PONIENTE SOL DE LA GLORIA EL ÚLTIMO DESTELLO

Si aquellos tres aventureros de cantimplora llamados Cecil Blount DeMille, Jesse Lasky y Samuel Goldwyn, que se apearon en Hollywood por entonces, unos andurriales de Los Angeles sólo porque el tren terminaba allí el trayecto, pusieron los cimientos de lo que luego sería la meca del cine, tal vez para no confesar, pasado el tiempo, que habían hecho el viaje en balde, Gloria Swanson fue la figuranta que iba al romper el alba a espiar desde la cerca a los obreros.

Nacida en Chicago en 1898 y fallecida en Nueva York el pasado lunes 4, tuvo una infancia difícil irrigada con la sangre de los mataderos públicos y se formó a toda velocidad, como otros casos de su época, a quienes la miseria en que vivían y la improvisación de los primeros realizadores obligaban a entrar precipitadamente en una industria en flor, en el Art Institute de su ciudad natal, sacando de provecho recursos interpretativos tan en flor como la industria, y que completaban su desarrollo merced al instinto del actor y, frecuentemente, al desequilibrio de su temperamento.

Estando el cine todavía en pañales, fue contratada en 1915 por la Essanay, que produjo las primeras películas cortas de Chaplin, hoy conocidas como los «filmes de la Essanay», hasta desaparecer en 1919, desplumada por las ideas brillantes de Mack Sennett, uno de los primeros emperadores de Hollywood. Los argumentos eran un verdadero remiendo sobre la marcha. Los actores debían armarse de valor, pues la gente ignoraba que estaban actuando. Gloria Swanson hacía de damita compungida, papel en el que tantas veces veríamos pestañear más tarde a Edna Purviance.

Pero aunque podría haberse encontrado a años luz del que sería su papel definitivo, fue el tropezarse con Cecil B. DeMille, en cierta forma su Pigmalión, lo que aceleró su viaje hacia el arquetipo que la aguardaba. En El admirable Crichton (1919), aparece ya combinando perversión y candor, caros a DeMille para realzar los elementos visuales del encuadre, en la novedad chocante del atuendo, que podría haber sido escogido por un niño, y en el aire fatal que se suma a la tradición de las divas y las boquillas largas como flautas.

Mantuvo una relación «al margen de la legalidad» con DeMille, similar a la que mantendrían Katharine Hepburn y Spencer Tracy; tanto una como otra demostraron mayor altruismo que sus amantes y una ofrenda sexual épica, sobre todo Gloria Swanson, que arrostró la condena de la sociedad de su tiempo: lo que para Katharine Hepburn significó conmiseración mojigata, para ella equivalió a un epitafio. En 1928, hizo la prostituta de La frágil voluntad, dirigida por Raoul Walsh, un papel inoportuno en que todos se solazaban en verla y en el que la acompañaba Lionel Barrymore. Ese mismo año realizó el montaje por su cuenta de La reina Kelly, habiéndoselas con Erich von Stroheim, su director, que resultaba siempre víctima de las vilezas de la censura, del productor y ahora de Gloria Swanson.

Como tantos y no tan pocos actores del cine mudo, no pudo sortear los peligros del sonoro. Tomó clases de declamación. Fue en vano; su estrella declinaba con el viejo estremecimiento y la antigua desesperación del que, sin haber renunciado a todas sus posibilidades, no consigue tampoco materializar ninguna.

En 1945, intentó comenzar otra carrera, esta vez en el teatro. La dignidad que pudo salvar del naufragio su otrora compañero de elenco Lionel Barrymore, reducido a una silla de ruedas y, no obstante, interpretando al terrateniente de Duelo al sol, a ella le fue negada y debió conformarse con dar calor a sus ruinas. Fue como tirarla de bruces sobre la Norma Desmond de El crepúsculo de los dioses, de Wilder, viva en los denuestos, vivamente expresados, de su autocaricatura.

Frente a figuras como Mae West, cara de inca y modales groseros, Jean Harlow, la reina maldita de las rubias platino, o Theda Bara, la sembradora de la dinastía de las vampiresas, igualada en la vida real con Mata Hari, la de Gloria Swanson / Norma Desmond se yergue delante del haz luminoso del proyector que ilumina los instantes de su adversa grandeza pasada, con la boca de labios delgados torcida en su inolvidable rictus luciferino, blandiendo una garra, la única arma, que acusa a toda la industria del cine por su filisteísmo y fusilada con el proyector, pareciere, ¡oh, símbolo!, por la espalda.

11 y 12 de mayo de 1983

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