—Vous n’êtes que de nègres! <<Isadora Duncan al público de Buenos Aires en 1916

miércoles 19 – viernes 28 de junio de 2002

Mantengo ese estado de espíritu en que el recuerdo embarca a los únicos dos que quedaron allá, «tras las líneas», pero me obligo a ser paciente, a ponerlos en una lista de proyectos, yo mismo me adoctrino con que debe haber prioridades, a fin de acelerar la actividad de mecanografiado de una obra que tiene «sólo poco más de cuarenta renglones».

Estoy transcribiendo la tesis doctoral en Historia del Arte. La terminé en febrero y en estos momentos la estoy pasando en un Toshiba que aletea suavemente bajo mis dedos, pero cuyo programa no termino de entender y lo eructo como una sopa de cebolla. Lo compré con el propósito de consagrarlo al servicio de la tesis exclusivamente: toco a una monja.

La carrera de Filología Hispánica (Letras se llamaba en la Argentina) que había traído sin acabar, la retomé aquí prácticamente de cero —me convalidaron nada más que dos materias— y en el curso 1993-1994 empalmé la graduación con los cursos de doctorado, dos años más. Si obtengo el grado académico tras la defensa pública —te sientan ante un tribunal como los de verdad formado por cinco doctores y tienes que perorar o responder, según lo que toque—, me moriré con dos carreras, llevaré borla en las cenizas. Haz tuyo el credo quia absurdum para este viejo.

Comienzo necesariamente por los dos que contravienen la norma fundamental de la consanguinidad; los que debían haber sido consanguíneos ya me ignoraban viviendo yo allá y queriéndolo saber todo por fotos cuando volví, que estaba ante ellos y faltaba. Estaba sentado a su lado y tenían que mirar una foto vieja para hablarme y ver que era yo. Todo rueda en otra dirección, el incontenible alud de las caras… Me moriré y no lo sabrán. Y ellos lo mismo. Todos los miembros de las dos ramas fueron desconocidos, muy temprano. La paterna, los primos, sobre todo, porque a los tíos se les pierde fácilmente el rastro, ninguna tragedia irremisible sino el blackout biológico cuando a nosotros nos mataba el aburrimiento en la adolescencia; y la materna, los Petrella, con quienes era imposible establecer siquiera relaciones amistosas en un grado más alto que el de picapedrero. ¡Dignos eran de su apellido!

Y nuevamente por Nélida, la chica de radioteatro o la «chica de la tienda de la vuelta» como era Meg Ryan en Tienes un e-mail, tropiezo contigo al dar la vuelta a este nuestro atardecer.

Quien me hubiera podido ver leyendo en la pantalla tu mensaje me habría visto mostrando unos ojos desorbitados al encontrarme frente a frente al menos con una buena mitad de mi pasado, el ortográfico. Y así se lo referí a Nélida (1), que ya no me acordaba para nada de que me decían Filosofitus. Con ese pasado descarnado que traía adheridos piel y cabellos humanos volvía la barra de Luján…, Mirta Cherencio; Edgardo Simionato, Osteon non Grossus; Quieto; Beatriz Morasso (que te hacía beberte el juicio), y Corneta (Carmen Núñez)… ¿Te acuerdas de que pactamos en 1965 que al cabo de diez años iríamos a Luján y nos encontraríamos todos de vuelta como salchichas, chirriando de alegría y saltando en la parrilla? Un hecho aparentemente pasado por alto en 1975, cuando volví, YO SOLO, el 10 de agosto, que era el día para ello. Llevaba mi Savora para untarme. No vino nadie; los Núñez se habían mudado, ya no vivían en aquellos chalecitos adosados de la calle Doctor Muñiz, entre aquellos yuyales y zanjones, y mi prima Kela, la que sigue viviendo en esa esquina en un chalé que un observador objetivo diría que vio en Connecticut, me había dicho ya en esos años que se habían ido a vivir cerca de la ruta nacional núm. 7 (Carlos Pellegrini), por donde doblaba el ómnibus para tomar la avenida anchísima, Nuestra Señora de Luján, que va a parar a la basílica bien de frente.

Dices que has renunciado al cargo de «cancerbero de los recuerdos», pero siempre nos haces dar un respingo con esas presentaciones religiosas. A mí, que a la sazón me corto la mano (el presente) y escondo la piedra (el pasado), me parece que es algo común, debido a la solicitud y el buen gusto que muestras en disimular que nos sorprendes, como cuando me mandaste la foto con la barra a la entrada de la choza prefabricada de Mirta —ruinas al acecho cuando pasé—, que son casi manchas, gente del espacio, por la única lamparita sobre el dintel, y Chiquito Cherencio, el padre, está metiendo en cuadro un brazo peludo con la fotito suya.

Ven, muerte tan escondida, / que no te sienta venir, / por que el placer de morir / no me torne a dar la vida. <<Lope de Vega

Luis el Petiso Peralta o el capítulo no lo pongas, materia y espíritu, todo en juego, al precio de un combate del que algún detalle imprudente sea capaz de conmover.

Esa «obstinada» soledad que adjetivas, no por conocida es menos incomprensible. Necesitaba un lugar apropiado para llevar esa vida que llevó, pero ni haciendo un análisis social se entra ahí. Como un castor construyó un dique que se veía, viejo, y nadie puede decir que no se veía, ¿a que no? No dejó que nadie entrase a donde estaba o exactamente a donde no existía, ni los de la iglesia, ni tú, ni yo —él era amigo de mi padre y a mí me conocía de chiquito—, y me parece que tampoco Élida Bielicki, aquella dientuda que tal vez rompió con él por eso que no soportan las mujeres, que tengas secretos con ellas (o que los tengas), y que falleció mucho antes que él.

«Inexorable» la hizo él. Si vamos a contar las veces, fui más al Louvre que a su pensión de Avenida de Mayo, adonde fui una sola vez.

Se hacía él solo los trajes, uno para verano, otro para invierno. No puede faltar en una sólida forma tradicional de evocación la sombra del sastre.

Por algún sentimiento impenetrable que a gente plebeya como yo se les escapa aunque es posible pensar que era por coquetería, no quería que supiésemos cuántos años tenía. En cierta ocasión, no recuerdo cuál fue el motivo, sacó el carné de identidad. Tendría que haber terminado mis estudios de buena educación, ya lo sé, pero en seguida caí en la cuenta de que una oportunidad como ésa no se volvería a repetir. «Rápido como el rayo», como se decía en las novelas (en las malas, sobre todo), le arrebaté el documento de un zarpazo. Se puso a gritar, a su manera, claro, con la vocecilla de organismo unicelular flagelado que tenía, y a manotear para recuperarlo; logré vislumbrar la fecha de nacimiento, que era 1930. Tenía entonces treinta y cinco años; lo que te cuento sucedía en 1965, en la esquina de Neuquén y Trelles.

Había perdido por completo la compostura. Creo que, como esa vez, no lo volví a ver nunca más tan encolerizado.

Cuando Marta García me traicionó y no podía volver a la iglesia de Terrero para no verla con el Marcelino, nadie de la iglesia me vino a buscar —y yo era miembro—, no llamaron por teléfono para averiguar lo que pasaba, para comparar las versiones, para compensar (?), cubrirme con las alas extendidas de la congregación, consolar, que era lo (icono)lógico. ¿No estaban hablando siempre de la «comunidad cristiana»?, ¿de los «hermanos»? Cinco años estuve entre ellos, del sesenta y tres al sesenta y ocho. Que sea en realidad éste el motivo de la amargura congelada en teoría y abandonada como plan. Perdí el tiempo, hice una raya en el agua.

Averiguar no hacía falta. Nadie lo pretendía. Nené (2) me hizo inteligible años después el «convenio» que había tenido lugar. La estructura tenía que defenderse, un acto en legítima decencia que alcanza toda su significación gozando la madre-muro de Marta en la junta de la iglesia de las ventajas de su cargo como superintendente de la escuela dominical y siendo adversa a mis intereses por razones que se llevó a la tumba. Hubo que cargar con la vergüenza de la unión pringada (Marta y Oscar Marcelino), pero habría sido peor correr el riesgo del enemigo muerto y sentado, del rival subyacente, de una situación resuelta a medias y que podía «traer problemas» ¡si no me amoldaba yo a las circunstancias!

No se habrían fiado si les hubiera asegurado que estaban a salvo de conflictos en lo que a mí concernía. Me habría indignado mi cobardía de sólo pensar en quedarme y comportarme como el espía de su felicidad. Ya lo había hecho en 1966 cuando se enamoró de su primer novio, tu amigo Norberto Ianni. Confieso ahora todo lo que sufrí, sin ofrecer garantías de reembolso respaldado. (Piensa que soy una entidad extranjera, lo que hace un banco.)

No he vallado toda esta reconstrucción con la tentación de rastrear un llanto por cosas perdidas que bien perdidas están, que tienen la misma categoría que el reinado de Fernando VII para el ensayo de desaparición del mapa con el que vais a hacer la gran première ante el mundo entero. La he acidificado para sacar conclusiones generales sobre el comportamiento del petiso mientras yo saboreaba el mero hecho de que la congregación a la que creía pertenecer me daba el esquinazo. A despecho de que alguien pudiese admirar lo reservado que fue. Para juzgar de un comportamiento dulcificado por el pragmatismo.

Que los prominentes de la junta retuviesen el aliento cuando un domingo por la noche, después del culto, me borraron de la membresía lo comprendo; de todos modos, en eso la iglesia no intervenía y se hacía a puerta cerrada. Toda comunidad es culturalmente homogénea, y más cuando es una grey con un pastor como Armagno, el carnicero teológico. Medina, su análogo sucesor, no hizo más que heredar el balurdo de papel de lija. El desinterés brinda por formulismo la prueba de la existencia intelectual, miedosa, del «convenio».

Pero Luis era un amigo…

Lo conocía desde que llegó de Capitán Sarmiento a la capital con veintipocos años y mis padres le alquilaron la piecita de arriba.

Muchas veces se quedó en Canalejas (3) a dormir la siesta antes de irnos para el culto de la noche, los domingos.

Como comprenderás, creo haber sido el único que no se reía de él en los ensayos del coro y le prestaba atención.

Me quedaba a oírle tocar el armonio después que todos se habían ido, en el templo grande. Lo que escribí en la página 341 de La batalla de Ezeiza es la injusticia y el socorro de una de esas noches.

Él sin Élida y yo detrás de Marta con el alma de un criado, criaturitas de cottolengo, en un país que ya era un cementerio muy contrariado antes de pedir de cenar miles de muertos políticos, en la ciudad, con París, que te encanece la cabeza y te agrisa el alma, íbamos a dar finiquito del domingo a El Ombú o —lo peor es inmóvil— al Bar Santamarina, en Neuquén y Martín de Gainza, un lugar que, por más que hasta ahora la lobreguez no haya logrado otra expresión institucional que las de Horace Walpole y la señora Radcliffe, no era un lugar con fondo, sino un fondo con el prejuicio de que tenía que haber un lugar. Mostraba años enteros en sus mesas de madera, unos tubos de neón debilitados (yo diría que en cama); se podría haber sentado una cobra con el cuello dilatado al lado nuestro que no la habríamos visto o quizá le habríamos dicho: «Anda, pídete algo». A eso de la medianoche, tras mojarnos los labios rijosos con una infusión, té con limón, ¡qué efusión!, él se tomaba el 84 u otro micro en esa esquina —Neuquén era de dos manos entonces— hasta José María Moreno y Rivadavia y ahí el subte de Plaza de Mayo, el «A», y yo me volvía a la zahúrda de Canalejas.

Después de lo que te conté, no vino nunca más a Canalejas.

Jamás me llamó por teléfono.

El día del año que te casaste, 1969 (no sé el mes), con Celia Beatriz Chiappe me insististe por última vez que fuera a la iglesia. Eras mi mejor amigo y no lo hice. Mientras tú te casabas, yo estaba con una Venus paleolítica en el departamento de Eduardo Ángel Gotta, el protagonista de mi segunda novela, que estaba garchando con otra abajo, en el dormitorio que había sido de sus padres. Luis debió de recibir el tipo de enseñanza práctica que le demostraba que algo grave estaba ocurriendo para que tu mejor amigo no estuviese presente en el día más importante de tu vida. Ni aun así llamó.

Ese año había conocido en la biblioteca del Instituto del Profesorado, los dos a punto de rendir Historia de Egipto, a María Eugenia Gagliardi. Fue ella la que me «ligó» (allá se decía «levantaba») y me invitó a ir a estudiar al departamento que compartía con otras chicas en Cerrito y Avenida del Libertador. ¿Recuerdas que mi madre te llamó porque no volví en toda la noche?, ¿que estabais dispuestos a buscarme por comisarías y hospitales? Todo ese año estuve con ella, gambeteando la soledad, pero el 6 de noviembre los padres le cortaron los suministros y tuvo que volverse a Bolívar, de donde era. Había conocido además a un muchacho que estudiaba medicina, Ricardo Sarmiento, con quien se casó. Yo entonces tenía los brazos porosos y no podía retenerlas (osteoporosis creo que se llama la enfermedad).

Así nos ponemos en el año 1970, año crucial para el país, al cual la ola de castrismo le salió por un ojo de la cara. Secuestran a Aramburu, lo acochinan, lo arrojan a un pozo con cal viva, en Timote, y con esa acción sin remilgos empiezan a figurar los Montoneros en los diarios y en la mente de la ciudadanía. Empapelan con las caras de los primeros toda la ciudad; mirábamos las caras en los carteles que parecían los de las películas de cowboys, las de Gustavo Ramus, Carlos Capuano Martínez (abatido en un bar de la avenida Montes de Oca en 1972), Norma Esther Arrostito (liquidada con inyección en enero de 1978 en la Escuela de Mecánica de la Armada)…, y algunas caritas, la del fervoroso desencaminado Fernando Luis Abal Medina, caído con Ramus en la pizzería de William Morris casi en seguida, y la del Comandante Pepe, el sobreviviente bien encaminado… Todo ese año me sostuve con encuentros concretos a los que Nélida asentía —no los mezquinaba, pero ella tenía su vida—, visitándoos a vosotros, que vivíais en la casa de Flora (4), y a los Rivarola. A la salida del banco, algún viernes —trabajaba en el Provincia, en Avellaneda—, me iba a Carapachay (5), al norte de la provincia, en el «tren de los borrachos». Retornaba a la capital el domingo por la tarde.

Pero muchísimos fines de semana no tenía a dónde ir. Recuerdo claramente que tomaba un ómnibus, me apeaba y vagabundeaba, llegando a la esquina, doblando, yendo por una avenida, metiéndome en una calleja en donde no había nada más que naves industriales, grotescamente desconcertado (6). El cine me salvó. Como en mi barrio natal, Caballito, habían cerrado todas las salas, viajaba hasta Boedo. Fui algunas veces al Select San Juan, al Moderno también; pero mi atracadero, cuando lo descubrí, mi rada, fue el Gran San Juan. En la tesis hablo de éste y del primero. Resulta inexplicable que Luis no se haya pasado un solo sábado por casa a ver cómo estaba. ¿No era que los sábados había reunión de jóvenes?

Al volver en el noventa y cuatro, fui a recabar noticias de él a Terrero. Isabel, la hermana mayor, muy astuta, me engañó diciéndome que vendría pero más tarde, y me tuve que clavar allí y escucharme la cantilena sin compasión, alivio ni descanso: clase de escuela dominical, ¡que nos dio la madre del Colorado y el Negro!, ¡esa señora tan versada!, himnos, hosannas, predicación y testimonios. Me sentí invadido de un sentimiento de horror al oír los gemidos interminables de los mismos bancos que tenían en la otra iglesia a la que iba cuando era chico (a la que nos llevaban en cuerda de presos a mi hermana y a mí, debí decir), que estaba en Donato Álvarez 884; el oficio se efectuaba en la capilla, no seríamos más de veinte personas.

Habían perdido mucha clientela.

¿Y quién era el pastor? Un tal por cual para el máximo templo funerario de los nazarenos, para lo que había sido el ducado y el feudo de Armagno: ¡el segundón Coolidge!, ¡el último orejón del tarro de los misioneros (7)! Miseria es de esas palabras que nunca se olvidan, sobre todo cuando la ves. Su mujer Faith, «Fe», como le decían todos, aquella altiva y díscola Faith Cochran, se balanceaba pisando y aporreando el armonio antañón que Luis acostumbraba acariciar antes de que compraran el órgano. Tus padres me contaron que se estaba muriendo de cáncer, que «se pudría». Olía muy mal y esa combinación de orgullo que siempre la caracterizó y desorden orgánico pestífero había ahuyentado a la gente, según se desprende del informe de tus padres, guiado, a lo que parece, por la ojeriza. Le pregunté por los padres, John y Mary, que ya eran viejos cuando yo era un niño, y me dijo que «los dos vivían con más de noventa años». No sé, viejo, si son irrompibles o si la fe los blinda, pero yo creo que la fe es una antitoxina contra la vida. Más rezas, menos domingos de culto te pierdes, más duras, tú, menos te gastas. Doña María de Cochran, que amonestaba a mi madre porque nos había dejado ir al cine… (8)

Me obligaron a dar testimonio en grado superlativo, porque mi padre había sido el que había sido y porque yo vivía en el extranjero y había naufragado cerca de allí para ir a visitarlos. No hablé de Dios, ni de la salvación; no habría podido decir nada coherente ni decente sobre el alma. Hablé de fantasmas, y, de hecho, eran más palpables ellos que los que estaban reunidos esa mañana de verano y no veían a mi padre dirigiendo los coritos y quince años después a Hortensia en lo mismo.

Los presentes debieron de creer que deliraba y eso me hizo ganar la confianza de los fantasmas, porque no se escondieron.

Un incidente, el testigo que los vio y en el que no se habían fijado cuando andaban por allí, los había puesto de nuevo sobre la cinta y no sabían qué contestar. Me pregunto cuántos y quiénes de ellos se beneficiaron de decir que eran fieles, que creían, y no tuvieron que enfrentarse con un juicio justo en el cielo adonde fueron seguro. Estaban todos los misioneros norteamericanos que salían a cazar en jeep con el padre de Lito Mingorance, y el buen inglés, por importancia y ascensos, algunos endomingados de ángeles de 2.a (firman a la izquierda en los documentos) «por motivos de servicio»: los Ferguson, cuervos que aparecen en el libro del ghetto de los nazarenos, los primeros en llegar al país; los Lockwood (mi madre decía «los Lócuer»); el buen inglés Ainscough («don Alberto»); los Hendrix; Denton, que predicaba torciéndosele la boca, se escondía detrás del púlpito y tenía una mujer hermosísima que nos despreciaba a todos y eso cómo no va a bastar para seguir viviendo; los Johnston de la época de Donato Álvarez; Howerton («no león»); Donald Davis, que tenía una educada y potente voz de tenor (9) y una mujer que estaba para cortarla en lonchas, puro queso mantecoso, queso de Villalón aquí; Paul Say, el carpintero, acaso el único que habría encontrado un idioma común para entenderse con Jesús…

No quería compartirme cuando le decía que tenía que ir a verte o que él no era el único, que tenía pocos días y tenía que ir a ver a otras personas. Por modo extraño, se mostraba posesivo y me pregunto ahora, un poco alarmado, si su victoria sobre mis proyectos pidiéndome repetidamente que me quedara a almorzar no era una de tantas deformaciones de los celos. Logró que me quedase a almorzar y a estudiar esa mixture à trois que formaba con su hermana Isabel y el misterioso Alberto que también iba a la iglesia y no puedo acordarme de su apellido. Adaptaban a la simulación cristiana la base y las implicaciones para ser personajes de Sabato, pero atrancados en unas historias de frustración de José Bianco, y vivían en una casona fresca y umbrosa de Méndez de Andes 222, muy cerca, efectivamente, de parque Centenario, por eso «lo viste aparecer un día en tu puesto de la feria, asistido por un bastón», en la que lanzaban un suspiro profundo, aunque tenuemente, modos de conducta homosexual insignificantes, esquivos rituales de incesto. Pasaban la tarde en un dispensario que había al lado, que era de un médico al que servían no sé en qué. Tampoco sé si los explotaba.

Estuve más con él que con ninguna otra persona. Una tarde, junto a ese gran lago artificial que hay en parque Centenario, le pedí que me contara menudencias de mi padre, que sabes que perdí cuando tenía ocho años. Después de reclamárselo hasta parecer agresivo, conseguí sonsacarle que una vez, subiendo las gradas de la cancha de Ferro, con entrada por la avenida Avellaneda, en donde solían celebrarse miércoles y sábados carreras de motos y coches pigmeos (los midgets), mi viejo le confesó que había tenido que luchar con el impulso de precipitarme gradas abajo.

Vino el día que me marchaba, coincidió con Ester Aires Romero y el barullo reinante no me dejó razonar para qué. (Ester es una catalana de Manresa, compañera mía de la penúltima materia de la carrera, que se enamoró en un viaje en tren de un argentino…, uno bueno, aquí, y se fue a vivir allí.) Nos sacó una foto en la puerta de la casa de mi suegra, Robertson 920, en el bajo Flores, que he traspapelado sin mucha aflicción. Ester y su hombre Cali nos llevaron a Ezeiza —viajé con mis hijos, Nené se quedó— y Luis vino con nosotros. Al subir por la escalera que conducía al amplio vestíbulo de embarque, volví la cabeza; aislado del mundo y al pie de la escalera, lo vi de verdad, por primera vez y en lo sucesivo. Supe que no nos volveríamos a ver en esta vida. (10)

¿Por qué mandó a otro que me avisara? ¿Por qué no vino él, subiendo ahora por los peldaños resbaladizos de esa otra escalera? ¿Por qué quiso que supiera que había muerto? ¿Se arrepentía de algo? ¿Seguirá siendo la gangrena del remordimiento la única posibilidad de salvación?

La preciosa precisión que me das de que «dejó esas callecitas de Buenos Aires hace mucho más de dos años» no puede hacer más que lo que le manda el número. Según los esoteristas, y se lo dije a Nélida en un mensaje, dos años es el tiempo que tarda en morir el cadáver.

*  *  *

Pensé que tus viejos no dejarían de ir a la iglesia nunca y que incluso los velarían allí como velaron a Medina en el templo grande. Me digo para mis adentros que eran los únicos fieles verdaderos que le quedaban al edificio. Ese templo…, ¿sabes que es copia de otro? Recuerdo que Juan Cochran y mi padre fueron a hablar con el pastor Pistonesi. Se imponía conocer más la arquitectura de la iglesia bautista de la calle Bogotá que iba a flotar con su formato en la minicatedral que se construiría sobre el vasto solar de lo que fue la casa de ensueño de los Hendrix (11). Yo no tenía ni parte ni derecho de oír, pero como era un niño, todo lo miraba. ¿Sabes que iba a los bautistas antes de ir a los nazarenos? Y a esa iglesia de la calle Bogotá, precisamente. Pistonesi todavía vivía. Tenía la experiencia, pero no la edad para decirle que el mejor detective es el que se sienta a esperar al asesino en el punto en donde comienza el camino de los recuerdos.

No entiendo, ¿cómo que «has perdido todas tus propiedades»? ¿Es literal?

De todo esto me tendrás que hablar, monsieur le Corbeau, aunque con tu indomable y torcida sonrisa, hecho a una vida de la que ya me olvidé y desdeñoso con un pasado en el que, convenientemente adornado, habríamos podido pasar por jóvenes más guapos de lo que nunca fuimos, pronuncies por el colmillo un «no ha lugar».

 

Notas

(1) Véase una selección de sus cartas y una adición en la categoría CORRESPONDENCIA (diciembre 3 y 26, 2011).

(2) Sobrenombre en desuso de la madre de mis hijos.

(3) La calle del nordeste del barrio de Caballito donde crecí. Hace años le cambiaron el nombre y se llama Felipe Vallese.

(4) Hermana de su madre. La casa está descrita en La batalla de Ezeiza (pp. 109-111).

(5) En donde residían los últimos nombrados.

(6) La potencia emanada del principio del vagabundeo resurgió como latente adiestramiento en 1996 cuando fui a vagabundear a Gran Bretaña en busca de trabajo. Paré en once ciudades. Crucé al bies toda la isla mayor, de Edimburgo a Inverness, de Glasgow a Portsmouth, y luego un zigzag hasta Plymouth, al oeste.

(7) Un santo y tal vez por eso estaba allí. Había vendido una casa que tenía en Tampa, Florida, adonde se iba a ir a vivir cuando le tocase el retiro, había quemado las naves, en una palabra, y, contagiado de la alegría del renunciamiento, había decidido quedarse a vivir y morir en la Argentina. Su hijo Ardee Burr, de quien me hice bastante amigo en el campamento juvenil de San Antonio de Areco de 1968, era el mozalbete más ilustre entre la caterva brutal de los hijos de los misioneros.

(8) El activo temor a pecar había sido, por supuesto, inyectado a todos los demás. Cuando mantenía su relación de noviazgo con Ianni, Marta me preguntó si creía que estaba bien ir al cine con él a ver el estreno de La novicia rebelde (en España, Sonrisas y lágrimas). Le dije que no veía el problema; las películas que proyectaban en las salas de cine tarde o temprano las pasaban por televisión, y ellos tenían. Hortensia, que estaba escuchando la explicación que procuraba alivio a la dolorosa burrada, dijo que era distinto porque las salas de cine «estaban en el mundo».

(9) Eduardo Sánchez, el marido de Elsa, que era bastante gallito-no-me-mires-a-los-ojos, quiso rivalizar con él en la fiesta de despedida de Marta Laiacona que se iba a vivir a los Estados Unidos y que se celebró en la capilla con mesas alrededor y quitando los bancos, y casi le revienta la cabeza como en Scanner.

(10) El 26 de agosto de 2001, domingo, «comisionó» a alguien para que viniese a decirme, mientras yo dormía, hacia la madrugada, que había muerto.

(11) Allí vi a Arlan Ray, el hijo mayor, jugando con Bernabé Rodríguez en el inmenso fondo donde levantaban en febrero la carpa para la convención anual. Llegaban pastores de todos los rincones del país. Ray llevaba puesto un auténtico disfraz de indio piel roja con un tocado de plumas que le rozaba los tobillos. ¿No era pecado disfrazarse? Allí el hermano menor Spurgeon Leon, el primer amigo que tuve y el que me llevó a la iglesia de nuevo con el pretexto de practicar el inglés, me mostró un tren eléctrico que había que estar arrodillado a la puerta del comedor para verlo en conjunto, repleto de estaciones, pontezuelos, montecillos, pasos a nivel, abetos y laguitos, tan próximo a nosotros, los chicos de zapatilla, como los montes Urales. ¿Se lo habían comprado con el dinero del pobre Judas?

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