Alejo Carpentier, “El reino de este mundo”

Modelo aparente de organización del texto

El relato es narrado en tercera persona, situado el narrador en una actitud omnipotente que es característica de una técnica narrativa común al siglo XIX y siguiendo, con algunos altibajos secuencia del Emparedado, por ejemplo, el diagrama mecanicista de desarrollo lineal concorde a un orden cronológico por todos sobrentendido.

La intriga está colocada como un tropiezo para una «acción grande y pública» o una actualidad sobrenatural, a la manera de los poemas narrativos épico-heroicos. En esto obedece, saludando familiarmente a su vecino el relato clásico, a una orientación unidireccional tironeada por un desenlace que, como en el poema dramático, exhibe idéntica conducta a la de la epítasis, desnudando una revelación prometida en los escarceos iniciales.

Como relato de época es un relato con incrustaciones de olvido, vuelto a contar; la atmósfera y el drama son exhortados a presentarse, a volver de la sepulta ceniza por medio de un vigoroso conjuro descriptivo.

El diálogo es catalítico, escasamente connotativo, salvo la declaración del harapiento presidiario de la Ciudadela La Ferrière (pág. 119), sobre la que volveremos más adelante. Pareciere, irónicamente, que los personajes abren la boca cuando el narrador se descuida. Carpentier no es el primero en cultivar esta singular mutilación de la facultad del habla en sus personajes; ciertas novelas de Walter Scott y una en especial de James Fenimore Cooper, escenificada en el Caribe, son inexorables con la parlería. Lo que pasa es que en los novelistas anglosajones lo que es síntoma de una dominante y excluyente manía de contar, en Carpentier lo es de un conocimiento cutáneo de la condición ultrajada del negro haitiano, cuyo universo, gutural y monosilábico, ha sido despojado de la mayor dignidad, la palabra.

Respecto a los personajes, el que abre y cierra el relato, cumpliendo con el requisito del despertar del héroe en los textos clásicos, es Ti Noel. ¿Qué nos hace saber de él el autor? Poco y nada. Hacia el final se sabe que tiene pies callosos: «Ti Noel subió sobre su mesa, castigando la marquetería con sus pies callosos» (pág. 144). Hay otra alusión a sus pies en la página 83: «Un negro, viejo pero firme aún sobre sus pies juanetudos y escamados».

No hay una descripción de Ti Noel que lo salve del estereotipo; Mackandal rutila a su lado. Ti Noel, como personaje, ofrece la impresión de haber sido coaccionado por Carpentier para servir de subprotagonista, es decir, de soporte y rampa de lanzamiento a Mackandal, principalmente, y a Bouckman, líderes de la insurrección contra el imperialismo europeo. «Aunque sus luces fueran pocas, Ti Noel había sido instruido en esas verdades por el profundo saber de Mackandal» (pág. 13). «Además, bueno era recordar a menudo al Manco, puesto que el Manco, alejado de estas tierras por tareas de importancia, regresaría a ellas el día menos pensado» (pág. 49).

Ti Noel pasa, con la misma aparente indolencia, de la gravitación de discipulado de Mackandal a la condición de guerrero de Bouckman: «Ti Noel, como los demás, juró que obedecería siempre a Bouckman» (pág. 53). Mackandal es el transmisor de la reserva de energía de los pueblos robados y vendidos; es el chamán, el Adamástor de Camoens; es Galgaco en Caledonia, Viriato en Lusitania, Camulógeno y Vercingétorix en Galia, Corribilo en Iberia; el mesías de una raza que nunca fue demasiado obra de caracteres diferenciales perpetuados por herencia cuanto anexo a la onomástica del Diablo.

Los mandingas.

Mackandal siempre está descrito como una vedette, con mañosas pinceladas expresionistas (pág. 15, parágrafos 5 al 13; 22, 4; 24, 21 al 26; 33, casi toda; 36, en donde se le acoplan rangos honoríficos impregnados de pensamiento mágico: «Restituido», «Acontecido»).

A Bouckman se lo describe en la página 51; en la página siguiente hay una admonición del jamaicano que tiene el valor de un legado para los revolucionarios por venir. Los retornelos que se entonan en los momentos de inauguración de un levantamiento popular traducen el dolor del sometido y hacen las veces de invocaciones iniciáticas a deidades del esoterismo tribal negroide.

Echando una mirada al índice, se delata la voluntad del autor de trazar un programa, perceptible a flor de agua, de desarrollo lineal.

Se divide en tres grandes fases de ocho y siete capítulos cada una y una unidad suplementaria de cuatro, en donde se plasma la verdad para la que Carpentier reserva un papel estelar. Las tres fases y la unidad suplementaria cubren, en líneas generales y con las distracciones mencionadas al principio, que corresponden al guloso chisporroteo vital de otros personajes, la vida entera de Ti Noel.

La primera fase comprende desde la entrada de Ti Noel a escena y sus tragicómicas reflexiones acerca de sus amos supernumerarios (Mezy, y sobre Mezy el rey, francés, inglés o español) hasta la captura y quema de Mackandal.

La segunda arranca de la muerte de la segunda esposa de Lenormand de Mezy que da lugar a su reemplazo por una cómica de la legua, mademoiselle Floridor, hasta la irrupción en escena de Paulina Bonaparte y con ella el régimen represivo de su hermano.

Tanto Floridor como Paulina están pintadas con trazos sugestivos cuanto insidiosos; impresionan más que persuaden. Son coquetas y pervertidas. Carpentier haya querido quizá restaurarlas con la huella del advenedizo.

Entre la primera y la segunda fase han transcurrido veinte años (pág. 47). En este trecho, la acción salta de uno a otro escenario, ora nos traslada al Cabo Francés, ora a la ciudad de Santiago de Cuba, vista a través de la lente del esoterismo tribal y encarnada en «Ogún Fai, mariscal de las tormentas» (pág. 67).

Pergeñando un escorzo de modelo estructural clásico, delinearíamos como agentes modificadores externos los siguientes regímenes políticos que ofician de bastidores a la acción: la primera fase está enmarcada por un régimen monárquico, Mezy lo era («el gobernador Blanchelande, monárquico como él» [pág. 55]); los reyes eran los guillotinados en las jornadas de justicia de abajo arriba de los sans-culottes («Monsieur Blanchelande andaba de un extremo a otro de su despacho adornado por un retrato de Luis XVI y de María Antonieta con el Delfín» [pp. 60 y 61]). Hay una declaración de un presidiario, a quien aludimos ya, de siniestro humor, que no deja lugar a dudas sobre la identidad de los reyes nombrados: «En un país de blancos, cuando muere un jefe se le corta la cabeza a su mujer» (pág. 119, episodio de la fuga de palacio de la reina María Luisa a la Ciudadela, luego del suicidio de Henri Christophe).

La segunda fase oscila entre la Asamblea Constituyente («Ya en mayo, la Asamblea Constituyente, integrada por una chusma liberaloide y enciclopedista» [pág. 55]), el Directorio (pág. 76) y la autocracia bonapartista, que, abuela del imperialismo actual, hace de payasos tiranuelos y levanta de la nada gobiernos nativos que solemnizan la caricatura (cap. II de la fase tercera titulado «Sans-Souci»). Este trasfondo político, en puridad, se extiende a lo largo de las fases segunda y tercera. Con la llegada de los agrimensores y el ejercicio de una profesión esquemáticamente burguesa, nos halla el análisis en plena unidad suplementaria (cap. III, pág. 137).

Hay un paréntesis marcado por la desordenada lucha que provoca la conquista del poder, en el que se esboza la regencia tumultuosa de Rochambeau y despunta la personalidad extravagante y sanguinaria de Christophe, el Calígula haitiano.

La tercera fase tiene como antecedentes, pues, estos episodios, y comienza con el regreso de Ti Noel. ¡Curioso!, Ti Noel se aleja y vuelve con un espejismo de alejamiento; siempre está cercano, latente por así decirlo. Pareciere que en sus desplazamientos hubiere términos de comparación con movimientos abisales que lo obligaran a descender para conseguir hacerse olvidar: «se sintió viejo de siglos incontables. Era un cuerpo de carne transcurrida» (pág. 143).

Como decíamos, parte esta tercera fase del retorno de Ti Noel de Santiago de Cuba, donde su amo lo perdiera en una partida de mus, cediéndoselo a un terrateniente (pág. 83), hasta el momento de celebrarse las imponentes exequias de Christophe, primer rey de Haití. Escribo «imponentes» por la sorda impresión de que mentira-verdad inscritas se desvanezcan, lo que provoca en el lector el asistir a la escena de Christophe hundiéndose lentamente en la argamasa, «hecho uno con la piedra que lo apresaba» (pág. 120).

Gastón Bachelard, citado en un ensayo de Louis Vax sobre literatura fantástica, nos habla de un «psiquismo que mineraliza». Ningún elemento de presión exterior influía o turbaba el ánimo del gobernador de la Ciudadela para que procediese a realizar semejante inhumación. La definitiva identidad con la piedra, en ese mausoleo que había devorado millares de obreros insignificantes y escanciado caudales de sudor y sangre, ilumina dos propósitos del autor:

a) El poner de manifiesto su personalísima concepción acerca de la muerte arrebujándose en el mineral, y el propio mineral, simultáneamente, ocupando, solapado y felino, los recintos abandonados por la vida: «su lento viaje en descenso, en la entraña misma de una humedad…» (ibid.).
b
) El contraste, presente en el cuarto de hora de todo déspota, entre el sacrificio colosal que demandara la Ciudadela y el fin menguado al que fue destinada.

Volviendo al análisis del índice, podemos observar que la estructura trifásica desemboca en la unidad suplementaria antedicha, que consta como dijimos de cuatro capítulos y que arranca de los días de exilio de la reina haitiana, no tan amargos como el exilio haría suponer, hasta el rapto de lucidez final de Ti Noel, quien, al igual que el Moisés bíblico, sube a una prominencia rocosa monte en el caso del hebreo; meseta, en el del haitiano para desaparecer (penúltima página).

Segundo campo del análisis

La esclavitud es la estación que surcan todos los niveles rectores del texto.

Situándonos dentro de su radio, vemos a Ti Noel como esclavo adolescente inaugurar el relato. Las tradiciones tribales poseen y otorgan su fuerza milenaria debido a que hablan por boca de esclavos y pueden ser utilizadas en la guerra libertaria por quienes las oyen con oídos de esclavos.

Ti Noel da cima a su vida con un sentimiento de desazón. La Monarquía, el Imperio y la República han representado para él un mismo manojo de humillaciones y cadenas. Diversas escalas de gradación dentro de la misma substancia de esclavitud nos muestran a Solimán convertido poco menos que en gargajo nominal, primero como masajista de Paulina Bonaparte, bajo cuya férula es objeto del trato degradante con que los poderosos reinventaban la humanidad de sus fámulas y eunucos y garantizaban que lo siguieran siendo, luego, peluquero de la reina María Luisa; a la misma Floridor, elevada bruscamente de rango y compelida por motivos del folclore de la clase dominante a torturar a sus sirvientes: «la cómica se vengaba de su fracaso artístico haciendo azotar por cualquier motivo a las negras que la bañaban y peinaban» (pág. 47).

Mackandal y Bouckman también son esclavos. Están agazapados en la historia para comportarse como catalizadores, como enzimas de las sublevaciones populares que alternan en el texto con los picos de violencia represiva. Hay en la violencia libertaria, rezumante de excesos que hielan la sangre en las venas (pp. 53, 57, 59), vicisitudes que se siguen a partir del punto mismo de su ritual irremediable y que vaticinan la perduración a ultranza de las pobladas, y, en ese sentido, El reino de este mundo es el testimonio de esa empecinada perduración.

Cuando Carpentier habla de Mackandal o de Bouckman, líderes populares, siempre emplea la imagen verbal que, al distribuirse, avente la imagen visual preferente y adulona. El aristócrata, el burgués, el parásito cualquiera sea su extracción social, está retratado con «cabeza de ternero» como Mezy o «ajada y mordida por el paludismo» como Floridor, o «enflaquecida, ojerosa» como Paulina Bonaparte, o «chato» como el rey Christophe, o son «seres con oficio de insectos» como los agrimensores.

Desde el punto de abordaje a la manera como Carpentier va puntuando el desplazamiento espacial, notamos su prosa como un tabique de bazar, sumando las imágenes significativas que enhebran el orbe pensado para que no haya memoria, recordado sin escape, sin individuos, del esclavo haitiano. El negro que muere con los intestinos reventados por una carga de pólvora, el mandinga que cuesta menos que el perro que le da caza, la mujer nativa librada al furor genésico de explotadores y explotados, y, planeando sobre ellos, Paulina Bonaparte, «catadora de varones», ojeadas de placer a la deriva en la impunidad; Blanchelande y el padre Labat, descarados genocidas, y Mezy, borracho erotomaníaco, labrando con el látigo sobre la piel de sus pisoteados magañas de moral que él mismo, por definición, transgrede.

Culterana, la prosa de Carpentier tiene, sobre la de sus iguales centroamericanos Césaire o Clément Saint-Aude, la ventaja de la rudeza sin despilfarro, alimentada por un caos contenido.

La imagen verbal va surgiendo de una progresiva acumulación descriptiva. Capas y capas de alardes sinestésicos se superponen y dan lugar a capítulos como el tercero de la primera fase titulado «Lo que hallaba la mano», a la sinfonía descriptiva de la Ciudadela La Ferrière o a la visión prehistórica del palacio de Christophe, «entregado a la noche sin luna».

Esta lujuria del significante, lejos de embobarlo y de enmarañar al lector en una vegetación de melaza, conserva el punto de cocción exacto para resaltar y volver incandescente la condición subhumana en que se halla sumido el esclavo haitiano en el trópico desenfadado del siglo XVIII. En el capítulo en el que Mackandal parece gozar con la contemplación de la naturaleza mientras vigila el ganado de su amo, la prosa de Carpentier, que invitaría a creer que todo está dispuesto en torno de él para suministrarle solaz, produce en el lector un sentimiento en vaivén de retrospectiva pesadumbre: en el capítulo anterior, Mackandal ha perdido un brazo, triturado brutalmente por los rodillos de un trapiche. La naturaleza se tiñe de convalecencia y pasea ante el esclavo la semejanza que guarda con él; ella, como Mackandal, es criadora de criaturas «siempre desdeñadas», «alpistes sin nombre», «matas solitarias», «lianas rastreras».

Claves que despiertan en la escritura en épocas de escasez

La cortina de humo de una clave en cuestión enturbia a veces el Reino de este Mundo, verdad contenida en el enigma planteado al comienzo de la obra.

El destino del negro en Haití es ser esclavo; ésta es el área a la que se acomoda con cierto matiz romántico de epígrafe y colofón y a la cual concurren desde todos los ángulos de la narración los itinerarios de cada personaje.

Mackandal, Bouckman y José Antonio Aponte, a quien Ti Noel quizá nunca conoció, pero del que había oído hablar en «sus días de esclavitud cubana» (pág. 138), simbolizan tres cabezas temperamentales de la hidra de Lerna de la rebelión haitiana contra el poder colonial. Los tres líderes coinciden, a grandes rasgos, con los tres regímenes políticos que sojuzgaron la isla en el orden en que fueron enumerados.

¿Por qué el Reino de este Mundo se nos propone como clave? Veamos. Ti Noel, portavoz y panegirista de Mackandal, compañero de combate de Bouckman, invierte su vida en el esfuerzo de demostrar:

1) La futilidad de toda recompensa, especialmente celestial (contacto de Carpentier con Nietzsche), y de toda autoconmiseración.

2) Que el hombre debe quedarse en la tierra para luchar por su libertad contradictoria.

Mackandal perdió un brazo, debió salir de la situación humana informe para romper en animal; fue capturado y quemado vivo.

Bouckman fue decapitado y su cabeza se agusanó, «verdosa y boquiabierta» (pág. 60).

Él mismo mantiene su invariable condición de desposeído y humillado hasta la vejez, contemplando atónito cómo sus antiguos compañeros de correrías como Christophe son elevados a la dignidad real o adoptan actitudes pertenecientes a sus otrora odiados amos blancos. La propiedad de la metamorfosis, entretejida con las tradiciones esotéricas africanas, le ofrece a Ti Noel la tentación de un encogerse de hombros ante el trato de los hombres y la penosa vida que le han hecho llevar.

La semilla dejada en su alma por Mackandal, que no vaciló en colocar las tradiciones más groseras de su raza al servicio de un combate por la restitución de la dignidad humana, germina en Ti Noel como indicio de que ha cesado de «transcurrir». El momento en el que vive «en el espacio de un pálpito, los momentos capitales de su vida» y luego lanza «su declaración de guerra a los nuevos amos», en un desgarrador pero triunfal RECOMENZAR, tiene para el lector la punzada reverberante de un trémolo de violín.

Ti Noel asiste a los augurios prometedores de la misma naturaleza que padeció con Mackandal: «un gran viento verde, surgido del Océano»; «la butaca, el biombo, los tomos de la enciclopedia, la caja de música, la muñeca, el pez luna, echaron a volar de golpe»; «todos los árboles se acostaron de copa al sur, sacando las raíces de la tierra»; «durante toda la noche, el mar, hecho lluvia, dejó rastros de sal en los flancos de las montañas».

Y le es revelado el Reino de las Tareas del hombre, sangrientos jalones de un arduo, infinito pero indomable peregrinaje a través de rebeliones fracasadas y de generaciones jamás cansadas de florecer, vertidas con chapurreo burocrático en el cubo de los desperdicios.

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