—Y elegí doce entre los más valientes y partí, llevando un odre de piel de cabra lleno de un dulce y negro vino que me había regalado Marón […]. Cuando se bebía este vino rojo, se le mezclaba, para llenar una copa, veinte partes de agua, y aun así, su aroma perfumaba la crátera y era doloroso abstenerse de probarlo. <<Homero, “Odisea”, canto IX (Ulises llega a la tierra de los Cíclopes, «orgullosos y sin leyes»)

PARA: Nélida Quintero, Jimmy Twice
ASUNTO: adición a la charla núm. 6 de Messenger
FECHA: domingo 30 de noviembre de 2003

Me olvidé de decirte que hoy se cumple un aniversario: un año del sábado aquel que fuimos a Les Franqueses a ver a Maléfica ocho esporas exógenas de la literatura.

Como me corresponde a mí tener impulsos con la única condición de saber aguantar pudiendo prever lo que van a decirme («Si tu corazón fuera de acero, no lo venciera mi venero»), la llamé por teléfono y la chifladura se despeñó en murmullo miserable más o menos así:

Ah, hola.

Contrariedad al descolgar que se ve volar como un papel doblado, una pájara.

Soy la única llama votiva en tu memoria.

Risa débil.

Bueno…

¿Por qué la belleza te deja indiferente?

¡Ay, Jorge! No sé.

Unas postreras nonadas más que no diría un menor de edad para prolongar artificialmente eso que duró un minuto veintiséis, le dije «Hasta siempre» y me evacuó resueltamente: «Adiós».

¿Por qué la palabra puede dejar indiferente, si supura, o despertar un interés subalterno, de culto a las reliquias, si se compara con las que sirven para escribir un prospecto medicinal?

¿La belleza que lleva cilicio de palabras merece dejar indiferente?

¿Yo no sirvo más que para desaparecer por temblar de frío y de fiebre bajo el cilicio?

¿Y cómo seguir viviendo en un mundo en que esa belleza tiene un cuerpo y no existe, realiza un ademán y no se ve?

¿Apartado de los demás?

¿Me habré equivocado?

Cuando colgué y salí del locutorio, en la calle me iba diciendo: «Ya está bien. No sigas parado frente a puertas que no abren, tú mismo te las dibujas».

Se acabó, nena, pero ¡tantas cosas acabaron que parecían puertas y eran miniaturas que podría haber aprendido a pintar con los hermanos Limbourg, los del duque de Berry! Mi padre, nuestros sueños de grandeza y aventuras cuando éramos jóvenes, Marta García, los Rivarola, las musas proletarias a las que has de rezar con zapapico, ESTO CONSTANTE, el suicidio del primo Jimmy, mi matrimonio con una brecha por la que entra agua y estamos achicando…; y ahora esto.

PARA: el robot lírico Petrarquita
ASUNTO: Después de repetirnos, siempre queda algo
FECHA: miércoles 5 de febrero de 2003

Llegué a creer que los vecinos hicieron circular el rumor de que la biblioteca estaba por donde cada uno decía, porque apenas salir del metro en Santa Coloma de Gramenet el jueves 30 [de enero] empecé a preguntar y donde decían, parecía haber estado, pero resulta que llegaba yo y se iba un poco más lejos.

Toda búsqueda es burlada, por eso si no buscas y dejas que el tiempo pase, lo encuentras.

La biblioteca delataba la buena sociedad del lugar, con esa gente de pie que se agarra un codo para charlar. Fui hasta el campo de sillas y, sentada, me llama de pronto… rosa fría. ¿Qué hace ella en el desierto de Sonora, en la Polinesia, en donde una cara conocida ni siquiera es explicable por un recuerdo? ¿Cuál es la clave de que esté allí? ¿De qué están hechos esos pies cuando es imposible llegar?

También estaban Ángel Nuestro, que te habla con íntima satisfacción cuando se le habla por delante y no tiene que torcer el cefalotórax, y Muñeco Diabólico 2, mansito por ser hombre amancebado y menos peludo por tener que trabajar de cartero, ya no tiene aquel nido de cóndores que le conocimos.*

El recital-presentación del libro estuvo connotado de dignidad. Habló primero una especie de grabado antiguo, un muñeco del Museo de los Horrores, el funcionario del Ayuntamiento de Santa Coloma que tiene la costumbre de estar en estos sitios y engrandecer al poeta que lleva en ambulancia a la cultura local. Después habló Adolfo Castaños, que parece ser el jefe del León Felipe un grupo de poetas anarcobarbudos, de un dantonismo latente, una elocuencia áspera si llegara a irritarse. Por último le tocó al poeta**, que para eso estaba.

Recitó con rapidez la emoción, creo, no con la pastilla de jabón con que lee el Johnny, ni carraspeando puntilloso como el Pulpo, pero en eso falló. Tendría que haber leído más despacio; la avaricia, además, lo desorientó con leer más de la cuenta. Tal vez lo atemorizara que el público se sintiese saturado; con toda franqueza, hizo lo indicado para alcanzar el punto de saturación.

Enorme poema Imitación del silencio, el que le llevó dos años. Puro Pessoa.

Le di unas cuantas copias de los poemas de Maléfica***, al término de la presentación, y va y los pierde. En el restaurante El Churrasco, adonde fuimos un puñado y allí encontramos a una partida de apaches Ojo Caliente ya instalada y palmeándose para festejar o lo que fuere (lo que fuere: que me emborraché), los buscamos en una bolsa que tenía Fanny, la mujer, y una mochila, y no hubo caso. A mí me sentaron después al lado de una miniMaléfica; fue en una pausa entre los 239 chupitos de un patxaran que aguzaba el oído y mataba la vista, comiendo unas aceitunas aliñadas que sabían a misal, y me olvidé. Igual esos poemas no son «tesoro de los hombres buenos» y el Bogart no es el tipo de poeta «protector de quienes no lo son», como se dice en El Libro del Tao, XXV.

Rosa fría no se quiso quedar porque a la mañana siguiente tenía que levantarse a las seis o por ahí. Por más encantada que esté con las huellas dactilares que le has tomado de musa(geta), no olvida que la persona tiene una jerarquía, que hay que darle de comer y hay que cuidarla. Por ejemplo, si yo le meto la tarjeta codificada por la ranura al robot con las instrucciones peligrosas, dice que «el robot hace lo que yo quiero». Tú no le cantarías motu proprio, sino que sería yo que te pongo en funcionamiento como un aspersor automático que la rocía. Le dije que nos influíamos y substantivábamos. Que era tu padre y a la vez tú eras mi maestro. ¡¿Cómo podía decirle que había sentido el impulso de sobarle las tetas, inducido por tu poema, que nos mete el enemigo de la lujuria en casa?! Ella dijo que «espera el suyo». Se refería a ambos: culto propio y cantor que no sea de segunda mano, lavado y revendido en las tiendas de Humana. No sé quién será. Echar sobre las espaldas de Francisco que lo sea es no entender que la cosa no consiste realmente en esperar.

Hoy le mandé a Maléfica por correo certificado los poemas que le faltaban y que le leí por teléfono. Llamé a las 13.14 para avisarle, porque después el envío se lo queda el maldito cartero. Me salió el chuleador automático. ¡Qué voz, viejo! Grave sin ser ronca, temblorosa sin parecer implorante, embargada de una desgracia infinita y precintada para que no entren en ella gérmenes de melancolía. Como un avión que hace figuras con las alas, imagínala diciendo con esa voz: «Soy tuya; vámonos y te haré daño».

Cuando vengas de nuevo, NO TE OLVIDES DE TRAER LAS FOTOS DE ESTAMBUL. Aquí no me creen.

_____
* Compañeros los dos de la carrera. Estuvimos todos en aquel viaje de graduación a Estambul, hontanar de la leyenda, que relato en el cancionero de Maléfica.

** Bogart cara coche, compañero de la carrera asimismo y que avistó a Maléfica en Estambul casi al mismo tiempo que Petrarquita y yo.

*** Muñeco Diabólico y él la percibieron con el olfato. Diosa o Reina Caníbal la llamaban, ahora no me acuerdo bien.

Esta entrada fue publicada en Correspondencia. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s