Nunca más veré la calle Zamudio, / ni hollaré el césped de la plaza Irlanda; / y guardarás de mí y de mi bufanda / un recuerdo de las horas de estudio. || Cartas a Nélida (selección)

PARA: Nélida Quintero Oliveto, Champán de las Tardes Chiquitas, Jirón de toldo en las trenzas, / jirón de toldo, Eloísa Gacela, Malvona, Prickie Preciosidad, Nélida Tintero / Jimmy Twice, Nélida Aminta*, Rubia Mireya, la Preciosa Ridícula
CENTRE: Easy Everything (Cibercafé Rda. Universitat)
DATE: Tue, 21 Nov 2000
HOUR: 18.50

Querido Pollito:

Me llegó el envío sin contratiempos.

Estoy perplejo. Es el libro y no es el libro**. He retenido lo que es más fácilmente perceptible a los demás, el contenido, sobre el que se pasa patinando, y lo que ya desconfío de que perciban los demás, el grosor y detalles que despegan de la cotidianidad, como la distribución en tres «temporadas» (en el infierno, naturalmente, dirigida como guiño a todos los que hemos leído a Rimbaud) y la compaginación, puesto que la «tercera temporada» era, si no todo el libro original, gran parte de él, y el resto se agregó después. Me acuerdo bien, aunque lo leí hace lo menos diez años o más.

Es evidente que el autor siguió escribiendo. Que sucumbió a la oferta comercial del pulpo Planeta —Pulpo debería llamarse y no Grupo— y refundió la primera obra para darle esa insoportable amplitud de novela de espionaje y un salvoconducto que hiciese del horror y la sospecha partidaria («El tipo que la escribe es uno de ellos») canapés para todos.

La refundió en los dos sentidos.

Cediendo a los consejos de Planeta, una empresa que espía por encima del hombro todo lo que no sea su beneficio astuto, el autor ha propiciado que un testimonio desgarrador sea cubierto con un fertilizante de divulgación que absuelve el horror y lo exime en nombre del entretenimiento morboso; que las «llagas ígneas —como pones tú en la dedicatoria— que nunca dejarán de titilar», titilen, pero en sentido recto, en las marquesinas mundiales de los premios burgueses.

Lástima que no tengo el libro que me prestó Szpunberg para cotejar, pero no importa. Ya te escribiré carta, en la que me explayaré. Estoy juntando temas.

Tienes que decirme cuánto te ha costado (en plata). Ya te debo dos libros, éste y el de Bustos.

No te preocupes por la tardanza. Comprendo que no me escribas; estudiando, pasa.

GRIZZLY GROAN

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* Apareció con este efímero signo de vida por primera vez en el Sinsoneto de Pereira el 8000, compartiendo catastro con Maléfica. En ese poema aparecía también la expresión «Ciudad Suspendida», que pasó al título del cancionero.

** Miguel Bonasso, Recuerdo de la muerte (edición definitiva), col. Espejo de la Argentina, 2.ª ed., Buenos Aires, Editorial Planeta Argentina, 1994.

ASUNTO: Estrenamos vía de comunicación empobrecida
FECHA: miérc 1 MAY 2002

¡Sorpresa!, como dicen en las películas cuando alguien asoma la cabeza. Desde el 5 de febrero tenemos contratado Internet, esta red internacional, que es como hay que traducir la viruta de inglés; con su poco cuerpo se va quedando con usuarios de todo el mundo y terminará siendo el alma del correo, desaparecerán las cartas, ya verás.

No quería que esto me pasara a mí, que honro el género epistolar, y por eso te mandé el coloso de todos los principios de año, la carta delimitada ya por secciones fijas. Ésta iba seguida a corta distancia, como el cadáver de Heliogábalo iba seguido del de su madre, «a dos remolinos de distancia», cuenta el Tata Artaud, de un trabajo universitario de curso que el Octópodo dedicó*, con notable poliopsia, a La batalla de Ezeiza. ¿Recibiste ambos?

Ahora podremos mandarnos mensajes en un santiamén, vanidosos de una irracional celeridad, sin que haya que esforzarse demasiado con la materia medio muerta de las inevitables ideas generales sometidas a la perspectiva, la meditación a dieta: cotidianidad y entonación del momento.

Nuestro servidor Hotmail posee un dispositivo, el Messenger, que te permite establecer conexión simultánea con el interlocutor y hablar con él como si fuere un teléfono escrito. Aparece en la pantalla bajo la forma de un alfil de ajedrez, cerradura u hombrecito de hombros caídos, lo más seguro que sea, de acuerdo con la necesidad de un espectador, según Pico della Mirandola. Si lo tienes, podremos sostener una conversación en tiempo real (siempre que el dibujito esté en verde y hagas el cálculo de las cinco horas de diferencia continental en verano y cuatro en invierno). Para ello, has de abrir una dirección de Hotmail como la que tengo yo con el nombre «alasdairmor/arroba/hotmail/punto/com» y descargarte el programa Messenger en la computadora. Pinchas en «Agregar» o «Agregar contactos» y sigues luego los pasos.

Espero que este anticristo no acabe con nuestra vocación de superfluos escribientes, que sigamos apegados a la carta aunque las cartas ya no se escriban con péndola, el frasco de tinta sea tan raro como un cristiano verdadero y el papel secante haya desaparecido de las librerías. ¿Acaso no han desaparecido las librerías? ¿Seguirán existiendo Imprenta Carlo, en avenida del Trabajo, cerca de donde vivía Nené, y Sosse, en Neuquén y Amberes, cerca de donde me crié yo?

A renglón seguido te pregunto: ¿No habrá acabado tu vocación? Creo que hace dos años que no me escribes. Tu última carta, que tengo delante (si es la última), data del 19 de enero de 2000. Ahí me contabas que habías empezado a estudiar derecho.

Me debes lo menos tres cartas, Jimmy Twice.

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* Dentro de la categoría HERMANOS EN LAS TINIEBLAS – OBRA DE FAMILIA (marzo 12, 2011).

ASUNTO: Recelo desde la tierna niñez
cuando uno es niño y adulto
FECHA: sáb 11

Distinguida señorona Nélida Tintero
De mi digestión:

Ocurrió lo que temía. Dos años esperando la ocasión propicia para contestarme y en dos semanas sucesivas me ametrallas dos veces con ráfagas cortas de una Uzi. Y sin aguardar respuesta. Antiguamente te ejercitabas en repensar el contenido de las cartas que te enviaba y te preparabas para revivirlas punto por punto. En el ínterin, atabas las más gordas con balduque, cinta para atar legajos. Contener los movimientos de impaciencia, que te daban como intestinales, creaba casi una taxonomía de desgracia. Era nuestra desgracia: tuya, porque comprendías la importancia de atesorar cada punto, y la mía, porque estaba pendiente de tu contestación, contando las semanas desde el envío, con agujetas de tanto prestar atención, libando el cálculo de ya la recibió, la está leyendo, período de asimilación, otro período más (el de reposo) y persuasión del organismo a sobreponerse a la fatiga, la desgana, la colitis, los deberes a compás, barbilla al pecho y empujar, las artimañas para sobrevivir en el infierno sin quemarse, la hija, el marido y el colegio —si me descuido, cito más—, para escribirme, y todo con una sola mano.

Pero algo debe tener este medio, una facilidad vulgar que empezaría a criticarle al usuario por haber hecho de ella un fetiche y a ti hacerme violencia, exagerando la rapidez, poniendo en peligro dos años de mudez doblemente agradecida por la vida que has vivido y la meditación que has ahorcado, y confirmando mis sospechas de que hay poco que decir y, por consiguiente, nada que vivir cuando lo que ha logrado salvarse me llega en forma de lo que tú llamas «mensajitos».

Como no me gustan las alabanzas de un medio que tiene a tanta gente ponderándolo, voy a comunicarte mi desasosiego, retortijones y antipatía para que te apiades de mí, ya que Dios no se apiadó de ti, permitiendo que te salvases de ir a parar a Devoto.

1) Tú escribes volando, talento propio del desarrollo sexual de las adolescentes; sin pensar casi en lo que estás escribiendo (o pensarás en ello pasado un año). Yo no puedo escribir así. Tengo que ponerlo primero en un papel y luego transcribirlo. El resultado es que yo entro en la fase más prolongada de la agonía, que es el estilo, mientras que tú escribes según los astros, empujada a la ocurrencia resbaladiza.

2) Los «mensajitos» deshacen la acumulación. Una noticia que has oreado ya no la puedes volver a usar. ¿Cómo reintroduciremos en el circuito, por ejemplo, la muerte de Luis Alberto Peralta? ¿Con qué pretexto daremos vueltas sobre su hazaña, que quizás el Cuervo nos saque finalmente de dudas acerca de si se extiende a toda la especie, de morir y hacer que otro venga a avisarme?, ¿sobre una chispa de voluntad y una forma de actividad no tragadas por la muerte, después de la muerte?

3) La información, en consecuencia, se hace sumaria, queda extraviada en el tiempo, se malgasta. Es una información que padece acondroplasia; habrá partes que estarán más desarrolladas, otras serán auténticos jirones, ya sabes, por culpa de la rapidez fácil y la ocurrencia que no se dice nada en su interior. La reflexión se hace vecina por la ocurrencia; el distanciamiento, celoso de su autoridad en el proceso reflexivo, está ausente.

4) ¿Cómo guardarnos estos papeles? ¿En el acordeón donde guardo las copias de las cartas que ya se me está descuajaringando? Guardaba tus cartas en una bolsa de papel madera y cada sobre me servía para escribir un resumen bastante escrupuloso de lo que traía.

Te declaro sin rebozo las cartas que me debes.

Una de respuesta al catálogo de pasajes —numerosos— del diario de Escocia. Mejor diréis, señora, que no serán sobreseídos, ahora que vais para abogada, y seréis solícita en cumplir con el encargo de comentarlos, amaneciéndoos sobre la cabeza y presentándome aquello pero que muy pegajoso.

La que acomodaba a tuertas o a derechas la teoría de los ‘tres déspotas’ de Wilde.

La última de este año o la primera del año, que no tiene la carta necesidad de que la aclare yo.

¿Cómo contestarás a ellas? ¿Con «mensajitos»? Considera los grilletes, la hernia matemática y la sobaquina física, o sea, la doma físico-matemática que demandó escribirlas y ten en cuenta el tiempo que pasó sin recibir ninguna noticia, por ejemplo, que hace un año que te mudaste. EXIJO, sin anestésicos locales, carta equivalente y no sopas de gato con mucho pimentón para disimular los pelos.

Te incluí en el Messenger para que podamos charlar (ideal los fines de semana que hay tarifa todo el día; también los feriados) como hago con Petrarquita que vive en Zaragoza o Macías Galloway el Enamorado a Veces, que está en un villorrio pirenaico perdido de Andorra. ¿Lo has hecho conmigo? Tengo tu muñequito y tu nombre al lado.

ASUNTO: Ésta es la carta que te mencioné en nuestra charla de calaveras
FECHA: sáb 29 JUN

Distinguida señorona Nélida Tintero Tintoretto
De mi digestión:

Cierto es. Hace mucho que no entro en la red, que no vuelo en su jardín ni polinizo su arbolito, pero no es por que me haya ido de vacaciones ni «esté entregado a los placeres que de vez en cuando nos brinda esta vida» (¿qué le pasa a usted?; a usted le va a caer la justicia por vivir donde vive y no aclarar lo que dice). Estoy cansado en el umbral de la madrugada, cuando me han autorizado a conectarme, ya te he dicho, y, además, hace más de dos semanas que estoy —estuve— montado como un gato en el ovillo de una carta dirigida al Cuervo y que tuvo al final veinte páginas, más la cabecita del oso Baloo que ya conoces, tapado a medias el hocico en lo alto de una autopista en perspectiva, no sé si me explico, pero te doy las gracias por pensar que lo hago.

Tardé nueve días, le contaba al Dugongo (fíjate en el diccionario la clase de bicho que es, pues igual), en transcribir la carta, corregirla, mecerla, en contrarrestar la gravitación universal de Newton con las comas y los puntos, sajar aquí y allá el trasto final que parece una cota de malla o una tabla de multiplicar que crees que no la vas a poder mover, para que dé un relumbrón (técnicamente, una frase o una idea que choca de pronto al lector). Fuegos artificiales que no sirven para pensar, según le agrada despreciar al hablante correcto, y que no sirven para hablar, según hace valer su remisa comodidad la mayoría. Hubo de proseguirse el viaje sin ellos.

Las veinte páginas sumaron… 126 kilobytes, una miaja de ná, y esta tarde, tras pegarla por el procedimiento electrónico, así como voy a hacer contigo, se la mandé… en tres minutos, una guiñada. Más no fue.

Nueve días, tres minutos, a doce mil kilómetros de distancia, dando una zancada sobre el océano que parecía haberse quedado dormido para que cruzase.

No salgo de mi asombro. No logro poner los pies en el suelo. Sin tener mis buenas razones, estoy fascinado.

Este medio se nos presenta como el instigador de una revolución que ya ha permutado sus ídolos, cuyo ciclo entero mentimos al decir que podemos divisar, que no cesan de restregarnos por la cara y que no sé hacia dónde se encamina y qué deberá ser atropellado para que coma.

Pídele al Cuervo que te mande una copia con tiro de catapulta a tu buzón; la descargas en Word y te la imprimes en papel. Como no voy a dejar memorias escritas, enganché con volantín una estrella de mar seca y un calcetín de nuestra juventud dorada en la iglesia que tú no conoces.

Nos vamos enterando por noticiarios y en la sección «Internacional» del periódico que leo de gorra en la panadería que tiene una cafetería detrás, adonde voy todas las mañanas a tomar mi infusión, de los intentos de respirar de eso que seguís llamando país. En fin, imagino que estáis decididos a soportar todas las mentiras que os hagan suprimir la evidencia de que lo sacaron ahogado del río de la historia y el corazón se paró. Aunque pagarais toda la deuda, ¿se puede empezar de cero? ¿Hay una cantidad en el conjunto de los números que corresponda a pueblo, que sea infinita y que con ese infinito se pueda improvisar, reformando que no van a ninguna parte, que no valen nada? Tendréis que multiplicar o restar aún más para poneros allí con análogas precauciones a las del que ha llegado a la nada, la nada no le deja cerrar los ojos y él procura no tocarla.

Este comisario Franchiotti con una escopeta de culata como el mango de una lezna, justificando personalmente la represión con valentonadas de pulpería de la frontera, insultando a un moribundo y tirando de él por una manga con toda cachaza, ¿cuenta con una complicidad expectante?

¿El Bloque Piquetero Nacional es un rescoldo del ERP?

ASUNTO: Acuse de recibo.
FECHA: Thu, 25 Jul   00:40:54

Cuando leas este «hilito»* será jueves, pero era para decirte que ayer miércoles por la mañana llegó tu carta a Teodora.

Me la llevé para leer al Basili, la cafetería donde redacté gran parte de la tesis, como un perro de la rama primogénita de los hombres que se volvieron perros con el hueso que no poseían y que estaba escrito que alguien les tirara.

Estoy escandalizado, emocionado, aplastado por tu gimnasia informativa, por lo que es —y, sobre todo, será cuando hayáis desaparecido en un embudo— un informe memorable.

Te he sentido vibrar como nunca.

Tengo que volver sobre esta carta. Las «piolitas» son paticortas, jadean, tienen las piernas macizas, no llegan lejos.

Me has dejado boquiabierto con la semblanza que haces de Luis Peralta. ¿Cómo va a «darte no sabes qué» entrar en el mundo de nuestra adolescencia? Nuestro mundo es ya un triángulo equilátero y uno de los vértices eres tú.

La iglesia de Terrero 960 entre Franklin y Neuquén era de los nazarenos; la de los bautistas estaba en la calle Bogotá. Entendiste mal. Pero la planta de la segunda sirvió para levantar la primera.

¡Cómo volvió Luis! ¿Volveremos así nosotros?

Supongo que esta carta es sólo la punta de un iceberg… Estoy a régimen, me tienes muerto de hambre. Remóntate a la de Escocia, comenta pasajes, fúndelos, quedan lo menos tres. El método es bueno, ¿has visto? Te permite una sumersión honda, incluso distraerte; y cuando te distraes, te quedas peinando cosas que la prisa corta al rape.

Me voy a acostar lleno como el tonel de malvasía donde Ricardo III hacía ahogar a sus familiares, ¿o donde Laurence Olivier ahogó a Vivien Leigh?

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* El nombre que le dio al mensaje electrónico, también «piola» o «piolita». Uniéndome al juego paronomástico con «emilio», suelo llamarlo «malón».

ASUNTO: Tu pluma, ahora, es un microcosmos del desastre
FECHA: mar 20 AGO

Hoy llegó tu carta al estudio de Teodora. Me la trajo Neneka (ahí es donde tiene la consulta). Nosotros, ya sabes, vivimos en otro lado; un estudio es un departamento de un ambiente. No obstante, la constelación Cabeza Gorda de Niño* dormía allí durante la semana este curso lectivo que ya acabó.

Tus cartas han dejado de ser indolentes; tienen la compaginación y la tensión del informe, y cada uno de tus informes hace que parezca que el que los lee se aovilla por lo que es un impacto, pero no pueda precisar si procede de un puño o es el efecto de un piedrón que lanzó una catapulta.

Por el tacto más que por el entendimiento, pues por estas cartas te toco, como quería Whitman que se lo tocase en Song of Myself, casi no te reconozco cuando destilas un cinismo elegíaco que suena nuevo para mí.

Tu piolita, más bien soga, del sábado 17 de agosto, día del que os libertó —sois libres para ir a colgaros— y que lo festejasteis, supongo, sin trabajo, puesto que, al fin y al cabo, el que os libertó un día como ése tal otro también moría, la reexpedí a Macías Galloway que debe de andar ahora entre Colonia y Frankfurt —en Steinbach viven sus suegros— y el Octópodo. Ambos figuran en el dossier. Son dos del elenco que quedaron visibles en pantalla. El resto se ha desperdigado hasta septiembre. Es verano aquí y yo te estoy escribiendo en camiseta.

Nos has emocionado. Siempre lo consigues.

El primer informe «Breve historia del remate, etc.», una fuente de contagio que traía tu carta del 11 del mes pasado, se lo prometí al Benjie Glaser, el marido de una psicopedagoga que tuvo a Noctifer entablillada muchos años. Lo tengo que pasar a la computadora, como decís vosotros, todo bien ordenadito, y enviárselo por e-mail. Algo le anticipé y le dije que leerlo lo iba a dejar pasmado en escuadra. Estás más solicitada que Rita Hayworth, nena.

He leído tu carta, pero sin bucear en ella. El jueves, temprano por la mañana, nos vamos a Escocia los tres. Éste será mi segundo viaje a la tierra de mis antepasados y espero poder mostrarles el lugar exacto donde quiero que diseminen mis cenizas, «más allá de la curva de la carretera», como dice un verso de Pessoa, con todo el Loch Ness delante, vacío. A ti te lo mencioné y te dije que estaba en un mapita.

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* Otro apodo de mi hijo Rainer-Minaya.

ASUNTO: ¡Ja, ja!
FECHA: juev 24 OCT   20.59

Ya lo vi, ya. Para no meter la patórum la próxima vez, fíjate antes que nada en la cabecera, a ver qué nombre es. En este caso, Pereira no era Álvarez. Te remito nuevamente a las páginas 11 a 14 del dossier, imprímetelas o tenlas a mano para saber quién es cada uno.

¿Por qué no quitas y reemplazas el fatigoso nombre civil en tu cabecera?…, digo, a menos que te rechifle. Yo ya no soy Jorge en la tertulia, nadie me llama así. Si lo hace, en un descuido, se arriesga a recibir una patada en la espinilla, súbita, como el lanzazo de Longino a Jesús. Eso duele.

Te estás deslizando en el amor, patinando, sin poderte agarrar a ningún helecho o arbusto en la pared.*

Raro, ¿no?

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* Huésped lírica en el cancionero de Maléfica. Pereira le cantó.

ASUNTO: Intrincada navegación esta de los recuerdos que nos vuelve al…
FECHA: vier 8 NOV  19.25

…ayer atisbamos lo ancho de una perspectiva más que cumplirse un aniversario. Veintinueve años de casados. Hemos vivido juntos más de la mitad de la vida que vivimos solos, pero no separados, porque, tanto ella como yo con el nombre del otro en los labios, sabíamos que el otro estaba en otro barrio de la capital, yo en el «oeste astroso y lóbrego» de Caballito y ella cerca de Carabobo y avenida del Trabajo.

Mira si en 1968, cuando nos conocimos tú y yo, alguien me podría haber dicho, mientras escuchábamos a Arias, aquel tirifilo que hablaba de España como de Marte, estereotipo que empeora en biblioteca, que yo terminaría viviendo en la España suspendida en el vacío del desprecio barrial, que pasaría allí veinticinco años de mi vida, ¡un cuarto de siglo dentro de poco! —atracamos en el puerto de Barcelona el 18 de noviembre de 1977—, y que tendría una hija que se iría a vivir… ¡CON UN GALLEGO POR LOS CUATRO FLANCOS!, ¡UNO DE VERDAD!

¿Lo habríamos creído, compartiendo yo el «duro banco de una galera turquesca» con Stella Maris López, delante Roberto Horacio Granero Sica, a quien Tito Baggio y el gran pillo del Alberto Santo Stéfano descifraban con el mote sumario de «el toro campeón», y tú sentada detrás?

ASUNTO: aquí recién llegados
FECHA: lun 13 ENE 2003  22.54

Llegamos a las seis menos cuarto de ayer domingo, luego de diecinueve horas de imbecilidad mirando un pasillo y la misma coronilla por encima del respaldo de delante. En esta sufusión o derrame de horas en que terminas por perder la curiosidad se han de incluir las cuatro horas de diferencia al llegar a Madrid, la revisión del equipaje por rayos X, el control de pasaportes, los desajustes de horario entre los vuelos, ya que no es llegar y tomar el otro avión, siempre hay dos o tres horas en medio para interesarte en aspectos de la moqueta, y por último, las esperas dentro de los aviones y los despegues. Te queda la sensación de haber viajado dos días con sus noches y circundado la Tierra.

Ya en casa, salimos con el Michunguito* a cenar fuera y la rescisión del verano, el pasar bruscamente de 36º a 3 en Madrid, con un vientito que cortaba un pelo en el aire, y 7 en Barcelona, hizo que pillara una faringitis en compás de seis por ocho. Al despertarme el domingo después de doce horas de regreso de un psicofármaco sentía que tenía como una bola de engrudo en la garganta; me dolía mucho, y quise sacármela en el baño empujando con el dedo. ¡Era la campanilla que se me había inflamado!

Tu programa no sé de qué para contrarrestar el desmayo** no anduvo muy fino, nena. A las dos de la mañana pasé un momento muy malo, tuve un amago de desvanecimiento compacto. Unas horas después, me vino otro. Creo que los burlé con el abanico. He ido a la doctora y me harán una espirometría el jueves. Stella Maris me dice que, como marido, «estoy caducado».

¡Cuánto te agradezco el CD de León Gieco! Le iba a pedir a Minaya que me bajara las canciones de la red. Abrí el regalo en casa y me dio un alegrón, que es el nombre también de la llamarada que se alza de pronto de una hoguera y se ve aparte.

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* Vide nota del martes 20 de agosto.

** En el vuelo de ida me había caído en el pasillo del avión mientras iba al aseo. Me llevaron planchado al compartimento del capitán, dos médicas del pasaje me estuvieron asistiendo, y el capitán, muy alarmado, llegó a considerar la posibilidad de desviar el aparato hacia las Canarias y apearme.

ASUNTO: favor grande
FECHA: miér 19 FEB  20.16

Tengo que pedirte un favor grande y para darte el margen suficiente de libertad desde el cual poder negarte, te pongo sobre aviso que es fácil pero puede ser, no sé…, desagradable, no se me ocurre otra palabra.

Sabrás que estamos con The Lone Cousin (Rafael Enrique, el primo fueguino y solitario) levantando el árbol genealógico sólo de la parte Grant. Siendo que él es Stupfler Grant, se ha entregado a la tarea con una pasión y una obsesión que parece que estuviera encadenado.

Más que levantarlo, de lo que se trata, por lo que vamos viendo una vez pavimentados los recuerdos inmediatos, es de plantarlo de nuevo. Los tíos, nacidos en las dos primeras décadas del siglo que se fue, o sea la segunda generación de Grants (los propiamente argentinos), murieron ya todos y con ellos se secó, se perdió, el filón de los recuerdos de primera mano. También nosotros, cuando vivíamos allá, gastamos la oportunidad histórica de hablar con ellos, de retarlos a recordar, de preguntarles, de exprimirlos.

Pero, bueno, el árbol —todavía un arbolito— ya está dando sombra…

Quisiera pedirte que llamaras por teléfono a mi sobrina, la hija de Teresa, la del medio, cuyo nombre vi en la guía telefónica. Así como haces tú.

La localizarás por: SÁENZ SAMANIEGO, Sandra Viviana. Creo que el domicilio que vi es Chile.

En fin, la llamas y le dices que eres amiga de su tío, el tío Jorge que se fue a España tras la sombra de un caballo fugitivo (no, esto no se lo digas), y tratas de arrancarle la dirección electrónica, si tiene, y, si no, la dirección postal para escribirle. No le digas que es para elaborar un árbol genealógico porque a lo mejor se enfada y te cuelga porque lo considera una ofensa después de tantos años o, en el mejor de los casos, una gilipollez (una gilada al cubo, que decís vosotros).

Me gustaría, a través de ella, si accede, saber de sus dos hermanos, qué fue de Gerardo Gabriel, el mayor, que estará por cumplir o ya habrá cumplido los cuarenta y tres años, y Claudia Alejandra, la Ticky, la menor, que vivía con mi madre y que, según nos contó Martha Romano cuando nos tratábamos, se había convertido en una especie de vedette de ojos verdes.

Aguardo noticias.

Escucho el CD de León Gieco que me regalaste, pero procuro reservármelo, para no gastar las canciones. «La memoria» va bastante por delante en mi predilección, seguida de «Las madres del amor». «Ídolo de los quemados» tiene una garra, una fuerza que te conecta el ombligo a un enchufe. No puedo escucharla, sentado en mi escritorio frente al Toshiba, sin cerrar los puños y los ojos y hacer molinetes en el aire, encorvado.

El estribillo de «Buenos Aires (de tus amores)» te obliga a evocar y levantas la vista, ves La Salada a fines del sesenta y ocho cantando Favio…, el patio de Canalejas percudido por la orina de Laletchka

Aunque siga siendo él quien canta con esa voz entre pueril y cascada, no hay duda que la música y los arreglos de Luis Gurevich benefician grandemente a las letras.

¿Sabes quién colaboró con la de «Bandidos rurales», la primera pieza del CD y la más larga? Hugo Chumbita.

ASUNTO: Lo recibirías en medio del hueso nasal…
FECHA: miér 5 MAR  21.16

…si el horizonte se soltara.

Qué cosas se me ocurren, ¿no? Pues algo así padecerá cuando la reciba. Ayer le envié por correo certificado una carta de ocho páginas a Sandra Viviana. Aunque la estuve meditando, no pude evitar —o no quise frenarme— que las primeras seis carillas, las que recogen la buena o mala impresión de alguien como los cabellos se recogen en redecillas, fueran un fangal de vengativas interpretaciones y explicaciones callosas. Empecé a regurgitar lo que había comido (creo que hasta calostro), dejando oír toda clase de ruidos digestivos. Me convertí en un pozo ciego, una cámara séptica, una cloaca.

No sé si con esta memoria que pinta y se te han llevado el cuadro se alejará de mí y con ello habré malogrado tu buen quehacer diplomático; pero no puedo hacer borrón y cuenta nueva con esta especie de hipo que me ha quedado. No va conmigo.

Lo que pasa es que, después de algo así, la gente es la que no va conmigo, no me quiere ver más. A ti te pasó algunas veces.

Bueno, igual ya está.

ASUNTO: Poniendo al corriente a Calamity Moore Gadé*,
de la «banda de los virtuales»**
FECHA: lun 10  22.54; juev 13  19.01

Ayer, en la charla del Messenger, te insinué que estábamos en el umbral de una lucha por la sucesión, una lucha por el trono de nuestros corazones a ver quién se queda musa.

La postulante lo estaba precisando desde que despertó, con ocasión del viaje del 30 a Les Franqueses, el reino de Maléfica. Yo no sé qué pasó allí exactamente, nadie lo sabe, pero en el atlas, en el mapa del recorrido evocado, prevalece la marca del fiasco que caballeros como nosotros que saben tratar a las damas deberían administrar para que no degenerase en vulgar desilusión y la consiguiente reacción de algunas mujeres ante el… llamémosle descuido con que nos habló en la calle y la posterior negligencia con que… digamos que admite los poemas que le seguimos enviando.

Sabrás que esa tarde bajó, nos vio, no quiso venir con nosotros a tomar un café y ni siquiera a dar una vuelta a la manzana y se metió de nuevo en la casa. Se ha negado en redondo a venir a la tertulia; las últimas tres o cuatro veces que ha venido Petrarquita a Barcelona la ha llamado por teléfono, le ha insistido con todas las voces, toda la malicia, de todas las maneras (lo sé porque estoy con él, a su lado, y le hablamos desde un locutorio que hay a la vuelta de casa), y no quiere tampoco que la vayamos a ver nosotros dos solos. Yo la llamo por lo menos una vez a la semana, desde ese mismo locutorio. Conmigo se ríe mucho; pero ¿qué mujer no se ha reído conmigo?

Me ha dicho que no le hable más de vernos, NUNCA MÁS.

Así parece acabar la historia. Petrarquita dice que no le va a escribir más porque, para hacerlo, necesita verla otra vez y entonces le dedica A la Otra. Suena a despedida, ¿verdad? Pero resulta que el título no se le ocurrió a él. Se le ocurrió a la verdadera otra, la desconocida.

Como Maléfica está en el pasado, pero tal parece que no estará en el porvenir, Petrarquita, cargado como va un río cuando ha habido una inundación, tenía que cantarle a alguien, obligatoriamente tenía que cantar, y le empezó a cantar a la desconocida. «A la otra no le escribas más —le ordenó la desconocida, resuelta a no pedir limosna—. Escríbeme a mí.» Por supuesto, en la ejecución de una musa, con olvido total del prestigio que tuvo y las páginas que inspiró, la neomusa lo va a saber agradecer mejor.

El jueves por la mañana, como te dije, nos congregamos todos en nuestra antigua facultad para asistir a la defensa de la tesis de Pereira sobre Ramón Gómez de la Serna, que sabes que murió en Buenos Aires. En la fila de delante estaban sentados Petrarquita, Johnny Melenas y el Octópodo, al que le tuve que enderezar la cabeza con las dos manos para que me dejase mirar porque se inclinaba para cuchichear con Johnny y me tapaba la comedia del tribunal. Fue un acto cadavérico, pero yo tenía sentada al lado a la desconocida, hecha una pila Volta.

El flamante Doctor Yo se fue a almorzar con los integrantes del tribunal y el director de su tesis, a los que hay que financiar la comida —es estatutario—, y Johnny los acompañó. Nosotros, que éramos incompatibles, Petrarquita, el Pulpo, la desconocida y yo, fuimos al FresCo, un autoservice de ensaladas y pizza en el que Petrarquita supo rememorar todas las posibilidades felices de un establo. Allí nos esperaba el Niño Dugongo.

Tomamos los cafés en el Estudiantil, frente a la universidad, y en la terraza del bar (las mesas al aire libre) Petrarquita nos hizo un avance de los tres poemas de diversos tiempos psicológicos, de diversa velocidad, pero coetáneos entre sí, y diversamente rojos: A la Otra (de rojo despecho, rojo de cólera vengativa), Bastet y, hecho que no condice con toda la poesía que he leído, el poema más hermoso y más bermejo que he leído en mi vida, Ardo sin humo, quemo sin llaga.

El Octópodo, creo que al borde del acantilado, simuló que tenía clavada una gran espina reflexiva y dijo que «ante ciertas cosas era preferible callar» y se fue, pues entra a trabajar a las cuatro. Los dos me acompañaron hasta la puerta de casa (el Dugongo se había ido después de comer en el FresCo). Necesitaba echarme un rato si quería volver esa noche a El Pato en donde el satánico Doctor Yo iba a celebrar la concesión del grado con sus amiguetes del instituto y los que fuéramos de nosotros. Petrarquita y la desconocida, llamémosla, por lo que llevo dicho, la arribista, registrando sus esperanzas de desbancar a Maléfica, pues pasos está dando, estuvieron caminando hasta que se les hizo la noche, fueron al puerto, y cuando llegué a El Pato me los encontré sentados juntos, muslo con muslo, que los muslos crepitaban con el ruido del queso y la cebolla al freírse en la tortilla. Hasta el Doctor Yo, que era su día y no estaba para fijar la atención en nadie, se dio cuenta y le dijo: «¡Cómo te brillan los ojos! ¿Has bebido vino?». No es menos increíble que negara como que sonriera; la sonrisa es la que impide que el brillo desaparezca de unos ojos de mujer cuando la mujer está muy fatigada. «Es la fiebre», ilustré.

Se siguió remontando esa situación toda la mañana del viernes en que Petrarquita vino a encontrarse conmigo en el Trosky-Pan, la panadería-cafetería de la que te hablé en otra oportunidad. Estuvimos hablando de ella, evocándola, él había dicho la noche anterior que tenía el primer verso de un poema que era combustible de un cohete espacial, que después resultó ser Poseso, yo también empecé a escribirle un poema sobre una servilleta de la panadería, escoltándolo, intercambiándonos el único bolígrafo que había, reteniendo un grito o escupiendo los versos, sostenidos por la luna, en ese pequeño chapoteo de risa regular que es componer juntos, como antaño, como si estuviésemos todavía en Estambul y hágase la voluntad divina.

Todo eso cayó en bombardeo esa noche en la tertulia.

Y de la tempestad se fueron a la calle como dos avioncitos. El sábado ella me llamó por teléfono de sopetón, vino a casa y me estuvo contando que yiraron hasta que se hizo la hora para él de tomar el autocar de Zaragoza, que eso fue a las siete de la mañana. Petrarquita la presionaba, tal vez para unirse con ella —no exactamente copular—, pero se guardó el secreto, que arrastra un protesto entre los secretos celestiales. No sabía cómo conducir la situación, tal vez porque no sabía cómo lograr la cooperación de ella y tampoco quería serle infiel físicamente a Silvia, aunque, como bien dijo ella y asentí yo, el adulterio ya había dado las últimas materias y obtenido el título en la mente de los dos. Ella no sabía qué hacer; si se le entregaba, temía cometer una grave equivocación y dejar de ser musa, y, por otra parte, como me dijo, no estaba enamorada del Petrarquita.

No sé por qué no fueron a un sitio en donde poder estar tranquilos y se masturbaron juntos. Las caricias íntimas y los besos son mejores que nada y, desde luego, más sanos que la presión y la manipulación que corroen.

Ahora deben estar los dos pasando cada uno su calvario perfecto, llevando una doble vida en la superficie y con nombre falso: Pedro para Silvia y ella como la llame el que vive con ella.

Pinta la situación, ¿eh?

La Cigarra está que arde.

_____
* Deformación del apellido de su compañero sentimental Orlando Norberto Morgade.

** Nélida formó parte de la tertulia de El Pato Loco como miembro transatlántico, virtual, junto al Parisino y Macías Galloway, los otros dos que vivían fuera del país.

ASUNTO: Hacía una semana…
FECHA: lun 16 JUN  14.15

…que no sabía nada de ti, pero como en la piola del lunes 2 titulada Recibí todo terminabas que «tenías que volver al Código», puesto entre brutos signos de admiración, di por sentado que estabas en Gettysburg, en pleno combate.

Felicitaciones adelantadas, esta chica. Te veremos recibirte de abogada, si no te derrumbas. A mí me pasó lo mismo: estaba muy lejos…, lejísimos, pero con esfuerzo ininterrumpido se llega. Total…, mientras se vive…

Tus datos no sólo me sirvieron, sino que ya los metí en el hueco que les tenía destinado en el párrafo y capítulo, que para eso es una alhaja el ordenador.

Con respecto a la mujer ajena, a quien llamo ternerita regalona, suculento pan de los abismos y camino de perdición (y le arranco una risita que pesa como varios sacos de yeso y me provoca una erección de abuelo Urano), sigo sumido en la niebla erótica, un «sopor erótico abyecto», como le dije a ella. Toda esa semana posterior a la explosión del viernes 6 y el hambre masturbatoria, ella no llamó; después me confesó —este sábado pasado la llamé yo dos veces, la primera de 39 minutos y una segunda llamada de más de una hora— que todo había sido «tan inesperado», que había experimentado «muchas sensaciones».

—¿Cuáles? ¿Vergüenza? ¿Horror? ¿Miedo?

Se tomó su tiempo para responder.

—Di lo primero que te venga a la cabeza —la animé—. Yo no me censuro y te digo lo que se me ocurre.

Silencio. Risita. (Piensa en una ardilla que come con dos dientitos una castaña en el bosque…, espero que de mi pubis.)

—Atracción fatal.

Se me hizo un cielo sin fondo en la boca del estómago. Le dije entonces que entre nosotros sólo puede haber placer y daño, pero nunca «bien». Me despedí de ella «hasta la próxima siesta», porque es durante la siesta cuando la tengo, cuando la abrazo, la beso, le acaricio el pelo de un negro azabache, pelo Pantène, subo por sus piernas, le lamo los muslos rechonchos y le hago toda clase de tiernas porquerías.

Petrarquita ha vuelto a llamar y convinimos en que volveríamos a encontrarnos cuando viniera a Barcelona.

Un buen chico.

ASUNTO: De la extraña despedida antes de partir
hacia las Américas malcasadas
FECHA: dom 20 JUL  15.31

Ayer llamé a Zaragoza para despedirme de Rhea Silvia. El martes me había llamado Petrarquita; acudimos a rascarnos el uno al otro, y sostuvo una expuesta charla, lozana de triunfalismo, que se alargó pasada la medianoche. Estrenaba el riesgo, cosa que no sucede cuando lleva a Pablo a la guardería y es ella quien llama, de que me atendiese él. Tendría que decirle «Ya he hablado contigo, pásame con tu mujer». No es que no lo hubiese hecho, pero cuando el deseo realiza un esfuerzo peregrino por reírse y le sale la sonrisa de una calavera y la culpa tremola dentro de uno, se impone disimular en son de broma pero con cuidado, aunque no te lo hayas propuesto. Silvia afirma que no es celoso, pero si se enterara, de nada valdría el dicho “De amigo a amigo la chinche en el ojo”.

Menos mal que atendió ella; como dice Pacto de caballeros, la canción de Joaquín Sabina, «cuando menos te lo esperas, / el Diablo va y se pone de tu parte».

—Campanilla de Plata —comienzo en un arrumaco, con mi tono más amoroso, ese que no me conoces—, ¿cómo estás?…

La risita. Le cuento que tú se la llamas «maravilla del bosque».

—Me tienes a pan y agua. Hace como dos semanas que no me llamas. Y antes me llamabas seguido…

—Es que estoy por la niña. Cuidándola. Alimentándola. Como es tan chiquitina…

—Alimentándola… —rumio, y me quito el freno de la boca para pastar más cómodo—. Ya, ya. Pero, bueno, mientras das de mamar puedes sostener el teléfono con la otra mano, ¿no? Y así, mientras tienes ocupado un pecho, yo te hablo y me cuelgo del otro.

—¿Y ella qué diría? —riéndose; abunda la hierba donde ella se ríe—. ¿Dónde anda mi madre?

—¿Ves? La Diana de Éfeso, que tenía un templo y se lo quemó un loco que ansiaba la notoriedad, Eróstrato, tenía diecinueve.

—Diecinueve… ¿qué?

—Pechos… Si fueras Diana de Éfeso, podrías repartir.

Se lo piensa.

—No sé…, a mí me podrías dar ocho o nueve. ¿Tú cuántos me darías?

Le doy otro ejemplo, este cinematográfico. En Desafío total, Schwarzenegger entra en un bar del tipo Chewbacca, el mecánico de La guerra de las galaxias, con especímenes estrafalarios, ya sabes, y una mujer le ofrece sus servicios de prostituta.

—Tiene tres pechos, dos donde tenemos aprendido que van y el tercero muy bien puesto y fraguado sobre el esternón. A mí tres me vendrían bien. ¿Me darías tres?

—¡Nada!

Hablamos de Stella, de su vocación y decisión de traspasar y evolucionar del monasterio a la ermita, un conjunto de cuevas que ha encontrado en Farlete, en la provincia de Zaragoza, cavadas en la roca viva y en la mayor soledad —ya te contaré mañana o pasado cuando estemos frente a frente—, de cómo se ha ido agravando esta búsqueda y vía espiritual, cuanto más que yo acabaré solo; y en divagar sobre otros capítulos con ligereza pícara parece replegarse para invitarme a que la vaya a buscar de nuevo, viniendo entonces a pelo otra serie de insinuaciones y turno de cochinadas.

—Te salvas porque vivo lejos.

—El «hombre blanco»* me salvaría.

—Sí, pero él no te habla como te hablo yo. No te dice las cosas que yo te digo.

—No puede…, pobre.

—¿Qué pasa?, ¿que yo tengo un fuero especial como el agente 007?, ¿como James Bond que tenía licencia para matar, yo tengo licencia para matar piropeando?

—Sí.

¿Dónde se encuentra, a todo esto, Petrarquita? Veamos.

—Está leyendo.

—Estará más tranquilo ahora que se fue el Gancho…

Rosa fría ha ido a Andalucía a visitar a unos amigos y en agosto empalmará con las vacaciones. Una vez me dijo que pensaba ir con Francisco a Israel. Tal vez sean las últimas vacaciones que pasen juntos; la ruptura se avecina, me confió Petrarquita, y alquilará un piso o una habitación en un apartamento con otras chicas (práctica común aquí). Silvia la llama el Gancho.

Se pone tensa y empieza a hablar como el delincuente temeroso a quien ventean la versión en un careo. La oprimen las pausas y sólo contesta con monosílabos. Es que ya llevamos veintitrés minutos hablando.

—Está rondando, ¿no es cierto?

—Sí.

Representábamos una comedia. El libreto es el mismo, los personajes han cambiado. Rhea Silvia es rosa fría cuando Petrarquita la llamaba a la casa a hora inoportuna y el emperador con corona de cartón estaba cerca o no lo bastante lejos como para no darse cuenta de que su mujer se estaba divirtiendo; yo soy Petrarquita y mi sañoso y pacífico modus operandi consiste en esta etapa en burlar la vigilancia, y a él le ha tocado vigilar.

¡Era muy gracioso!

—Me despido. No quiero que estés incómoda. Hasta la vuelta. Un beso en el ombliguito.

—Hasta pronto.

Encuéntrame un blindaje en el mundo como el de una mujer discreta. Volveremos a buscar mejores flancos.

—Dedícame una plegaria para que en su espiral de humo pueda encontrarte.

_____
* Sergio tal para cual, la conciencia moral primitiva de la mujer de Petrarquita.

ASUNTO: Con una piel de bucanero sobre los hombros
FECHA: dom 14 SEP  16.51

He irrumpido en la totalidad de los buzones de cuyas direcciones electrónicas disponía en reserva —como rehenes—, sin pedir permiso, por el pasado de un Grant que hubo, un James como el bisabuelo, que era freebooter (filibustero), tomándolos al abordaje.

Lancé fotos con manguera, diseminándolas como si fuesen octavillas lanzadas desde un avión sobre distintos domicilios y localidades, provocando el colapso en cadena de lo menos cuatro: el de Connie Grassi en una mutual de Grand Bourg, la hija médico de Vivienne, una de la rama colateral de los Pérez Grant, los buzones de los dos Stupfler y el tuyo. Minaya percibió un dejo de orgullo cuando certificamos juntos el rebote del servidor, frente a la pantalla:

—Lo encaras como un botín de guerra, ¿verdad?

A ti te envié doce. Tendrías que tener, a ver.

1. Cena en tu casa. Cuervo, yo y Or.

2. Almuerzo en Luján, siete personas (Mirta Cherencio con la foto de los hijos en la remera).

3. Minaya y yo apoyados en la medianera de la segunda entrada al castillo de los Grant.

4. Yo señalando el escudo de armas.

5. La curva de la carretera de Drumnadrochit al castillo de Urquhart; yo estoy agarrando el poste de una cerca.

6. Segunda instantánea del mismo lugar; Minaya y yo estamos mirando el lago, yo le he puesto la mano en el hombro.

7. Escalinata posterior del castillo.

8. Minaya y yo en Drumnadrochit, antes de salir hacia la curva, con el parlour que ostenta sobre el dintel la leyenda GRANTVILLE.

9. Yo de perfil frente al Museo de la Ciencia de Glasgow, segunda ciudad en importancia de Escocia.

10. Ahora es Minaya de perfil en el mismo sitio.

11. La foto a la entrada del pub donde comimos una vez y sucedió la anécdota con un loco o un vivo de nombre Douglas Telferd que la toqueteaba a la supermadre.

12. Foto de la supermadre, con un macizo de hortensias a la izquierda, en la calle del bed & breakfast.

Éstas son las que tendrías que tener porque te llegaron y pudieron entrarte, ya sea al buzón grande o, cuando a éste le dio un síncope, al menor de Malvona. ¿De acuerdo?

Dices que has visto un garrote en el escudo. ¿Te refieres al que se ve cavado en la torre que flanquea la entrada principal del castillo y que yo estoy señalando (foto núm. 4)? ¿Pudiste verlo? Te envidio la vista de águila, si no es una hazaña o una carambola de horóscopo. ¿Está? Es que yo no lo veo.

Efectivamente, el escudo de armas de lord Strathspey, capo del clan por bodas sucesivas porque en un momento dado a los Grant se les secaron las ingles, presenta a dos ursos de aspecto silvícola, uno a cada lado de un escudo rojo ladeado con tres coronas. Los greñudos barbudos, que no son lo que se dice sirenas, llevan un garrote al hombro. El escudo es heráldicamente muy burdo en dibujo y concepción, y un naipe con una sota de bastos luciría más gallardo, mira lo que te digo.

Tennents, la palabra que se lee en el cartel del pub de Glasgow, no significa nada. Quiero decir, es la marca de una cerveza local, como aquí es la Estrella o la Voll-Damm, y allí Quilmes. La marca patrocina el cartel y costea así su publicidad. Por ejemplo, dentro de Las Cuartetas, la pizzería, en la pared detrás del mostrador se ve la montañita o el dibujo de una cordillera que es el logo de la Budweiser. Cuando nos dirigíamos a Dennistoun, el barrio de Glasgow parecido a Valentín Alsina donde nos íbamos a alojar*, vimos, caminando por la calle, la planta embotelladora de la Tennents.

He estado escribiendo de un modo febril cartas extensas desde que llegué. Escribí a Diana Griffiths Grant, la que vive en City Bell cerca de La Plata, nieta de un hermano de mi abuelo, de esos primos que uno no da pie con bola cuando intenta reconocer en las bodas y en los decesos, que no bailan, no lloran y tienen los ojos fijos en uno; a Kitty, la prima a la que había que ir a ver con precauciones; a Alicia y Muñeca, las de Santa Fe (Alicia adoptó a una chica, que tiene la edad de Paula Loneliness**; ellas viven solas desde la muerte de sus hermanos, Carlitos de cáncer y Jimmy se suicidó), y al Cuervo. Yo también «no paso día» en que no os recuerde en comprimido o en inyección, que no me caigan en granizada los pormenores de algún encuentro, que no oiga una risa o me adentre como los polinesios, siguiendo la ruta de un comentario, que no camine creyendo que lo hago con vosotros o hable con alguno en la penumbra. Esta segunda visita más que la anterior que hice en el verano de allá me dejó una nostalgia, morriña en ascuas, no del país, sino de las personas, y de una promoción de la familia, no de la modesta, que tiene que desaparecer o transformarse, sino de la amplia que engloba a los amigos y da el matiz más rico de ‘clan’, de la cual nadie, y tampoco yo, sabía nada. Me ha tocado ser el «aglutinante» como me dijo Norma*** la tarde del domingo 17 en Luján y me complacería realizar la gestión festivamente, sin incurrir en un enojoso paternalismo.

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* Y me alojé cuando llegué a Glasgow la primera vez, en 1996.

** Paula Soledad José, hija única de Nélida.

*** Norma Núñez, de la pandilla que teníamos con el Cuervo en Luján en 1965: Carlos Gabriel Herrera, Quieto; Edgardo Rubén Simionato, Osteon non Grossus; Mirta Mabel Cherencio, su mujer; Beatriz Morasso, Mi’amá e dijo, y Carmen Núñez, que me dio calabazas.

ASUNTO: Pregúntale a tu hija.
FECHA: juev 25

Pregúntale a tu hija, que sabe inglés,
qué significa el vocablo
loneliness.

Se pronuncia /loun´linés/; la virgulilla en el aire del renglón indica dónde has de realizar la tensión fonética.

Te mandé ayer en cascada con otros la última foto —reciente— al buzón chiquito. Es una muy hermosa de nuestros dos cachorros que lloro como un bagre y me quedo extasiado mirándola, ¡vaya tontícola! (habitante de Tontilandia). Parece preparada artísticamente, y no, fue una auténtica «instantánea». Minaya me preguntó qué era lo que me emocionaba de sólo verla, qué es lo que veo en ella. «La eternidad, viejito —le dije—, el porvenir abierto como una vena… Tiene algo de esas películas o esas series como Felicity de gente joven que tiene todo por delante, en los dos sentidos, que empiezan con todo latente y se entusiasman con que será duradero.» Y está en la postura física de los dos, tan femenina la de Noctifer, y descuidada, reposada y viril la de Rainiero. La tomó Stella por una excepción de destreza virtuosa en el monasterio ese de la trapa* al que va tanto. Este fin de semana también va, con más gente, en un séquito de coches por la autopista. A mí me dejarán, de camino, en Zaragoza porque voy a «visitarlos», ya sabes a quiénes. Solo.

El Cuervo no contesta. ¿Sabes algo tú?

_____
* Santa María de Huerta.

ASUNTO: ¡Está muy obscuro este sótano! ¡Y qué mal huele la galaxia!
FECHA: miér 1 OCT  13.11; 13.21 (a Silvia)

29 y 30 de septiembre de 2003,
lunes y martes

Estuve en Zaragoza este fin de semana, como te anuncié en el mensaje del jueves 25. Juanjo, un amigo de Petrarquita de la primaria, le dice que no le cuente nada de lo que está viviendo a Silvia; el «hombre blanco», de quien ya te hablé en una charla del Messenger, le dice a Silvia que deje a Petrarquita, y a mí el Mosquito me había dicho que no fuese: «La solución no está allá. Está aquí». Y nadie obedece, por lo visto, y cantando amorosamente al desacato, pues… el destino se cumple.

No era necesario ir este fin de semana, ya que Petrarquita iba a venir al siguiente; pero alguien tenía que abrir la puerta. Humeaban las cosas acumuladas detrás.

Coincidió con un viaje de Stella y conocidos que están donde ella estuviere a La Oliva, coches en rosario, como van los gángsters al sepelio. Bambi, la mujer de Joan Baixas el cómico de la legua como aquel maese Pedro el titerero del mono y el retablo, la candorosa Bambi, silvestre materia, nos llevó a Rainer y a mí en su coche, dejándome cerca de Santa Isabel, en una gasolinera. Allí fue a recogerme Petrarquita.

Vino con su pantalón corto de explorador lleno de bolsillos y de párpados, la camisa empuñada por el calor.

Rhea Silvia no salió a recibirme, ni saludó tras la puerta del dormitorio donde estaba encerrada; un cuello almidonado habría hecho ruido, pero ella no.

El viernes, anocheciendo, me invitó al jardín. Había hecho la espera lo más agónica posible; cuando no te das cuenta o antes de darte cuenta, te estás meciendo con los pasos de una mujer, que restablecen su poder de mano en la cuna, o anhelando que pase la escoba sobre el boyuno ayer en que sólo era «la esposa de tu mejor amigo».

Antes de pronunciar la única invitación que le oí, supongo que Rhea Silvia habría salido al jardín por ella o por el pequeño Pablo, a quien saca para que ventile su colosal energía de niño, y lo suyo no es salir sino desaparecer, retirarse de donde se apretuja con otras presencias, y expandirse donde las sombras aceleran el olvido. En el jardín revive su espíritu y hace lo que a otras mujeres les queda tanto por hacer aún: espera a que algo, el jugo de las plantas quizá, la rabia que la desorienta y la mutila, traducido por la luz anaranjada de la calle que rasura la tapia, alcance la temperatura de ebullición o de fusión; huye para que vaya a buscarla y respete lo que pueda, expresando el deseo de conocerme y ver hasta dónde llego.

—Mírame a mí, mírame, yo seré la boca para ese pensamiento fosforizado que grita. Dame esa mirada a mí…, dámela a mí. Dime: «Quiero verte los ojos cuando caigas». No dejes de mirarme, que soy la incomprensión del Bien.

»Mírame.

»Bisunto de ti, seré tu egipán, soy tu cronista. Salto limpiamente de un risco al otro de tu fantasía. Voy a sonar con tus vértebras, van a zurcirme a tu historia. Pido ser la esponja de tu desdicha.

Sentados en dos sillas blancas de plástico, sin distinguirnos las caras, ¡hablamos tan claro en las tinieblas!

Después de haberme invitado esa sola vez, salía a buscarla.

El sábado, allí le duele a la noche que uno no tenga qué comer, la vi de pronto, de pie en una repisa junto a una pared.

—¡Albahaca, Silvia! Susto exclusivo me has dado… ¿Qué estás haciendo ahí arriba? Pareces una cariátide.

—Estoy mirando cómo trabajan de noche las hormigas.

Y eso parecía que estaba haciendo, definir como Adam Smith un sistema económico, el de su dolor, y adivinar los aspectos del taller en insignificantes hormigas, mediante un cuidadoso análisis por el lomo de las hojas de uno de los árboles frutales que en el patio había. Lo cuantitativo del error se obtiene de lo cualitativo de la penumbra, que juega siempre a favor de las mujeres. Rhea Silvia bajaba la cabeza, haciendo que la penumbra formulase recomendaciones: ora le ponía un antifaz y yo me hurtaba al impulso de abrazarla, «No me verás llorar», ora monologaba en sus ojos obscuros de loca que ven para los preparativos finales de comprender, quemando como hace la brisa a las dos de la tarde, mientras duermen los falsos inocentes y los verdaderos culpables, cuando es más vesánica, más briosa, la brisa briosa, cuando es una juntura en lo que los locos están pensando hacer y el arroyo que acarrea los pensamientos de los muertos.

Llevé tres películas para ver en día y medio, dos tesoros del terror de la Universal y la Warner, respectivamente: El increíble hombre menguante y La humanidad en peligro, y la que se había hecho redoma de tanto como hablamos durante tanto tiempo, que al Petrarquita se le hizo grata la idea de verla, por fin.

Verano del 42.

Me recosté en el futón que tienen en el escritorio, el jergón japonés donde determinan de copular y salir a buscar los hijos; él se sentó en la silla giratoria del ordenador, frente al cual trabaja, y ella vino y se echó donde hay fama que alargando la mano se la toca, de tan cerca. A la gloria de los siglos venideros le corresponde descifrar por qué se durmió, pero eso fue lo que hizo. Se quedó dormida junto a mí.

Emitía un ronquido que dicen que ha de ser lo que se oye pasando una página en una biblioteca con cinco o nueve personas.

La figura y postura de una toalla indefensa y enroscada.

Salve, Regina, susurré con los ojos, robándole esa vez a la antífona lo que alguna vez dijo el amor, mientras uno de sus rizos…

Mi caricia la dará otra mano
y un gusano me besará antes que tú
.

La noche del sábado al domingo soñé con ella. Yacía como Sancho el Fuerte en la colegiata de Roncesvalles, sobre una superficie que no era un túmulo sino que parecía una mesa. No sé si estaba muerta. Me acerqué y la besé en los labios. La mucosa es como el celofán tirante, pero aquellos labios eran como de madera, me raspé con sus labios de madera seca. Labios leñosos.

Petrarquita me acompañó como hace siempre hasta la estación de autobuses. Esa mañana en el jardín, con una luminosidad congestionada que zurraba de lo lindo, Rhea Silvia giraba sonámbula entre los árboles frutales otra vez con Leonor, la niña ricadueña que va a saberlo todo de todos como siga en brazos. En lugar de ser la madre quien pasea a la beba para calmarla, es la beba la que calma a la madre, permitiéndole que se agarre de ella; Rhea Silvia es el bebé de su beba. «Deja de pasear como un leopardo en una jaula», le había dicho la noche anterior.

No quedaba mucho por decir, ni se podía crear la ínsula para decirlo, lo que significa ir hacia atrás, abreviando el pasado, a unos momentos de esa misma mañana antes de llegar el marido, pensar en lo que dijo y sestear en el viaje recordándolo, y armándolo. Me había mirado con esa mirada negra que cornea la vista del otro y casi no la oí, pero lo dijo, luz por la boca de labios leñosos.

—¿Volverás?

Es lo que Dios le preguntó a Caín después de haberlo marcado.

ASUNTO: van más mensajes (continuación de la serie)
FECHA: juev 13 NOV  14.24

Te aclaro, como me pediste, y traduzco significados a los que se entrega tu atención y tu conocimiento al ñudo se rasca la cabeza.

□ «il tuo vizio è una stanza chiusa e solo io ne ho la chiave»; trad.: ‘tu vicio es una habitación cerrada y sólo yo tengo la llave’.

□ Las gorgonas eran divinidades griegas, tres hermanas, Esteno, Euríale y la más famosa por el porcentaje de cuadros que le hicieron, Medusa. Te volvías piedra si las mirabas. No sé por qué le juntó ese adjetivo religiosa, ni qué adelgazado matiz de vicio o picardía implicaría sobre el que habría que volver muy de veras. Los pies del análisis nos llevan a donde no hay lo que analizar. A veces es tan honesta para ocultar lo que le da vergüenza reconocer ante sí misma y lo que verdaderamente le mojo con mis aguaceros pasionales, que hay que escuchar un eco de lo que quiso decir porque, o te parece un desatino de mucho pido, o el significado se hundió y hay que meter la mano en el légamo para sacarlo.

Para que añadas al «compacto» del otro día, te mando la continuación de la serie. Como no me acuerdo de los que te mandé, seguramente tendrás «repes» (repetidos) los mensajes que sirven de juntura o hacen de bisagra, ya me entiendes. En cualquier caso, la máquina es ideal para eso, borras los que ya tienes, empalmas y listo.

Me decías (domingo 2 de noviembre) que Paula Loneliness se iba a radicar con el novio en Zurich. Hace tiempo estuvimos. Cuando fuimos a Suiza y paramos en Lucerna, hicimos Interlaken, Sankt Gallen (una ciudad de oficinas), Zurich y Berna, la capital. Es una ciudad muy grande que no me llamó especialmente la atención, al revés de lo que nos sucedió con Berna y con Lucerna, donde Stella me regaló el reloj de cadena para cruzar la panza (saboneta) que no pude usar porque se fue en la bolsa que perdí, ¿recuerdas el desastre?

El sábado nos vamos tempranito a Roma, a pasear y festejar el aniversario del viernes pasado y dos cumpleaños —nosotros concentramos las fechas—, el de ella el 26 y el mío el 13 del mes que viene, como ya sabes. Vamos a todo tren de pobretería, parando en un convento de la orden cuya conexión nos la proporcionó el franciscano este que te dije que nos llevó hasta Pamplona con el otro. Fray Papilla le decimos, por el cura que cuidaba a Marcelino pan y vino. Pasaron por La Oliva y en seguida se estableció una corriente de cálida y recíproca camaradería*. (Debe de estar el retorno en potencia, con lo que a mí me repugnan los cristianos…) José Delgado se llama —aunque nació en Cincinnati—, chamuyaba el castellano, pero es cierto que el otro que iba con él, que también se llama José (Joseph), que es de Minnesota, no lo hablaba y en el monasterio no había nadie que hablase inglés, al pobre hombre lo sentaban a la mesa a la hora del almuerzo y miraba a todos con la blanda suavidad del hongo sonriente. Creo que ése debió ser el motivo principal del acercamiento.

Nena, habría que ir tocándolo al Cuervo para que despeje unos días de Semana Santa y poder volver a Luján, esta vez con él, los tres juntos. No me contestó el mensaje-carta de siete páginas que le envié el 11 de septiembre, hace ya dos meses. Tampoco los de Luján, Quieto y la Cherencio. Lo único que faltaría —es lo que temo y no es improbable— es que en Semana Santa se ausentara de la ciudad.

_____
* Más tarde descubrimos que se hacía pasar por franciscano.

ASUNTO: Dos mensajes. Una valoración y una respuesta.
FECHA: dom 23  20.18

Impresionante —y te lo tengo que poner en cuerpo 24 para que te explote en la cara el elogio— la interpretación contenida en el del sábado 22, el de las 20.37, el primero, que se sale del mensaje, impresionante por lo certera.

No se me ocurre otro adjetivo, Jimmy, la verdad, nena. Me dejó a la vez ahíto y boquiabierto, pidiendo más, y temblando.

¡Lo que has aprendido!

Es como si me hubieses leído el pensamiento. Como decir palabras mías, pero verlas en tu boca…, no sé. Parece obvio, puesto que siempre se dice, es una frase hecha; pero la sorpresa no fue obvia. Pensaba ir preparando el terreno para una despedida, salir de todo esto, QUE NO CONDUCE A NADA Y QUE ES PAJERO. ¿Queda bien grande?, ¿es suficiente? Le iba a escribir un par de cuartetas, un preludio, digamos, para ir retirando la pata. Había escogido la palabra italiana uscita que vi mucho ahora que estuvimos en Roma, en baños públicos, museos, en el subte, y me la reservaba para lo último, porque quiere decir ‘salida’.

¡Hurra por tu mente!

Ahora bien, ¿qué es eso de «no mostrarme tan urgente», escrito en mayúscula? ¿Por qué y para qué debería no hacerlo? ¿Qué podría obtener de ella si me mostrara de una manera o de otra? ¿Qué es lo que busco si nunca viene a Barcelona? ¿Chuparla?, ¿morderla a distancia?, ¿acostarme con ella?, ¿besarla tan sólo?

¡¿Cómo?!

¿Moverla con mis versos por control remoto?

¡¿Qué?!

¿Y qué es «lo que falta y se arruinaría»? ¿Y «muy poco» falta?

En cuanto al mensaje posterior, el de las 20.45, no recibí ningún mensaje del Corvigénerus, díselo. Se debe haber perdido en el ciberespacio. Últimamente, se me están perdiendo muchos, tanto los que envío como los que tendría que haber recibido, después me entero. Tiro con balas perdidas.

El buzón se le quedó chico con las fotos, igual que a ti y a otros. Las imágenes y dibujos, todo lo que esté pintado lleva una tonelada de bytes.

ASUNTO: compact disc (continuación)
FECHA: lun 1 DIC  15.24

Tal como te lo anuncié en el mensaje que te envié hace un rato, te adjunto el partido de ping-pong* hasta esta misma mañana, todavía con el sonidito de los pelotazos. Por favor, confírmame el arribo. Gracias.

O me engaño una vez más o me quiere hacer pan de miga esta corazón de tigre.

Y bueno… A ver si me sé comportar como un poeta por una vez en la vida.

No la esquivaré**. La estuve desafiando mucho.

_____
* Con los dardos de cancionero de todo un mes formaba una «rueda» y se la enviaba.

** Había prometido que nos veríamos en Barcelona cuando el volcán no pudiere retener más su lava. Llegó a fijar el día.

ASUNTO: «un destino grande para la Patria» (circular del GOU)
FECHA: lunes 15  14.00

No puedo aflojar ahora, tengo que estar al vivaque. Retrocedería en terreno ganado. Perdería la ventaja y el precedente del modo que he conseguido acercarme —pura pulseada de poesía— para que me hiciera la confesión de que la «alboroto», que está «hipnotizada», etc. Vuelve a releer ese mensaje en que se traiciona. El cristianismo que estrangula su conciencia haría una de sus mudanzas y ella volvería a congelarse.

Además, está ENVICIADA.

Por tu mensaje de ayer noche, cuando dices «…no se los mandes. Tal vez un día los puedan leer juntos», percibo un programa de parálisis inteligente («Sé inteligente, Jorge, vale decir, refrénate»), pero cuyo meollo es la ternura. ¡Pasión, pasión! Pasión es el empeño. Es la pasión la que se reviste de un carácter religioso, la que monta guardia. La pasión y la ternura están contraindicadas estratégicamente para ir juntas a la guerra.

Se trata de un asedio. Repasa los asedios de la historia.

ASUNTO: El fracaso de la belleza…
FECHA: martes 3 de febrero de 2004  23.33

…está en suponer que el cerco mental de esta obsesión puede cambiar de lugar y ser tendido en la realidad, salir fuera de la mente que es su lugar de refriega y reposo. Henchir la realidad de obsesión para «engendrar», para que «lo escrito se lleve a cabo».

Y el error religioso está en creerlo. La palabra informa, comunica, disfraza, pero no modifica. La gente sigue viviendo, con menosprecio de la palabra.

Cuando recibas la rueda de febrero, verás que te he citado. Hay un mensaje que le dirigí que es tan sólo una frase tuya en una charla del Messenger.

ASUNTO: ¡Industriosa ambición que hala del verbo!…
FECHA: miércoles 4  13.44

…la de pretender que el Hijo Pródigo de la palabra volviera a la realidad que una vez fue su casa y se le devolviera todo aquello a lo que creía tener derecho.

ASUNTO: doña Malvona, la chingó fiero usted
FECHA: viernes 20  18.53

Agarraste para el lado de los tomates, viejita. «No tengo en común con él haberme enamorado de una de esas musas que debió aprender a vencer el miedo de serlo» se refería a rosa fría y no a Silvia, al episodio del sábado 8 de marzo del año pasado cuando se me apareció en casa para pedirme consejo sobre qué debía hacer con el cantor y el besamanos. Toda tu interpretación queda, por consiguiente, destroncada. Repasa ese renglón, te decía en la piola del 3 de este mes, porque me parece que lo omites y estás cada vez más lejos de penetrar mi disputa interna con ella, con Silvia —la otra se acorchó como la fruta—, duramente frenada y criticada por mí para que no estalle, conchabándose con la cólera (dos veces «No la entiendo, no la entiendo» en tu mensaje del miércoles), que, por otra parte, ya se me pasó. Te estimulo a repasarlo.

En su mensaje del 30 loco deja la aventura humana y el organigrama literario. Ese mensaje le sirve a ella para despejar su posición en el cancionero, soy madre y esposa, y brindarle una coartada perfecta para insinuar la promoción de estas dos opiniones más adecuadas:

a) Loco como ‘enfermo’.
b
) Loco como ‘mentiroso’.

Al estar loco yo, no lo está Petrarquita que hace, objetivamente, lo mismo. Apaña, por tanto, unas distancias privativas de él y de esa manera Petrarquita no habría cantado a una musa, llegando al amor por el canto, sino que se habría enamorado simplemente de una mujer. ¿Qué se consigue con esta argucia reductora?

1) Se despoja a la literatura de su peligrosidad, en cuanto al albur de invadir la vida y contaminarla.

2) La relación es enfocada como simple lío amoroso, como un error cometido en la vida y contra la pareja; un error en el que incurren todos. (Por supuesto, mi punto de partida o de vista es de la élite.) Petrarquita deja de ser un poeta que se aburrió de su esposa biográfica (¡guarda!, del papel en el que Silvia quedó entrampada, por comodidad, educación, cobardía u otras razones posibles de equiparar) y continúa siendo su marido. Aquí está la clave: Silvia tiene que conseguir seguir creyendo que Petrarquita es un marido que una mujer más astuta, que se dedica a eso, le ha arrebatado y no el poeta que encarna el principio dionisíaco del canto. Tiene que negar que apareció otra mujer que llena el espacio del ídolo al que se canta mejor que ella. Si no consiguiere negarlo, debería aceptar que existe una dimensión que los demás no imaginan y ella descuidó.

Consecuencias para mí:

1) Su mala fe me reserva el status de la locura, luego, ella puede compadecer esta «yerba con qué se come (o en qué se ceba)» y consolidarse en su resistencia a esta luz-borrasca que parpadea. Se muestra equilibrada ante el desequilibrio. Es la resistencia del equilibrio, el mecanismo de siempre.

2) La literatura como ficción que inventa con el lenguaje y tiene el papel como término hasta donde llega la subversión, incapaz de vivirse, docta, digna de ser leída, hecha para entretener, educar, jugar, NADA MÁS, en consecuencia, MENTIROSA, es, con todo, lo que se me representa como la yema de un dedo apretando una llaga que pide un grandísimo rato de venganza, lo que anuncia el próspero suceso del sentido común, lo que me llena de furia por su cacareo, lo que me lleva del cabestro a golpear.

ASUNTO: distanciamiento sin y con fundamento
FECHA: martes 2 de marzo  21.26

Hace cinco días, el 27, el viernes, tuve una de esas ocurrencias-interruptor que apagan la normalidad y llamé a Zaragoza; por fortuna atendió Silvia. Hablamos más de media hora y cuando le pedí que me pasara con Petrarquita, me dio lo que busco, misterio:

—Ahora no es un buen momento.

A mi pedido de aclaración, se refirió vagamente a un distanciamiento: Petrarquita y yo nos hemos distanciado porque yo me he alejado de mis concepciones sobre la literatura (?).

Parece un distanciamiento fundado en una protesta. Traté de que con sus explicaciones viniere más al descubierto; ella estaba molesta, hablaba con embarazo y no traía ejemplos palpables de mi traición porque él le andaba en torno, así que me tuve que guardar las hipótesis para el tinte, que junté y podrían ser algunas de éstas:

1. Abandoné la paridad triangular en parihuelas con rosa fría.

Estoy seguro de que un segmento de la personalidad de Petrarquita dio cobertura feliz a la deserción, pero otra porción, tal vez con la rociada del hisopo de Estambul aún no evaporada, tuvo que elaborar un duelo y, en cierta forma, no me lo perdonó. ¿Por qué lo digo? Quedó un poema doloroso sobre esa decisión, que a medida que el tiempo pasa deja de ser vislumbrada como razonable y se muestra como la mejor. El poema me lo hizo leer en Zaragoza. Le dije a Silvia que me había ido para que respirara tranquilo. Yéndome, le dejaba cancha libre.

A Petrarquita nunca le interesó el mémento de chimie del trío. Más de una vez me dijo: «No me importa lo que hagáis cuando yo no esté». Su estrategia era sacar adelante dos parejas autosuficientes con la misma mujer y a mí eso no me interesaba.

Por otra parte, se enamoró en seguida de su musa.

2. Le ha puesto sal y romero a la penitencia de que no haya matado la ventura o desventura de la nostalgia: que ella me nombre cuando están juntos. Me ha dicho que ella me sigue extrañando y da por sentado que yo también a ella.

—Estáis condenados a entenderos.

3. Fui el jueves 19 de febrero al ICCI (Institut Català de Cooperació Iberoamericana) que está cerca de casa y, como era de suponer, en eso lo veo entrar al Lado Obscuro, que está colaborando en un programa de literatura en Citytv, una cadena de televisión local, con Emilio Manzano, uno de los ponentes, y, a poco, al Johnny. Hablaban también Andy Ehrenhaus, uno que se parece a Discépolo, y Edgardo Dobry, el Torso, que menciono en el dossier de Maléfica, al final, y que, aunque no lo creas —y yo tampoco—, fue el amor imposible de Maléfica, ¡ella le dejaba mensajitos obscenos en el contestador automático! El mote de Torso le viene de la anécdota que él mismo relató con su dejo dulce de rosarino en el que la honradez es un herido grave, que habían ido juntos a la playa, se desvistieron, «y ella me miraba, estaba muy ansiosa de verme el torso».

Al finalizar el acto nos fuimos a tomar algo a un bar, en fin, lo que se estila, camaradería por la que se paga menos que lo que te da un concesionario por tu coche usado. Johnny objetó que la forma que había tenido de irme de la tertulia había sido «poco elegante», que tendría que haber «avisado» (!), y le subrayé la versión que les había dado tanto a Petrarquita como al Octópodo, asegurándome de que había sido correctamente transmitida y no la habían tergiversado.

Quizá cuando al día siguiente contó en la tertulia que me había visto y yo le había preguntado si el Octópodo o Petrarquita habían transmitido bien la versión, Petrarquita se enfadó presumiendo que yo podía haberme quedado pensando que era un mentiroso y por las dudas repetía la versión para que Johnny la escuchara con fidelidad.

4. La más vanidosa, la de la reaparición, cuando había desaparecido y con ello ayudé a desatascar la tertulia.

Todos escriben más que nunca, y yo también. Parece que se cumple lo que dijo el Parisino hace mucho acerca de «atrincherarse». Había algo allí que me bloqueaba, me tenía escribiendo con marcapasos o peor, me distraía. Por lo que a ellos concierne, se sentían tutelados, no hallo otra explicación.

Johnny me dijo que el sandio del Octópodo sigue enfadado conmigo.

5. Piensa que tengo un lío con su mujer a sus espaldas.

Que no juego limpio.

La última vez que nos vimos las caras en El Mesón, el bar de carretera cerca de su casa (diciembre), te conté que fuimos los dos solos* y el encuentro fue tenso. Nos sobrevolaba la plataforma incendiada de las explicaciones. Él esperaba que le contase alguna cosa, que me franquease; yo guardé silencio.

Lo peor es que su mujer NO LE CUENTA NADA.

¿Te acuerdas de lo que te contaba en el mensaje del 20 de julio, que se habían invertido los papeles, y él rondaba como le había tocado rondar a Falconetti** cuando el que llamaba entonces a casa de rosa fría era él? Pasa el tiempo, nada se alcanza, nada se consigue, pero nada cambia.

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* De camino hacia un monasterio, hicimos noche en Zaragoza, en un piso de arriba del suyo que ellos alquilaban. En el momento de saludarnos hubo que hacer acopio de toda la caballerosidad y urbanidad: Stella y él eran los cónyuges esquivados, vinculados por un elástico de rivalidad cruzada e invisible. Las dos mujeres se fueron a acostar y nosotros dos a comer a la carretera.

** Apodo que le puse al pseudovillano junto al que rosa fría regresaba a dormir o a mirar el techo, o a leerle algún cuento en voz alta. Ella y Petrarquita lo llamaban de otra forma: el gilós.

ASUNTO: a mí que no se me pregunte que me lo perdí todo
FECHA: sábado 6  15.09

Recibí el mensaje del miércoles 25 de febrero, pero no sabía qué querías que opinara y te dijera.

De vuestro Kirchner (mal escrito, lo cual es sintomático que no sepáis qué se propone no sabiendo cómo se escribe) hay que empollar la historia reciente del país, la década última, por lo menos, para poder decir algo que no sea uromancia o rústica intuición luchando por disimular su insulsez, a tantos miles de kilómetros como aquí estamos y, además, desprovistos de noticias cotidianas y frescas, porque, Jimmy, varias veces te he dicho que la Argentina NO EXISTE para España, en lo que hace a las noticias.

Tiene que pasar algo verdaderamente GORDO para que os den un poco de pan en los titulares de los diarios.

Abultáis con un nivel de existencia UN POQUITÍN superior al de Portugal, que está aquí al lado y los emigrantes portugueses cruzan España para ir a trabajar a Alemania o regresar de allí o de otros países, en vacaciones, como hacen los marroquíes. La usan de patio. Ambos países, Argentina y Portugal, están confinados en lo que tiene el sentido de una estrechez o mezquindad curiosamente polifacética a causa de la lejanía informativa y geográfica (esta última, con respecto a vosotros, objetiva, claro).

Quieres que te haga el análisis romántico de la desesperación. Y por eso me la escribes en mayúscula.

A los surrealistas hay que preguntarles por su desdén en relación con la esperanza y su calidad literaria en expresarlo, con una precisión que se asemeja al sol cuando abres los postigos en otoño, entra en una habitación y te la calienta. Que recuerde, lo han expresado mejor que Henry Miller, aunque el contenido, lleno de coquetería rebelde, es perfectamente intercambiable:

«La vida sin esperanza es la más digna.»
«La esperanza es domesticadora.»

Dame una visión más clara, pungitiva y «esperanzadora», ¡ja, ja!, de esta última rueda que te mandé ayer, la de febrero, y descúbreme a una nueva luz una conciencia más grande que la que pudiere haber en ese diálogo de sordos cuyo nudo se desatará por fin cuando se pueda establecer que uno de los dos sordos no era sordo sino estúpido.

ASUNTO: Guelman se aleja. Aléjate, tristeza. Es hora de preguntar.
FECHA: viernes 12  14.32

Stella tenía un cliente de las cartas. Lo conocía desde hacía mucho. Un día me dijo cómo se llamaba. Ricardo Guelman.

Stella raras veces me dice cómo se llaman sus clientes; si lo puede evitar, se lo calla. Por mi parte, practico la saludable contención de no preguntarle y mi curiosidad para ahí.

Pero el nombre me sonaba de algo, tenía resonancias.

Le empecé a preguntar y, por un biangular período preparatorio de reparos y conjeturas, llegamos a establecer que se trataba del mismo Ricardo Guelman que había sido compañero mío en el Hipólito Vieytes, en la secundaria. Exhumé una fotografía de esas que un estudio compinchado con el colegio te toma a fin de año, a punto de terminar las clases, cuando se habla a chorretadas con tipos que no vas a ver más, y con el dedo identifiqué su inflada y borrosa cara de Porky púber en el patio inmortal y ceremonial por el viento. Teníamos trece años entonces.

Él no mostró interés por volver a verme, pasó el tiempo, mucho, y supe otra vez de él por la distancia extrema de nuestra condición a que nos coloca la enfermedad. Le habían diagnosticado cáncer de próstata.

Fui a verlo al hospital donde lo operaron.

Concienzudamente, se había asesorado sobre el mal que tenía, sin cerrar los ojos. Estaba muy puesto en la tesitura de que se iba a morir. «Soy materia con fecha de caducidad», le dijo a Stella sin énfasis. Todos los cánceres son alcabala, tributo que devolvemos a una civilización corrosiva, la propia palabra cáncer es una mala palabra, pero ése, juntamente con el de páncreas, es un animal con la testa de todas las enfermedades, posado en un pilono. No le daba por ponerse serio, ya que, habiéndolo leído todo sobre la enfermedad, sabía como una gacela que no tenía escapatoria. Y apenas tiempo. Me suele ocurrir en estos casos que no deja de sorprenderme la nota de humilde acatamiento. Estaba separado de su primera mujer, la cachila que le queda a todo el mundo si alguna vez llega a casarse; los hijos vivían lejos (uno creo que en San Francisco), y aquí había encontrado finalmente el gran amor, del que tendría que separarse en breve.

Anteayer, miércoles, me enteré de su fallecimiento. La noticia le llegó a Stella por un medio indirecto y tarde. El día de Navidad del año pasado, parece que al levantarse de la siesta: la muerte fue precipitada por una pincelada de trombosis, un trazo que hizo prescindible, innecesaria, la agonía nubosa de los cancerosos.

La fatalidad de la plúmbea, acaso inminente fecha de su desaparición, me impulsó a recuperar a toda velocidad un viejo proyecto que se alza sobre la faz de la tierra como rebeldía imprudente, espíritu de negación o confianza que se sigue del rezo a Quien corresponda. Quería ir a visitarlo para proponerle un acuerdo.

¿Qué palabras acertaría a encontrar para exhalar la incertidumbre dolorosa, en licor, con relación a los años que pasan, el lugar en el mundo que, paulatinamente, voy comprobando que es el de la indiferencia y la invisibilidad, y la dispersión de mis concepciones en la unidad de una obra en la historia del arte y la literatura? El fantasma del despilfarro vital lujosamente amueblado de las expectativas —no quiero escribir la palabrota esperanza— que se hunden en la vejez, se expresa históricamente en dos símbolos: el aplazamiento (sublimado en los hijos y las amistades) y la consagración póstuma (apuesta de la fantasía). Para tratar de romper este cerco es por lo que quería hablar con Guelman, colarme en su agonía y proponerle el «cuidado» de mi destino una vez que saliese del cuerpo y estuviera del otro lado, en el ritmo puro de la muerte. Que desatara por mí —porque desde aquí no puedo— esos nudos que están entorpeciendo y retrasando la divulgación y emoción que mi obra puede provocar; que me han dejado encajado en el origen, en las malas rachas de la adolescencia, cuando quería ir en una dirección… pero no la había para nadie.

Pensé que sentiría una simpatía ilógica por una causa completamente insólita que no hacía falta justificar y no antepondría consideraciones de la inteligencia, al no tener nada que perder… ¿Qué podía ofrecerle en contrapartida? A un muerto anticipado que te escucha, le llamea la imaginación, calcula.

Pero me lo quitaron. Se fue y no le pude pedir nada. La fotografía del colegio quedó también como incidente porque no la he vuelto a encontrar.

Era un excelente alumno, se eximía en todas, y Stella me contó que aquí trabajaba de economista. En 1959 se sentaba justo detrás de mí, al fondo del aula. Cuando tomaban lista también lo nombraban después que a mí. A pesar del orden alfabético, se me adelantó, si de verdad interesa.

El día que fui al ICCI y lo volví a ver al Johnny, me dijo que su padre estaba con un pie en el estribo. Otro. Le descubrieron un cáncer de pulmón, que por ese instinto que tiene el animal ya ha hecho metástasis en el cerebro, esencial simetría y razón suficiente para que vaya a proponerle el acuerdo.

ASUNTO: el Rainer ya no está como vino de fábrica
FECHA: lunes 26 de abril  21.55

Estuvimos el fin de semana de bailongo.

El domingo a las cinco menos veinte de la mañana suena el teléfono y en seguida pensamos que la cocodrila Rosa* había ocupado su puesto entre los antepasados. Ya está, se produjo. La vieja crepó.

Nos llama Rainer para avisarnos que tuvo un accidente.

Había ido a un guateque (allá se le decía «asalto», ¿te acuerdas?; los muchachos llevaban la bebida y las chicas ponían la torta…, en los dos sentidos y horizontes desconocidos) y no lo esperábamos hasta el domingo a mediodía por lo menos porque nos dijo que se iría a dormir a Teodora.

No se sabe cómo, «el mar se confunde, la selva se altera» (que diría un Góngora con los cables cruzados), tratando de cerrar una silla plegable, ésta se le cerró entre las manos como una trampa de lobos y le cercenó la punta del dedo medio de la mano izquierda —necesaria para las llaves del saxófono— con falange incluida. Parece que no fue el tubo romo de la pata, sino la bisagra que en la ocasión hizo de dentadura. Sangraba como un chancho, le empezó a sudar la ojera, indicio de que se va a desmayar y hay que acostarlo o ponerle una silla, los amigos se asustaron y llamaron a la ambulancia. Lo llevaron al Hospital Clínico, que queda cerca de casa, y desde allí nos llamó.

Hoy lunes lo operaron; entró en quirófano a las 11.45 y salió 12.30. Le cortaron la piel del dedo por dos costados y estiraron hacia arriba como si fuera una media para que el hueso quedase forrado, porque lo tenía al descubierto.

La uña, flotante, se la tuvieron que retirar.

No sabemos cómo se va a recuperar de todo esto. Hablando ayer con el amigo en cuya casa sucedió, le decía «Habla el mutilado». Así que ya ves, tú con la madre de Orlando que cada dos por tres se está rompiendo algo, y nosotros con el muchacho… Hace un tiempo se empotró contra un coche, andando en bicicleta, y aparte de los puntos que tuvieron que darle en la barbilla, hubo que pagar la reparación del coche: 80.000 pesetas. Su hermana solía competir con él en estos desastres. Sigue mostrándose animosa en torcerse los pies y cuando era chica, a menudo nos hacía el regalo de un huevo de pascua en la frente.

El sábado o domingo que viene te mandaré la rueda de este mes que expira. Viene más jugosa que otras veces, y con novedades.

Stella viaja mucho, casi no está con nosotros. Cuando vive en casa, sale por las tardes. Siempre tiene un recado que hacer, alguien a quien visitar y, si no es eso, se va a ver tiendas, mirar vidrieras, ¿no? Volvió a Huerta con un grupo, volvió a Israel y se pasó una semana en una ermita del Huerto de los Olivos, sola; ahora en mayo volverá a Huerta con otro grupo más, y el domingo que viene vuela a Roma con objeto de entrevistarse con el superior de la Trapa, una especie de comandante en jefe que tienen ellos.

Stella cada vez se aleja más.

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* Mi suegra.

ASUNTO: rueda de mayo
FECHA: martes 11 de mayo  13.31

La última rueda es más bien una ruedita.

Otra etapa ha sido clausurada, al quedar ceñido el cuadrado por sus cuatro vértices: absurdo (con o sin ridículo), empobrecimiento anodino de una bestialidad báquica que causaba horror, aburrimiento-impaciencia de acabar y ritual de despedida.

Y un parte ahora destinado a los atletas. Se alcanza el punto culminante tras describir un arco cronológico de un año exacto: el 10 de mayo del año pasado fue cuando le escribí el primer mensaje, el que le di en mano a Petrarquita para que le llevara.

Lo curioso es que no estoy de duelo, sino como aliviado. Digo para mí: «La soledad es una forma del vuelo humano. Con no menos rigor, ahora te has de poner a escribir otra cosa; terminó la emisión de musa legal y otros títulos y valores».

Como ella no tiene ningún plan y se desayuna tarde, no respetará que su ciclo haya cerrado impecablemente, igual que un párpado con blefaritis, y creo desgraciadamente que me seguirá escribiendo. Pero yo no agregaré ninguna línea más y respetaré el eclipse literario.

Es todo lo que hay.

ASUNTO: Is anybody there? (pregunta de las películas)
FECHA: martes 11  14.58

Te envié dos ruedas, la de abril hace dos domingos y ahora acabo de enviarte la de mayo, con los restos de mayo y un intento de ella por mantener vivo el cadáver (sin tocarlo), que colijo no será el último. Mi vanidad debería celebrarlo si no estuviere cansado y el cansancio depositado en la medula.

¿No te bajas correo diariamente?

Le hice leer al Gilroy* Mocho en pantalla el malentendido 9 mm con el que disparas, y no acababa de decidirse entre dejar de reírse por un momento y comentar tu atentado contra la tranquilidad supersticiosa de Isabel** y la cocodrila («Se habrán quedado pensando que ahora tendrán que vérselas con una profecía») y seguir riéndose camino a su habitación. La mitad de la carga prevista para el asombro inagotable contigo es ese misterioso porcentaje de sagacidad que tienes conviviendo con las cantidades a cuenta de entenderlo todo, sistemáticamente, al revés.

¿Priqui?

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* Nombre asociado desde siempre al clan, junto a MacIlroy, MacElroy, MacKern y MacKerron. Significa ‘chico, mozo, zagal de pelo rojo’ (red-haired lad en inglés; gille ruaidh en gaélico escocés). Mocho se ha convertido en el símbolo del dedito que hizo la campaña a Rusia.

** Tía de mi mujer. Garantizándole el juicio que no se equivocaba al haber hecho un injerto de un comentario mío sobre que una de las vejanconas parecía haber fallecido, Jimmy llamó para darle el pésame a la otra.

ASUNTO: Los entresijos de un final
FECHA: martes 11  22.35

¿Priqui?*

Te conté cómo iba componiendo las piezas clandestinas para Rhea Silvia, que me adelantaba al envío de cada día, incluso a cada semana. Cuando escribía una redondilla o serventesio, o un poema largo, o un trozo de prosa (caso de las viñetas del viaje a Israel), buscaba el sitio para intercalarlos, elaborando el engarce con un verso anterior o siguiendo la atmósfera con la intención de pasmarla en su falsilla —de lo cual ella creo que nunca se percató— y procurando no dejar de la mano la continuidad, que hubiere una unidad de sentido. De ahí que no es de extrañar que hubiese en reserva, «esperando», quince o veinte días de mensajes por delante de la semana que vivíamos.

Cuando empezaron a presentarse los síntomas del «cuadrado» que te expuse (mensaje de las 13.31) y dejé de esforzarme por conjurar el peligro de que se me acabara el combustible (componer nuevos textos para seguir alimentando la rueda mensual), me puse a escribir las fechas hasta el poema de lima sorda que tenía redactado hacía mucho tiempo. Pensaba que me iría acercando a la fecha crucial, 10 de mayo, y que me faltarían poemas. Pensé que tendría que dejar pasar unos días sin mandarle ningún mensaje hasta alcanzar el 10 y recién ese día enviarle el último, con la consiguiente grieta en la regularidad semanal.

No querrás creerlo, pero cuando fui rellenando con fechas el espacio debajo de ASUNTO…, por anticipado, con esos quince o veinte mensajes en reserva…, llegué justo al 10. Como si el futuro cupiese perfectamente en el engranaje.

Y otra cosa, Jimmy. Fíjate en la hora de ese último mensaje: 20.03. Si se le quita el punto, se lee el año pasado, cuando comencé a escribirle. Produce dolor de estómago saber que calcularlo habría resultado imposible.

He permanecido mucho tiempo recobrándome del aturdimiento de que es muy posible que hayan sido los hermanos de la tribu quienes acusaron la baja y cerraron la candidatura de la última musa de un solo golpe de cremallera que disuade.

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* Apodo que le viene de su compañero. Según ella me contó, fue evolucionando desde Preciosidad.

ASUNTO: Como cruzarse por la calle
FECHA: viernes 14  15.12

Te escribí en el desayuno la redacción en borrador de un mensaje que te iba a mandar apenas llegar a casa —que así es como hago siempre, lo escribo primero en papel y lo paso después a la máquina, la CPU que le dices—, azuzándote para que me contestaras y formulándote en letra de donde brota el negro como de un manantial la pregunta que te formulaba en el segundo de mis mensajes del 11, el de las 14.58 (ese día te bombardeé), que era si te bajabas correo diariamente o con cierta frecuencia; y cuando llego a casa desde el barcito-panadería en donde hace años «tomo la leche», me encuentro tu mensaje, PORQUE YO SÍ BAJO CORREO DIARIAMENTE Y EN OCASIONES VARIAS VECES AL DÍA. Ya te dije que tenemos contratada la tarifa plana (24 hs.) y el módem está siempre encendido en el cuarto del Mocho, incluso cuando él duerme.

Bueno, me tranquilizo, por indicios que me das en el mensaje este de ayer a las 23.59 recibiste sin contratiempos las dos ruedas, la de abril y el remate de mayo, y los tres mensajes del día 11; al no haber ninguna respuesta hasta hoy a estos que detallo y, en cambio, venirme otro, el del lunes 10, que, francamente, no tenía nada que ver, no había conexión, siempre se queda uno, compréndelo, con la sensación de que se pierden.

Nunca sé, a ver si me lo aclaras, si tu dirección electrónica incluye «mail» en el «uol», o sea, «uolmail», o va «uol» solo, y si poner indistintamente los dos favorece o perjudica la recepción o da igual. No me aclaro, nena.

Felicita a la Hormiguita* de nuestra parte, aunque ya no será Viajera y por esto no hay que felicitarla. Se lo dije a Stella y dijo que «te lo merecías tú (?) porque eras una buena chica». Me anticipo a tu comprensión en cuanto a que te atribuye el capital psicológico de haberla educado bien y por eso su éxito es indirectamente un logro tuyo. Ese domingo que hicisteis asado no teníamos vino en casa («¡Bebe un vinito en su honor allá!» [sábado 1]), pero se contó con velocidad de reposición y quedó un exhaustivo informe de la falta de sed en una botella volteada de sidra El Gaitero.

El miércoles alguien habrá festejado en otro lado. Si está viva aún, Marta García cumplió cincuenta y cuatro años. Stella le decía al Gilroy Dugongo Mocho Macilroy: «Hasta el fin de mis días me lo seguirá recordando».

Se nota la intermitencia, cuando no ausencia, del cuidado desaliño de tus mensajes.

Sumergido a profundidad de periscopio,

el grant Grizzly gris.

postscriptum
Ante todo, me intrigó la presencia de un anglicismo en un mensaje tuyo. «Se lo debe de haber escuchado a la Hormiguita, que vuelve flamante y fanfa de la Europa políglota», me dije. No pude encontrar blooper en mis diccionarios, ni en el Collins, ya de por sí muy bueno, ni en el diccionario de la carrera, el Hornby. Encontré, sin embargo, bloomer con el significado coloquial de ‘plancha’ (lo que nunca hacías tú en los 8 Bailes 8 del club Banfield), y de bloomer derivé a blunder, ésta sí ‘error garrafal’ y ‘patinazo’. Después el «niño de las pinzas» rastreó en el Google tu grafía y halló que significaba ‘metida de pata’.

Curioso, ¿no?

_____
* Apodo de Paula, que su madre le puso por un cuento, muy famoso en la Argentina de los años cincuenta, de Constancio C. Vigil.

ASUNTO: Sacúdete un poco las obligaciones
y descamíname un chispazo en la sínfisis pubiana
FECHA: jueves 3 de junio  13.31

Habla, maldita Peta Toppano.

Desde el sábado 22 del mes pasado que recibí tu última piola que te estás haciendo la piola, Peta Toppano, y me juegas a la escondida, dejándome una excusa en lugar de tu cuerpito: «Ahora me rajo» (¿qué manera es ésa de hablar de una directora*, Peta Toppano?) y «…te llevo siempre en mi corazón» (domingo 16). ¿Y yo qué hago en tu corazón, Peta Toppano? ¿Cómo llego, si no me dejas pasar? ¿Si, para pasar, te tengo que tocar la tetita? Y es eso…, nada más que una tetita, Peta Toppano.

¿Te «atrasaste en el ritmo de Constitucional»? Entonces la «cagaste», Peta Toppano. Y me puedes escribir. ¿O ya la diste? Seguro que la diste bien. Entonces te felicito…, y ya me puedes escribir.

No es que «espere (y desespere)», ya ni espero ni desespero, Peta Toppano, la verdad pequeña cantidad de lo ganado, aunque ella llamó de sopetón el lunes 24…, y no sabes… Lo menos que me dijo cuando le dije que le había escrito más que a cualquier otra mujer, más que a mi propia mujer, que a mi primer amor y a todas las demás musas, y que sólo por eso ella era la última musa, alguno habrá tan simple que crea en lo que va y contesta:

—No quiero que eso cambie.

Y otras enormidades a cubierto por las que no irá a la cárcel.

Pero igual querría que me comentaras el mensaje que me dirigió el lunes 26 de abril, mi poema del miércoles 28 (creo que no está mal, ¿no?), el otro del 20 «Nacimos para adorarnos, etc.», que parece que la desestabilizó, fue la carga bajo la obra de fábrica de la personalidad (cf. cómo está de estremecida en su mensaje del 26), otro suyo del lunes 10 torciendo el morro a lo irremediable y el último mío, ese mismo día.

También me dijo que vendrá este fin de semana a Barcelona, que no se conforma con el «final de trayecto» que le puse, que «no quiere realidad». En dos ocasiones, aseguró o mintió que había intentado venir, pero, al parecer, el Destino tenía preparada una buena apuesta contra ella en una carta magnífica, y perdió.

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* Era directora de un colegio, el Sidney Sowell, y en ese cargo se jubiló.

ASUNTO: otra vez al revés
FECHA: viernes 4  19.03

Te dije, esta chica, que sacaras primero las dos ruedas que tenías entrampadas en el otro correo, PRIMERO las dos ruedas porque las había imprimido y me iba a costar los dos ojos y medio huevo tipeártelas otra vez desde el principio, mientras que el artículo sobre lo del 11-M lo tenía archivado en Word y con sólo apretar un botoncito, ¡pum!, iba para allá y te daba en el coquito… Nada, en la piola del 22 me informas de que sacaste primero el artículo, LO MÁS FÁCIL Y SEGURO, y pospusiste la extracción (quirúrgica, en tu caso) de las ruedas. Y si en ese momento te hablaba tu suegra y se perdían, ¿eh?, ¿qué?

Luego, otra. La «carta magnífica» no la tenía ella, sino el Destino, que apostó contra ella (según ella, claro, que hace que el Destino cargue con la deuda de su esponjosa indecisión). ¿Tan mal se me entiende? ¿A qué velocidad máxima puede ir tu escuela cuando conduces tú, Peta Toppano?

Es viernes, día en que suele venir Petrarquita de Zaragoza para estar aquí y a la noche asistir a la tertulia en El Pato, y, en teoría, ella tendría que haber venido con él.

Son las siete de la tarde, no hay señales. Ni de vida, ni de humo.

ASUNTO: restos de temporada
FECHA: miércoles 7 de julio  14.50

Tal como te adelanté, no se iba a conformar con un «hasta aquí: se acabó lo que se daba» y la brusca secousse de l’arrêt que le venía canturreando y que se produjo el 10 de mayo la «obligó» a seguir un poco más, trastabillando y tratando de devolver con melancolía sin nadie dentro una conclusión desafinada.

Pero su sentido común, su catolicidad, esa inercia de madre estupenda de desayunarse tarde y beberse el café aunque esté frío, en señal de rendición, terminan por salvarla de acercarse demasiado a la lumbre de la pasión prohibida y resultar achicharrada. Se queda sola, sí, sus hijos se lo reprocharán algún día, como una vez dijiste, pero, por lo pronto, la salvan.

¿Debería acudir a su llamada de auxilio?, ¿permanecer cerca, apiadado, sacrificando un egoísmo a la mala memoria de otro, sin pedir ni esperar nada peligroso a cambio?

Este bacilo de la generosidad es extraño.

Por lo demás, no sé dónde archivar la ruedecilla… Pregunto tu opinión porque a mí se me supone, como inductor, creador y vengador, la ciencia de saber administrar suero a un final, poder y no querer.

ASUNTO: Declino tu invitación.
FECHA: viernes 9  19.50

Estoy preparando el anexo iconográfico de la tesis y cito algunas salas de cine, tanto de Barcelona como de Buenos Aires, actualmente la mayoría de ellas difuntas y olvidadas. Desde aquí no puedo conseguir el material de allá, lo hemos rastreado con el Gilroy Dugongo Mocho Macilroy que no veas cómo se pone (el domingo cumple diecinueve años y está de un arisco que estalla, será la falta de una novia…), buscando en las ilustraciones desperdigadas por Internet y nada: el Google espanta las sombras inútiles. ¿Tú podrías, buena mujer y abnegada directora, Priqui, hacer algo desde la villa? Son éstas:

National Palace
Select San Juan
Gran San Juan (en este cine me pajeaba).

Necesitaría alguna foto de la fachada o de los alrededores con la localización que tuvieron cuando estaban en actividad. Por ejemplo, en el sitio en donde se alzaba el cine Sena, en La Paternal (avda. San Martín), recuerdo que hubo más tarde, llegué a verlo, un concesionario de Peugeot.

No sé por qué prejuicio uniformado de larga duración (o mejor, sí que lo sé, por ese agravio, iniciado con un movimiento de comprensión, de los que dicen «Es que te conozco…») llegaste a establecer sin titubear que exageraba o acusaste a mi fantasía de representarse que consentía ella sin quererlo (sin que le importara es muy otra cosa) en que le escribiera y le diera su dosis diaria de asedio, y que su silencio era tolerancia diplomática, su estilo de darme una excusa para no ofenderse y mandarme a la mierda. El 24 de mayo, que te conté que llamó por teléfono de improviso, reconoció que «tenía el mono», le dije que era como una heroinómana de la belleza y que se le pasaría, que lo que tenía que hacer era lo que ya estaba haciendo en líneas generales, AGUANTAR, y el síndrome acabaría por ceder: Dust in the Wind. La canción generaliza posología y cura: “I close my eyes / only for a moment / and the moment is gone”. Ella se negó… Pero ya puedes figurarte de qué manera. Negación que no implica acción, propósito sin voluntad, porque cuando alguien se propone hacer algo no guarda bajo siete llaves el propósito. Voy a hacer esto, quiero hacerlo…, y lo hago en la mente, pero nadie ve que lo hago. No deja ninguna huella en el exterior. Lo suyo es «quedarse en el molde» como se decía allá, si mal no recuerdo y practicasteis.

Así que no comprendo cómo llegas a la intempestiva hipótesis de que mi fantasía construyó la reciprocidad. Será que no leíste bien su mensaje del lunes primero de diciembre de 2003, bienaventurado en tremendos (¿o meramente tremendistas?) presagios: «…es demasiado volcánico para que lo activemos…», «cuando tenga la temperatura máxima saldrá con toda su potencia…» y «Te diré el día, la hora y el lugar donde nos encontraremos». ¿Es que ella podía atreverse a volar impunemente sobre mi hábitat de león pelado, a baja altura, o, en su defecto, a gran altura (¿defecto?), sin bajar? ¿Pasó delante de mí la ilusión, exigí, detrás de bastidores, un jugement d’amour más consistente, por lo tanto, espurio, a una pasión declamatoria, a una pasión, por cierto, sin combustible?

Ella miente. Rocemos el brocado de por qué Rhea Silvia miente.

El sábado 19 del mes pasado llamé a Zaragoza con la resolución intensa de hacer las paces con Petrarquita —si correspondía—, acercarme de nuevo, en síntesis, hablar sólo con él, porque desde diciembre recordarás que había habido un paréntesis. No estaba, había venido para aquí, a montar su yegua, y entonces Silvia me dijo que le diría que yo había llamado. Colgué en seguida.

El martes 22 llamé otra vez, dispuesto a encontrarlo, y pude hablar con él. Le pregunté «distraídamente» si le había dicho que yo había llamado y me respondió que no. ¿Recuerdas que me decía «Éste no es un buen momento», agudizando las connotaciones de misterio? (Léelo reproducido en mi mensaje del martes 2 de marzo.) Sostuvimos una charla prolongada y jodona, limpia de reservas, como en los mejores días, cuando él vivía en la Torre de los Penitentes de la calle María Auxiliadora, recién mudado a Zaragoza, y era aún soltero. Todo seguía o parecía seguir igual; como le oí decir a Raphael en una entrevista: «Mañana salgo al escenario». Por alguna razón que obedece a la invención nostálgica de un oasis entre la calma y la rabia, Rhea Silvia no quería que hablara con él. Tal vez por el verso de su poema («Mi nombre sabe a abandono…»), tal vez por que le destroce los nervios oír que su marido y su festejador lleguen a una situación de concordia sin ella. Él y rosa fría, yo hablando por teléfono con él… y ella al margen, animal agonizante cuidando de los hijos, a la paciente espera de que crezcan. Quince años más rabiando.

No puedo formularle esas tres preguntas que me escribes. Las otras dos no son preguntas. Afirman sin que exista la tradición de Rhea Silvia. Sería maltratar a la musa, abusar de un clímax emocional, castigarla por haber tomado una decisión incluso a pesar de su indecisión. La indecisión, y la suya es de una pieza —como hay hombres de una pieza—, también decide, a la larga.

Sería reprocharle algo.

Y eso no lo haré, Jimmy / Malvona. Porque no sé si me lo dicta el desparpajo de Jimmy Twice o me lo insinúa la inconsciencia de Malvona. No sé si sería prácticamente imposible fallar con esa «pólvora seca», pero me quedo con la actitud, que nos lleva mucha delantera, de unos versos de una ¿rumba? de Sabina, que desisten de «ir en romería / con la compañía / del Santo Reproche».

ASUNTO: Declino tu convocatoria…
FECHA: sábado 10  14.08

…a una lucha que, probablemente, haría que encaminara mis pasos hacia la misma puerta de salida. Se lucha para conseguir y retirarse confusamente y escribir más tarde desde el desorden —toda la historia está allí para atestiguarlo—, y se dispara para ver si damos en el blanco. Pero ya di en el blanco, y varias veces. Dar en el blanco no es más que un agradable sonido.

Es como para decirte: «Sí, ataque, vaya usted, se lo ruego».

Todavía se sigue divisando a lo lejos la monja que Silvia estuvo a punto de ser cuando se enamoró en Peñíscola del Petrarquita y se casó, fatigada del Eros, de esa masa compacta que movíase bajo el puente, de ese Eros que, acurrucado, aullaba.

A lo lejos se divisa la monja, déle usted el nombre que le plazca, pero no bien se le acerca uno, la ve. Lo que se aprecia como resultado de la labor de sus cavilaciones y sus deseos es la labor del gusano de seda.

Los versos correctos de la rumba son: no quiere «ir en romería / en la compañía / de la cofradía / del Santo Reproche». Faltaba un hexasílabo. Casi le causamos un disgusto a Sabina con lo bien que escande.

Contención y despego.

GRIZZLY GROAN GRANT.

postscriptum
Fotos o dibujos también de la Bidú, una especie de Coca-Cola en botella curvilínea y de vidrio granuloso. Creo que se embotellaba en Rosario. Patrocinaba un serial de radio con las aventuras espaciales del Comandante Bidú —título del programa de la tarde; iba después de Tarzán, rey de la selva, patrocinado por Toddy*—, fusión a ciencia incierta de Buck Rogers, Flash Gordon y Ray Berton, el hombre de lata.

Y de la naranja Cluny, para mezclar con agua, que se vendía en Ciudadela.

_____
* El Cacaolat argentino.

ASUNTO: alcornoques, robles y castaños
desbordan en el Montnegre la noche misma;
dentro de la casa, debate
FECHA: lunes 12  23.30

No te expliqué lo que me preguntas, qué significa «tener el mono» y el merecimiento del vocativo Peta Toppano, porque estoy como contemplando desde un puente las aguas de esta vida actual correr. Rezagado en una enfermedad, que no atacado por ella, no llamo la atención de lo discreta que es la erupción, a no ser porque a veces coinciden una alusión o una discusión fuera con ciertas moratorias ideológicas dentro y sin apenas sobresaltos, si viene a ayudarme el vino de Gandesa de manzana fermentada que beben los payeses que anoche Joan Baixas, anfitrión, me facilitó en su casa del Montnegre (como un bosque de las películas de Drácula) en donde éramos como quince personas y entremezclado con ellas José Luis Navarro, un monje de la Trapa muy amigo de Stella, liberto para la ocasión, de civil con el permiso de su abad, salgo, digo, sin apenas sobresaltos de esta gripe de nuevo cuño y me pongo a bramar, como siempre, contra Dios. Es como gripe, por lo que hay de más esencial en el estar dislocado, en efecto, y aunque uno vaya por ahí bien peinado y con todos los botones abrochados, créeme sin arrugar las cejas, es el resultado del choque de la decisión de dejar de escribirle y la hospitalidad que mi mente y mi mano siguen dispensándole. Si uno pudiere deshacerse mientras lo están mirando o quedarse inventariando el alud de lo que mira, de esa manera evaporada y desprovista de pelo se me vería, sumido en mezcolanza: huida de una belleza que ya no me desafía, abandono de lo que fue quimera festiva con la adecuación en medios y fines a los brincos de un bareback bronc rider, distracción y cansancio infinitos.

La vida ordena continuar, y, por otra parte, a ti ni te va ni te viene.

Peta Toppano. Surge el nombre y obedece a ese impulso juguetón, tan propio de los sagitarianos majaderos, al que una vez me explicaste que también eras aficionada (martes 11/3/03) y que nos lleva a deformar los nombres, movidos por eso, un regalo infantil y perverso de juego. Los poetas, los que no cultivan la poesía entre los tiestos de plantas, son muy adictos a jugar; están el poema de Picasso, escrito con ramificación de trabalenguas por Jesús del Gran Poder, y las jitanjáforas del cubano Mariano Brull. Jugar con las palabras es del mismo color de la evasión humorística y la busca poética.

Es el nombre de una actriz que trabajaba en una serie…, cómo clasificarla… De masajes integrales erótico-anales a 4 manos que dan poder, dinero, sexo y corrupción. La serie era australiana y la pasaron hace años por televisión. ¿Viste que hay nombres que te quedan por ser graciosos, altísonos, estrafalarios?… El de Peta Toppano es uno. Desilusiónate, pues. No hubo intención de agregar otro sobrenombre más a la sarta (lunes 21 de junio) que aceptas resignada. Sí, «fue al garete».

Stella dice que tengo un basural en la memoria que no produce nada, cuando lo que tendría que tener es una central eléctrica que por lo menos produce.

«Tener el mono» es una expresión privativa en su origen de la jerga de los toxicómanos y que luego pasó al lenguaje coloquial. Se denomina así al estado de convulsiones con sudoración —en fin, si viste French Connection con Gene Hackman sabrás cómo es— que atraviesan los toxicómanos cuando se desenganchan de la droga. El nombre técnico es síndrome de abstinencia. Por extensión, se tiene «mono de algo» cuando dejas de hacer eso con lo que estabas enviciada. Le digo a Rhea Silvia que es como una heroinómana de la belleza. Los heroinómanos la pasan muy mal, una de las razones de que reincidan es precisamente para acabar con el sufrimiento físico del «mono», y creo que aciertas al sospechar que debe de estar pasando un calvario.

El fundamento etimológico no lo sé. No sé por qué se le dice «mono» y no algún otro animal. ¿Tal vez por las morisquetas y el tirarse por el suelo como Chita? (otra vez te remito a la película French Connection; Gene Hackman reprodujo esa agonía y por su convincente interpretación se llevó un Óscar). A algunos los tienen que amarrar. Es menos ilógico, para la simbología de animales, muchos de los cuales no se tendrían por compatriotas, que a la heroína se le diga «caballo» (traducción del francés cheval). Si uno finge no darse cuenta, en seguida aflora el humor esquivo del submundo: se tiene el mono por dejar el caballo.

¿No te enseñé a «achicar la letra del texto»? ¿Ves? En eso te portas como una Peta Toppano. ¿Qué hiciste con las instrucciones que te di? A ti habría que adoptarte.

Te pasé la «receta» hace tiempo, muchacha. Los mensajes los tienes que sacar de Internet y pasarlos a Word; recién ahí los podrás manipular. Dentro del correo no puedes.

Abres un documento vacío, una «hoja sin letritas», seleccionando en INICIO con el mouse o ratón la opción MICROSOFT WORD… ¿Bien hasta ahí?

En el listón de abajo, junto a INICIO, te sale un número: «Documento1, 2, etc.», ¿verdad que sí?

Vuelves a la pizarra del correo electrónico, el «área de escritura» que llama el Mocho Macilroy, red rooster chulito de gallinero, y con el mouse «cubres» el texto manteniendo apretado el botón izquierdo. Lo cubres todo.

Te colocas encima del texto «obscurecido» y, ¡click!, botón derecho. ¿Verdad que sale la leyenda «Copiar»? Haces click ahí y entonces sí puedes trasladar, mudar el texto agarrado con dos dedos como si fuera un moco al documento virgen.

Una vez situada allí, aprietas la tecla Ctrl al mismo tiempo que la tecla de la ve corta. ¡Paf! Te cae en el patio. Le cambias el tamaño a la letra, eliges otra letra, operas al documento como a Frankenstein y lo archivas con el título que se te ocurra. PUEDES HACER LO QUE QUIERAS PORQUE ESTÁS EN WORD.

Una vez entré yo también en el correo de la patulea y se lo habían cerrado, pero de esto hace mucho. Después se ve que alguien lo activó de nuevo. No sé qué quieres decir con «están soplando vientos argentinos allí». Te conté una vez que Johnny, Pereira el 8000 y el Parisino Giménez Carbó participaban en un foro informático de literatura argentina. Posteriormente, se les sumaron el andorrano Galloway y el Octópodo. Ahí conocieron a una que se hacía llamar Lula. Su verdadero nombre es Patricia Rodón, es mendocina y vino a Barcelona. La conocí porque un viernes estuvo en El Pato, fue por el año 2000. Aquí tenía familia. Tal vez sea ella la que les escribe al correo de la patulea, no sé…

Sí, voy a otra tertulia, la de Visconti que ya tenía cuando iba al bar y me coincidían en ocasiones, se me encimaban y tenía que repartirme: hasta las diez, diez y media, estaba en El Pato Loco, y a esa hora me iba, llegando tarde, por supuesto, a la otra, con el consiguiente cáliz que Visconti me hacía beber porque te controla como tú debes controlar el patio del Sowell. Viajo (estuvimos en Roma entre el 1 y el 3 y una semana antes en Nuestra Señora de La Oliva), no logro echar a olvido el aire de extraterrestre pateado en el culo, estoy solo, en offside. Escribo mucho, estudio, desayuno solo, medito… Me preparo para los cuentos y para viajar a Escocia, a mi particular cementerio de los elefantes.

el grant Grizzly gris

postscriptum
Unos bizcochitos gramaticales y grasa de puntuación porque le prometo que volveremos a vernos si, en señal de satisfacción, sus erratas, señora mía, no desaparecen.

Ti no lleva acento.

Por qué se escribe en dos palabras cuando es pregunta y en una sola cuando es conjunción causal o cuando significa ‘razón, motivo’: el porqué de…

Terminamos de empadronar todas las fotos, pero siempre faltará algo a último momento. Una foto mejor. Más asquerosa. Más vigorosa. Más misteriosa. Más… A propósito de una foto mejor, necesitaría una de Libertad Leblanc que la muestre más exuberante y seborreica, con portaligas, corsé, la barbilla en un hombro, echada sobre una piel pelada de tigre, sobre una piel de oso pelado o un pelagatos… Barajando los naipes de la postura…, ¡quiero intentarlo!, para hacerle justicia a la rival profana de la Coca Sarli (entendéme bien, piba).

ASUNTO: el barrio de los tres cines, ¿cuál podría ser?
FECHA: miércoles 14  19.17

Visualizar esos tres cines que te pedí es aparatosamente fácil porque mi memoria los tiene bien hincados: si cierro los ojos, los puedo ver. Sin embargo, la certidumbre de la localización pierde el equilibrio cuando se trata de restringir los límites de la zona en donde se hallan / hallaban por dos motivos:

1) La guía Filcar que me traje es una que adquirí en 1974, cuando la ciudad aún no había comenzado a ganar velocidad en el proceso de «bruselización», la destrucción de su trazado tradicional en aras de la brutal funcionalidad de las autopistas útiles.

2) La denominación y atribución del concepto ‘barrio’ adoptadas por la publicación son caprichosas. Para que tengas un ejemplo: Bonorino y Nazca están en el índice como barrios y no son nada más que una calle de Flores y la otra una avenida que llega a tu barrio, ése sí uno genuino. Ramón L. Falcón, otro, el verdugo de los anarquistas de la Semana Trágica. Es una calle nada más.

La breva, con todo, es que los tres cines no estaban muy alejados el uno del otro. Los tres estaban, además, sobre la misma avenida (de ahí el nombre de dos de ellos). La memoria fue complaciente cuando situé el National Palace en San Juan casi esquina Alberti, porque por el número que me das en la piola del sábado 10 (2461) veo que está a la altura exacta de esa calle perpendicular a avenida San Juan. En diagonal estaba el Select San Juan; debía estar al 2500, cruzando Alberti, de la vereda de enfrente.

A unas ocho cuadras, para arriba, dirección Caballito y el oeste, estaba el Gran San Juan, al 3200 —siempre de la misma avenida—, entre 24 de Noviembre y (Sánchez de) Loria. Lo pongo entre paréntesis porque todos le decían Loria solamente. Yo llegaba a ese cine «pervertido», que nombro en La batalla de Ezeiza (pág. 167), caminando por una diagonal, una callejuela muy estrecha llamada Oruro, con una mueca de vejez romana y del madrileño barrio de Lavapiés. Venía por Loria hasta confluir en esa callejuela, desde donde me dejaba el 84.

¿Te acuerdas de lo que había en la esquina de Loria y Carlos Calvo, antes de la confluencia con Oruro? «No…, no quiero entrar…» «Dale, llegamos hasta aquí, qué te cuesta, caminamos mucho, no seás mala.» «¿Qué te creés vos? Yo ahí no entro.» ¡Ja, ja!, consulta la página 167 infra y siguiente. Lo de los patoteros del snack-bar fue real.

El barrio debe de ser una franja limítrofe entre San Cristóbal y Boedo, pues la legendaria esquina de tango de «San Juan y Boedo antiguo» está a la altura del 3500 de la primera o sea a tres cuadras de la última sala que mencioné.

La de cascotería inconveniente de todo tipo que se fue por el «caminito que el tiempo ha borrado», pero que ahora ves que lo más probable es que no se borrara y surge cuando uno está buscando algo que, en el fondo, no interesa mucho…, ¿eh?

ASUNTO: ¿Viste cuando el destino te alcanza
y te dice «Has estado mucho tiempo ocultándote de mí»?
FECHA: lunes 6 de septiembre  13.44

martes 31 de agosto – domingo 5 de septiembre de 2004

Vas a pensar que no te hago caso; no es que desoiga el ultimátum (sábado 5 de junio, reiterado el viernes 9 de julio: «[…] como no sé achicar la letra del texto para archivarlo…») de que no te escriba más piolas en letra cachota, Peta Toppano, pero es que lo que voy a escribir debe sujetarse a esa norma todavía en vigor. Voy a sobrepujar la expresión en el papel con la apariencia del confesonario. Si la letra la veo grande, el susto parece poco.

Primero una pizca de cronología. Las fechas levantan el telón de la confesión, presentando culpas y personajes. (¿Culpas? Digamos. Las culpas se duplican, hago fotocopias de las culpas para poder escribir y fantasear gracias a ellas. Para eso las cultivo, las riego como si fuesen plantas, porque sentirlas, no las siento.)

Voy allá.

Nos quedamos solos, como te dije, el Mocho Macilroy y yo; Stella Maris viajó a Jerusalén por tercera vez, a estar dos semanas en el eremitorio de Getsemaní (se pidió la ermita más alta, la que está en el monte arriba de todo). El jueves 19 de agosto fuimos a pasar el día al palacete de Montse[rrat] Soldevila, una amiga cuya familia posee una cadena de hoteles, uno de ellos sobre el Passeig de Gràcia, la 9 de Julio de aquí. Imagínate la guita. La mansión de esta mujer está en Sarrià, antiguamente un pueblo al que la clase alta iba de vacaciones y actualmente un barrio de Barcelona con variaciones impuras de Palermo chico. Ella es muy buena persona, desprendida, y le da al dinero la importancia que se puede dar a las píldoras de dormir.

Almorzamos y estuvimos bebiendo vino blanco en unas copas que no se rompen, se hospitalizan, traídas de Polonia, en su jardín de los Finzi-Contini, con un calor que quitaba la razón.

Nos atardeció bajo la sombrilla. Después se nos hizo como las once viendo en el comedor Horizontes de grandeza, con Jean Simmons, Carlón Heston, Carroll Baker y Gregory Pecoso, el que les gusta a todas las señoras. Tiene una pantalla que sube y baja a voluntad y un proyector instalado alto en la pared, que lo mismo te pasa cine que ves televisión.

Petrarquita estuvo llamando infructuosamente.

Lo supe porque al día siguiente llamó, me lo dijo y preguntó si podíamos vernos. Ese viernes, decía, vino a casa, se quedó a almorzar, porque nadie hizo ademán de moverse, y, tumbados como leones, el Mocho nos trajo un plato de lomo con nueces acompañado de puré de manzana que lo hizo compatriota por lo menos del chef de Napoleón. Petrarquita me comentaba lo apuesto que era y, en efecto, adelgazó cerca de veinte kilos, va al club todos los días y ha desarrollado una musculatura y una espalda de rombo. No sé quién se la dio, pero traía una estructura de base, cosa que yo nunca tuve, vine ovoide, y hace mucho que no se corta el pelo, así que va con la cabeza adornada de una hermosa melena de aqueo con reflejos rojizos naturales que eso sí se lo legué yo, igual que a su hermana.

Estuvimos conversando hasta las tres menos cuarto de la madrugada. No sé si «conversando» se le puede llamar a eso. La fuente de suministro debería quedar aislada para analizarse. Tal vez debería decir «estuvimos fondeados».

El sábado 21 llamó a las cinco, por ahí, y volvió a venir. La visita, el encuentro anterior, cómo decirte, no neutralizaba el siguiente. Nos volvíamos a ver y por otro canal de acceso llegábamos dialécticamente (nunca mejor experimentados el engarce de las contradicciones y «el principio de su unión en un momento superior», paso de Fichte a Hegel) a temas que aguardaban censo o retomábamos uno que había quedado de la velada anterior, semihundido o medio desangrado.

Le propuse salir al exterior y el Dugongo nos llevó en su cochecito, un Ford Ka, hasta el Tibidabo, uno de los dos montes de los cuales te hablé en otras cartas. Dejo a tu elección imaginar la cara imponderable y poco informativa que se le formó viendo al muchacho manejando tan chulito, él que lo había visto bebé en el capazo («moisés» le decís allá). Se había levantado brisa y el crepúsculo susurraba a la vez agradecido a nuestro reencuentro y tenso por cordiales fechorías que parecía inevitable que ambos nos ocultásemos por el resto de nuestras vidas. La noche avanzaba con bueyes sobre la vista panorámica de la ciudad entregada, casi física, en la distancia, como una invención, abajo… Las torres Mapfre de la Villa Olímpica, imitación o fabulación de las dos de Nueva York que desaparecieron, las agujas de la Sagrada Familia, la calle Balmes enrojecida con las fogatas de los faros pilotos de los vehículos parados en los semáforos…

A las once y veinte, Minaya entró en casa. Me quedé en la puerta con Petrarquita pensando despedirme de él pronto y entrar yo también…, y, sí, entré, pero a las seis y media de la mañana del domingo. Más de siete horas quedaron atrás, en la calle.

Quizá llevábamos allí un buen rato cuando dio comienzo. Empezó por contarme lo que ya sabía y además me lo había contado él en diversas charlas telefónicas. Que Rhea Silvia es «otra». El principio orgiástico del cual Petrarquita es el ámbito sereno consiente en que haya surgido a una «nueva vida», más plena y orgiástica, originada en el reajuste que siguió al terremoto y el desgarrón de rosa fría, sólo que, visto desde fuera, la nueva vida armada tras el reajuste seguirá a izquierdas y derechas siempre que sea con él.

No sé, Jimmy, en su entusiasmo que andaba despacio, intentando no tropezar con nadie, no se daba cuenta de cuán cándida era la evidencia de las pretensiones de un acaparador. Como ella es mujer de un solo hombre, como tú analizaste extensamente, si ha surgido a viciosa o se comporta en la intimidad como una puta señera (falda de cuero, medias caladas), es la puta de un solo hombre. Él sabe que no hay peligro y esto lo tranquiliza. Bravea entonces con que ella «puede hacer lo que quiera en su nueva vida». Me vino a la memoria el monólogo interior de la princesa María, la hermana de Volkonski, al morírsele el padre, con quien la unía una dependencia de gravitación celeste, la misma que unía a Silvia con su madre y, al morir ésta, con su lugarteniente Petrarquita: «…¿qué haré de mi vida libre?» (Guerra y Paz, décima parte).

Borracho de sana teoría por tener la retaguardia a salvo, traslapándose con dos mujeres, divertía verle cómo se adjudicaba, esponjándose como un pavo real, todo el mérito de haber despertado los vicios de su mujer. No sabía con lo que podría encontrarme más adelante y me permití recordarle el «accidente» de los cuatro poemas del 27 de mayo, que yo también había tenido modestamente algo que ver. Aparte de decirme que los versos eran «chuecos», disfavor irrefutable viniendo de un maestro de la rima como es él, me dijo que había una «nota falsa».

—Tú no sabes nada. ¡Yo soy el que se acuesta con ella, no tú!

Fue esta grosera comprobación de la fantasía pasada por la criba del hecho, esta simplificación que abrigaba evidentemente la intención acaparadora, lo que me disparó. Maléfica, el viaje a Les Franqueses los ocho, todo lo que creímos ser desandando biográficamente la recta del Graal garabateada por los estudios, no lo fuimos. Todo lo que fue no había sido. Estaba dividido por la ficción y la posesión, la nueva realidad de él con rosa fría. Aquello había sido ficción, luego era mentira. Él se acostaba con las dos, ya sin asombro. Era verdad.

Me pareció que cerraba alguna puerta y que todo el coraje le venía de la vanidad; abruptamente, le dije que conocía la mitad de la historia.

Si nos hubiéremos esforzado por encontrar palabras convenientes, la verdad se habría quedado sin palabras y no habría salido a relucir. Relucir, sí, eso, ¡relucir! Porque la desenvainamos. Para mi sorpresa, sobre la que puse un castillo encima y evité de ese modo que se manifestara, el marido conocía TODO el cancionero. Mientras yo atribuía el silencio de Rhea Silvia a la ardiente génesis de la «pasión malsana», a la golosina que estribaba en pasar inadvertido, a la natural confusión que le producía mi estro —más la acepción 3 que la 1— que, sin apuro, se iba desperezando, se desplegaba, ella le llevaba diariamente, calentita, la orina de tigre.

Niña obediente.

Decae el interés en dos motivos que ya conjeturamos.

Revaloración. Te acordarás de cómo llamaba por teléfono a todo el mundo. Debido al buco que le había dejado la traición, necesitaba con urgencia del apuntalamiento de su bajísima autoestima. A cada uno que llamaba le pegaba un torpe o valeroso palo de ciego en una situación en la que no veía la orilla y un momento de grave desconcierto. Los consejos le servían digamos de promontorio para vigilar mágicamente los movimientos que haría la traición. Así le daba murga a Isabel Carretero, la monja que sólo podía proporcionarle máximas convencionales, lentas de rectitud; mil veces le preguntaba lo mismo a Pepito Grillo*, como le dice ella (martes 9/12/03); a Stella le mandaba mensajes al celular, y a mí me tenía seco y por eso me tiré a fondo, creyendo hallar un cuerpo y me pusieron un bausán.

Celos. Esta suposición también tomó tierra hace tiempo en perfectas condiciones. Uno, que coge la brújula y no tiene más que ir acá a la vuelta… Sobre este particular no hay nada que suponer. Dos explicaciones que me dio él dejan fuera el acertijo.

Rhea Silvia flirteó por Messenger o mails con varios de la tertulia, incluso con Juanjo, un amigo de Petrarquita que, pensando servir lealmente al amigo, la paró no sabemos ante qué inminencia.

La segunda fue una explicación que los dos nos tributamos. Yo lo supe por él, él lo supo por mí. Rhea Silvia le ocultó que ella me escribía también mensajes. A él le extrañaba, pero ella aducía «problemas de la máquina, el programa…».

—¿Qué creías? —le decía yo, viendo en su rostro la inmovilidad de la comprensión; si antes no cabía en sí de gozo, en ese momento había vuelto a caber—. No, hombre, no. Había contrapunto, claro. Si no, habría sido alguien que la hostigaba, el acosador de una mujer casada.

Le confié (sobre esta pendiente me ha quedado el regusto de haber sido innoble) las veces que había intentado venir a Barcelona y el destino, según ella, no había querido.

—Tendría que haberlo hecho —dijo con el semblante demudado.

Había apoyado la perogrullada de una de esas visitas con la traqueobronquitis de Leonor hacia el 23 de diciembre, lo que le confirmó que no mentía ni exageraba y que me aproximaba a la desgracia de ser exacto, aunque él no simpatizara con la exactitud.

—Ahora entiendo muchas cosas, encajan muchas cosas… —le oía pensar en voz alta, al sentirse concernido en el hecho de que yo no podía saber de ningún modo los datos que le estaba dando porque no habíamos vuelto a vernos ni a hablar desde la noche del miércoles 17 de ese mes.

Desde luego, el maquiavelismo de su mujer está en el aire.

Lo curioso es que no siento dolor ni pienso que me ha humillado nadie. Pasó la infancia y suelo pensar que hubo un trato equitativo y que en este movimiento continuo de bajezas el número de chascos es proporcional a la ofuscación de no caer en el chiste del refrán “De tales bodas, tales tortas”. Yo la utilicé, ella me utilizó. NOS UTILIZAMOS. Fíjate que ni siquiera creo que haya existido una disposición por parte de los dos; puede haberse dado la condición previa para la primera de las cinco razones por las que es importante la fábula (νυδος) entre las partes de la tragedia. En el capítulo VI de la Poética, Aristóteles declara la independencia del drama en relación con la alegría que siega y «tiene que ver con acciones para las cuales los caracteres son ACCIDENTALES».

Le epilogué que había una guerra planteada y dos campos. Rhea Silvia iba a aguantar y a demostrar que valía tanto como rosa fría.

Si rosa fría era seductora, ella aprendería a serlo. (La seducción parece pequeña al pie de una mayor inteligencia.)

Si era la amante, ella sería la compañera. (Su ambivalencia se lo permite; la historia evolutiva de la seductora, en cambio, demuestra que no puede ser compañera. No le interesa, y seguramente se afearía.)

Si era viva y animada, ella prevalecería sobre su amargura y reiría como el Diablo.

Y si era el Diablo —en la Epístola inmoral a rosa fría, Petrarquita se lo pregunta—, sabía dónde encontrar a Dios para que le hiciese los honores de otra caída.

Había tiempo para retirar el cadáver de la que perdiera.

¿Te acuerdas de «aguantar»?

«Infamia» fue el dictamen que dominó cualquier otra apreciación u opinión menos fuerte que el dictamen. Expusimos las posiciones con un concepto del honor nulo que hasta el siglo XIX me habría llevado a la muerte. Pero es que ni yo ni el Petrarquita somos como esas flores secas que se batían en el bosque de Sokolniki con el uniforme que les iba a servir de mortaja. Pushkin, sin ir más lejos. Infame. El dictamen me aclaró la situación un año después, con una luz nueva. Sí, había sido un infame semicapro, y en su dignidad de esposo y caballero transfigurado en compasión y perdón me indicaba sencillamente que lo había sido por aprovecharme de una mujer «destrozada».

No lo negaba, le dije, pero tampoco me importaba. La infamia es un criterio burgués, que cohíbe sin reprimir sensaciones que el burgués siente y por fariseísmo se traga. Es un estado meramente funcional en las personas bien educadas, además de ser, para un baudeleriano, una rica salsa que se le echa a la escritura, y no modificaba en nada la situación con Rhea Silvia. Ella podría haberme insultado, haberlo puesto a él al corriente como cualquier otra mujer asqueada y ofendida hasta las raíces («Ese que crees tu amigo te está faltando, me dijo cosas inmundas; no quiero que vuelva más por aquí, no lo quiero ver nunca más»), podría haberse defendido cortando. No sólo no cortó, sino que un año más estuvo desagotando sus sensaciones, contribuyendo a las pajas y representándoselas. Mucho más grave —lo que él no terminó de entender—, lo verdaderamente innoble, es lo que creo que hice: que la «delaté», que revelé la existencia del contrapunto, para probar que había tenido alguna intervención en el encendimiento, la «asquerosidad» de ella. Grant el hablistán.

Pero el que posee el recuerdo de su infamia sabe al mismo tiempo que esa confianza que hay en el que se lo comunica acaba por indicarle que el que se lo comunica lleva en sí, bajo la capa de grasa de la reconvención, otro infame. Si fui infame por haberme aprovechado de una mujer «destrozada», ¿qué podemos alegar de él que puso sitio a una mujer «desconcertada» y perdida como un niño en la obscuridad, la rosa fría que vino el 8 de marzo de 2003 a pedirme consejo a casa? Él siguió presionándola para que se le entregara (se bajara la bombachita), lo que quizá sea menos dulce que la garzonía, aunque más lógico: debilitado el enemigo, hay que rematarlo. Lo que le había dicho aquel sábado siguió arrojando efectos mucho tiempo después de yo dejar de verla. Él estaba enfurecido porque ella acataba lo que le había dicho acerca de que era posible que el hechizo o a lo menos su tensión se disipase si se le entregaba. Echaba lanzas en la mar: poemas poderosos no lograban sujetarla a la obediencia. Aunque todo esto no lo hubiere confesado con unas despachaderas que no le estorban, la huella auditiva de la presión que cruje está en los soberbios Versos de gangrena.

Me avergüenza el haber tenido ese ascendiente moral que él decía que no sabía cómo inutilizar en el ánimo de rosa fría, porque fue —me confirmó— el sentimiento de culpabilidad que llevé asimismo a la tertulia. Me erigí en la conciencia moral del grupo y los perjudicaba con una vigilancia que hoy conmemoro vergonzosa. Desde que desaparecí, se han encontrado a sí mismos en la fecundidad; muchas veces se quedan papeles sin leer, y me han enterrado como me merecía. A mí me había sucedido algo semejante. Nos bloqueábamos, nos mutilábamos, nos hacíamos daño, le dije.

Si por un lado me avergüenza lo que hice con la tertulia, por otro, lo que le hace estar tan contento de la situación sultánica que vive y la admiración que no lo sonroja lo vuelve poco precavido. Noto en los poemas recientes que me leyó ahora en casa algo que ha atardecido en aquella maravillosa, feroz tensión de la sed de Nirvana, Loba perversa, Ardo sin humo, quemo sin llaga, Es sangre de Dios lo que se bebe, 6.30 A. M., Orgía perpetua (el que la dejó afónica), Desesperado o Nosferatu, y se va haciendo audible la vocecita de la puntualidad periodística, ya sabes, la determinación de no eludir todo lo que hacen cuando no los ven y es lo que hacen todos, el desayuno a las tres de la tarde en una felicidad que el poema no se merece, ella sale corriendo, te chupo la concha… Ojalá me equivoque, porque ya pasó cuando estaba casado y no había vivido. Poseer a Silvia hizo amenguar la sed. Casarse con Silvia acabó con Silvia.

Los mortales que lo rodean ahora supongo que han hecho una amplificación general de su talento y no se le puede decir nada. Lo intenté, pero se puso a la defensiva. Me parece que en esta felicidad que antes era una carencia, que vivía por episodios, se está dejando definir por el halago. El halago siempre hace presa en el talento. El genio, el suyo, no lo necesita.

La otra trampa que se aprecia claramente es la repetición. Le lleva escritos, me dijo, unos ciento cincuenta, ciento sesenta poemas. Cantidad que se cobra la vanidad de ella. El poema de ayer que se ha de borrar de mañana. Inaceptable. El único que parece tener en cuenta la literatura soy yo. Stella zanjó con su consabida agudeza la incertidumbre acerca del ahínco en la negativa a difundir poemas que ya están agrupados y relacionados entre sí. Mientras le escriba a ella, el poeta será de ella sola. Si se difundiere, la polarización de la que ahora goza se vería atenuada y el fin de la aventura acaso coincidiere con el papel de la intermediaria. El poeta se entiende con el lector; la musa queda en el medio, un poco desleída y bastante irreal. Ella, cualquier otra que haya o que pueda venir después de ella, entran licuadas, a estas alturas, en un producto psíquico del principio orgiástico que canta. Si no hubiere mujer alguna, aún le quedaría el universo, como a Whitman. Hasta tal punto está prescrito, que se sintió el viernes obligado a poner cara de justo juez por rosa fría.

Habíamos quedado en ir juntos a Sant Pol de Mar, donde Ruth Lluís, la pianista, nos dejaba una semana el ático sobre la pequeña bahía encantadora.

El domingo no apareció ni llamó. El lunes, antes de partir nosotros, llamé a Sepúlveda, la casa de los padres en la que se quedó viviendo el despechado catolicón del hermano mayor, Fernando, guardián de la moralidad de la familia y la sociedad. Me dijo que se había vuelto a Zaragoza temprano, tal vez dejando traslucir cuanto le agobiaba.

Yo me quedé aquí, doliéndome lo único que me ha de doler. Petrarquita me contó que Rhea Silvia le había dicho que yo era un «viejo verde». No sé o no quiero explicarlo. Sólo sé que nunca dije en público que ella fuese una esposa «engañada», ni una virgen «hipócrita», ni una católica «falsaria».

El lunes 30, llegó Stella Maris de Jerusalén; por la noche fuimos a tomar helados al Dino en la esquina de Passeig de Gràcia con Consell de Cent, nuestro ghetto habitual, y con la frescura del alma de quien se figura que recompensa así la falta de libertad de uno, tuvo a bien informarme:

—Yo fui la belle dame sans merci para ti y te forcé a ser casto, cuando no lo eras. Soy un símbolo. Es algo que no se puede crear. Todos estos años, ahora lo veo, me convertí en tu amor imposible. Tú eres el verdadero poeta petrarquista.

Hace tiempo que la vida me es imposible por habérseme vuelto abstruso lo que impulsa a los demás a vivirla igual sin comprenderla y viene Stella y cierra el círculo de la comprensión.

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* Es la misma persona a la que yo llamaba «hombre blanco», un amigo escandalizado de Silvia, vide nota del domingo 20 de julio de 2003.

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