pudiere haber sido de no haber desarrollado de modo unilateral un nacionalismo neurálgico y reactivo que responde dolorosamente a los pinchazos. La casi folclórica incomprensión entre ese centro que se ha puesto al día en las modernas técnicas, incluso en la de considerar pequeños descuidos de la niñez lo que fueron desatinos de la edad adulta, y esta periferia desfacedora de agravios ha gozado de salud hasta el presente, y los intereses de ambas patrias en pugna, retratados sin corrupción temporal, recibieron y se dieron de morradas educadas y al volateo en un programa de televisión, donde el director del periódico El País representaba el aplomo de la lengua oficial un idioma castellano joven que ya no veía la necesidad de ser glorioso ni mosaico, un árbitro y el historiador Julià de Jodar hacía recordar, en un anacronismo inoportuno deseoso en todo momento de amotinarse, el «venjaren llurs agravis» de la Oda a la Pàtria de Bonaventura-Carles Aribau, el acre espíritu de invectiva de los revolucionarios constitucionales del Trienio como el Puigblanch de «la mal sucosa planta», refiriéndose a la dinastía que partía de los Capetos, o el más insonoro y sarcástico de Lo Gayter del Llobregat.

El castellanohablante da muestras de sentirse mal. El polilingüismo o mar que nos rodea derrubia la tierra firme en la que creía con presbicia estar asentado desde que la reina Isabel pidiese a Elio Antonio de Nebrija durante aquel otoño que pasó en Salamanca que pusiera en romance de la hora sus Introductiones latinæ. Si bien podría hacer como Richard Wilhelm, de quien Jung, en el discurso agregado a la segunda edición alemana de El secreto de la Flor de Oro, dice que «poseía en medida plena el raro charisma de la maternidad espiritual», también como el erudito especializado de Jung, criatura de «espíritu únicamente masculino para el que la fecundación es un proceso extraño y antinatural», teme lo que impuso a otras lenguas de la Península: adquirir la especialidad de dividir la mente y aprender que es cohabitar para no sucumbir, al haber visto aplazada su realización y escamoteada su herencia. En lugar de aprovechar la oportunidad que no concedió a otros, se repliega con resentimiento y convierte la lengua oficial en una casamata, reducto de su personalidad contra las bombas y de todo lo que sabe, de lo que no quiere desprenderse pues piensa que, al igual que la abeja al clavar el aguijón de su cultura y retirarlo, se desgarra y muere.

Los hispanoamericanos, que sin quererlo han recibido el relevo histórico de esa incomprensión elemental por la arrogancia y los prejuicios de que va lastrada, no reparan quizás en que sólo puede ser fructífero concebir los idiomas del mundo entero como una familia con recuerdos comunes e irrecuperables cuyos hijos se dispersaron, y que la opción, al decidir quedarse a vivir y morir en España, no es sólo la pusilánime que escépticamente definía Eduardo Goligorsky, un «remedo de asimilación mimética», sino la de la communio spiritus de la que Jung hablaba como de «esa muy íntima transfusión e interpenetración que prepara el nuevo nacimiento».

No vendría mal que el castellano, como lengua del Estado destacada en Cataluña, para que pudiere avanzar el proceso de crecimiento no traumático de la Normalització Lingüística, y en un gesto bizarro que hiciese olvidar el Decreto de Nueva Planta de 1716 por el que caducaron las instituciones y se extinguió el derecho a la existencia en la superficie de la lengua de los catalanes, se tomara como medida de profilaxis dos años de recreo, esto es, enmudeciere.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

Al volver en sí encontraría a su hermana gemela cómodamente instalada y a sus hablantes, que hasta ayer padecían de la paranoia del que adolece del defecto de tener la misma lengua para escribir que para hablar, nadando entre dos aguas por instinto, volviendo de un buceo profundo con la tranquilidad de haber comprobado que si dejaban de nadar como el tiburón no se iban al fondo y morían de ataxia.

en La Mitad del Cielo, pliego de cordel
de la tertulia literaria de Tamarit-Borrell
en el mercado de San Antonio,
Barcelona, año II, núm. 6, 1991.

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