ANÁLISIS DE LA ENCUESTA EUROPEA DE VALORES EN CATALUÑA. Año 2000

Proceso de consultas

Movilizó municipios con una población estimada de 2001 – 300.000 hab.

Se entrevistó a más mujeres (51,16% aprox.) que hombres (48,83%).

La franja estuvo compuesta de personas con edades comprendidas entre los dieciocho y sesenta y cinco años o más.

Ocupación

Empleados por cuenta ajena, propia, jubilados y amas de casa. Los parados están, hechos de sacos de harina, mientras hubo harina, en último lugar. La clase social se reparte mayoritariamente entre media media y media baja.

Análisis del cuestionario

El trabajo es «muy importante» (P1, 46,3%); amor por la familia y célula socialmente útil están fundidos y consagrados más allá de las oportunidades, concretas, pocas, de gozarla (abrumador 84,6%); los amigos son «bastante» importantes, y también lo son «bastante» el ocio y el tiempo libre (1). El interés por la política está dosificado con «no muy» importante y «nada» importante.

Hablar de temas políticos, se habla «de vez en cuando» o «nunca» (P2), todo lo contrario de lo que animaba a la sociedad de los años sesenta, que estaba agresivamente politizada por la resistencia antifranquista y las pavesas que saltaban de Francia, el movimiento estudiantil alemán, los frentes de liberación nacional del Tercer Mundo, la celebración del dolor y el desafío anticolonial que representó la Tricontinental de La Habana, etc.

Contaminación del medio ambiente en P3. Se contradice el moderado, incluso tibio «de acuerdo» de la primera parte con el de la tercera.

La gente piensa en su mayoría (P4, 70,6%) que es «bastante» feliz, tendencia supersticiosa a rebajar el sentimiento para que no se malogre, con lo que hay que contar. Ídem con los «muy de/en»: la moderación retribuye al prejuicio del justo medio. Sólo seis confesaron no ser nada felices, contrariando el justo medio, y tres no sabían (¿si eran felices o no?, ¿o no sabían en qué consiste la felicidad?).

Organizaciones y actividades voluntarias (P5A) = solidaridad, que es prácticamente ninguna. El rubro más visitado fue el de «deportes o actividades recreativas» (11.º); el más desdeñado, el de «movimientos por la paz» (13.º). El catalán medio formula deseos de que haya paz en el mundo, pero no hace nada por llevarlos a la práctica.

No siente gran inclinación por reunirse con compañeros fuera de los horarios de trabajo (P6, segunda parte), en las antípodas de los japoneses, cuyo esfuerzo consciente de desaparición abnegada queda patentizado en el documental impresionante sobre el hormiguero de la Mitsubishi. Tampoco con gente de su misma fe, si es que de ésta queda algún rescoldo (cf. P25 «últimamente» y P30 «vida después de la muerte»), o en clubes y asociaciones (cuarta parte). Si sumamos estos datos a la indiferencia o ajenidad de las actividades voluntarias, obtenemos un perfil de ciudadano egoísta, individualista, ensimismado.

Hay en P8 una reserva o necesidad de autoconsejo, en cuanto a que no se es lo bastante prudente, que juega con el individualismo y ensimismamiento detectados en P6.

En cuanto a la libertad de elección (P9), la conjetura oscila entre que es «buena» y «muy buena», y se complementa con P10.

La encuesta enmascara o atenúa el cóctel de explotación, miseria, desamparo, mediante la frase «situación de necesidad» (P11), pero una conciencia social residual se obstina en uniformar las razones, por este orden: injusticia social y mala suerte. No obstante, en la media ponderada se refleja la manía, destinada a la exportación dado que en otros países se la suele oír, y por ello objeto de prefinanciación por parte de cierto voluntarismo, de que la tal situación de necesidad depende de la pereza y la fuerza de voluntad que consiste siempre en tener principios.

Muy reveladora también P13, por lo que respecta a las rectificaciones profundas y cambios de rumbo a que el catalán ha sometido la filosofía del éxito y la figura del triunfador moral en un proceso degenerativo de la trabazón de predestinación y disciplina de las doctrinas calvinistas (trabajo «santo», autorización del interés con tal que no excediese del cinco por ciento…). Puede decirse que la innovación de 1547, cuando Calvino sacralizó el interés estigmatizado como pecaminoso por las naciones católicas, se ha apoltronado en el relativo desprecio que se refleja en esta sección de la encuesta por un trabajo en el que se tengan responsabilidades (aspecto 13º), se pueda desplegar la iniciativa (8º) y, en consecuencia, existan buenas oportunidades de ascenso y promoción (5º). Tampoco parece interesar mucho un trabajo útil para la sociedad (9º), todo lo contrario del «buen uso» que podía dárseles al oro y la plata, en palabras del propio reformador de Ginebra, aspecto terrestre de la doctrina que se ha tornado proverbial de la macicez económica de los países anglosajones protestantes.

En la satisfacción o insatisfacción con el trabajo que se tiene (P15) volvemos a encontrar el nivel de satisfacción registrado en P9.

P16. Se contradicen los niveles 8 y 10 con el desinterés manifestado en P13: si el ascenso no importa en demasía, la autonomía es arrebatada por el que asciende. El catalán se siente libre para tomar decisiones, pero este sentimiento no se materializa en el plano biográfico-histórico, no pasa de una mera enunciación.

P17. «Se necesita tener un trabajo para desarrollar la capacidad individual» y «El trabajo es un deber para con la sociedad» reciben una aprobación que es un ramblazo para el ímpetu de la tradición cultural. Basta comparar la seguridad de las convicciones, tanto con el porcentaje de los que creen que no humilla recibir dinero sin trabajar para recibirlo, como por el número de los que se inclinan por el «ni sí, ni no», es decir, no se inclinan, con lo cual el titubeo que implica la alternativa fragmenta las afirmaciones rotundas e introduce una diversidad de casos, peligroso margen a una moral de emergencia que se las compone contra la del calvinismo del que tratábamos y, eventualmente, la de la religión católica a la que se dice pertenecer (P23).

La primera parte de P20, la restricción de los puestos de trabajo, cuando éstos escasean, para beneficiar a los trabajadores nativos antes que a los foráneos, es ociosa y puede asegurarse que ni siquiera es inductiva de arrogancia xenófoba o de algún berrido de exclusivismo.

La tercera obliga, para valorarla, a preguntarse a qué mujeres se formuló, puesto que mujeres constituyen la mayoría de la franja de población encuestada. Si estaban en su casa, y era por la mañana, eso nos autoriza a concluir que son amas de casa, que no trabajan en régimen de salario, que se ajustan a un cuadro de mujer apagada, sumisa, tradicionalista, volcada a la compra y la administración hogareña, poco o nada habituada a verter opiniones orgánicas y, por lo tanto, con un pensamiento casual, seguramente andaluza o de otra región de la España de vecindad. (Se recurrió al castellano para responder, véase P114A.)

Finalmente, la segunda parte es una apelación casi gremial al sentido común: si eran mujeres, tomarán partido por el sexo, en abstracto; si eran hombres, muy pocos deciden «ponerse manos a la obra» confesando públicamente que son cavernícolas. Los prejuicios requieren intimidad.

El sector que cubre de P21 a P39 arroja un diagnóstico de crisis espiritual y entierro que afecta por lo menos al noreste de España.

Carlos Barral venía a declarar en uno de los primeros volúmenes de sus memorias que no existía mejor cauterio para la fe que la educación recibida en los jesuitas de la calle Caspe. La exactitud lírico-sarcástica del volterianismo del poeta aparece realzada, si es esto posible, por el hecho de que los espasmos del cristianismo venatorio, tanto en Europa como en España, tuvieron un amniótico origen común: casi cuarenta años se prolongaron las guerras de religión en la vecina Francia, cuarenta años España fue malleus incredulorum y proveyó el mayor número de robots de nieve, dominicos, al Concilio de Trento, carente de vegetación humana.

Importante mayoría de la opción B en cuanto a que bien y mal «dependen completamente de las circunstancias» en P21, relativismo que acredita un amplio espacio sin colmatar y sin delimitar en relación con los «problemas morales» y las «necesidades espirituales» de la gente (secciones 1.ª y 3.ª de P29). Por otra parte, ¿de qué gente? Ochocientas ochenta y cuatro personas afirmaron que pertenecían a «alguna religión» (P22), y otras 852, a la católica (P23), para la cual el Bien y el Mal son compañeros inseparables desde la Caída.

El padrón del insignificante número de creyentes de fe musulmana y el vacío en la hindú, que goza de supuesto, hueco o recipiente en la encuesta realizada, no toma evidentemente en consideración la nueva geología teológico-moral, barrios o, acaso menos apocalípticamente, sectores que siguen conservando la materia, pero van perdiendo la fisonomía y poniéndose el corsé bilioso de ghetto, como el que se ha extendido en sordo aluvión por detrás del Liceu. En las dos primeras décadas del siglo en el que vamos entrando, la base de este estudio basculará suavemente hacia ellos.

Es interesante destacar la asiduidad, el hábito de ir a la iglesia, dejando a un lado las «fechas señaladas». (En P25 y siguiente se distinguen adecuadamente el flujo de motivación, de devoción real, cuando se llega a la adultez y nadie es compelido a hacerlo, y la carencia de motivación a los doce años, cuando un niño, entrenándose en el orden inevitable de las cosas, debe obedecer.) Suman 668 las personas adultas que confiesan asistir con poca frecuencia o «nunca, casi nunca» (P25, parte primera).

Los acontecimientos sociales por antonomasia siguen remolcando la mayoría de las opiniones en P27. Por prioridades: fallecimiento, nacimiento y matrimonio. Llegar a la vida le ha quitado un sabroso segundo puesto al chi lo sa? de unirse con otra. Pero no hay que fiarse; aunque quizá nunca el matrimonio haya fracasado tanto como ahora, las personas siguen hallando congruente contraerlo como una enfermedad con solera. La celebración religiosa motivada por la muerte cuenta, además del respeto refracto en el conjunto de costumbres y actitudes históricas, con el beneficio de la duda.

La consulta de P28 opone, alterándolas, dos cuestiones: 1.ª, la que podría resultar sorprendente escisión entre la facilidad de obtener «consuelo y fortaleza de la religión» (P34) y el callejón sin salida que engaña con el atajo a un Dios personal (P32), fenomenal algarabía herética que trasluce una actividad de infiltración que abarcaría de los antropomorfitas a los alumbrados de la «oración mental», coetáneos de Loyola, y 2.ª, ahora sí la sorprendente, por lo escrupulosa, desconexión de necesidades que tendría el espíritu y problemas planteados en el terreno de la moral (P29). A nada de esto la Iglesia, expresión terrena del cometido del espíritu y mastodonte obseso por la moral, estaría dando respuesta adecuada.

En el capítulo de las creencias (P30), ‘infierno’ y ‘pecado’, los viejos cocos del cristianismo, son tomados en sentido estricto y, por consiguiente, ridiculizados. El ‘cielo’ corre la misma suerte. La incredulidad acerca de la reencarnación se eleva ciento treinta y nueve veces sobre la de la vida después de la muerte por la característica cortesía de la ignorancia, que permite que la telepatía, una jurisdicción de la mente que la especie no ha extendido, se codee (P30, 6.ª opción) con el pecado, una noción carente de valor en sí, y la inmortalidad, una magnitud que no ha vuelto a figurar para nada.

El «Dios personal» parece ser bastante importante en la vida, pero no queda claro por medio de qué conducto se reconoce esa importancia: los «momentos de oración, meditación o contemplación» de P35 se encuentran en flagrante contradicción con la frecuencia declarada de rezarle (cf. P36). Por lo demás, la tradición de poseer un amuleto, mascota o talismán de protección cosecha una recusación categórica (P38) que delata una falta efectiva de sinceridad, aunque sabemos que el esquema cultural de adicción a talismanes es menos discontinuo en otras zonas de España, en donde se aprecia el punto culminante de una cierta manera de ver el mundo, confesada por ellos mismos, miembros de cofradías y romeros andaluces, incapaces de reconocer que en la histeria y en los excéntricos gritos que en la madrugada de Pentecostés se le dirigen a la Virgen del Rocío/Astarté retorna, dando un largo rodeo, un violentado culto mediterráneo sometido a purgas cristianas tan interminables como inservibles.

Por último, las cuatro secciones condensadas en P39 ponen en evidencia la frustración de la unión más o menos indispensable que se trató de lograr desde los Reyes Católicos hasta el Franco previo al desfibrilador del Opus Dei, máquina monstruosa en malas condiciones. Un Estado teocrático.

Entramos a continuación en el apartado de la escala de valores del hombre y la mujer, tablero conmutador automático que cuela decisiones privadas por poderes públicos con relación al matrimonio, los hijos y la educación que se resuelve darles: P40 a P50.

La fidelidad sigue siendo una necesidad básica depositada con cargo a la naturaleza psicológica de los individuos, o bien, un problema panhumano vinculado a la dependencia. Se identifica como fidelidad lo que debería llamarse acertadamente lealtad, la cual resulta muchas veces enmascarada, institucionalizada en el pensamiento oficial de la fidelidad. Ello explicaría las secuelas honoríficas de «mutuo aprecio y respeto» (4.ª parte) y de «comprensión y tolerancia» (8.ª) que son, en realidad, demandas tan generales, que quedan virtualmente centrifugadas por esa institucionalización (cf. P40). El compartir las mismas creencias religiosas y el «acuerdo en cuestiones políticas» no es muy importante, lo que habría llevado durante la guerra civil al enfrentamiento abierto si los miembros de una familia eran de derechas o de izquierdas, a unos a salvarse y a otros al paredón. Se sigue prefiriendo tener a la familia política lejos, conforme al dicho “El casado, casa quiere” (parte 9.ª), y constituyen una mayoría muy equiparada los que compaginan una «relación sexual feliz» (parte 10.ª) con la nueva identidad que traen los hijos (parte 12.ª). Marchan casi parejas las conclusiones del estado de ánimo que llega a juzgar una necesidad que los orígenes étnicos sean los mismos (parte 16.ª), dato que reafirma la inseguridad de la dirección humanitaria con respecto a lo otro que ve las orejas al lobo en P7.

El núcleo parental es muy fuerte (P41).

Subsiste la confianza indeterminada, pero no por ello más frágil en el matrimonio, pese a la frivolidad con que se lo zarandea en ciertas series de la televisión (Ally McBeal) y a los síntomas de fatiga institucional.

El amparo que se dispensa a la madre soltera (P44) da la impresión de constituir la dote junto a la propaganda de la emancipación de la mujer que se contradice con las 597 opiniones de P45, parte 2.ª, en la que los que manifiestan «ni sí, ni no» deben de comportarse como gigolos o amantes múltiples.

La incorporación de la mujer al mundo laboral y la madurez de esta decisión están conciliadas en P46, primera parte.

Quinientos cincuenta y nueve encuestados piensan que las metas de una mujer son las obvias de hogar + hijos (parte 3.ª), lo que concuerda con lo expresado en la sección siguiente. Ambas se contradicen con la 5.ª. El ama de casa no es independiente, y la prueba es que los casos que saltan a la actualidad son los de víctimas dependientes que doblan la cerviz a la violencia sin freno de sus cónyuges. Culpables de lecturas, el arquetipo trivial de ama de casa que presiona y que no hacemos sino delinear se impone, a la postre, a los deseos desorganizados, faltos de aplicación histórica, de los encuestados, y es el de la hembra hominoide que Winston Smith, el protagonista de Orwell, observaba desde la ventana del cuarto clandestino que le alquilaba el viejo Charrington:

«Se preguntó Winston si aquella mujer lavaría ropa como medio de vida, o si era la esclava de veinte o treinta nietos. […] Nunca se le había ocurrido que el cuerpo de una mujer de cincuenta años, deformado hasta adquirir dimensiones monstruosas a causa de los partos y endurecido, embastecido por el trabajo, pudiera ser un hermoso cuerpo. […]

»[…]

»[…] La mujer de abajo no se preocupaba con sutilezas mentales; tenía fuertes brazos, un corazón cálido y un vientre fértil. Se preguntó Winston cuántos hijos habría tenido. Seguramente unos quince. Habría florecido momentáneamente quizá durante un año y luego se había hinchado como una fruta fertilizada y se había hecho dura y basta, y a partir de entonces su vida se había reducido a lavar, fregar, remendar, guisar, barrer, sacar brillo, primero para sus hijos y luego para sus nietos durante una continuidad de treinta años. Y al final todavía cantaba». (2)

La parte 7.ª revela el cambio de actitud del hombre de los años cuarenta, el tough guy (Humphrey Bogart, James Cagney, Robert Mitchum, Philip Carey), que ponía a prueba sus sentimientos escondiéndolos o transformándolos con un continente insensible que motiva acción.

Los padres tienen patente de corso, un cheque en blanco (P47).

Los sufrimientos de Hécuba antes de la venganza contra Polimnéstor y la renuncia washingtoniana parecen arrastrar a la mayoría en P48 «acuerdo con la frase A»; pero se sabe que «lo mejor para los hijos» no sólo lo procuran los padres, sino que es una tarea que los padres suelen delegar en la sociedad actual que lo mejor que les reserva es la notificación referente al pago de impuestos.

En la «lista de cualidades» de P49, contrasta, cuando menos, que los buenos modales estén mejor vistos que la imaginación o que el sentido de la responsabilidad no opere con la pareja «determinación, perseverancia» (parte 8.ª). La fe religiosa vuelve a alimentarse del aire (9.ª). La abnegación no es atractiva (10.ª). Quizás el retraimiento más sedicioso es que se decida no inculcar obediencia a los niños. ¿Sucederá a esta dejación el coste social de la desobediencia, el desarrollo de la facultad de actuar?

La aprobación del aborto «cuando la mujer no está casada» refuerza en P50 el desacuerdo de P43 y entra en colisión con lo aprobado en P44.

Bloque del cuestionario atinente a la confianza en las reformas y convulsiones, modestas o revolucionarias, del sistema político: P51 – 64.

La mayoría desdeña la política (P51; véase también P1, 5; P2, y P40, 7). Estriba aquí el hecho de que haya habido un retroceso o estancamiento de la pleamar reivindicativa y la desaparición de banderas que hicieron a España pasar de vigilia la noche de la «transición» recuérdese el documental sobre el tema, narrado por Victoria Prego y un calco de lo que parecía atomización del poder zarista = aparato franquista en 1917 = 1976, y se haya pasado por un fundido encadenado (nunca mejor dicho) a la sociedad democrática con avitaminosis.

El sentido de la responsabilidad cívica o simplemente del orden público se manifiesta en que «nunca» se participaría en huelgas que no estuvieren autorizadas, ni se ocuparían edificios o fábricas (P51A, secciones 4.ª y 5.ª, respectivamente). La «forma de acción política» a la que se ha accedido es a la de firmar una petición (parte primera). Compárese esta tibieza que espera a que se despeje el cielo con la continuidad que se rompía y el amplio movimiento de oposición azuzado por el consejo de guerra de Burgos en diciembre de 1970.

La consulta de P52 es capciosa. ¿Puede la libertad desarrollarse sin obstáculos? Ocurrirán modificaciones en el grado de conciencia si se sabe que la igualdad ha sido rebajada adrede con cepillo de carpintero para que no desaparezca y de ese modo tranquilizar a la libertad personal, que, en definitiva, no es más que la libertad de los privilegios.

Pues parece que sí, que puede desarrollarse sin obstáculos, «acuerdo con A» lo demuestra aplicando el método práctico del egoísmo, que ya había hecho feliz aparición en P5A con la nula dedicación a las «organizaciones y actividades voluntarias».

Hay una adhesión meramente pragmática en la «escala de izquierda-derecha» (P53), y, como si de una escalera real se tratare, la gente se ha quedado en el rellano (entre 3 y 6). Con todo y con eso, Cataluña sigue siendo «roja», la última que cayó.

La responsabilidad de buscarse la vida es individual en una dirección social entre aceptable y buena (P54A). Esta actitud puede conceptuarse como ejemplar, si tenemos en cuenta lo que ocurre en los Estados Unidos y Gran Bretaña, países en los que se cultivan todo tipo de estratagemas para chupar del subsidio atemporal y está instituida la figura del parado como un menor de edad del cual el Estado sería tutor. Al catalán le falta la orientación de largo alcance que implica la fiscalización estatal a cambio de sustento y está mejor pertrechado que británicos y norteamericanos con un pudor, del que éstos parecen no saber dónde tiene la cara, que le hace abrirse camino por sus puños. Responsabilidad + pudor, nivelando la afabilidad paternal del Estado en inmiscuirse, se justifican en la medida de 4 a 6 en P54B, si bien se registra un veinticinco por ciento que, tal vez por un muñón de la honrilla que resta, tan presente en la literatura de la picaresca con el hidalgo que se muere de hambre, pero con estilo, se niega a aceptar «cualquier trabajo disponible».

La proporción de P54C se contradice con lo estimado en P13, secciones 8.ª y 13.ª. El catalán medio, ni quiere escalar la cima, ni piensa que hay que trabajar duro para hacerlo, ni se querella para «desarrollar nuevas ideas».

El orden de preferencias contribuye poderosamente a la claridad del rumbo que tomará la sociedad catalana los próximos diez años. P55 evidencia la configuración dominante, el ORDEN, al que se tendría que buscar razonablemente el lugar más adecuado, si pensamos que la libertad de expresión se encuentra en cuarto y último lugar, por detrás del alza de precios.

La vida familiar y, en cierta forma, el retorno a una civilización pretecnológica (P57, secciones 6.ª y 7.ª, respectivamente), salto de campana que ya era una utopía retrógrada con los prerrafaelistas y su ideólogo y padrino artístico John Ruskin, prácticamente no necesitan de consulta para dispararse. Son dominantes reactivas en las sociedades industriales avanzadas en donde todos sabemos que el agujero de ozono ya es una llaga polar, que el planeta se calienta, que las selvas se derriban, que las estaciones desaparecen, que los recursos se acaban, que todo lo adulteramos, lo ensuciamos o lo matamos, en fin, que nos estamos suicidando. Aun así, la 7.ª se contradice con la 3.ª, uno de cuyos aspectos, el monopolio formativo de la informática, parece ser, según un estudio de la Universidad de Oviedo que lo deja entrever, lo que ha tenido un poder predatorio sobre la educación. Si esto es cierto, la reforma de la LOGSE que se prepara por enésima vez hará por convencernos de que la informática es provechosa y se afanará por dotarla de lo imposible: un enfoque educativo.

A pesar de los desaciertos, la gente continúa confiando en el sistema de enseñanza (P58, 3.ª parte) y en la Seguridad Social, si sumamos los que sienten bastante a los que tienen mucha. La Prensa y los sindicatos, por el contrario, no gozan de mucha, lo que es un contrasentido y un desembolso masoquista, tratándose de la primera, porque los diarios se escriben todos los días, se escriben varios y todos se venden. La unión europea no ha conseguido afianzarse en el ánimo de la gente (parte 10.ª), como lo hacía presagiar la abrumadora propaganda realizada con ese propósito. Otro tanto puede decirse de la OTAN (siguiente). La fobia de Cataluña, drenada en los votos del «no» al ajuste de España en la OTAN, necesario para comer con los «doce», quedaría sin explicación si el referendo del 12 de marzo de 1986 no se hubiere elaborado estimando la corteza de pasividad de las otras regiones y menospreciando el antimilitarismo de Cataluña.

La Iglesia y las Fuerzas Armadas no gozan, en general, de mucha confianza que digamos (secciones primera y 2.ª). Con el gran aplomo de lo que va citado en primer término, no ocupan, sin embargo, el primer lugar que pedagógicamente se hizo todo lo posible para que tuviesen, y los que eran pilares de la cohesión social y España-todo-indisoluble desde la inapelable centralización de los Austrias han dejado de serlo. El dato que extraña es la valoración positiva que ha recibido la policía (parte 6.ª), deslindando su papel histórico del cumplido por el Ejército. El ángulo de visión escamotea su relieve en una dictadura, en la que los hechos lo demuestran es usada como matarratas para diezmar a la oposición. En algunos casos de dictadura personal (Stalin, Pinochet) o tiranía colegiada (Argentina), la policía se exportó (3). Retirar a la policía de la armazón indispensable que formaba con el Ejército como sostén del franquismo, y «salvarla», es chapalear en un analfabetismo histórico. La preferencia por los mossos d’esquadra (parte 16.ª) hay que atribuirla a causas psíquicas a menudo olvidadas por la historia materialista de la cultura. Una de ellas podría ser el color local del orden.

Suscita a lo menos una reacción de sorna que la encuesta, parte 15.ª, considere «instituciones» a las grandes empresas.

La gente no sólo está más que satisfecha con la democracia (P59), sino que retrotrae su satisfacción a un período (P61) en el que gobernaban los socialistas y las mohatras y bribonadas eran casi cotidianas; la sensación de mafia política, palpable. Basta ver la limosna de 20,6% partidario del «líder fuerte» (P62, primera parte) para confirmar que no tendría público si contara chistes en un club.

La gente no se ha dejado coger desprevenida cuando la encuesta ha separado «expertos» y «Gobierno» (parte 2.ª). Se supone que el elenco de gobernantes está integrado por expertos.

Como modo de reafirmar lo manifestado en P59 o por machaconería, la encuesta hurga (P63) en cuatro señas de reconocimiento de la democracia liberal parlamentaria: mayoría verosímilmente absoluta en la primera en cuanto a que es la mejor forma de gobierno. Las tres restantes constituyen un revestimiento que incomunica el relativo olvido de la «indecisión y disputas» (parte 3.ª) que paralizaron algunas democracias occidentales, siendo el mejor medio de salvaguardar el impulso coherente de las masas hacia el mal menor y encauzarlo hacia el prestigio ahorrado de la democracia como dechado de in medio stat virtus.

Dentro de las imperfecciones de esa democracia que se considera el mal menor convención reforzada por el «acuerdo con B», posibilista, de P64A, hay una acumulación de conciencia acerca de la falta de respeto por los derechos individuales (casi un noventa por ciento en P64), en lo que se hace de nuevo hincapié (P64B), resultado que tal vez imante la cercanía de la consulta por los derechos humanos y que no advierte el engarce del respeto por la libertad del individuo, opción que aquí sale vencedora, y la opción neurálgica de proteger la libertad de expresión, que en P55, como se vio, quedaba última.

El siguiente es un apartado dedicado a la propiedad que se atribuye a los comportamientos sociales, tanto la que el individuo juzga que tienen sus actos, imitación enhebrada por el ojo de la aguja del aprendizaje lo que era fuente de intensos dolores en Tarzán, por ejemplo, explicables por otra experiencia, absurda para nosotros, como la de los comportamientos de la colectividad, que llega al individuo con el fulgor en eco de las estrellas muertas.

El bloque de P65 es el más voluminoso; contiene veintiuna secciones. Confraternizan las cuestiones más trascendentes o serias (eutanasia, suicidio, aborto) con las que son de cabo a rabo baladíes, singularmente, tener una aventura extramatrimonial o tirar basura y que no lo vean, que está a renglón seguido de «suicidio». (A saber si la encuesta ha terminado por racionalizar, de acuerdo con criterios de eficiencia del mundo anglosajón de donde echa pie a tierra, que el suicida, puesto que se es circunspecto con un sentido más explícito de la doctrina del suicidio transmitida línea estoicos-cátaros-creatividad de José María Vargas Vila, tiene un aire de basura y no está bien que se tire a la calle [‘pesado, contado, dividido’ José Agustín Goytisolo].)

La «insinuación» de «reclamar beneficios del Estado sin derecho» (primera parte) es rechazada con una negativa que hace las veces de indignación entre rotunda y bastante buena. La negativa hincada en el «yo no lo haría, yo no fui», en ese orden sospechoso, es compleja. En cualquier caso, por un importante ritual colectivo los ciudadanos se manifiestan en general despreocupados de que exista una economía sumergida que ya lleva años de asentamiento, guerrilla de la picaresca que se relaciona con la siguiente sección. Se cae involuntariamente en trance cuando se trata de engañar a Hacienda en el pago de impuestos que no persuaden a la mayoría de que son destinados al bienestar de la mayoría. “Hacienda somos todos”…, una vez restados unos pocos, es un slogan tronado al que se presta obediencia sin prestarle atención, lo que prueba que la gente hace caso de lo que es mentira y, por tanto, no se siente menos honrada engañando a quien pide que no mientan. Aun así, habitualmente noventa por ciento adhiere a la probidad del ciudadano: «nunca» entre 1 y 5 (parte 2.ª).

Las cotas de opinión de «conducir bajo la influencia del alcohol» (parte 14.ª), otra de las ofrendas aparentemente sacramentales del español motorizado y armado y motivo principal, según la Dirección General de Tráfico y la estadística rutinaria del cuentagotas, de las muertes por accidente en carretera, se disparan en razón de la alarma, organizada, persistente, que se inocula a la población por medio de la propaganda truculenta. En términos comparativos relativos, la religiosidad popular que ha arropado el cultivo de la marihuana en huertos y balcones la protege de un repudio mayor (cf. parte 4.ª). Nótese la cúspide repentina alcanzada de 9 a 10.

Nos sobra el 84,6% de los creyentes de la familia de P1 si hay que fiarse de lo que refleja la sección 10.ª referida al dinamismo que está adquiriendo el divorcio. ¿Estamos asistiendo a la revolución y ruptura de la familia burguesa y el surgimiento de otra que ya los sociólogos denominan de «poligamia sucesiva», porque es el resultado del estallido de la pareja monógama, desunión, pero reunión de otro núcleo de parecidas características, con posibilidad de nuevos hijos? La familia resultante, ¿no será una pareja monógama de nuevo, pseudopolígama? Corroborando la petrificación de algún modelo regresivo de familia o grupo mutante, hallamos la repulsa a la «relación sexual casual» de la 16.ª parte, 73,8% que atestiguan que en Cataluña se exige cierto nivel de compromiso junto con o al margen del placer y que el concepto de ‘camaradas de sexo’, semejante a las formas practicadas por lord Byron y Claire Clairmont o Lou Andreas-Salomé y Rilke, suena a experimento. La familia burguesa podrá estar amenazada, pero no lo está por el divorcio; rota, la vuelven a componer, y los ex cónyuges reinciden y vuelven a ser cónyuges de otros. Derrotada en Woodstock y saboteada por los hippies, la familia está en fase de autorrearme. Los locos milenaristas de Manson, ¿no se daban a sí mismos el nombre de familia?

Naturalmente, si la relación sexual que rehúsa las formas de organización doméstica no enriquece los matices del gusto, el disgusto boicotea la prostitución (parte 19.ª, 83,8%), en lo que presentimos que influye la franja mayoritaria de los encuestados, que fueron mujeres.

Experimentos científicos del barón Victor Frankenstein (parte 20.ª) y «manipulación genética de los alimentos» (21.ª) reciben un anatema del instinto: 70% y 69,7% respectivamente, casi empatados. Nadie quiere morir por los ciclamatos que hay en la sacarina y los estabilizantes de la cremosidad y los colores que lucen los yogures de Danone.

Abordamos las cuestiones verdaderamente serias, diríamos hasta fatídicas, que aunque entreveradas con las evasivas entre dieciocho más, convalidan el combate por la libertad. Comprobamos que aborto (9.ª) y eutanasia (11.ª) registran una sugestiva oscilación. El margen para la segunda es más estrecho (entre 5 y 7), mientras que para el aborto, atendiendo a que el catolicismo no consigue convencer de que un cigoto tiene alma y un feto derechos, es más flexible (4-8). El suicidio (12.ª), pulso que se le gana a Dios, vómito de familia, transgresión social, «derecho cuando la vida es dolor, deber cuando es infamia» (Vargas Vila, Ibis), está absolutamente cerrado a la interpretación.

Algunas de las opciones catadas se desplazan a P66, acomodadas a los compatriotas.

Se tiende a moderar la cantidad de los que reclaman beneficios al Estado sin merecerlo, sólo «algunos» o «casi ninguno» (primera). Todos pagan sus impuestos, ya que «algunos» o «casi ninguno» engaña en el pago (2.ª). ¿A qué, pues, tanta propaganda de Hacienda, solícita en recordarnos que no la engañemos y que trabaja para nosotros? No cabe creer que alguien tire basura en un lugar público (5.ª). La misma incredulidad condescendiente se repite en las dos secciones que siguen. Quien opine que sólo algunos van a mucha velocidad por la calle, que se aposte en la curva de Arimon con Sant Gervasi de Cassoles, tramo hasta Muntaner, y sacará una teoría de cómo hizo Andrew Marton, el director de la segunda unidad, para filmar la carrera de cuadrigas de Ben-Hur.

Se puede concluir que en este apéndice de P65 falta observación, pero hay un gran compañerismo.

Bloque que atañe al sentimiento de pertenencia respecto de una comunidad y la educación e inclinaciones derivadas de albergar ese sentimiento: P67 – P77.

La gente ha dejado patente que «pertenece» a la localidad, pueblo o ciudad en donde vive (P67, 3.ª parte), con preferencia a la autonomía y país. Este último va a la ronza en un matrimonio no muy bien avenido con la autonomía y no ha podido rebasar un tercer puesto, excepto en la segunda oportunidad de elegir, segunda sección. Llama la atención que lo más vecino y natural, si es que se testimonia pertenecer a algo, Europa, sea espiada por encima del hombro y que el «mundo entero», entero, pero inarticulado en la mente, haya sido asimilado como si griegos y romanos pudieren resucitar. Nótese el 0,17% sobre ese escuálido 0,07% (parte 4.ª) que dejaría pensativos a los comisarios en sus butacas de Bruselas si el compromiso de una Europa unida, es decir, sorda para el resto del mundo, barajado en la conveniencia de las transacciones, dependiere del sueño trivial de la unión.

Comparemos: P70 con la media ponderada de P67 y P69 con P70. ¿Puede el país en su conjunto obtener 0,58 y el encuestado sentirse en mayoría ciudadano español? ¿Puede haber un salto tan brusco, tan determinante, entre ese 17,4 de P69 y el 98,3 de P70 en dos turnos de preguntas tan seguidos? Creemos que el enunciado no está bien formulado; es un enunciado equívoco y halló al encuestado confuso, quien contestó según la inspiración.

Pensar o sentirse ciudadano del Estado español (una sujeción jurídica) no implica sentirse «orgulloso», aunque es necesario computar el matiz sentimental de «muy» y «bastante» (P71) y tendremos 95% del color de ese orgullo. La condición de ciudadano catalán aventaja por 82 respuestas el orgullo anterior, pero no debemos olvidar que esas 82 respuestas de más van a engrosar el activo del equilibrio que retrata P70A. Setenta sujetos afirmaron sentirse «sólo catalanes» y nada más que uno ¿extravagante?, ¿atrabiliario?, ¿valiente? declaró no estar para nada orgulloso de ser ciudadano español.

El PSOE sigue picoteando maíz en una tierra de nadie entre su tradición combativa, hoy apacible reliquia, y la tacañería de los clanes en que se ha desbaratado (¿o abaratado?); y, si tomáremos al pie de la letra lo que substancia la encuesta, ganaría las elecciones en una competición con Convergència i Unió (P72) que las otras formaciones miran a ver si algo la modifica, cansadas de esperar. Un observador objetivo, extranjero, trataría de comprender por qué los Verdes pululan sin crecer (a menos que no sean de la misma especie) e intentaría desentrañar por qué ERC, que lanza unos piropos bellísimos, con desafinación de izquierdas y de república, y tiene una dimensión espiritual con un presidente mártir, es irreal para Cataluña. Después de la muerte del mad dog Monteagudo (4) y la desaparición-desmoralización de Terra Lliure, el descenso del entusiasmo en Cataluña por la lucha de emancipación hermana de las antiguas Vascongadas se refleja en ese solo voto supérstite de los ochenta dado a HB-EH.

Se idealiza no cerrar el paso a los emigrantes que vengan a España «mientras haya trabajo disponible» (P74). El trabajo disponible estaba dispuesto para los emigrantes, pero los chinos que van al Reino Unido o los mogrebíes que llegan por el Mediterráneo casi a nado, ¿pueden ser considerados emigrantes? Contemplamos una desesperación que no espera nada, cuya fatalidad no estaba y, por tanto, no movía aquellas olas de inmigración organizada y educada de los años sesenta. La desesperación exhibe unos colmillos, una orientación destructiva de la penuria optimista que llevaba, por ejemplo, a españoles y portugueses a Alemania: cambiar sangre por dinero, trabajar sin ver a nadie y volver con la mitomanía de Manolo la Nuit, porque ¿a dó irá el buey que no are?

Es posible que la inclusión artera del adjetivo incierto (P74A) haya guiado el acuerdo con algo de cardenillo existencialista.

La cómoda mayoría prestada al «acuerdo con B» en P75 está relacionada con las cortapisas adivinadas en P74. Algo estará disponible cuando el que no es como yo abandone lo suyo o me lo dé y yo decida cuánto de lo mío puedo darle («Debemos ser prudentes y administrar bien nuestra prosperidad», ha dicho el ministro del Interior Jaime Mayor Oreja). A lo mejor lo suyo no es más que garbanzos cocidos y no pierde gran cosa.

La relación inexorable existente entre ingresos desiguales (P76) y satisfacción garantizada de las necesidades básicas (P76B) no se percibe con claridad. Los ingresos han pasado a un segundo término inconsciente o semiinstruido en P76, siendo que la satisfacción de las necesidades es, limpiamente, la demanda «muy importante». Los recientes fallecimientos por estar en una lista de espera de enfermos del corazón desahuciados porque el taller cerraba por la tarde demuestran que si hubieren tenido ingresos para poder pagarse una mutua hubieren oído cantar un gallo sin necesidad de que otro gallo les cantara.

La mayoría sigue con frecuencia más o menos diaria (P77) los altibajos políticos del país, pero el porcentaje de los que se desentienden o están en otra tinta más buena en tanto que han accedido a ser «administrados» no es para desdeñar: 36,2%; y, si agregamos a los que se interesan una o dos veces por semana, que, comparado con el fútbol que tiene a todos desgañitándose en los bares, rotando como girasoles hacia el televisor, es un interés pundonoroso, se alcanza 48,1%. A la mitad más o menos de la población de Cataluña no se le da un bledo lo que hagan los políticos, votados precisamente para que lo hagan en lugar de hacerlo la población.

Bloque con un recorrido por lo que podríamos llamar solidaridad: P78 – P83A.

La gente está en general de acuerdo (mayoría sin discusión en P78, primera parte) en brindar información a las autoridades, que siempre da que pensar si no es un pretexto o, en materia más competente, una frase eufemística «para ayudar a que se haga justicia». Si la sospecha de que la sección siguiente se encuentra perfectamente amarrada a la anterior fuere infundada, el cultivo, tan inglés, del rasgo de que cada uno debe «cuidar de sus propios asuntos» nos forzaría a señalar con el índice de la mano derecha hacia un modelo de discreción. Nos consta por experiencia que en Cataluña se estila franquear el espacio mínimo de intimidad cuando uno se está cambiando en un vestuario. Se colocan justo al lado, estando el vestuario desierto. Se da el otro caso de sentarse a espaldas de uno, obligándolo a desplazar silla y mesa sin necesidad. Los mismos camareros lo acomodan donde hay «más gente», aunque el resto del local esté vacío.

En P79 la mayoría neta (93,6%) refrenda que la familia, incluso en cortocircuito por el divorcio, es lo más importante. Sólo una persona confesó que las condiciones de vida de su familia no le concernían «nada en absoluto». Es llover sobre mojado (cf. P1, 2). El orden del desinterés ha coincidido poco más o menos con la posición de las secciones, y es comprensible. La gente del barrio tiene rostro; nos tropezamos con ella por la escalera. Siguen gente de la región y compatriotas (3.ª y 4.ª, respectivamente), con escaso margen unos de otros. La llamativa ventaja de 113 respuestas experimentada por «género humano» sobre «europeos» tiene su explicación en el confín abstracto, elegante y, en consecuencia, moralmente helado, del género humano, categoría que engloba a todos, a nadie y también a los encuestados. Considerar la Tierra como el hogar de todos, y el nuestro también, conforma un señuelo que arrebata en pos de fines altruistas y el ánimo se inunda y estremece con uno de los latiguillos movimientistas de los años sesenta: “O nos salvamos todos o aquí no se salva nadie”.

La solidaridad y el sentimiento de amparo manifestados hacia los más débiles van en vanguardia: «gente de mayor edad» (P80, primera parte) y «enfermos y discapacitados» (4.ª). Hay que tener presente, sin embargo, que atañer no significa llevar a cabo actividades de voluntariado que traduzcan adverbios de cantidad y de modo en el modo de la acción. Ya vimos que en Cataluña, ni se participa, ni se pertenece (véase P5A y B). En cuanto a la minoría, uno por ciento declaró no importarle «nada en absoluto» el drama de desempleados y discapacitados. Este último es un rubro altamente resbaladizo, ya que la persona sincera aparece a los ojos de los demás como alguien capaz de emitir juicios intrínsecamente inmorales. La injusticia y la miseria que agobian a los inmigrantes no se dejan reducir al álgebra de «hasta cierto punto» (3.ª parte, 49,8%). Sólo un cuatro por ciento se implica «totalmente», supera la contención de justicia mediocre para con los desempleados de su país y valora apasionadamente las bocas inútiles de la tierra.

De «atañer» a «hacer algo». Un repaso meramente informativo que fortalece el sondeo anterior. Así como el lema de la Guardia Civil, “Todo por la patria”, ha salvado distancias, no hay que salvarlas con lo que tienta como lema de P81: “Todo por la familia”. Se vive, se trabaja y quizás hasta se tima por ella, con casi noventa y seis por ciento de convicción clausurada que no necesita renovar el aire. Enfermos (5.ª parte) y gente mayor (3.ª) aparecen empatados en la contribución al mito de la ayuda real. Una vez más la tibieza en socorrer o confortar a los inmigrantes se extiende sin dificultad (4.ª parte, 51,3%).

Las razones para ayudar a la gente mayor (P82) han sido distribuidas en un abanico cuyos conceptos se han racionalizado, pero, a nuestro juicio, no están formulados con exactitud. Por ejemplo, ‘deber moral’ (primera parte) y ‘restitución’ (5.ª) son nociones de pura duplicación, la una anula a la otra por definición de redundancia: «Un signo es redundante cuando repite lo mismo que ya comunica otro». La disparidad numérica tan tajante parece probar, además, que las personas entrevistadas no comprenden ni el significado, ni el alcance de restitución. Afortunadamente, la sociedad está en camino de substituir la figura de la compasión (2.ª), legada por el cristianismo y utilizada en la televisión como mercancía múltiple, por el valor del interés social (3.ª), absolutamente constante a menos que nos separemos y volvamos a los árboles.

P83 acorrala en cierta forma al encuestado. En el espesor de la historia de España se pueden advertir lesiones de pogrom y malestar ante un fenómeno con el que antes no había tomado contacto. España se iba; nadie venía a España. Los hilos convergen hacia el extremo de «deber moral» (primera parte) e «interés de la sociedad» (3.ª). La compasión, por supuesto hija del dogma y desempeñando aquí un papel accidental y ceñido al informe técnico, sigue siendo oronda (2.ª parte). El desinterés reaparece bajo otra modalidad en la sección 4.ª e incluso en la 5.ª si introducimos el beneficio de la duda sobre el significado de restitución, comprendido o no. «Hasta cierto punto», sus tres dígitos, esconderían una reserva de autoestima, la suficiente para pensar que no se es tan mezquino y poder mirarse al espejo.

Si fuere acertada nuestra presunción de que el aparato de opciones precedente fue dispuesto para hacer aflorar en la cualidad del titubeo la verdadera opinión sobre la ayuda a los inmigrantes, P83A estaría preparada como una trampa, con objeto de que el entrevistado juzgue por sí mismo si su concepto de religión se ordena a partir de lo visible de replegarse una vez que la ayuda ha llegado «hasta cierto punto». Desde una perspectiva cristiana, una conciencia del que obra bien sería la brújula para orientarse en lo que no sea ni bueno ni malo porque es el justo medio ni más ni menos. La conciencia no es una sensación que se pueda tener, sino el proceso insoportable de ejercicios y vida recta de un católico practicante, incluso de un «muy buen católico»; y, como se ve, apenas sobrepasan el veinte por ciento.

Nos adentramos en la materia más vidriosa, especie de saco en el que las circunstancias han metido autodeterminación y lengua. Ambas se revuelven y gruñen, aunque la segunda no está pensada para gruñir sino para explicar, echando en sal un desasosiego en un observador de los catalanes, quienes, tarde o temprano, las cogen del saco y las muestran, dando espumarajos. Fundamento más animista que intelectual a estas alturas de la relación de amor/odio con la metrópoli y España, se presenta de perfil como un problema obscuro sin resolver. Hemos comprendido prontamente que en no resolverlo nunca consiste el programa de la identidad nacional de Cataluña.

Aparte de la lógica preponderancia del catalán sobre el castellano en el capítulo de la lengua elegida por los padres para que se eduquen los hijos (P83B, primera parte, prevaleciendo el castellano con 33 respuestas más de ventaja en la media de las tres primeras posiciones), la investigación no hace sino certificar la cuantía del bajón sufrido por el francés con relación al insatisfactorio inglés, aunque el primero experimente una subida al pasar del segundo al tercer lugar en un alarde de supervivencia marginal. La idea poética de lengua de civilización pasa estrecheces a causa de la simplicidad fútil de la lengua «vehicular» que moldea la comunicación en el mundo. Es obvio que el francés ha perdido su puesto de avanzada en el Occidente cristiano que tenía por lo menos desde que Luis XIV empezó a reinar solo, después de morir Mazarino. La subida del alemán es de abismo. De no tener nada en la primera sección, sube a 3,3%, conservando, no obstante, el carácter de «enchufado» periférico, cava un asidero en la media ponderada de la sección 5.ª. Se podría escribir que le oímos decir: «Partimos de Zanzíbar y llegamos a un claro». Dicho sea de paso, hay en esa media ponderada una misteriosa «otra lengua» que entra en competición con lenguas hispánicas que, en teoría, deberían ser patrimoniales: gallego y vascuence.

La conformidad que se presta a la autonomía de Cataluña, «adecuada» (P83C), rebasa limpiamente la certidumbre de 65%. La mayoría es la que parece condicionar finalmente la percepción concreta de los impedimentos independentistas de ERC en la horma de una constitución «con techo» y por qué el partido aparece ante el electorado como «los que quieren romper el jarrón» (vide las atribuciones que suponemos en ERC, en P72, confrontadas con su incapacidad).

La respuesta dada a P83D revela que los encuestados se sienten, en primer lugar, catalanes, y, en segundo, españoles. Es de destacar ese 4,2% de «otro» que ha germinado entre el mosaico roto de lo que eran en los relatos de Marsé las únicas minorías de la acollarada inmigración interior: navarros, valencianos y sus mancillados murcianos.

El enunciado de P83E tiende a mezclar condiciones con requisitos. Si entendemos por las primeras la ‘base fundamental’, hablar el catalán y haber nacido en Cataluña constituirían la base; si entendemos algo peor, o sea, ‘índole’, la paranoia étnica de nación que siempre se siente amenazada y ve enemigos a costa de visitantes, descender de familia catalana y defender la nación catalana serían las condiciones confidenciales que por diplomacia no se proclaman, pero no se anulan tampoco porque son estructurales.

Vivir y trabajar aquí y la voluntad de ser catalán son requisitos, no condiciones. La gente se ha inclinado a creer necesarios los requisitos y ha relegado la base fundamental de la lengua (2.ª parte) para trabajar en catalán, en lo que está sobrentendido y a la vez parece ignorado que hay que examinarse de tres niveles, so pena de quedar fuera de juego si se vive en Cataluña o frenado de venir a vivir.

La gente no quiere experimentos y se atiene al nivel actual de autonomía (P83F). Cabe preguntarse si los encuestados estaban en condiciones de separar y digerir Estado «federal» y «confederal»; sea como fuere, concebir un Estado federal conllevaría la independencia, puesto que tal criatura quedó resuelta en el plano metodológico por el republicanismo maximalista de Valentí Almirall y España es una monarquía. Las confederaciones terminan por destruir el libre espíritu individual de los núcleos que las formaban, degenerando en dominación única del núcleo más fuerte o audaz. Fue lo que sucedió con la Liga de Delos en el siglo V a. de J. C.

Vienen a continuación 31 sondas considerables, destinadas a pillar a pecho descubierto a los que han respondido y averiguar cercar sería más militar quiénes son. Esta parte del cuestionario fluctúa entre el informe técnico con prioridad en el título y la pesquisa policial más ostensible. Se extiende de P83G a 114C.

La mayoría está asegurada: 62,7% nacieron en Cataluña; el porcentaje de extranjeros es mínimo. Ello nos proporcionaría un retrato en el supuesto de algunas inclinaciones y respuestas automáticas, por ejemplo, la actitud hacia los inmigrantes, «tal como se perciben». Tampoco se trata de simplificar pensando que hijos de inmigrantes serán más sensibles al problema, dado que una parte del valor o significación de las penurias de sus padres vuelve a ellos, porque se sabe que los hijos de inmigrantes suelen ser los más insensibles y olvidadizos. Y legalistas en cuanto a la ayuda que un Estado se puede permitir con extranjeros. “No hay peor cuña que la del mismo palo.”

Lo dicho anteriormente recibe una confirmación del tono general de las respuestas en algunos temas que se pudieren considerar espinosos: la mayoría son hijos de inmigrantes (P83H). Siguiendo con los refranes, donde a veces los resultados han perdido un tiempo preciosísimo: “Del cuero salen las correas”.

P86 – 90 son, en cierto modo, satélites. La mayoría ha consentido en prorrogar la representación en un cuadro rígido, tradicional, de pareja «legalmente casada» (P87) en el pasado (P90) tanto como en el presente (P89) o su equivalente eufemístico «relación estable» (P86), que ya implica un poco más de aire entre los intersticios. La mayoría excluye asimismo la posibilidad de una leyenda e incluso una prehistoria del matrimonio (P88).

Adviértase la ya sabida merma de niños, púberes y tardíos adolescentes. El cambio producido, extensible y con rasgos más cortantes en el resto de Europa, retorna con impacto de bumerang sobre lo que era el orgullo cinematográfico del régimen franquista, la familia numerosa (6,9% en P91), una recuperación apenas viable en una sociedad en la que sólo tienen trabajo los hijos de los que lo tenían y casa propia nadie más que los caracoles.

Entre tanto, se procura establecer los estudios realizados con el fin de evaluar las condiciones de producción de las respuestas. Va de suyo que ese veinticinco por ciento que tiene una formación primaria incompleta o ninguna formación (P94) responderá conforme a una incompetencia ligada a la incomprensión de la idea abstracta de Estado de cualquier tipo (véase P83F), movida en la reflexión sobre los procesos históricos que se ejercita a lo largo de varios ciclos formativos. Es presumible que levante ampollas el recelar de que la inteligencia natural, que se reparte junto a la conciencia crítica como pan bendito, de muchos de los entrevistados pueda reconocer la manipulación, altercar con la fijeza de la doxa y pavimentar las lagunas que encharcan la cultura de los autodidactas. La encuesta no deja lugar a dudas: 70 personas tenían estudios universitarios y sólo 200 habían logrado acabar el bachillerato. De las 270 hay que restar de nuevo las que no tienen inteligencia natural.

A efectos de cuartear un poco la doxa, habría sido calidoscópico sacar al miembro de las Fuerzas Armadas de ese «aparte» en que se halla (P102) y establecer de qué manera los cambios atascados por la agonía vaciada de Franco, que dejó todo «bien atado», pero se desató, afectaron al guardián con la sensación de desamparo y balanceo de la vida secular. Es uno solo, aunque el militar forma una superficie continua que une la más baja con la más alta del estamento. La jubilación, en el caso de que la hubiere habido con nuestro militar, no confiere valor simbólico independiente al yo que ocupa al mismo tiempo el mismo punto que el nosotros. La casilla que corresponde a los que «nunca han tenido un empleo» (ibid.) debería mostrar números locuaces y allí no se ve nada, cuando estudios difundidos por televisión han puesto de manifiesto el alto porcentaje de jóvenes en torno a los treinta años que todavía, vale decir, nunca han tenido un trabajo remunerado.

Las siete preguntas finales (110 – 114C) van dirigidas a acotar el rango social de los entrevistados mediante el tanteo de los salarios y pensiones que cobran, población en donde residen, vivienda que poseen, etc.

La mayoría pertenece al rango social de los antiguos menestrales o artesanos (trabajadores manuales en P110A, 61,3%), como se ha dicho; el nivel de ingresos está entre regular y bueno (P110; más de cuarenta por ciento rehusó informar), y poseen viviendas modestas (P114B). Sólo 3% vivían en casas lujosas. Si las casas estaban situadas en la ciudad, la mayoría eran de barrio obrero, seguidas de las de clase media; si estaban en el campo, eran casas aisladas (P114C).

Por último, P114 y 114A ilustran acerca del interés de los respondedores. La mayoría contestaron a las preguntas en castellano (P114A, 77,7%) y más de cincuenta por ciento (P114) se mostraron «algo» interesados por lo que se les preguntaba.

Conclusiones

Si confiáremos en que este informe refleja al catalán medio, diríamos que se trata de un sujeto que, mayoritariamente:

Ha nacido en Cataluña (62,7%).

Habla castellano (77,7%).

Con sólidos lazos de pertenencia a su localidad, pueblo o ciudad.

Es de clase media media y media baja.

Sus estudios abarcan de la enseñanza primaria incompleta al primer ciclo de la secundaria.

Se siente feliz en el ámbito personal y cree tener un alto grado de decisión sobre su vida.

En la cima de su escala de valores está la familia y el trabajo.

En el ámbito laboral lo que más le interesa son los ingresos y la seguridad, y en mucho menor grado el desarrollo de ideas propias.

Está muy satisfecho con la democracia y la autonomía política alcanzada en su comunidad.

Formula buenos deseos, pero no hace mucho para que se cumplan.

Es solidario de palabra, pero no en los hechos; de ahí que no le interese ejercer el voluntariado por ninguna buena causa.

Ni la religión ni la política le llaman la atención.

No es afecto a pasar su tiempo de ocio en clubes y asociaciones.

Se apreciaría un cambio de valores entre aquéllos en los que fue educado y los que querría para sus hijos. Entre estos últimos, considera positivos los buenos modales, el sentido de la responsabilidad y la tolerancia y respeto por los demás; en cambio, caen en picado trabajar duro, tener fe religiosa, ser imaginativo, tener espíritu de ahorro y ser abnegado.

Los cambios que desea son: que se llegue a vivir de forma sencilla y natural, que se dé más importancia a la vida familiar y el desarrollo del individuo y menos importancia al dinero y los bienes materiales, todo lo cual parece ser una expresión diplomática de deseos enguirnaldados, a excepción de la importancia sobresaliente de la vida familiar.

Cuando la pregunta va dirigida a él, contesta como un ciudadano probo; pero cuando tiene que opinar sobre sus compatriotas, las respuestas son adversas: «Yo no, pero los demás sí». Quizá no sea él el hipócrita, sino la encuesta. La hipocresía que exige la sociedad para sobrevivir, por un lado, que se traduce en el consenso del sentido común lo que Marcuse llamaba «principio de actuación», y, por otro, las preguntas tendenciosas para intensificar los aspectos más negativos del consenso, hacen aflorar en las respuestas la discordia entre las convicciones declaradas y las acciones secretas. En lugar de ser la encuesta un instrumento para tantear la opinión pública, más bien es la población el instrumento de la encuesta.

Hay preguntas no del todo claras, ya sea porque las palabras son difíciles para el nivel cultural del encuestado (v. gr., restitución, Estado federal, confederal), ya sea porque la formulación es ambigua: sólo una persona culta sabe, por ejemplo, que la doble negación comporta afirmación (véase P7).

Por cierto, no se hace constar a qué hora se realizaron las entrevistas.

En resumen, el catalán medio retratado es una persona sensata, recelosa y que miente para precaverse debido a que no sabe en qué manos va a caer la encuesta.

El vicio radica en la propia naturaleza de la encuesta:

Ponte tú en mi lugar. ¿Pretendes que diga LA VERDAD? ¿Y qué sé yo dónde irá a parar? A lo mejor la ha encargado una especie de Santo Oficio o negociado especial de Hacienda…

junio de 2000

Notas

(1) «El alto nivel de vida […] es restrictivo en un concreto sentido sociológico: los bienes y servicios que los individuos compran controlan sus necesidades y petrifican sus facultades. A cambio de las comodidades que enriquecen su vida, los individuos venden no sólo su trabajo, sino también su tiempo libre.» (Herbert Marcuse, Eros y civilización, col. Biblioteca Breve de Bolsillo – Libros de Enlace, núm. 17, 3.ª ed., Barcelona, Seix Barral, 1969, pág. 100.)

(2) George Orwell, 1984, col. Biblioteca Básica Salvat de Libros RTV, núm. 78, Estella, Navarra, Salvat Editores y Alianza Editorial, 1970, pág. 168.

(3) En cierta forma se cuenta con un precedente en el esclavo Folino, cuando se preparaba la dictadura personal de Julio César. Pompeyo desembarca en Egipto, tratando de poner distancia entre él y su enemigo, y el esclavo, agente de Ptolomeo XIV, el hermano de Cleopatra, lo asesina en una acción que podría subscribir la DINA chilena. Existía la figura del espía que liquida a un adversario en el curso de una operación de espionaje, aunque no se pueda medir la validez porque no está el nombre y faltan las tareas estratigráficas consagradas a partir de Fouché.

(4) Joan Carles Monteagudo Povo, militante cerril de la organización independentista catalana Terra Lliure que se pasó a ETA y formó con Juan José Zubieta y Jon Erezuma el Comando Barcelona. Hizo volar con Erezuma la casa-cuartel de la Guardia Civil en Vic (29 mayo 1991), atentado en el que murieron diez personas y otras cuarenta y cuatro quedaron heridas. Habían planeado que el revuelo convencería a los periodistas extranjeros atraídos por la proximidad de los Juegos Olímpicos de que «golpeando se te escucha». Se desató una caza que estaba ya terminada cuando en la máxima prioridad quedó incluido el exterminio de los responsables; localizados a 42 km de Vic, en un chalé de Lliçà de Munt, en el breve tiroteo que persiste más que la autoridad con su largo sueño cayeron Erezuma y Monteagudo. Zubieta se entregó sin resistir y fue condenado a mil trescientos once años de cárcel.

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